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Flaubert para novelistas principiantes

Flaubert para novelistas principiantes

Cuando he tenido que juzgar textos de autores noveles, me he sentido reflejado en mis inicios literarios mientras daba a leer mis textos y me ponía a esperar el momento en el que recibiría, expectante y emocionado, la primera opinión sobre lo que yo había escrito. De un modo parecido han acudido a mí personas que llevan un temblor dentro, han acabado una novela, han puesto en ella muchas horas y grandes dosis de credulidad, y llegan pidiendo una opinión. Pero tú sabes que tus palabras no se recibirán como un simple comentario sino como una especie de sentencia provisional porque no hay nada más vulnerable ni más necesitado que un autor que pretende sin más referencias que su deseo.

Es entonces cuando conviene recordar que la literatura no está regida por mandamientos sino por tendencias y analogías, que uno de los valores de la literatura es precisamente la ambigüedad y que, por fortuna, la novela es un ancho territorio de libertad. Conviene recordar también aquella frase de Rudyard Kipling referida a sus primeros tanteos en narrativa: “Descubrí, no sin pena, que cualquier mentecato puede escribir”. Es decir, que la novela no es algo sagrado sino un recinto abierto, transitable por cualquiera y, quizá por ello, tan propenso a la mediocridad y a las repeticiones, tan dado a la improvisación y al error que podemos afirmar que no hay novela sin algún aspecto fallido o mejorable. La fragilidad de la novela le viene de esa accesibilidad que señalaba Kipling, a pesar de tratarse de un producto que paradójicamente exige una singular especialización, por ser el género más complejo, el más elaborado, el que más precisión requiere en el ajuste de sus múltiples componentes. De hecho, no hay nada, ni siquiera fuera de la literatura, que sea tan capaz como la novela de abarcar el flujo de la realidad, sus contradicciones sin fin, su continuo e impreciso movimiento.

"Puede que en mayor o menor medida todos los novelistas seamos hijos de Flaubert, aquel escritor siempre insatisfecho"

Debido a que cualquier consejo, y con razón, solo sirve para tirarlo a la basura, quizá solo sería conveniente recordar a los autores noveles el derecho que tenemos todos a narrar y a equivocarnos, a disfrutar mientras contamos una historia dejando que las palabras vagabundeen y vayan donde el instinto quiera. Escribir como si fuéramos capaces de hacerlo con precisa fluidez, corregir y romper, afirmar y renegar, escribir y reescribir sabiendo que los mejores hallazgos se encuentran en el mismo proceso de escritura.

Por lo demás, conviene dejar claro que la novela solo puede ser tal si está sostenida por el estilo, que la diferencia entre un relato callejero y otro literario reside en que este usa la lengua como una especie de piqueta de minero que escarba y descubre nuevos significados.

Puede que en mayor o menor medida todos los novelistas seamos hijos de Flaubert, aquel escritor siempre insatisfecho, que quiso conseguir una prosa armónica, con dignidad artística, y luchó a muerte por la calidad de cada página. Fue él el primero en comprender que cualquier tema puede ser literario si lo hace suyo el estilo, aunque lo esencial de su herencia, más que en dignificar la prosa y en haber ensanchado los temas narrativos, está en un principio de insatisfacción que tiene su origen en comprobar que la realidad es superior a la lengua y ésta debe reinventarse para abarcar su escurridiza inmensidad.

"Ese es el camino que esbozó Flaubert y no es poco para un escritor pues todos tenemos algo de peregrinos sin destino"

Hoy miramos a Flaubert con el agradecimiento de saber que tensó una y otra vez el arco y, aun sabiendo que no hizo diana, acertó siempre en la dirección del disparo. Tuvo la certeza Flaubert de que el sistema sanguíneo de la literatura es el estilo, aunque no resida solo en la precisión o la sonoridad de las palabras, o en evitar esas rimas internas que tanto lo molestaban. Incluso llegó a intuir que el estilo es el modo de decir pero, en gran parte, es también lo dicho, que a través de él cualquier realidad contada puede hacerse relevante y significativa. El estilo es lo que media, por ejemplo, entre el Guernica de Picasso y la realidad de ese pueblo bombardeado. Si lo digo a la manera del protagonista de mi última novela, el estilo sería como arar, levantar la tierra hasta que nos enseñe sus raíces. O al modo de JR Jiménez: no ir más lejos sino más hondo. Ese es el camino que esbozó Flaubert y no es poco para un escritor pues todos tenemos algo de peregrinos sin destino, quizá porque solo hay caminos entrevistos y ninguno lleva al lugar preciso adonde quisiéramos llegar.