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«Fresco», un relato de Nicolás Melini

«Fresco», un relato de Nicolás Melini

En la colección de 17 relatos Talón, de Nicolás Melini, el lector encontrará siempre un punto débil, un talón de Aquiles, por culpa del vacío existencial, del cuerpo como identidad atacada y de los espejismos del narciso que somos. Zenda publica uno de los relatos del libro.

Fresco

Tengo que buscar la manera de dejar de pensar en mi cuerpo. Ojalá la mente afuera, en otra cosa: hay un verde muy bonito allí. Dos personas se detienen y miran el cielo. Qué tendrá el cielo, que lo miran. Algo se obstruye en mí. Es en un lateral, el izquierdo. Siento un levísimo pinchazo en el gemelo contrario, el derecho. Me observo. No es nada. Nada de esto es nada. Toda la vida así, observándome. De pronto me imagino saltando. Por fortuna, he permanecido sentado. Sonrío. Si hubiese saltado, ahora estaría muerto. Ha sido un flash. Me duele en lugares del cuerpo en los que no hay nada. En el lateral izquierdo, tan al lado, pienso: nada. Ningún órgano podrido. Solo tejidos, carne. Y luego un nuevo flash. Y salto. Me molesta esta incapacidad mía para pensar en algo productivo. En cuanto me descuido ya estoy pensando en mi cuerpo otra vez. El hombro: estuve a punto de destruirme el hombro, hace años. Ahora es como si los tendones estuvieran sueltos. Me duele, pero en ningún punto en concreto. Sin previo aviso, siento el clic de un tendón al saltar. ¡También saltan mis tendones! Yo me desdoblo y me veo saltando de nuevo por encima de la baranda. Abajo hay… medio kilómetro. Ya estoy muerto. Sonrío. Es molesto. Me pregunto si algún día será tan molesto que no pueda evitarlo. ¿Me pondré en pie, algún día, y, cuando me vaya a dar cuenta, lo habré hecho, habré saltado? Por primera vez, el salto será el último: el primer último salto. Algunas veces resulta complicado salir de una cosa o de la otra, o de las dos, qué tendrá que ver que mire todo el tiempo, que todo el tiempo tenga la mirada vuelta hacia mi cuerpo, y ese salto que me asalta. Flash. Estoy felizmente acostumbrado. Sonrío. Algo se ha movido en el interior más profundo de mi fosa iliaca derecha, como si fuera una tripa. Pero ahí no hay tripas, ni nada. ¿Acaso se trate de una burbuja de oxígeno, si eso es posible…? A menudo le echo la culpa a las burbujas de oxígeno, que no sé si existen ni si me producirían esas sensaciones vagas. Acaso se trate, esas burbujas, del reflejo de un movimiento, un movimiento lejano en el cuerpo… ¿El reflejo del dolor de un órgano que no duele? Cambio de postura en la silla. Un pie adelante y el otro atrás. Es un movimiento leve, sin embargo escudriño la tensión de todos mis músculos hasta la cadera, y aún se ramifica algo de esa tensión a lo largo de mi columna vertebral y, definitivamente, eso creo, alcanza mis cervicales. Uy, el hombro. Ha saltado. He saltado. Es incontrolable. Nunca me había pasado tantas veces seguidas. Es una suerte encontrarme acompañado. Tantas veces seguidas, encontrándome solo, sería, quizá, peligroso. En todo este tiempo, ella no ha dejado de cantar y poner música para que cantemos. Reímos al tratar de imitar las voces de los cantantes. Tal vez si me pongo un poco más ladeado, sobre este lado, quiero decir…, aquel digestivo que me hizo una eco me dijo que tengo un estómago particular, especial: vertical. Y me recomendó echarme de este lado. Pero ahora estoy sentado y cantando y siento el movimiento de mis posaderas que se reparten el peso, mi peso. Soy tan consciente de mi cuerpo que no soy capaz de reír sin —al mismo tiempo— notar el contacto de mis muslos contra el borde de la silla, y sin embargo no debo de estar en mí cuando me veo saltar de nuevo, y es perverso porque ella no lo sabe, lo callo, canto como si nada, como si nada, aunque ahora estaría muerto y ella no sabría qué pensar: me odiaría. Ese es el problema hasta que un problema ya no es, hasta que ya no es problema, el problema. Dejar de sentir el cuerpo. Poder pensar en otras cosas. Dejar de sentir el cuerpo hasta que el cuerpo deje de estar aquí. El tobillo gira, la rodilla cruje. Yo diría que me duele cada músculo, si me toco, si hundo un dedo donde sea… Duele. Cada vez que encuentro un dolor con la punta de mis dedos, no puedo evitar manosearlo, lo estrujo, lo manipulo hasta que duele más, hasta que el dolor se nota y deja de estar escondido, latente. Me late, el dolor, y salto. Pero ahora hace fresco. Soy muy sensible a la brisa. Es un gran alivio para mí: disfruto el aire fresco de la brisa de los alisios.

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Autor: Nicolás Melini. Título: Talón. Editorial: Ediciones Franz.

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