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Fiat lux (Historia Sagrada de la sombra II)

Fiat lux (Historia Sagrada de la sombra II)

Luc-Olivier Merson, “Descanso en la huida a Egipto”, Museo de Bellas Artes de Boston

La Historia Sagrada hecha microrrelatos. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, y fijándose solo en las sombras de los personajes citados, Óscar Esquivias ha escrito cuarenta textos, divididos en cuatro decálogos, que Zenda ofrece en exclusiva. En este segundo decálogo aparecen el niño Jesús, San Bruno y Domingo de Guzmán.

 

Segundo decálogo

 

I

 

El niño Jesús se entretuvo mucho mirando la sombra del burrito durante la huida a Egipto, y gracias a aquel simpático animal, que a veces movía las orejas y el rabo solo para que el niño riera, no sintió el miedo ni la angustia que atenazaban a sus padres durante aquel penoso viaje.

 

II

 

María, muy anciana, seguía recibiendo visitas de los ángeles. Estaba enferma de los ojos y ya no los distinguía bien, aunque conservaba muy vivo el recuerdo de sus rostros resplandecientes y sus coloridos plumajes. A veces hablaba con su sombra, confundiéndola con Gabriel, el más bello de todos, su favorito, pero también el más tímido y callado.

 

III

 

En contra de lo que cuentan las leyendas piadosas, la sombra de san Pedro nunca curó a nadie. Todo lo contrario: era una sombra áspera y fría, como de mármol sepulcral, que destemplaba el cuerpo de aquellos sobre los que se posaba. Por eso, los falsos paralíticos se levantaban del suelo y corrían despavoridos en cuanto lo veían acercarse.

 

IV

 

Una visión repentina derribó a Saulo de Tarso de su caballo, cerca de Damasco.  La caída fue muy violenta y Saulo perdió durante unos días la visión, pero no se rompió ningún hueso ni apenas se hizo daño, porque su pobre sombra amortiguó el golpe. A partir de entonces, llamaba la atención que él caminara muy derecho, con figura imponente, mientras que su sombra parecía torcida y coja.

 

V

 

Filareto de Tebas, discípulo predilecto de san Antonio, habitó sus últimos años en lo más profundo de una cueva, allí donde nunca llegaba la luz del sol, para evitar que la compañía de su sombra rompiera la soledad absoluta en la que se había propuesto vivir.

 

Hendrik Goltzius, “Adoración de los pastores”, Museo de Arte del condado de Los Ángeles

 

VI

 

El soldado Martín, futuro obispo de Tours, no partió su capa con un pobre, sino que rompió en dos su sombra para ceder la mitad a un infeliz que había vendido la suya al Maligno a cambio de un puñado de ciruelas.

 

VII

 

«Cuando dormimos, ¿nos acompaña la sombra al mundo de los sueños o se queda aquí, al pie del lecho, como un lebrel, protegiéndonos?».

Esto se preguntaba Huberto de Lieja, mirando a los ojos a su amado perro, como si en ellos pudiera encontrar la respuesta.

 

VIII

 

Es intolerable la esclavitud a la que tenemos sometida a la sombra, cómo nos complacemos en que nos siga servilmente a todas partes. El abad Domingo se dedicaba a manumitir cuantas se encontraba y lo único que les pedía a cambio era que peregrinaran al monasterio de Silos y dejaran allí sus grilletes como exvoto.

 

IX

 

Los severos ayunos y las mortificaciones que se infligía san Bruno en su eremitorio de Calabria llevaron su cuerpo a tal grado de debilidad que apenas podía arrastrar su sombra, tan pesada para él como las cadenas de un prisionero.

 

X

 

Cuando Domingo de Guzmán fundó la orden de los predicadores, dispuso que los monjes llevaran sobre el hábito blanco una capa negra como la noche. Así quiso que recordaran su doble condición de portadores de la luz e hijos de la sombra, iluminados por el resplandor de la Palabra pero manchados desde su concepción por el pecado original.

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