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Francisco Brines y «La mano del poeta (Cernuda)»

Francisco Brines y «La mano del poeta (Cernuda)»

Foto: Francisco Brines y Ricardo Labra.

Nada más enterarme de que a Francisco Brines le habían concedido el premio Cervantes, fui a buscar el libro de Las brasas por una de mis estanterías, para leer de nuevo el poema «La mano del poeta (Cernuda)». Poema escrito durante la estancia de Brines en Oxford, que entonces seguía los pasos del autor de la Desolación de la Quimera. Brines lo escribe después de un viaje a Cambridge, en una visita que hizo a Claudio Rodríguez —y a su mujer, Clara Miranda— que por aquellos pagos trabajaba como lector de su Universidad.

Cernuda representa mucho para Brines, como poeta y como referente personal, él mismo se ha encargado de señalar en algunas ocasiones que si su formación estética como poeta se debe a Juan Ramón Jiménez y a su Segunda antología poética, su formación moral se encuentra en la poesía de Luis Cernuda.

"Cernuda, cuyos libros estaban proscritos por los censores del Régimen, en vez de una realidad para Brines, fue un deseo incumplido durante aquellos largos años oscuros"

Cernuda, cuyos libros estaban proscritos por los censores del Régimen, en vez de una realidad para Brines, fue un deseo incumplido durante aquellos largos años oscuros, apenas atemperado por la lectura de alguno de sus poemas en las escasísimas antologías que circulaban por las librerías de viejo.

El despierto interés por leer al autor vedado, en cuya escritura intuía demasiadas cosas que podía develarle, solo hacía estimular su atracción por el autor sevillano. Qué emoción tuvo que sentir Paco Brines —fácilmente es imaginárselo— cuando, después de tan larga búsqueda, tuvo entre sus manos un libro de Luis Cernuda: Como quien espera el alba. Título que no dejó de resultar premonitorio para el poeta de Elca, ya que la desabrida luz poética de Luis Cernuda impregnará vivencialmente su escritura.

La pasión cernudiana no solo convirtió a Paco Brines en uno de los más activos divulgadores del autor de Los placeres prohibidos, sino que lo llevó a impulsar en 1962 —junto a otros amigos— un homenaje literario en la revista La caña Gris, en la que participaron, entre otros, además del autor de Las brasas, Valente y Jaime Gil de Biedma, junto a los críticos José Olivio Jiménez, Castellet y Jacobo Muñoz. Este humilde homenaje fue una de las pocas muestras de adhesión que recibió en vida Luis Cernuda, y que tal vez por ello, como se verá unas líneas más abajo, el poeta de Ocnos recibió con secreta alegría y esperanzadora ilusión en el devenir de la poesía española.

Pasaron los años, y en 1981 conceden el premio Cervantes al poeta y ensayista mexicano Octavio Paz. A una de esas recepciones que daban los reyes, con el objeto aparente de que ciertas personalidades representativas del país pudieran expresar su reconocimiento al premiado de ese año, invitaron a Francisco Brines. En el besamanos iban diciendo los nombres de las personas que en larga fila se acercaban a saludar, tanto a los reyes como al premiado. En un momento dado nombraron a Francisco Brines, y la mano de Octavio Paz se detuvo en la suya con temblor cernudiano. «Sabe», le dijo el autor de La estación violenta, «hace muchos años que oí hablar de usted a Luis Cernuda, me dijo que “había en España un joven poeta con mucho talento que se llamaba Francisco Brines”». Aquel fue sin duda uno de esos momentos en los que el deseo se convierte en realidad, y en el que la vida y la literatura se dan la mano, aunque sea por personas y lecturas interpuestas.

"Brines estrecha la mano de los poetas de varias generaciones, desde el temblor del inconfundible azahar y la kavafiana luz mediterránea de su perenne escritura"

Francisco Brines es una de las voces más singulares de los poetas del 50, más volcadas hacia el develamiento experiencial y la contemplación. Conversador afable, visitador asiduo de librerías de viejo, buen amigo de sus amigos, como demuestra su inquebrantable relación con Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño, cuya obra poética y labor intelectual siempre defendió con sinceridad. Su poesía, como él bien tituló, es «un ensayo de despedida», una insobornable insistencia, o resistencia, contra el olvido y la usura del tiempo. Sin duda, Francisco Brines se ha convertido desde hace años —como acertadamente intuyó Cernuda— en uno de los grandes referentes de la poesía española, en una de las voces poéticas más relevantes, más reflexivas y más verdaderas de nuestra poesía contemporánea. El jurado del premio Cervantes —cuyos miembros han sabido volver a tiempo su mirada sobre los hedónicos naranjos de Elca— justificó su decisión porque «su obra poética va de lo carnal a lo puramente metafísico, lo espiritual», evidenciando con esta definición la resistencia que ofrece la poesía de Francisco Brines a reducirse en un titular más o menos periodístico o académico.

Pero basta solo con leer alguno de los poemas del autor de El otoño de las rosas, para darse cuenta de las dimensiones vivenciales de su poesía, capaz de llevarnos hasta La última costa en sus humanas develaciones. Tal vez por ello resulte tan difícil definir en unas palabras su sustantiva obra, caracterizada por su cabal y lúcida indagación sobre la sensualidad del tiempo y la voluptuosa negación del olvido.

Nada más enterarme de que a Francisco Brines le habían concedido el premio Cervantes, con más emoción si cabe que en otras ocasiones, fui en busca de Las brasas para leer el poema «La mano del poeta (Cernuda)». Una mano con la que Brines estrecha la mano de los poetas de varias generaciones, desde el temblor del inconfundible azahar y la kavafiana luz mediterránea de su perenne escritura.

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