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Francisco Narla: “Esta es una novela de aventuras con trasfondo histórico”

Francisco Narla: “Esta es una novela de aventuras con trasfondo histórico”

Francisco Narla (Lugo, 1978) entra al café Gijón como si acabara de aterrizar un Boeing. Hay cierta chulería en su chaqueta de aviador. Pero el efecto antipático de la primera impresión se disuelve rápido. Narla es un hombre inteligente, con las ideas claras. Conversa bien y tiene un sentido práctico de las cosas. Es piloto. También escritor. Una combinación que ya posee su estampa más señalada en la historia de la literatura con Saint-Exupéry, de quien el gallego se considera un devoto lector.

Su primer libro apareció hace ya casi diez años. Durante todo ese tiempo, Narla publicó historias que se movían entre el terror y el suspense, hasta que tocó a las puertas de la novela histórica, un género en el que obtuvo una magnífica acogida de los lectores con Assur, una trama que da cuenta de las expediciones de un joven vikingo en la península en el siglo XI y que significó su punto de inflexión literario. A ésa siguió el éxito de Ronin, un libro donde narra la expedición de samurais que desembarcó en España en el siglo XVII. Ésas entre sus novelas más destacadas. Porque ha escrito bastante más.

En febrero de este año Francisco Narla fue proclamado ganador del I Premio Edhasa Narrativas Históricas por su novela Laín, el bastardo. El jurado, presidido por el escritor Santiago Posteguillo, resaltó “la calidad de la escritura y de la trama”, así como “el compromiso de largo aliento con una historia que atraviesa la convulsa historia de España y de parte del mundo conocido a lo largo del siglo XIII”. Tras alzarse con el reconocimiento, Francisco Narla —su nombre es Francisco Javier Fernández Vázquez— pasó a formar parte de la colección Narrativas Históricas del sello Edhasa, que arrancó en 1978 con Los hechos del rey Arturo, de John Streinbeck, y de la que ahora el gallego forma parte con su más reciente novela.

Escrita con la concepción de una novela de aventuras con trasfondo histórico, Laín, el bastardo tiene como protagonista a un hijo ilegítimo de don Rodrigo Seijas, señor de San Paio. El anhelo de Laín es conseguir que su padre se enorgullezca de él tras su vuelta de las Cruzadas. Empujado por esa ambición, emprende una serie de acciones, entre ellas buscar el polluelo de halcón más hermoso, para agradarlo. Pero el padre no va a volver. Expulsado por su hermanastro, será acogido por Guy de Tarba, infanzón fiel al señor de la villa.

Buscando a su padre —o acaso a sí mismo—, Laín se embarcará en un viaje desde Galicia, a través de los Pirineos, que lo llevará a Venecia, donde embarcan el infanzón y él hacia la Palestina y las lejanas tierras de Mongolia. No son pocas las peleas, torturas y persecuciones a las que tendrá que hacer frente y que Francisco Narla presenta al lector como si de una Cantiga se tratara. ¿Quién narra esta historia? Pues el trovador gallego Martín Códax, el encargado de glosar la épica del bastardo de San Paio: desde la gesta del halconero y los reveses en la batalla, hasta otros detalles del enorme fresco de las cruzadas, donde se produce, por ejemplo, el expolio de reliquias.

Es justamente en el mecanismo de la voz narradora de Martín Códax donde Francisco Narla levanta el ambicioso edificio técnico. Esa decisión permite que el libro se comporte como un artefacto literario emparentado con la historia de aventuras, aunque asentado sobre el pelaje de la novela histórica. Es justo ese género el que ocupa buena parte de la reflexión de esta mañana en el café Gijón. ¿Qué es y qué no? ¿Qué cabe en el género y hasta qué punto su naturaleza es propensa al mestizaje? De ese y otros asuntos —las diferencias, por ejemplo, entre volar y escribir— habla el escritor gallego en esta entrevista. 

¿Es ésta una novela de aventuras más que una novela histórica?

—Si tuviera que definirla, podría decir que una novela de aventuras con trasfondo histórico. Sería, en ese caso, más revertiana o incluso a la manera de El médico, de Noah Gordon. Hay un trasfondo histórico que intenta ser lo más riguroso posible, pero el motor es la aventura.

"Laín va más allá de lo imposible, para darse cuenta de que el padre ya lo tenía en el infanzón que lo ha acompañado, en el mentor que ha tenido"

—En Laín la redención es central. Su protagonista, un bastardo, avanza con la sola idea de que su padre se sienta orgulloso de él.

—Esa es la idea fundamental de la novela, proyectada sobre relación paterno-filial, ese deseo de Laín de conseguir el halcón para que su padre se sienta orgulloso de él. Cuando se demuestra que su padre está perdido en los desiertos de Judea, él quiere ir en esa expedición para encontrarlo. Cuando descubre que está todavía más lejos, en las explotaciones perlíferas, avanza en esa dirección. Laín va más allá de lo imposible, para darse cuenta de que el padre ya lo tenía en el infanzón que lo ha acompañado, en el mentor que ha tenido. Ese descubrimiento es desolador para él. La relación entre padres e hijos va más allá, porque la novela termina con la relación con su hija.

—Esta novela se desarrolla en el siglo XIII, en plenas Cruzadas. Ilumina un episodio poco conocido, al menos en ficción: el tráfico de reliquias.

—La documentación fue complicada. Implicó buscar en muchos recovecos, encontré pequeños párrafos alusivos al tráfico de reliquias, que la iglesia tapó. Por ejemplo, a día de hoy, existen seis prepucios de Jesucristo reconocidos por la iglesia. Hay plumas del espíritu Santo. Tienen guardada una hornacina con el suspiro que José emitió cuando se enteró de que María estaba embarazada… Eso nos llama la atención desde el presente. Es algo de lo que la Iglesia no presume ahora, aunque en su momento sí lo hizo. La información, que está muy dispersa, muestra que los templarios, de los que tanto hemos escuchado, hicieron buena parte de su dinero con el comercio ilegal de reliquias.

—Otro asunto en el que se detiene es la cetrería. Es poco abordada, ¿por qué la eligió?

—Quería que mi personaje fuera potente y, como dice Mendoza, eché mano de los trucos de costurera. Una de las cosas que ayudan a darle potencia a un personaje es introducir algo novedoso. Y resulta que en el siglo XIII hubo una explosión de la cetrería de la que eché mano. España, que era un país muy cetrero y en el que se practicaba desde el tiempo de los godos, recibió influencias y nuevas técnicas gracias a las Cruzadas y eso le dio una potencia cultural enorme. Me pareció que eso cuadraba. Venía bien al personaje. No ha habido una novela que tenga ese tema presente.

"No hay orquesta que no haya tocado alguna de las composiciones de Martín Códax, y sin embargo, no hay una página completa que hable de su biografía"

—El lector se encuentra con la pregunta: quién narra. Elige usted un cronista, un trovador gallego, Martín Códax.

—El germen y la construcción de la novela parte de esa idea: quién la cuenta. No hay orquesta que no haya tocado alguna de las composiciones de Martín Códax, y sin embargo, no hay una página completa que hable de su biografía. Todo lo que sabemos de él es lo que se infiere del Pergamino Vindel. Decimos que era de Vigo, porque se menciona en las cantigas. Me pareció una revelación que nadie hubiese hecho nada con uno de nuestros más grandes trovadores. Usarlo a él me resultaba natural. En la novela se hace referencia al Cantar del Mio Cid, del papel que tuvo el trovador en esa época. En el siglo XIII no había televisión, ni periódicos. Las noticias legaban a través de la composición poética a la que ponen música. Estaban las cantigas de amigo, que eran entretenimiento; la gesta, que estaba basada en la realidad; y el espejo, que era el relato de la vida de un rey o un infante. No es muy literaria la explicación, pero puede funcionar. La novela no es la vida de Martín Códax, sino la gran historia que él tiene que contar.

—Una lo suficientemente épica como la de Laín, claro.

—Exacto. La historia de un bastardo, un don nadie, que supera todas las barreras y hace que Alfonso X acabe diciendo que su hijo puede reinar. Es la gran aspiración medieval. Por eso la elegí. Tenía esa profundidad. ¿Quién arriesgaría tanto por contar esa historia? Tenía que ser un pícaro. Y así lo describo en la novela —abre el ejemplar que reposa sobre la mesa, busca una página y lee—. “Trovador y también algo más, lo reconozco. Hechizado por los dados, rufián de medio pelo, vividor de ilusiones, enamorado del vino, vividor de ilusiones, deudor de cualquiera, ladrón a veces, espabilado siempre y más que nada, ofuscado por las faldas que se deslizan rápido por piernas impacientes”. Eso es él, pero es que los bardos eran así: entre comillas, ese gran artista de rock al que se le va la pinza. Y funcionaba. El cine nos ha metido la idea de que no hay españoles en las cruzadas, y los hubo. Por eso la historia sola de Martín Códax no bastaba, sino la gran historia de su tiempo, la que él quería contar: la de ese cruzado que regresa.

"Yo he procurado escribir lo que me gustaría encontrar en las librerías"

—Había publicado usted otros libros, pero fueron Assur y Ronin las que tuvieron más impacto. ¿Fue ese su punto de inflexión?

—Sí. Creo en ese aspecto que hay que ser honesto. Yo he procurado escribir lo que me gustaría encontrar en las librerías. Mi primera novela, que la crítica llamó “terror costumbrista”, fue bien acogida por la crítica. Me abrió paso, con una editorial pequeñita. La segunda novela fue Caja negra. Assur fue una novela en la que no sólo me sentí cómodo, sino que el público me reconoció. Como soy un lector de novela histórica, no me causó ningún problema seguir trabajándolo. Con la novela histórica siento que he llegado a casa, al lugar al que pertenecía. El público me acepta. La crítica me apoya. ¿Qué más puedo pedir?

—Para que una novela sea histórica no basta la ambientación, no basta el propósito. ¿Qué atributos tiene para usted la novela histórica?

—¿Y cómo respondo yo a esto siendo original y sin decir lo que probablemente contestarán todos a esta pregunta?

—No hay que ser original, con que sea honesto basta.

—Creo que una novela histórica debe ser aquella que, la abras por donde la abras, sea capaz de trasladarte a otra época. Dime una página.

—Noventa y nueve.

—Noventa y nueve, bien —de nuevo, coge el ejemplar, busca la página y lee—. “Las últimas palabras del Gascón parecieron surtir efecto. La sombra de don Rodrigo seguía pesando demasiado incluso desde los desiertos de Gaza, pero la pesadilla no había terminado. Froilán miró con odio al infante, escupió al suelo, respiró hondo para recuperar el aliento y miró al bastardo, un medio hermano que amenazaba su posición, los derechos que él creía indiscutibles”. Has elegido la página. Hemos leído siete líneas. La expresión “los desiertos de Gaza” podría ser moderna, pero es una expresión extraña. “Froilán miró con odio al infante”. Sabemos que está en la Edad Media. “Se volvió hacia el bastardo” podría ser moderno. “Los derechos que creía indiscutibles”… Para mí esto es novela histórica, la abras donde la abras, respira y te traslada al momento donde te quieren hacer vivir.

—La novela histórica es permeable a otros géneros: el detectivesco, por ejemplo.

—Sí, y muchos otros. ¿Se puede decir que El nombre de la rosa es novela histórica? No. Roma ya no es novela histórica, es Roma. Santiago Posteguillo se ha dedicado a escribir sólo eso: Roma. Juego de tronos, si la analizas, por más que disguste a algunos, es la Inglaterra del siglo XI, George R.R. Martin lo ha utilizado de otra manera, pero es un espejo histórico, lo cual tampoco es nuevo. El rey león es Macbeth, y ahí sigue el musical. Y también es Macbeth Trono de sangre, de Kurosawa. A veces los géneros se traspapelan. ¿Es histórico Macbeth? No, pero puede que sí. Shakespeare escribe en el siglo XVII una obra que está inspirada en momentos vikingos de los siglos XI, XII y XIII… ¿por qué no?

—Dígame una cosa, ¿en qué se parece despegar y aterrizar un avión a comenzar y acabar una novela?

—Poco.

—¿Cómo así?

—Son acciones distintas. No sé si es ese el sentido, pero…

"Es como el ajedrez, cada acción del personaje despliega una serie de combinaciones, y yo elijo, como en el tablero, la que me parece la más lógica"

—Poner en marcha una novela es un viaje que emprende usted acompañado de mucha gente. Como arranque mal, se estrelló.

—Bien, pero en términos de trabajo, que es como lo he entendido, no. En el avión tú sabes lo que tienes que hacer y buscas los medios para llegar a ello, de una manera segura y eficaz. En la novela es al revés. Tengo todos los elementos, pero no sé qué hacer. Yo, que estudié ingeniería y matemáticas, digo: tengo que partir de un sitio y llegar a otro. Si decido una cosa, tienen que surgir acciones lógicas de esa decisión. Es como el ajedrez, cada acción del personaje despliega una serie de combinaciones, y yo elijo, como en el tablero, la que me parece la más lógica. Cuando ha terminado la partida, tengo una historia. En el avión no es así, no tengo que diseñar la partida. Tengo ya la ruta trazada. Sé cuántos pasajeros llevo. Cuánto equipaje.

—No me va a negar que existe algo excepcional en el hecho de volar, como existe algo excepcional en el hecho de escribir.

—No lo niego. Son dos profesiones con mucha vocación, con mucha magia y que resultan tremendamente satisfactorias para alguien soñador, y en mi caso ambas tienen un culpable: Saint-Exupéry. Y ante la pregunta sobre cómo se puede ser un escritor y un aviador, y cuál es la diferencia, pienso lo que él dijo. Son las vocaciones de un soñador.

"Mi infancia no fue terrible. Tuvo sus cosas complicadas en algunos aspectos y fue en esos momentos donde los libros fueron un refugio para mí"

—¿Cuál vocación surgió primero: la de aventurero, la de lector, la de piloto, la de escritor…?

—Mi primera vocación fue la de lector-soñador. Mi infancia no fue terrible. Tuvo sus cosas complicadas en algunos aspectos y fue en esos momentos donde los libros fueron un refugio para mí. Ese sueño de que los libros me enseñaran algo distinto o mejor que pudiera conseguir. La colección de James Bond de niño me volvió loco. Las novelas de Cienfuegos, yo quería ser el chico guapo y alto que conquista a la alemana rubia que recorre medio mundo. Yo quería convertirme en esas cosas. Luego, con la madurez, aprendes que esos sueños pueden realizarse de determinadas maneras. Lo de escritor y aviador llega por decisiones.

—¿Cuándo fue la primera vez que se sintió piloto?

—Siempre digo que fue cuando volé sobre el desierto, de noche y solo, como contaba Saint-Exupéry en Volando solo.

—¿Y escritor? ¿Cuándo se sintió escritor?

—En el momento en que empecé a percibir que lo que había escrito transformó y tocó a las personas. Cuando recibo la nota o la foto de un cachorrito al que alguien le ha puesto Furco, que es el lobo que acompaña a Assur en la novela, me doy cuenta de que he tocado a la gente. Esto —dice señalando el libro sobre la mesa— es papel y tinta y es el lector el que lo transforma en sentimientos. Las historias que a mí me marcaron, Salgari, Cervantes, son las que yo le daré a leer a mi hija. Son aquellas que te marcan y que transmitirás de generación en generación. Esas son las que valen la pena.