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Fiat lux (Historia Sagrada de la sombra I)

Fiat lux (Historia Sagrada de la sombra I)

Cima da Conegliano, “David y Jonatán”, Galería Nacional de Londres

La Historia Sagrada hecha microrrelatos. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, y fijándose solo en las sombras de los personajes citados, Óscar Esquivias ha escrito cuarenta textos, divididos en cuatro decálogos, que Zenda ofrece en exclusiva. En esta primera nos traslada del paraíso de Adán y Eva al tiempo del rey David.

 

Primer decálogo

 

I

 

Yavé, cuando creó la luz, no había previsto que surgiera a la vez la sombra. Esto le hizo sospechar que las cosas empezaban algo torcidas.

II

 

Los primeros animales domésticos que tuvieron Adán y Eva fueron sus sombras. Solo ellas les acompañaron tras la expulsión del Edén, además de un perrito tuerto muy dócil y un gato que se les acercaba a la hora de comer y cuando quería mimos.

III

 

No había tanta felicidad en el Paraíso como se nos quiere hacer creer, pues al fin y al cabo no dejaba de ser un orfanato, todo lo esplendoroso y florido que se quiera. Los animales llamaban «mamá» a sus sombras porque creían haber nacido de ellas. Al anochecer, las buscaban por todas partes y lloraban desamparados.

IV

 

El día del Diluvio Universal el arca casi se fue a pique porque Noé se había olvidado de calcular el peso de las sombras de los animales. Tuvo que echar por la borda a los dinosaurios y a otros bichos grandes y feos para que la embarcación pudiera navegar.

V

 

La torre de Babel era un edificio sin duda imponente, pero su sombra tenía forma de falo y daba mucha risa verla.

Miguel Ángel, “Separación de la luz y la sombra”, bóveda de la capilla Sixtina, San Pedro del Vaticano.

VI

 

Esaú era mucho mas alto que Jacob, pero, cuando caminaban juntos, la sombra de este parecía más larga y alegre. Isaac sabía que leer augurios en las sombras era una superstición condenada por Yavé, pero no podía dejar de pensar que un destino adverso se cernía sobre su primogénito.

VII

 

Tanto atraía al faraón la sombra del bozo de aquel exótico esclavo de Putifar, que se inventaba sueños extravagantes solo para llamarlo y contemplarlo largamente mientras los interpretaba.

VIII

 

Hubo una undécima plaga, la definitiva para que Ramsés II dejara marchar a los israelitas. Las sombras de los egipcios mudaron, de la noche a la mañana, en formas ridículas que se movían independientes, sin obedecer a sus amos. El propio faraón amaneció con la sombra de un mandril enloquecido.

IX

 

Cuando Yavé consintió en mostrarse a Moisés en toda su gloria, le obligó a protegerse tras una roca y solo le permitió verle de espaldas, cuando se alejara, porque el rostro de Dios abrasa a quien fija los ojos en él. Quizá Moisés, aterrorizado por estas palabras, se asomó demasiado tarde, pero lo único que alcanzó a ver fue la sombra de un zorrito que corría ladera arriba y unos abejorros que zumbaban felices entre las jaras.

X

 

El rey David preguntó al rabí por la naturaleza de la sombra y este la comparó con la serpiente del Edén, que siempre nos acompaña, acechante y venenosa, se arrastra por el suelo y se alarga al caer el sol, cuando las tentaciones son más intensas. El rey se ruborizó, pues a esa hora se reunía en su tienda con el dulce Jonatán, cuyo amor era para él más maravilloso que el de las mujeres.

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