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Fernando de Rojas, un esperado regreso

Fernando de Rojas, un esperado regreso

No eran pocos los lectores que se preguntaban cuándo iba a volver Luis García Jambrina (Zamora, 1960) a retomar la saga que inició hace ahora diez años con El manuscrito de piedra y que había tenido una rápida continuación en El manuscrito de nieve. Se trataba de dos narraciones históricas con trama detectivesca cuyo peso se repartía por igual entre unos argumentos que anudaban la criminología con la metaliteratura y el inequívoco carisma del personaje que las protagonizaba. Existen suficientes lagunas en la biografía de Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, como para permitir cualquier fabulación a propósito de su paso por el mundo. Jambrina, en una decisión tan original como aplaudida, quiso vestirlo con hábitos detectivescos y ponerlo a oficiar de investigador en un escenario tan sugestivo como era la Salamanca del incipiente Renacimiento.

Probablemente cansado de las exigencias que imponía el mundo que él mismo había puesto en pie, o tal vez atraído por la tentación de encaminarse hacia otros derroteros, las novelas de Jambrina pasaron a tratar otros asuntos (la vida de Cervantes, la crisis económica, la crónica negra del franquismo, las intrigas en la corte de los Reyes Católicos) y en algún momento dio la impresión de que ninguna noticia más iba a darnos acerca de Fernando de Rojas y sus veleidades indagatorias. De ahí que se reciba con alborozo comprensible la publicación de El manuscrito de fuego (Espasa), una novela en la que retoma las armas que enarboló en su debut como novelista y donde demuestra la madurez alcanzada desde entonces al tiempo que ratifica todo el potencial de un personaje que, lejos de verse exprimido en sus primeras aventuras, aún tenía que enseñar muchas de sus aristas.

"El asesinato de Francesillo constituye en muchos momentos una mera excusa para abordar asuntos relativos a aquel tiempo."

Cabe señalar que El manuscrito de fuego no es una continuación, en sentido estricto, de los dos libros anteriores. Si la acción de El manuscrito de piedra y El manuscrito de nieve se desarrollaba en tiempos sucesivos (apenas habían transcurrido unos años entre el argumento de una y la trama de otra), El manuscrito de fuego da un notorio salto temporal. El Fernando de Rojas que aparece en sus páginas ya no es el joven estudiante avecindado en las calles salmantinas, sino un hombre recién entrado en la vejez que vive una apacible rutina en Talavera de la Reina tras haber dejado el cargo de pesquisidor real. Hay, por tanto, un amplio lapso biográfico —¿excusa para idear nuevas aventuras que se insertarían en ese tiempo vacío? Siempre cabe esa posibilidad, y de momento ya se anuncia un futuro El manuscrito de aire— que permite elidir ciertos avatares que poco a poco se irán descubriendo a medida que avance la trama. Ésta arranca en la villa de Béjar y tiene como segundo personaje principal, o como secundario que pese a su pronta ausencia no deja nunca de situarse en un rutilante primer plano, a una peculiar figura de nuestras letras: el bufón Francés de Zúñiga, Francesillo, que sirvió en la corte de Carlos V y cuyos escritos lúcidos e hirientes hicieron que Francisco Umbral lo considerara el laico patrón burlesco de los periodistas españoles. Su extraño asesinato, en plena noche y a mano de unos embozados, lleva a la emperatriz Isabel de Portugal a solicitar a Fernando de Rojas que retome ocasionalmente sus labores de pesquisidor para tratar de dar con los culpables. Se desencadena así una acción que transcurrirá in crescendo, adquiriendo en sus momentos cumbre un ritmo trepidante, y en la que el asesinato de Francesillo constituye en muchos momentos una mera excusa para abordar asuntos relativos a aquel tiempo, amén de para proponer nuevas y heterodoxas interpretaciones en torno a aspectos plenamente asimilados por el canon.

"Los lectores de Luis García Jambrina y los seguidores de Fernando de Rojas pueden felicitarse. La larga espera ha merecido la pena."

Sobra decir —la portada del libro es bien explícita en ese aspecto— que la investigación volverá a conducir a Fernando de Rojas hasta una Salamanca a la que quiere y repudia a partes iguales. En un escenario marcado por la adaptación a una nueva época que se presume boyante —se está construyendo otra catedral, se remodelan las dependencias del Estudio, se levanta una fachada cuyo programa iconográfico dará mucho que hablar en los siglos posteriores—, la novela replantea o revisa asuntos indispensables para comprender aquel periodo histórico —las reticencias ante un emperador más pendiente de consolidar sus dominios continentales que de abordar las preocupaciones de sus súbditos en Castilla, la rebelión comunera y sus consecuencias para la nobleza mesetaria, las inestabilidades de un imperio que ocultaba bajo la imagen gloriosa que proyectaba al exterior las costuras de unos enfrentamientos internos que no siempre era sencillo resolver— mientras se encadenan unos acontecimientos que tienen el mejor regusto de las clásicas novelas de intriga y ofrecen una perspectiva amplia y poliédrica sobre una sociedad tan compleja como fascinante.

Abundan, en lo que es otra marca definitoria de la literatura de Jambrina, los guiños metaliterarios. Igual que le ocurrió al Quijote en la tercera de sus salidas, el Fernando de Rojas que aquí se nos presenta no es un estudiante medio anónimo, sino el autor de una obra muy leída, la Tragicomedia de Calisto y Melibea, que visita la Cueva de Salamanca, que tanta importancia tuvo en su primera aventura, y recuerda a un tal Lázaro de Tormes, que fue su ayudante en la segunda. También en ésta irrumpe otro aprendiz de detective, un Alonso Jambrina que en el estrambote final redondea el juego de espejos narrativo, e incluso existe un disimulado guiño al lector más avisado en un pasaje que recrea, al modo renacentista, la peripecia de Félix de Montemar en El estudiante de Salamanca, de Espronceda. Hay, además, un recurso que el autor ensayó con solvencia en La corte de los engaños: falsos poemas de época con los que se aporta credibilidad a un argumento en el que la letra impresa, en papel o en piedra, juega un papel esencial. Son algunos códigos que enriquecen los niveles de lectura de una novela que no sólo no desmerece a sus antecesoras, sino que, más bien al contrario, es posible que El manuscrito de fuego sea el mejor título de la serie. Los lectores de Luis García Jambrina y los seguidores de Fernando de Rojas pueden felicitarse. La larga espera ha merecido la pena.

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Autor: Luis García Jambrina. TítuloEl manuscrito de fuegoEditorial:Espasa. VentaAmazonFnac y Casa del libro