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Laín, el bastardo, de Francisco Narla

Laín, el bastardo, de Francisco Narla

Como si fuera una cantiga moderna, Martín Códax nos relata la historia de Laín, el bastardo de San Paio; la gesta del halconero, una historia de aventuras, conspiraciones y honor, sumergida en la época más turbulenta del medioevo europeo, desde la España de Alfonso X el Sabio hasta las lejanas tierras de Mongolia, donde la sombra del gran Gengis Khan sigue enmudeciendo a vivos y a muertos. Ofrecemos un adelanto de Laín, el bastardo, la nueva novela de Francisco Narla, ganadora del I Premio Edhasa Narrativas Históricas. Santiago Posteguillo, presidente del jurado, la ha definido con estas palabras: «La historia de una venganza en el marco de una evocadora descripción de la Edad Media: un viaje al corazón del alma humana».

—INTROITO—

EL MOCOSO
«… y aunque los otros huyan del campo, sepas que éstos no huirán por
ninguna manera, que conocen que han logrado ya bien sus días: y si les
acaeciere querrán antes aquí morir que tornar las cabezas para huir…»

Libro II de La gran conquista de Ultramar, circa 1290.

Era huérfano. Y bastardo. Sin más apellido que su sombra. Un mocoso espigado y sucio.

Con sólo once años, no tenía espaldas para cargar con más culpas.

De su madre había recibido su única herencia, unos ojos grises como ceniza húmeda. A la desdichada la había matado la buba hacía ya cinco inviernos. Se fue a los cielos sin otra cosa que un mandil sobado y el profundo amor que sentía por su único hijo, al que dejaba solo.

De su padre, ni tan siquiera llevaba el nombre. Aunque, tal y como se oía en los cuchicheos de las gentes de San Paio, la estatura que el crío prometía y las greñas despeinadas, del color de la madera de haya recién cortada, eran muestra más que suficiente para todo el que quisiera saber la verdad.

Y él sabía la verdad. Pero no guardaba rencor alguno. Había aceptado las burlas, y también los abusos. Así era la vida, con sus desgracias. Igual que las heladas, el rayo o las piedras que zancadillean el arado al labrar la tierra.

Aun así, alimentaba sueños, amontonados unos encima de otros. Albergaba esperanzas, tibias y reconfortantes como una buena manta de lana en una fría noche de invierno.

Se llamaba Laín.

No tenía nada. Iba a perderlo todo.

© Manuel Casado

 

—ESTROFA—

I y ESTRIBILLO

LAS DEUDAS DEL

TROVADOR

«Después, pasada la tierra de León y los puertos del monte Irago y del monte Cebreiro, se encuentra la tierra de los gallegos.»

Guía de peregrinos, Liber Sancti Iacobi, Codex Calixtinu

Las buenas historias son como las buenas mujeres.

Ésa ha sido la gran verdad de mi vida. Y la mayor de mis desgracias.

Porque con las buenas historias siempre me ha pasado lo mismo que con las buenas mujeres. O ya las había contado otro o se me escapaban antes de que pudiera contarlas yo. Por eso nunca he llevado en la bolsa más que unas pocas cantigas de versos pobres, y por eso no he encontrado más amores que los de barraganas de puerto; cómodos y cálidos, pero falsos como cruces de tres brazos.

Hay quien jurará que yo mismo he labrado mi suerte por mi mala cabeza. Y puede que lleve algo de razón. He de admitirlo: no he sido un santo, pero no todo fue culpa mía. La triste verdad es que las pocas veces que las rondé, a las buenas historias o a las buenas mujeres, me encontré de repente con una daga en los riñones o una cuerda al pescuezo.

Y uno es pobre, de los que han tenido que apañárselas con un mendrugo de pan y mucha hambre en el camino, pero siempre le he tenido cariño al pellejo. Que mejor es verse pidiendo limosna en la plaza de la iglesia, que bajo una lápida sin nombre en algún camposanto perdido de la mano de Dios.

Las buenas mujeres y las buenas historias.

Ambas han sido mi perdición.

Y, pese a ello, nunca dejé de buscarlas; ni a las unas, ni a las otras.

Así fue como acabé por enterarme de una que nadie había contado aún. La de unas perlas que debían de haber terminado en un relicario de la vera cruz en Ponferrada. Perlas que, en vez de acabar en manos de un orfebre, habían llegado hasta San Paio desde los mismos eriales de la Palestina.

Me pudo la tentación, como al ver el escote de la tabernera que se agacha sobre la mesa con las jarras de vino. Quedé anzolado como un pescado cualquiera. Me bastó intuir que había allí una gesta, como la del mismo Sigfrido, con mujeres tan bellas como la incomparable Crimilda, con hazañas que habrían de recordarse.

Tuve que porfiar. Tenía que escuchar esa historia. Para escribirla, para contarla, para que los copistas la repitieran una y otra vez, para guardarla por siempre en pergaminos bien enlucidos a los pies de mi nombre.

Me llamo Martín. Nací en Vigo el año antes de que en las Navas de Tolosa se rindieran los moros. Mi padre mercadeaba con pescados en salazón y yo, desde chico, supe que mi camino habría de ser otro. Soy trovador.

Trovador, y también algo más.

Lo reconozco.

Hechizado por los dados, rufián de medio pelo, vividor de ilusiones, enamorado del vino, soñador de historias, deudor de cualquiera, ladrón a veces, nunca santo, espabilado siempre y, más que nada, ofuscado por las faldas que se deslizan rápido por piernas impacientes.

Más de una vez perdí hasta los dientes de leche. Y más de una vez lapidé una fortuna entre jarros de figón y dedos que desataban esos mismos calzones que estaba a punto de apostar.

Ahora sólo soy un viejo. Un anciano con bastón que disfruta escuchando las notas que aún puede arrancar a las cuerdas de la cítola. Un vejancón arrugado que sueña a las buenas mozas que conoció cuando la lujuria no era un recuerdo. Pero antes de que me lleve la parca quiero contar la historia que conocí cuando iba camino de Santa María de Sobrado en los tiempos en los que Afonso acababa de ceñirse la corona de Castilla tras conquistar a las bravas Murcia y Sevilla. Antes de que acabase solo, despojado de sus títulos y con el hijo desheredado.

En aquellos años aún nadie le decía eso de el Sabio y no hacía tanto que se había criado con sus ayos en los montes gallegos. No, en aquel entonces muchos lo llamaban el Gibelino por mor de su madre, la de Suabia.

Hace ya mucho de todo aquello. Eran los días en que llegaban lejanas noticias de que los tártaros mogoles habían hecho hincar las rodillas a los magiares después de pasar a sangre y fuego la Rus de Kiev. Muchos miraban hacia el levante temiendo que a los perros mahometanos les salieran aliados.

Ha pasado el tiempo.

Me basta ver mis manos sujetando la pluma. Están manchadas por la edad, cubiertas de arrugas. Se han ido muchos años desde aquellos días, muchos, y ha llegado el momento. Prometí guardar silencio. Pero ya se cumplió lo pactado. Ya no estoy atado por el juramento que hice. Ahora puedo contar esa historia.

Me bautizaron Martín y me dicen Códax.

Y ésta es la gesta del halconero.

© Manuel Casado

Sinopsis de Laín, el bastardo, de Francisco Narla

Era huérfano, y bastardo, pero su ilusión estaba clara: que cuando su padre, don Rodrigo Seijas, señor de San Paio, volviera de las Cruzadas, estuviera orgulloso de él. Por eso había escalado el roquedal hasta conseguir un polluelo de halcón, que criaría para regalárselo. Pero las malas noticias llegaron al fin: don Rodrigo no iba a volver. Y ahí empezó todo. Expulsado a golpes por su hermanastro, será acogido por Guy de Tarba, infanzón fiel al señor de la villa y, con él, Laín se embarcará en un viaje lleno de peligros y aventuras. Desde Galicia, pasarán los Pirineos y, ya en Venecia, embarcarán hacia la Palestina y allende ultramar. Perseguido por los templarios, será traicionado, embaucado, torturado…, pero se convertirá en un hombre, en un héroe. Y lo mantendrá vivo una única esperanza: la venganza.

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Autor: Francisco Narla. Título: Laín, el bastardo. Editorial: Edhasa. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro