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Galdós y el 27: una herencia menos visible

Galdós y el 27: una herencia menos visible

«Yo no existo». Así comienza la novela El amigo Manso, publicada por Galdós en 1882. Antes de contar su vida, el protagonista avisa de que es una invención y se niega a que lo confundan con el retrato de alguien. El novelista al que tantas veces se reduce a cronista de la sociedad española empieza por discutir la existencia de la persona que va a narrarnos su historia. No es el arranque que esperaríamos de un escritor dedicado únicamente a copiar lo que ve. Tampoco encaja demasiado bien en la idea de un siglo XIX literariamente agotado.

Esa página ofrece una entrada a la relación entre Galdós y el 27. Antes de preguntar cuánto admiraron o rechazaron los jóvenes al novelista, habría que precisar a qué Galdós nos referimos. ¿Al de sus libros o al que resulta de resumirlos bajo unas pocas etiquetas? Un escritor puede convertirse en monumento y seguir pendiente de lectura. La consagración establece su importancia, pero no garantiza que se conozcan las razones. Con Galdós, la palabra realismo corre a veces el riesgo de sustituir esa averiguación.

La cronología proporciona una primera paradoja. En 1927, Góngora llevaba muerto trescientos años y Galdós, siete. Sin embargo, el primero podía servir de referencia a una renovación poética mientras el segundo quedaba asociado a una literatura anterior. La antigüedad, por tanto, no era el problema. Los jóvenes no necesitaban que un autor fuese reciente para encontrarlo próximo: necesitaban descubrir en él algo que les permitiera escribir. La relación con el pasado dependía menos de los años transcurridos que de las posibilidades que una lectura abría.

"Galdós no ocupó una posición equivalente en aquella afirmación colectiva. Pero el programa con que unos escritores se presentan no coincide necesariamente con todo lo que han leído"

La reivindicación gongorina tuvo instrumentos concretos. En 1927 aparecieron las Soledades editadas por Dámaso Alonso y la Antología poética en honor de Góngora preparada por Gerardo Diego; Litoral dedicó al homenaje un número triple. Hubo estudio, edición y circulación de textos. Aquellos escritores no se limitaron a proclamar una preferencia: trabajaron para modificar las condiciones en que podía leerse al poeta. El homenaje funcionó también como una intervención sobre la tradición. Un autor antiguo volvía a ser un asunto presente.

Galdós no ocupó una posición equivalente en aquella afirmación colectiva. Pero el programa con que unos escritores se presentan no coincide necesariamente con todo lo que han leído. Tampoco una generación empieza a leer el día en que recibe su nombre. Cuando murió el novelista, el 4 de enero de 1920, Salinas era profesor y Cernuda asistía a sus clases en Sevilla; Alberti era todavía un adolescente. El estudio «Galdós entre el 27», de Vicente Granados Palomares, comienza recordando esa dispersión. La diferencia de edades importa porque impide atribuir a todos el mismo punto de partida.

Los jóvenes recibieron las novelas junto con las opiniones de sus mayores. En los artículos de enero de 1920, Unamuno había elogiado la lengua de Galdós; al releerlo en 1924, sometió también ese reconocimiento a revisión. La posteridad inmediata del escritor estaba en discusión. Leerlo suponía encontrarse con sus páginas, pero también con juicios prestigiosos que podían orientar de antemano la respuesta. La originalidad suele defenderse contra los maestros; resulta más difícil advertir cuánto se hereda de quienes nos enseñaron a desdeñarlos.

"Galdós no necesita escoger entre ambas cosas. La observación doméstica y el juego con la ficción pertenecen al mismo libro"

El caso más persistente es «don Benito el Garbancero». La frase la pronuncia Dorio de Gadex en Luces de bohemia: no debe convertirse, sin más, en una declaración personal de Valle-Inclán. Granados recuerda la precisión a propósito del estudio de Luis Iglesias Feijoo. La atribución importa, pero importa también el uso del mote. Una expresión de personaje ha podido circular como resumen crítico de una obra extensa. El lector que la acepta antes de abrir el libro ya dispone de una conclusión; solo le faltan las pruebas. Las pruebas dicen según mis estudios, que Valle y Galdós mantenían una fecunda amistad, correspondencia y detalles de importancia literaria suficientes para desdeñar esa atribución de desprecio de don Ramón hacia don Benito porque es una gran falacia, pero ahora esto no nos ocupa.

Hay un detalle de El amigo Manso que vuelve particularmente divertida esa simplificación. Después de haber proclamado su condición ficticia, el protagonista explica sus costumbres y declara su afición a los garbanzos. En unas pocas páginas conviven la discusión sobre cómo existe un personaje y la descripción de su comida favorita. Galdós no necesita escoger entre ambas cosas. La observación doméstica y el juego con la ficción pertenecen al mismo libro. Quizá la dificultad empiece cuando se supone que la primera invalida al segundo.

El narrador del comienzo también presenta al escritor como un amigo que viene a pedirle colaboración para otra novela. La supuesta criatura comenta la actividad de quien la inventa. Esa inversión invita a desconfiar de una lectura que confunda el relato con una simple transparencia del mundo. Al mismo tiempo, todo ocurre con humor, sin que la reflexión sobre el arte exija abandonar el lenguaje conversacional. La experimentación puede pasar inadvertida precisamente porque no anuncia su dificultad ni solicita que admiremos el esfuerzo, sin embargo, nos recuerda a Niebla.

"Estos ejemplos no convierten a Galdós en un miembro anticipado de las vanguardias. Tampoco hace falta concederle esa credencial"

Otro ejemplo lo ofrece la relación entre La incógnita y Realidad. Galdós trabaja sobre una misma materia narrativa mediante procedimientos distintos: las cartas de una novela y la disposición dialogada de la otra. En la primera, las noticias llegan filtradas por quien escribe; en la segunda, la organización de las voces cambia nuestro acceso a los personajes. No es un mero cambio de presentación. Se modifica la manera de conocer lo sucedido. El paso de un libro al otro convierte al lector en testigo de lo que una forma permite ver y otra deja en duda.

Basta mirar cómo se presenta Realidad: «Novela en cinco jornadas», con una relación de personajes, escenas, acotaciones y apartes. El lector reconoce convenciones teatrales dentro de un libro que se anuncia como novela. Galdós está ensayando qué puede hacerse con los límites de los géneros. La pregunta por la realidad no se resuelve acumulando información: exige decidir quién la proporciona, desde dónde y con qué acceso a lo que los demás callan. La forma interviene en el conocimiento, no llega después para embellecerlo.

Estos ejemplos no convierten a Galdós en un miembro anticipado de las vanguardias. Tampoco hace falta concederle esa credencial. Su interés reside en mostrar que la literatura decimonónica contenía problemas que el cambio de siglo no había clausurado. Presentarlo exclusivamente como retratista de una sociedad deja fuera una parte de su trabajo. Y entonces la relación con los renovadores parece mucho más improbable de lo que sus propias páginas permiten suponer. Antes de buscar la explicación en los jóvenes, conviene revisar la imagen del maestro.

"Los testimonios reunidos por la revista permiten observar una relación prolongada, no una votación a favor o en contra"

También los documentos de recepción ofrecen sorpresas. En enero de 1922, Jorge Guillén comentó en la revista España el Premio Nobel de Anatole France e introdujo una observación sobre Galdós: acaso le había faltado una gran barba para consolidar su prestigio. La broma, recogida por Granados, apuntaba a las condiciones exteriores de la consagración literaria. Guillén no estaba pronunciando un discurso de homenaje. Recordaba al novelista español dentro de una discusión sobre cómo se reconoce públicamente a un escritor, y lo llamaba «nuestro Galdós».

En 1952, Ínsula planteó una «revisión de Galdós» mediante tres preguntas: el recuerdo de la primera lectura, su posible influencia y el lugar que ocupaba entonces en la novela española. La propia encuesta separaba cuestiones que suelen confundirse. Haber leído pronto a un escritor no obliga a seguir su estilo; apreciar su obra no significa deberle una técnica; reconocerlo en la madurez no demuestra que antes se lo hubiera rechazado. Los testimonios reunidos por la revista permiten observar una relación prolongada, no una votación a favor o en contra.

Entre los consultados estaba Vicente Aleixandre, que recordaba un desinterés bastante extendido de las nuevas generaciones entre 1920 y 1935, al tiempo que dejaba constancia de su propia admiración. Las dos cosas caben en una misma época. Su respuesta muestra que el ambiente literario no consiguió gobernar todas las lecturas. Y la fecha importa: estamos ante un escritor maduro que interpreta su juventud, no ante un manifiesto publicado en 1927. La relación había continuado mucho después del momento que da nombre al grupo.

"Un autor puede resultar decisivo por las preguntas que suscita, incluso cuando su lector escribe de otra manera"

Aquí se abre el verdadero problema: qué encuentra un escritor al volver a un libro que conoció antes de encontrar su propia voz. Puede descubrir que había leído el argumento y apenas había atendido al modo de contarlo; que había juzgado a un personaje sin comprender todavía sus dificultades; que había confundido la familiaridad del lenguaje con una falta de elaboración. El regreso a un clásico no siempre confirma una admiración. A veces revela los límites de la primera lectura.

La recuperación de Góngora y la persistencia de Galdós permiten observar dos relaciones distintas con el pasado: el homenaje organizado que propone una lectura colectiva y los encuentros particulares que no necesitan coincidir en un programa. Sería un error exigirles el mismo calendario. También lo sería reducir la segunda relación a una influencia directa que hubiera que localizar, palabra por palabra, en los nuevos libros. Un autor puede resultar decisivo por las preguntas que suscita, incluso cuando su lector escribe de otra manera.

Galdós importa en esa historia porque sus libros no estaban agotados por las explicaciones que circulaban sobre ellos. El hombre considerado capaz de representar una época había escrito también una novela cuyo protagonista comenzaba negándose a existir. La contradicción no está en el libro: está en la estrechez de nuestra imagen del autor. Antes de decidir qué había dejado atrás el 27, vale la pena preguntarse qué quedaba todavía por descubrir. Para empezar a responder no hace falta organizar otro homenaje. Basta abrir una novela que creíamos conocer.

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