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Ganador y finalistas del concurso de relatos #MaestrosInolvidables

Ganador y finalistas del concurso de relatos #MaestrosInolvidables

Casi 500 relatos se han registrado en nuestro concurso de relatos #MaestrosInolvidablesdotado con 2.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Desde el lunes 17 hasta el domingo 30 de enero de 2022, todas esas historias se han publicado en nuestro foro.

Santiago Ferrer Marqués, con La furia visigoda de Don Arsenio, ha resultado ganador —con un premio de 1.000 €—; y Cronopia, con Mi primer colegio, y Cecilia Rodríguez Bove, con Leer es un verbo, han sido los dos finalistas —han obtenido 500 € cada uno—.

El jurado de esta edición estaba formado por los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

A continuación reproducimos el texto ganador y los dos finalistas.

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GANADOR

Autor: Santiago Ferrer Marqués

TítuloLa furia visigoda de Don Arsenio

—¡Ferrer, mastica usted con furia visigoda! —tronó la voz del profesor en el aula.
Recuerdo que me atraganté con el chicle al que aludía Don Arsenio mientras un coro de gaznápiros de 16 años como yo estallaba en una carcajada.
—Opino que usar goma de mascar mientras hablamos de las Etimologías de San Isidoro no es de recibo.
Tuve que darle la razón y disculparme. No es que en aquellos tiempos me importara mucho San Isidoro, pero le tenía gran aprecio a Don Arsenio y no se me hubiera ocurrido contradecirle.
Arsenio Ovejero era bajito, de mediana edad, con amplias entradas en su cabeza, ojos pequeños y rasgos algo simiescos, pero con una voz que desbordaba su pequeña humanidad y llenaba el aula como un locutor profesional. Además, su aspecto pulcro y algo pasado de moda, la forma en que llevaba su viejo portafolios de piel, y la elegancia con que fumaba en clase —entonces se fumaba en cualquier sitio—, hacían de él un personaje entrañable. O por lo menos lo era para mí, ya que algunos lo llamaban “arsénico” por considerar que las preguntas de sus exámenes estaban envenenadas.
Sin embargo, yo no podía dejar de apreciarlo. Cinco años antes caí enfermo y estuve varios meses sin poder asistir al colegio. Don Arsenio hizo que no perdiera el curso. Por propia voluntad se encargó de venir una tarde a la semana a mi casa para corregirme los deberes, repasar lecciones de varias asignaturas, e incluso hacerme los exámenes. Pero, sobre todo, sus visitas me servían para renovar mis lecturas. Cada vez aparecía con libros nuevos sacados de la biblioteca del colegio, incluso de su casa. Al principio venía con un volumen, pero luego —lo que me sobraba era tiempo— aparecía cargado con varios cada semana.
Había de todo. Clásicos desde luego, si tenemos en cuenta que Don Arsenio era un enamorado del Siglo de Oro español que coleccionaba ediciones de El Quijote. Pero fue considerado conmigo y de aquella época no pasó de prestarme El Lazarillo de Tormes y alguna antología poética. Lo que sí hubo fueron clásicos juveniles. Pasé meses devorando islas del tesoro, robinsones y mohicanos, Julio Verne y Salgari, Alicia y los tres mosqueteros, Sherlock Holmes y Tom Sawyer, London y Edmundo de Amicis. O bien me surtía de metamorfosis y plateros, principitos y Ana Frank, Bécquer y Poe. Entre mi padre y Don Arsenio consiguieron que me enganchara al negro sobre blanco y, bendita adicción, nunca podré agradecérselo suficientemente a ninguno de los dos.
Aquel año me sirvió también para apreciar en Don Arsenio otros valores que me hicieron valorarlo y respetarlo en años posteriores. Recuerdo otra clase, más o menos en la misma época de la “furia visigoda”, en que trabajábamos La vida es sueño de Calderón. Tras resumir la obra y leer algunos pasajes, Don Arsenio nos animó a ponerle otro título. Tras algunas propuestas más o menos insípidas, levantó la mano un compañero al que ya teníamos calado por pretencioso.
—Elucubraciones metafísicas de Segismundo —dijo el menda—. Y se quedó tan ancho.
Mi carcajada fue explosiva y ciertamente resultó hiriente para el pedante. Don Arsenio, ni corto ni perezoso, me tiró de clase. Medio avergonzado, pero aún con lágrimas en los ojos, salí al pasillo. Al acabar la clase, Don Arsenio se me acercó.
—Yo también soy más de Quevedo que de Góngora, Ferrer, pero hay que respetar todas las opiniones y apoyar a quien se esfuerza por expresarlas en público. Y ahora, salga de mi vista antes de que lo mande a dirección —añadió con boca seria y complicidad en los ojos.
Tiempo después, al abandonar el colegio, le perdí la pista. Y me arrepentí de no haberle expresado mi agradecimiento por lo que había hecho por mí.
Pasaron los años. Yo trabajaba, me había casado y tenía un hijo y una hija de 12 y 9 años respectivamente. Aquella tarde habíamos ido los tres a la Feria del Libro de Valencia, en los Jardines de Viveros. Volvíamos andando, cargados de libros, por los pretiles del antiguo cauce del Turia, en el Paseo de la Alameda. A lo lejos venía un señor mayor. Al acercarse reconocí a Don Arsenio pese a los casi 30 años que habían pasado desde la última vez que nos vimos. Lo saludé y nos dimos la mano. Lo increíble es que él también me reconociera y hasta se acordara de mi nombre.
—¿Son sus hijos, Ferrer? Hermosos muchachos.
Cruzamos con cariño algunas frases amables y nos despedimos. Con emoción les conté a mis hijos quién era el anciano y qué casualidad era el haberlo encontrado allí —aunque bien pensado, seguramente él iba al mismo sitio del que nosotros volvíamos—. Les expliqué lo importante que había sido para mí y caí en la cuenta de que, por segunda vez, no me había atrevido a expresarle mi agradecimiento.
Pasaron 12 años más, y una serie de casualidades me permitieron conocer las señas de Jimena, hija de Don Arsenio y que había sido compañera mía en el último año de colegio, aunque no había vuelto a tener noticias suyas. Contacté con ella por teléfono y tuvimos una larga charla. Don Arsenio aún vivía, aunque estaba mal de salud. Le conté todo lo agradecido que yo había estado siempre a su padre y le comuniqué mi intención de visitarlo para decírselo yo mismo. Quedamos en que me llamaría cuando hablara con su hermana, que era quien lo cuidaba, y así lo hizo a los pocos días. No podía ir a visitarlo: estaba muy débil y seguramente la visita lo agitaría demasiado. Pero prometió hablarle de mí cuando viera una buena ocasión. Mi tercera oportunidad de agradecimiento se había esfumado.
Dos meses después fue Jimena la que me llamó. Don Arsenio había fallecido. Ella había cumplido y le había hablado de mí.
—Me dio un recado, aunque no lo entiendo muy bien. Me dijo que te dijera que Góngora era un gilipollas.
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FINALISTAS

Autor: Cronopia (Oti Corona)

TítuloMi primer colegio

Mi primer colegio estaba en los bajos de un convento del casco antiguo, en el corazón de nuestro barrio más deprimido y sórdido.

Ni siquiera se trataba de una escuela, sino de dos salas que el municipio había adecuado como aulas transitorias y una placita cercana, acorralada por el mar, que hacía las veces de patio.

He olvidado a la que fue mi maestra en el parvulario; solo sé que en mi clase el estruendo era constante y entraba poca luz, y que me escabullía a la mínima ocasión para colarme en el curso de mi hermana mayor, sin que en párvulos notasen mi ausencia ni en primero mi existencia.

Allí impartía sus clases doña Elvira. Apenas recuerdo su cara pero sí su silueta, corpulenta y algo encorvada. Las ondas de su media melena caían como nubes de otoño y su voz, aunque potente, nunca sonó severa ni autoritaria.

Todo cuanto en mi clase resultaba abstracto e ininteligible cobraba sentido en el aula de aquella anciana.

Con ella aprendí que la eme con la a era ma, y luego, con sus juegos y dibujos, me enseñó mucho más que «mamá»: mano, mago, malo, mapa, mar, y de ahí el mago malo con el mapa en la mano se iba al mar.

Pero no fueron solo letras, palabras y frases sobre el papel lo que me regaló doña Elvira. También la fortuna de aprender y de saber, la certeza de que cada idea podía escribirse y el convencimiento de que aquel universo de palabras sería mi mejor guarida para crear y recrearme.

El temor a que doña Elvira me descubriera o a que mi maestra me echase de menos se disipó con el paso de los días.

Me recuerdo silenciosa y discreta, con el material furtivo que mi hermana o alguna compañera me pasaba de vez en cuando para que pudiese escribir, favor que yo les devolvía a la hora del recreo en forma de un par de galletas Príncipe o un trozo generoso de mi pan con embutido.

Transcurrieron las semanas y los meses y me acostumbré al jaleo de un aula y al dinamismo de la otra, a ir y venir entre el frío y la ilusión, el sueño y la magia.

Doña Elvira lavaba cabezas los viernes por la tarde, en un intento vano de acabar con los piojos. Contaba cuentos de hadas y de animales del bosque, cantaba canciones que se acompañaban de bailes y de palmas, nos enseñó a contar y a descontar con garbanzos, judías y pinzas de la ropa, a saltar a la comba, a dibujar una casa con chimenea y ventanucos y a colorear sin salirnos de los márgenes.

Me sentía secretamente orgullosa de engañar un día tras otro a aquella vieja, pues la pobre andaba siempre tan atareada entre sus varias decenas de alumnos que conseguí llegar al verano sin que advirtiese mi presencia.

A finales de agosto, mis padres recibieron con alegría una noticia que para mí sonaba catastrófica: acababan de inaugurar una escuela en las afueras y ya no volveríamos a las aulas de la parte vieja.

Me había hecho ilusiones de pasar un curso más con doña Elvira, y por fin no como polizona, sino como alumna de pleno derecho.

Asumí mi destino con la resignación con la que los niños aceptan casi todo, y a primeros de septiembre mi hermana y yo nos presentamos en aquel edificio recién construido que quedaba en el campo, a media hora del centro.

Justo cuando tomaba conciencia de lo indefensa que me encontraría en aquel recinto enorme y apartado, me fijé en una anciana que pedaleaba, montada en una bicicleta de paseo, por el camino de tierra en dirección al colegio, la figura grande y encorvada, los bucles plomizos de su pelo mecidos por el viento como nubes de otoño.

Doña Elvira fue mi maestra de primero de primaria. Volvieron las canciones, las letras de combinaciones infinitas, los cuentos y los juegos, y el curso pasó como un suspiro.

Cuando me entregó el boletín de notas del tercer trimestre no solo me deseó unas felices vacaciones; también me pellizcó, afectuosa, la mejilla, se inclinó para ponerse a mi altura y me susurró: «Me alegro de que este año no te hayas escapado a la clase de tu hermana».

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Autor: Cecilia Rodríguez Bove

TítuloLeer es un verbo

Demasiado calor. Supongo. Lo cierto es que los chavales de Altamira del Madrazo no teníamos planes. Vivíamos ralentizados. Sabíamos lo que íbamos a hacer durante el día y, eventualmente, lo que haríamos al siguiente. Poco más. No obstante, aunque yo aparentemente era como el resto, en realidad era diferente. Yo sí tenía un plan. Yo sería maestro. Y no apenas un maestro cualquiera. Yo sería un maestro igual que Don Ricardo. Él era el mejor. El único que aportaba algo diferente a nuestras vidas.

—Las palabras duermen en los libros —nos decía—. Están allí esperando que alguien llegue y las despierte. Solo entonces se organizan. Son como un ejército al que se le da la orden de llevarnos en un viaje que comienza siempre en la primera palabra.

Esta frase, que él siempre repetía, llegué a interiorizarla tanto, que estaba convencido de que en el instante en que se abría un libro, algo mágico tenía lugar en su interior.

Don Ricardo también tenía otras frases, menos poéticas tal vez, pero para mí, igual de inspiradoras.

—Leer es un verbo. Una acción. Cuando lean, háganlo siempre con criterio, con opinión —y agregaba—. Aquí no quiero alumnos santurrones, aburridos y mojigatos. ¡Moved esas neuronas!

Esa era su forma de estimularnos. En sus clases no teníamos que memorizar. Teníamos que reflexionar, opinar y respetar todas las opiniones. Eran siempre las mejores. Con diferencia.

Es por eso que nunca olvidaré la tarde en que estaba yo sentado en la cocina leyendo, mientras mi madre hacía sus faenas y vimos llegar, muy contrariado, a mi tío Octavio, quien ejercía de conserje, encargado de la limpieza y sereno del colegio. Todo al mismo tiempo.

—¿Qué te pasa? —le preguntó mi madre.

—Pues, que han despedido a Don Ricardo y acabo de verlo esperando el autobús para marcharse.

Al oír aquello reaccioné como solo puede hacerlo un chaval de 12 años que está a punto de perder algo valioso: solté el libro, salté del asiento y desoyendo los gritos de mi madre eché a correr vereda abajo. Corría tan rápido que apenas podía esquivar a los perros que salían ladrando a mi paso. Unos 500 metros separaban mi casa de la estación. Demasiados. Forcé mis piernas a todo lo que daban, pero no llegué a tiempo. Faltándome escasos metros, el autobús donde iba Don Ricardo se puso en marcha. Yo seguí corriendo detrás, gritando su nombre, hasta que tuve que parar, atrapado en una enorme nube de polvo.

Regresé a casa desconsolado, sucio y con un solo zapato. El otro lo perdí mientras corría. Esa noche me fui a la cama con el regaño de mi padre y las burlas de mis hermanos que sabían que al día siguiente yo tendría que ir a la escuela con los zapatos viejos, que ya me estaban pequeños.

Pero ni el regaño de mi padre, ni las burlas de mis hermanos eran nada comparado con la pena que yo sentía por no haber podido despedirme de mi maestro. Me sentía un ingrato y un malagradecido. Ese pesar me perseguiría durante toda la adolescencia. Llegué incluso a imaginar que podría remediarlo guardando los cuadernos con todas las notas que había ido tomado en sus clases. Algún día, cuando lo volviera a ver, se los mostraría como prueba de agradecimiento. Esos cuadernos los guardé durante una temporada, pero con el paso del tiempo, la idea de mostrárselos fue perdiendo fuelle. No así mis deseos de volverlo a ver.

Muchos años más tarde, acepté un puesto para trabajar en un pueblecito a unos 80 kilómetros de distancia, que resultó ser el pueblo donde residía Don Ricardo con su mujer y yo, en cuanto lo supe, quise visitarlo.

Iba emocionado y nervioso. Veinte años son muchos años. En la puerta me recibió su mujer, Violeta, quien me hizo pasar y me señaló con la mano a Don Ricardo.

Yo había conservado nítida la imagen de un hombre de pequeña estatura, sencillo, suspicaz, con gran sentido del humor, sincero hasta molestar, de esos que dicen lo que piensan, y sabido es que eso a veces incómoda —de ahí que lo despidieran alegando que sus métodos educativos no se ajustaban a las reglas—. Sin embargo, aquel recuerdo lejos estaba de parecerse a la figura del anciano diminuto y huesudo, que me miró desde su sillón con unos ojos vidriosos como único atisbo de vida.

—¿Puede oírme? —le pregunté torpemente a Violeta.

—Si, puede —me respondió ella y me aclaró—. Pero difícilmente te conteste. Hace años que tiene dificultad y solo habla conmigo, porque solo yo lo entiendo.

Me senté a su lado y sentí que volvía a ser aquel chavalín de 12 años. Él seguía mirándome en silencio y yo entonces le conté que era maestro, como él, que había hecho mías muchas de sus frases. “Leer es un verbo”. ¿Se acuerda? Le hablé también de libros, de nuevos escritores, como un tal Carlos Ruiz Zafón, que estaba conquistando muchos lectores y de mi última adquisición: una publicación que reunía la correspondencia entre Chejov y Gorki que era una auténtica delicia y prometí leérsela en la próxima visita.

Aunque aquel encuentro había sido muy diferente del que yo había imaginado, la admiración, el respeto y la gratitud que me producía Don Ricardo continuaban intactos.

Desgraciadamente, no hubo una próxima visita. A los pocos días falleció.

—Lo que más me duele —le dije a Violeta— es que, por segunda vez, no llegué a tiempo. Don Ricardo se ha ido sin saber siquiera que estuve a visitarlo, pues yo, de la emoción, olvidé identificarme.

—No hacía falta, él te reconoció —me respondió ella—. Después que te fuiste me dijo que tú eras German, aquel chico de Altamira del Madrazo, su mejor alumno, del que no pudo despedirse. Él estaba ya en el autobús cuando te vio venir corriendo. Te dijo adiós y luego te perdió de vista. Dijo que te quedaste envuelto en una nube de polvo.

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Yem
Yem
10 meses hace

¿Se podía concursar con seudónimo?

Entonces, ¿cómo garantizar que el autor sólo presenta dos trabajos? ¿Cómo hace Zenda para hacer cumplir sus propias bases?

Isabel Pro
Isabel Pro
10 meses hace

¡Enhorabuena!

Sergio
Sergio
10 meses hace

¡Enhorabuena! Gracias por esos textos que nos transportan a los añorados tiempos de escuela.

Cecilia
10 meses hace

Muchísimas gracias al jurado de ZENDA por la elección de mi texto como finalista. Y mi enhorabuena a Santiago Ferrer por su relato ganador y a Oti Corona, también finalista del concurso.

María C.
María C.
9 meses hace

No me parece que sean los mejores los que han ganado. Todo es relativo y dependiendo de la formación, la profundidad, la psicología, la ética, en fin del gusto que tengan quienes los han evaluado. Seguro que si hubieran sido otras personas quienes los hubieran evaluado, habrían elegido otros ganadores. No entiendo por qué han desaparecido tan pronto los demás relatos o sea los de quienes no han ganado. No nos ha dado tiempo ni a poderlos leer.

José
José
9 meses hace
Responder a  María C.

Pues yo me leí todos conforme iban saliendo, como todas las veces anteriores, y me quedé sorprendido cuando comprobé que solo 7 personas habían leído el mío!!!…. O por lo menos pinchado el enlace. No se, creía que la peña tenia mas curiosidad o interés, pero no. En fin, es lo que hay. Y coincido con tu reflexión, estos concursos de zenda no son para mi, la preselección es muy sui generis, y luego se premia sobre todo unos finales originales más que el relato en si, sin tener en cuenta nada mas. Pero es su criterio y es lo que hay.