La poeta canaria no fue una figura lateral del 27 ni una artista dispersa entre demasiados oficios. Su poesía, su voz, su trabajo cinematográfico y su manera de ocupar el espacio público forman una de las versiones más completas —y menos atendidas— de la modernidad de aquella generación.
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Hay una injusticia especialmente reveladora en la recepción de Josefina de la Torre: no fue una desconocida para sus contemporáneos ni permaneció fuera de las instituciones que fijaron la Generación del 27. Gerardo Diego la incluyó en 1934, junto con Ernestina de Champourcin, entre las dos únicas mujeres de su Poesía española: Antología (Contemporáneos). Pedro Salinas había prologado su primer libro; trató a Lorca, Alberti y otros nombres centrales del grupo y participó en la misma atmósfera de renovación. Sin embargo, el relato posterior la desplazó hacia una zona secundaria. Su caso obliga a preguntarnos qué entendemos por 27 cuando una autora reconocida por sus propios compañeros acaba convertida en nota al pie.
Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1907, dentro de una familia vinculada a la literatura, la música y el teatro. En la casa de Las Canteras creó muy joven, junto a su hermano Claudio, el Teatro Mínimo, donde representaron a Ibsen, Chéjov o Bernard Shaw. Este origen amplía el mapa habitual del 27, contado casi siempre desde Madrid, la Residencia de Estudiantes y las revistas peninsulares. Josefina llegó a la modernidad desde una isla que no funcionó como periferia, sino como observatorio: Canarias era límite y puerto, distancia y circulación, conciencia de lo propio y noticia de lo exterior. La isla no la apartó de la vanguardia; le dio una perspectiva desde la que comprenderla.
Pedro Salinas lo intuyó al llamarla «muchacha-isla» en el prólogo de Versos y estampas, publicado por Litoral en 1927. La fórmula es afortunada, pero puede inmovilizarla en una juventud luminosa y decorativa. En su poesía, la isla es una estructura de percepción: enseña a medir las distancias, sentir la ausencia y mirar el horizonte como promesa y frontera. El mar no es postal canaria, sino memoria del cuerpo, la infancia, las habitaciones y las azoteas.
Versos y estampas posee una composición más moderna de lo que su delicadeza aparente permite advertir. Alterna poemas con estampas en prosa y reúne escenas recortadas por la memoria. No reconstruye la infancia linealmente ni presenta un paraíso sin fisuras: selecciona instantes, objetos, voces y pequeñas revelaciones. Hay en ese procedimiento algo fotográfico y cinematográfico antes de que el cine ocupara profesionalmente su vida. Cada estampa fija una imagen; su sucesión produce ritmo. Josefina había entendido muy pronto una lección vanguardista: recordar no consiste en copiar el pasado, sino en montarlo.
En Poemas de la isla, de 1930, su voz se depura. La tradición lírica popular, la canción y los metros breves conviven con imágenes vanguardistas y una mirada intensamente subjetiva. No es una discípula insular de Lorca o Alberti, sino una poeta que comparte con ellos el propósito de renovar la tradición sin renunciar a ella. Lo popular no actúa como ornamento folclórico, sino como respiración e intimidad. Su claridad tampoco equivale a facilidad: los poemas parecen ligeros porque han eliminado el peso innecesario. La sencillez es resultado de una selección rigurosa.
Esa precisión guarda relación con su formación musical. Josefina estudió canto e instrumentos, ofreció recitales y actuó en la Residencia de Estudiantes. Una cantante sabe que la frase depende del aire, que el silencio sostiene el sentido y que la emoción se arruina cuando la voz subraya demasiado. Su poesía posee esa inteligencia respiratoria: pausas, repeticiones y economía verbal crean una música que no necesita exhibirse. Frente a la grandilocuencia, prefiere la exactitud.
Su autobiografía para la antología de Gerardo Diego añade otro rasgo esencial. Josefina se presentaba como una mujer que dibujaba, jugaba al tenis y practicaba la natación. La enumeración retrata a la mujer moderna de los años veinte y treinta: activa, deportiva, dueña de su cuerpo y dispuesta a ocupar el espacio público. Concha Méndez hizo del deporte y del viaje una rebelión visible; Maruja Mallo convirtió su imagen en desafío; Josefina elaboró una modernidad menos estridente, pero igualmente consciente. Su elegancia no fue sumisión al adorno, sino construcción deliberada de sí misma. El estilo era una manera de gobernar la propia presencia.
Por eso el cine no puede tratarse como apéndice pintoresco de su biografía. Josefina perteneció al cruce de lenguajes del 27 desde el interior de una industria nueva. Trabajó en los estudios de doblaje de la Paramount en Joinville y prestó su voz en castellano a actrices como Marlene Dietrich. El doblaje era un oficio técnicamente exigente y simbólicamente fascinante: una voz se separaba de su cuerpo para alojarse en el rostro de otra mujer. Había que ajustar respiración, intención y tiempo hasta crear una identidad verosímil. Pocas experiencias resumen mejor su relación con el arte: estar presente incluso cuando la presencia queda escondida.
Más tarde fue actriz de cine, guionista, ayudante de dirección y periodista cinematográfica. Sostuvo además una extensa trayectoria teatral, llegó a ser primera actriz del María Guerrero y formó compañía propia. No fue una poeta seducida superficialmente por la pantalla: conoció ensayos, contratos, repetición, fabricación de estrellas y fragilidad profesional. Esa experiencia aflora en Memorias de una estrella, novela corta de 1954, donde el cine se contempla desde dentro. El asunto no es sólo la celebridad, sino la distancia entre la mujer y la imagen que la industria fabrica de ella. Ser visible no significa ser reconocida; a veces la imagen pública es la forma más eficaz de desaparición.
Durante la Guerra Civil y la posguerra publicó novelas populares con el seudónimo de Laura de Cominges. A menudo se ha considerado esta producción una actividad alimenticia, separada de la poeta «seria». Esa división reproduce una cómoda jerarquía entre alta literatura y cultura de masas. Josefina dominaba los géneros sentimentales y conocía las exigencias editoriales. Escribía y actuaba para seguir trabajando en un país devastado, dentro de una cultura que había reducido los espacios de libertad conquistados por las mujeres. No todas las creadoras del 27 marcharon al exilio: algunas permanecieron y tuvieron que multiplicar sus oficios o traducirse a lenguajes tolerables. Esa adaptación fue también una estrategia de continuidad.
La guerra quebró el mundo en el que había surgido y la historia posterior fragmentó su figura. La actriz quedó separada de la poeta; la novelista popular, de la autora vanguardista; la mujer elegante, de la profesional que conocía los engranajes del teatro y el cine. Cada faceta, aislada, parecía insuficiente para disputar un lugar central. Reunidas, componen una de las trayectorias más representativas de la cultura moderna española. El 27 no fue sólo una colección de libros excelentes, sino una red de revistas, escenarios, conciertos, imprentas, películas, compañías, amistades y viajes. Josefina se movió por casi todos esos espacios. La anomalía no está en su carrera, sino en una historia literaria que decidió mirar sólo una parte del paisaje.
Cuando Marzo incompleto apareció como libro en 1968, la claridad juvenil de sus primeros poemarios había adquirido otra gravedad. El título contiene una poética: el tiempo no llega a cerrarse, la vida conserva zonas incumplidas y la identidad se convierte en una búsqueda sin término. «Me busco y no me encuentro», escribe en uno de sus versos más conocidos. La muchacha-isla ha dejado paso a una mujer que explora las habitaciones interiores de la ausencia. La dicción continúa siendo limpia, pero la luz se ha enfriado: ya no ilumina la promesa del horizonte, sino los huecos que dejan el amor, los años y las vidas que pudieron haber sido. Medida del tiempo, incorporado a su poesía reunida en 1989, prolongará ese diálogo con la memoria.
En 2001, la Residencia de Estudiantes tituló una exposición Los álbumes de Josefina de la Torre. La última voz del 27. La fórmula ayudó a recuperarla, pero puede reducirla a superviviente de un mundo clausurado. Josefina resulta más interesante cuando dejamos de verla como el último eco de los demás. No se limitó a sobrevivir al 27: ensanchó su significado al introducir la perspectiva atlántica, la profesionalización femenina, la cultura cinematográfica, el valor artístico de la voz y la circulación entre géneros.
La recuperación impulsada bajo el nombre de Las Sinsombrero ha sido decisiva, pero no debería construir un álbum femenino paralelo al oficial, como si los hombres siguieran formando la generación y las mujeres fueran un apéndice reparador. Josefina no necesita ser admitida en una sala contigua. Su trayectoria demuestra que las creadoras participaron en la producción efectiva de aquella modernidad: escribieron, editaron, actuaron, viajaron, cantaron, tradujeron y trabajaron en las nuevas industrias culturales.
Incorporarla al 27 no significa añadir otro nombre a una nómina cerrada, sino revisar los criterios con que fue construida. Josefina estuvo allí: fue leída, antologada y reconocida. Fue el canon posterior el que no supo integrar una obra que se desplazaba entre la página, el micrófono, el escenario y la pantalla. Hizo de la isla una forma de conocimiento, de la voz un instrumento literario, del cine una prolongación de la poesía y del estilo una disciplina de libertad. No fue una figura lateral del 27, sino una de sus posibilidades más completas.
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Bibliografía básica
De la Torre, Josefina, Poesía completa, edición, introducción y notas de Fran Garcerá, 2 vols., Madrid, Torremozas, 2020.
García-Aguilar, Alberto y Castells-Molina, Isabel, eds., Josefina de la Torre y su tiempo, Berlín, Peter Lang, 2021.
Martín Fumero, José Manuel, «Josefina de la Torre y el poema en prosa», Dicenda. Estudios de Lengua y Literatura Españolas, 2022.
Martín Fumero, José Manuel, «Poemas de la isla: los lazos de Josefina de la Torre con la vanguardia», Ogigia. Revista electrónica de estudios hispánicos, núm. 34, 2023.
Mederos, Alicia R., coord., Josefina de la Torre. Modernismo y vanguardia. Centenario del nacimiento, 1907-2007, Las Palmas de Gran Canaria, Gobierno de Canarias, 2007.
Patrón Sánchez, Marina, Josefina de la Torre. Una biografía, Sevilla, Renacimiento, 2025.


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