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Filosofar con una mano

Filosofar con una mano

Algunos quisieron creer que Thérèse filósofa fue escrita por el marqués de Sade. Pero eso sólo puede significar que no entendieron Thérèse filósofa o no entendieron las obras del marqués de Sade, si es que no sucedieron ambas cosas a la vez. Porque cualquiera que se dé el lujo de leer esta deliciosa novela libertina comprenderá al instante que su espíritu lúdico, inteligente y liberador no tiene nada que ver con los crueles abusos monótonos de los que habla el marqués de Sade, y que durante cierto tiempo algunos filósofos nos quisieron vender como el summum del progresismo.

Otros atribuyen dicha obra a Jean-Baptiste de Boyer, marqués d’Argens, uno de los grandes divulgadores de la ilustración en toda Europa, o incluso a Fougueret de Monbron, autor de El cosmopolita (publicado también por la editorial Laetoli), una deliciosa reflexión cosmopolita que no fundamenta la igualdad de todos los seres humanos en la filantropía, sino, antes bien, en la misantropía.

"La protagonista, atraída por el camino del deseo y la curiosidad, se encara a aquellos hombres y sacerdotes que murmuran indignados en el tribunal de su conciencia"

Se equivocaban un poco menos, puesto que hay grados en el equivocarse, aquellos que atribuyeron la obra a Denis Diderot, un autor que se preocupó por garantizar que su hija, Angélique Diderot, dispusiese del dinero, la cultura y la formación sexual suficientes como para mantenerse libre tras convertirse en la futura madame de Vandeul. Léase, por ejemplo, el “Suplemento al viaje de Bougainville”, uno de los deliciosos relatos “libertinos” con los que Diderot trató de liberar a su hija de todos los miedos, prejuicios y sometimientos asociados en su época (y en todas las épocas) a la sexualidad.

Más aún, en una estupenda reseña, titulada “Sexo y filosofía: Los secretos que esconde la libertina “Thérèse”, la periodista Paula Corroto se pregunta si detrás de la novela no se hallará una autora. Comparto su sensación, y ojalá alguien lo averigüe pronto.

Según dice Jonathan Israel en La Ilustración radical, esta novela, a la que considera “la mejor y más seria obra erótico-filosófica de la primera Ilustración”, es “una reelaboración erótica de las ideas de Spinoza, tal y como fueron difundidas por el libertinismo y el spinozismo, y luego recogidas por la Ilustración”. Así que aquellos que disfrutaron del Enigma de Spinoza de Irving Yalom, de El clan Spinoza de Maxime Rovère, de El milagro Spinoza de Frédéric Lenoir, o de cualquier otro spin-off (o spin-oz) de aquél que en los siglos XVII y XVIII fue el más leído y el menos citado de los filósofos, y hoy es el más citado y el menos leído de los autores, tienen aquí la oportunidad de disfrutar de ver su pensamiento en plena acción, o pleno acto…

Así, la protagonista, atraída por el camino del deseo y la curiosidad, se encara a aquellos hombres y sacerdotes que murmuran indignados en el tribunal de su conciencia:

“Responded, teólogos ignorantes o hipócritas que inventáis nuestros crímenes según vuestra conveniencia: ¿quién había introducido en mi interior las dos pasiones que se me disputaban: el amor de Dios o el amor por el placer de la carne? ¿Era la naturaleza o el diablo? Elegid. Pero ¿os atreveríais a afirmar que uno de los dos es más potente que Dios? Si ambos están subordinados a Él, entonces fue Dios quien les dio permiso para introducir esas pasiones en mí, y por lo tanto fueron su obra. “Pero —me responderéis— Dios os ha dado la razón para que os guíe.” Sí, pero no para decidirme. La razón me había mostrado con toda claridad las dos pasiones que me agitaban. Es gracias a ella que comprendí, a continuación, que, habiéndolo recibido todo de Dios, también había recibido esas pasiones con toda la fuerza con la que se me imponían. Pero esa misma razón que me iluminaba no me ayudaba a decidirme. “No obstante —continuaréis—, habiéndoos hecho Dios dueña de vuestra voluntad, sois libre de determinaros por el bien o por el mal.” Eso es un puro juego de palabras. Esa voluntad y esa pretendida libertad no tienen ningún tipo de fuerza, pues no actúan más que como resultado de las pasiones y los apetitos que con diferentes grados nos solicitan”.

Introducida en la filosofía y el sexo, que son el Deus sive natura de esta novela, por una deliciosa pareja de libertinos humanistas, conformada por la señora C y el abate T, la joven Thérèse aprende a pensar por cuenta propia:

“Sus argumentos sobre la naturaleza me habían impresionado profundamente. Veía claramente que Dios y la naturaleza no actuaban más que por la voluntad inmediata de Dios. Partiendo de ese punto, empecé a extraer mis pequeñas conclusiones, y empecé a pensar realmente por primera vez en mi vida”.

Resultan especialmente interesantes, en esta primera parte, los sermones libertinos con los que el joven abate T (del que Fermín de Pas tendría mucho que aprender) trata de liberar a Thérèse: Dios y la naturaleza son lo mismo, todo es materia, el objetivo último es el placer, que debe ser entendido también como reducción del sufrimiento en el mundo, las supersticiones son absurdas, y las religiones son una impostura que permite la alianza de los sacerdotes y los nobles para explotar al pueblo:

“Así es como estos políticos inventaron las religiones. Todos prometen recompensas y anuncian penas que obligan a una gran parte de los individuos a resistirse a la inclinación natural que tienen de apropiarse del bien, de la mujer o de la hija de los demás; de vengarse, de calumniar, de manchar la reputación de los demás, con el fin de volver la suya más relevante. El honor fue asociado, a continuación, a las religiones. Este ente, tan quimérico como aquéllas, tan inútil para la felicidad de las sociedades, en general, como para la de cada ciudadano, en particular, fue inventado para contener en los mismos límites, y por los mismos principios, a aquellos individuos a los que la religión no impresionase lo suficiente”.

Pero no solo habla el abate T, sino también la señora C, que interrumpe, cuestiona, bromea, refuta y dialoga, erigiéndose en una de las voces más libres y deliciosas de esta parte. Es inevitable pensar en Las amistades peligrosas de Laclos, sólo que este libertinismo, menos aristocrático, menos egoísta y menos pesimista, resulta más completo y liberador. Porque, para Thérèse, no se trata de que los nobles disfruten impunemente a espaldas de la Iglesia, y sobre las espaldas del pueblo, sino de difundir la buena nueva de que el placer es inocente, y los seres humanos debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano por desculpabilizarlo y aumentarlo, y no sólo —aunque también— en el lecho, sino también en las calles, en los campos y en los parlamentos.

“Concluyamos, pues, mi querida amiga, que los placeres de los que gozamos, vos y yo, son puros e inocentes, puesto que no sólo no ofenden a Dios ni a los hombres, en virtud del secreto y la decencia que observamos en nuestra conducta. Sin estas dos condiciones, convengo que causaríamos escándalo, y que seríamos criminales respecto de la sociedad, puesto que nuestro ejemplo podría seducir a jóvenes corazones destinados, por sus familias, por su nacimiento, a empleos útiles al bien público, que, quizás, descuidarían o desestimarían para dejarse arrastrar por el torrente de los placeres.

—Pero —repuso la señora C…—, si nuestros placeres son inocentes, que es tal y como yo lo entiendo en este momento, ¿por qué no, por el contrario, instruir a todo el mundo en este modo de gozar libremente? ¿Por qué no comunicar el fruto que habéis extraído de vuestras meditaciones metafísicas a nuestros amigos, a nuestros conciudadanos, puesto que nada podría contribuir más a su tranquilidad y a su felicidad? ¿No me habéis dicho cien veces que no hay un placer más grande que el de hacer a los demás felices?”.

Esta novela no olvida que las mujeres tenían muchas más dificultades que los hombres a la hora de seguir ese camino. Esa conciencia es simbolizada por el personaje de Thérèse, que evitará a toda costa —ayudada, como verá el lector, por su propia naturaleza— ser penetrada. Como en otro interesantísimo texto de la época, como L’école des femmes, se aboga por que, mientras las mujeres no gocen de la protección necesaria, se protejan aprendiendo a gozar de forma segura, mediante la masturbación, el sexo oral o el lesbianismo. El epicureísmo de la obra sabe que el precio de un placer nunca debe ser un sufrimiento superior. La masturbación no es, pues, un pecado, sino una forma de sexualidad estratégica, que busca extraer el máximo de placer en un contexto hostil. Son sexualidades estratégicas. El objetivo es reformar la sociedad para que su acceso al placer sea pleno y libre.

“Así, pues, teniendo todo esto en cuenta, ¿no parece cierto que el hombre que engaña a la naturaleza, y aquellos que, como nosotros, gozan de placeres más discretos, no cometen ningún delito mayor que el que cometen esos frailes, esas monjas, y todos aquellos que no llegan a casarse? Todos estos conservan en sus cuerpos, sin hacer ningún uso de ello, una semilla que los otros derraman por el suelo. ¿No se hallan, pues, los unos y los otros, en una posición semejante respecto de la sociedad? Ninguno de los dos le entregan ningún ciudadano. La sana razón, en cambio, nos dice que más vale que gocemos de un placer que no le hace daño a nadie, vertiendo vanamente esa semilla, a que la conservemos en nuestros vasos espermáticos, no sólo con la misma inutilidad, sino, además, con perjuicio para nuestra salud y, a menudo, para nuestra vida. Ya veis, pues, mi querida polemista —agregó el abate—, que nuestros placeres no perjudican a la sociedad más que el celibato aprobado de los frailes, las monjas y demás, de modo que podemos seguir disfrutando tranquilamente, sin ningún tipo de preocupación».

En las relaciones fundamentales de la novela, las mujeres son un sujeto autónomo con opiniones, ideas, deseos y libertad. Discuten, afirman, refutan, critican, expresan y también interrumpen sus encuentros con total libertad, si se hallan cansadas o disgustadas.

“—¡Ah, deteneos, malvado abate… Retirad vuestro dedo… Hoy no me siento predispuesta, pues todavía estoy cansada de nuestras locuras de ayer. Dejémoslo para mañana. Además, ya sabéis que me gusta estar a mis anchas, estirada sobre mi diván. Este banco no es nada cómodo. Parad, pues, de una vez, pues, ahora mismo, lo único que quiero de vos es la definición que me prometisteis sobre “madama naturaleza”. Ya estáis tranquilo, señor filósofo. Hablad, pues. Os escucho”.

Al final de la novela, Thérèse (que bien pudo ser el original que el marqués de Sade tuvo a bien torturar en su Justine) halla, tras algunas desventuras como cortesana en París, un final feliz. Pero ese final feliz no es el matrimonio, sino una relación libre que le ofrece un joven enamorado:

“—No, señorita, no me interrumpáis —continuasteis—; tened la bondad de escucharme hasta el final. Tengo doce mil libras de renta. Así que puedo, sin grandes problemas, aseguraros una renta vitalicia de dos mil. Soy soltero y no sólo estoy decidido a no casarme jamás, sino que también estoy determinado a retirarme del gran mundo, cuyas extravagancias han acabado por hartarme, para refugiarme en unas tierras muy hermosas que poseo a cuarenta leguas de París. Parto en cuatro días. ¿Querréis acompañarme en tanto que amiga? Quizás, con el tiempo, desearéis vivir conmigo en tanto que amante. Ello dependerá exclusivamente de vuestros sentimientos. Pero podéis estar bien segura de que esa decisión no tendrá lugar más que si os sentís persuadida interiormente de que puede contribuir de algún modo a aumentar vuestra felicidad”.

Sin ánimos de “destripar”, como dice la RAE, o “espoilear”, como dicen mis hijos, la novela, no puedo evitar evocar el delicioso proceso de seducción con el que el joven amante logra seducir a una Thérèse que desea librarse de una vez de su miedo al sexo no solitario, y al amor, en general. Sólo diré que hay una apuesta dulce (no masturbarse durante varios días) y un regalo envenenado (una biblioteca de libros y cuadros libertinos).

Se trata, claro está, de un libro de su época, que tiene sus límites (igual que la nuestra tiene los suyos, que aún no somos capaces de ver). Pero no tengo duda de que se trata de la más interesante y liberadora de las novelas libertinas del siglo XVIII, y, más importante si cabe, de una narración trepidante, divertida e inteligente, que he tenido el enorme placer de traducir y anotar.

Es de agradecer, nuevamente, el esfuerzo que la editorial Laetoli está realizando por poner a disposición de los lectores en lengua española las principales obras de la Ilustración.

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Autor: Atribuido a varios autores. Título: Thérèse filósofa. Editorial: Laetoli. Venta: Todos tus librosAmazon.

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