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Ganador y finalista del concurso de cuentos de Navidad

Cuentos de Navidad en Zenda

Palabras presas, de Francesc Tortosa Fuerte, ha ganado nuestro concurso de relatos navideños, patrocinado por Iberdrola. Su premio es de  2.000 euros. Y El otro, de Mónica Montañés, ha resultado finalista y recibirá 1.000 euros. El jurado, formado por los escritores Lorenzo Silva, Juan Gómez-Jurado, Lara Siscar, Paula Izquierdo y Óscar Esquivias, y la agente literaria Palmira Márquez, ha valorado la calidad literaria y la originalidad de la historias. A este concurso de #cuentosdeNavidad se presentaron cerca de 1.300 relatos.

Para participar había que escribir un relato en internet en lengua española que incluyera la palabra NAVIDAD. El relato debía ser publicado en internet mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. El día 12 de enero difundimos la selección con los 20 relatos que optaban a los premios. Aquí puedes consultar las bases del concurso.

A continuación reproducimos los relatos ganadores.

RELATO GANADOR

14

Palabras presas

Por 

Francesc Tortosa Fuerte

La mordaza le apretó más cuando vio la puerta que le conduciría al exterior. Recordó cómo le habían obligado a ponérsela nada más ser encerrado, acumulando infinitos pensamientos tras sus dientes y quemándole más a cada minuto que pasaba.

Una leve brisa llegó desde la puerta y avivó el olor a tabaco que desprendía su ropa. Pronto estaría fuera para quitarse ese humillante bozal. Le entró un leve escalofrío, sintió que iba a explotar.

Llegó al exterior, la mordaza desapareció y el frío de nochebuena le despertó.

–Gracias por no meterte cuando hablaban de política.–Dijo su mujer dándole un beso–. Ahora solo te queda aguantar la comida de navidad.

Las piernas le temblaron.

***

RELATO FINALISTA

El otro

Por Mónica Montañés

Mi llegada había caído como un pelo en el caldo. Sus rostros se arrugaron no más verme. Solo uno de ellos mantuvo la sonrisa, quizá porque tardó en reconocerme. Siempre he tenido la extraña facultad de no ser bienvenido, de arruinar con mi sola presencia lo que otros califican como un buen momento.

Cuando nací, el hombre que estaba casado con mi madre ya era muy mayor para creerse mi padre y ella no tuvo imaginación para inventarle la aparición de un ángel que le diera a mi llegada a este mundo un cariz celestial. Ni imaginación ni ganas. Muy por el contrario, le dijo con todas sus letras que no era hijo de él y que viera cómo cargaba con su sombrero de cuernos. Sin embargo, para la pequeña historia familiar, fui visto desde ese momento como el que arruinó lo que hasta ese día era un matrimonio bien avenido.

Mi aspecto no ayudaba en lo absoluto. Mis ojos y mi cabello eran de otro color, yo era más alto y más delgado que todos en aquella casa, no había manera de evitar los murmullos de los vecinos. Pasé toda mi infancia tratando de ser aceptado, de parecerme, de mimetizarme. Comía el doble intentando engordar, me encorvaba para no sobresalir, aprendí a leer y a escribir sin que nadie me enseñara, nunca rompí un juguete ni dejé nada fuera de su lugar. Mi intento, además de inútil, empeoraba las cosas. Ninguno de mis hermanos, todos mucho mayores que yo, comía tanto ni tenía mi postura ni leyeron o escribiendo a la edad en que yo lo hice, ni eran tan cuidadosos u ordenados. Lo que en cualquier otro hogar habría sido visto como atributos, en el mío era visto como la prueba de que yo era el hijo de otro. Me odiaban y yo odiaba a ese otro al que me parecía tanto sin haberlo visto nunca. No sabía quién era, mi madre nunca quiso decírmelo y conocerlo se me volvió una obsesión. Quería encontrarlo, mirarlo a los ojos y gritarle ¿padre, por qué me has abandonado?

Treinta y tres años estuve buscándolo, persiguiendo pistas falsas, completando frases susurradas a media noche, armando un rompecabezas al que le faltaban las piezas más importantes. Por fin ayer di con un nombre y una dirección. He debido pensarlo mejor antes de tocar la puerta, esperar unos días, ya que había esperado tanto. Llegar justo en Navidad no parecía una buena idea, pero a mí me causó gracia la coincidencia. Yo había nacido un 25 de diciembre y quise darme este regalo de cumpleaños. Por experiencia, sé que no es bueno mezclar fechas, hacer algo relevante cuando el acontecimiento es otro. He debido pensarlo mejor, pero no lo hice y toqué la puerta. Ellos estaban todos sentados a la mesa, sirviendo el pavo. Sus rostros se arrugaron no más verme. Solo mi padre mantuvo la sonrisa, quizá porque tardó en reconocerme. Los mismos ojos, el mismo cuerpo largo, desgarbado, la misma sonrisa que se le borró al caer en cuenta de lo que estaba ocurriendo. Hacía treinta y tres años, le había negado a su mujer que fuera cierto el rumor que comenzó a correr en aquel pueblo donde pasaron unas vacaciones y al que no habían vuelto jamás. Todos en esa casa se parecían a mí. Por un instante pude sentir que pertenecía a algún lado, pero mi llegada había caído como un pelo en el caldo.