Más de 1.200 relatos se han registrado en la primera edición del concurso de relatos #detodalavida, dotado con 2.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Desde el 15 de enero hasta el 2 de febrero, hemos recibido historias en las que nuestros recuerdos han cobrado el protagonismo desde todas las miradas posibles.
María Deulofeu Gabriel, con El último pastelillo, ha resultado ganadora —con un premio de 1.000 €—; y Patricia Aliaga Rodrigo, con La panadería eléctrica, y Paqui Rodríguez Extremera, con La cota cero del recuerdo, han sido los dos finalistas—han obtenido 500 € cada uno—.
El jurado ha estado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez. A continuación reproducimos el relato ganador y los dos finalistas.
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GANADORA
Título: El último pastelillo
Autor: María Deulofeu Gabriel
Mientras seleccionaba las zanahorias más espigadas, Ana volvió a experimentar aquella extraña sensación. Aunque había aprendido a convivir con ella —como se acostumbra uno a la sombra del gato ajeno tras el cristal o al rumor de sus cacerías en el patio— ya era la tercera vez que se asomaba en un solo día.
La primera había sido al escuchar el tintineo tras abrir la puerta de la panadería en la que solían comprar siempre la mantequilla. Pronto aprendió que la receta nunca sería la misma sin ella, la que preparaba la dueña aún, a pesar de su edad. La segunda la estremeció un poco después, en la esquina, justo antes de encontrarse con la hija del carpintero. Habían sido muy cercanas en la niñez y ahora, aunque sus caminos eran distintos, no pudieron evitar reincidir en las mismas pláticas despreocupadas al pie de un durazno doblegado por el perfume de tantas flores.
No fue en los anaqueles de los que tomó la harina, sino al aproximarse a las bolsas de las nueces que se sintió, de nuevo, desvalida. Recordó, sin saber por qué, la mañana de su última niñez, en la que una fiebre grave disfrazada de resfriado le había hecho tambalear con las bolsas del mandado en la salida del almacén. Era cierto que aquel lugar ya no era el mismo. Desde hacía un tiempo había sido comprado por una cadena de supermercados que se esparcía en los poblados más rápido que un virus y que había dejado sin empleo a la mujer que en aquella ocasión, sin desprenderse del delantal, había acompañado a la niña que fue hasta la puerta de su vivienda.
La cerradura desdentada de aquella misma puerta de nogal por fin cedió y Ana pudo entrar, dieciocho años después, con las bolsas de las compras y la misma impresión febril del pasado. No se dejó intimidar por el silencio de los muebles que dormitaban fastidiados por el polvo y por la soledad. Se había empeñado en no dejar morir aquella casa. Viajó desde la ciudad ese verano con la intención firme de que la luz volviera a anidarla.
Ninguno de sus hermanos se sumó a la iniciativa a pesar de que, en los ojos de todos, una chispa fugaz se animaba ante el recuerdo, ante la sola mención del que fue durante tanto tiempo su hogar.
Lo primero que se le ocurrió fue preparar los famosos pastelillos de su mamá. Había encontrado el recetario la mañana en la que volvió. La vecina, que llegaba una vez al mes para darle mantenimiento al jardín, le entregó las llaves y un fajo de recibos de luz y agua que durante años había pagado por cuenta propia. Era cierto que nadie vivía allí, pero el gesto y la mención, en aquella primera plática, de la buena sazón de su querida amiga, le hizo decidirse por volver a poner en marcha aquel horno clausurado sin aviso.
Tras limpiar la cocina, esta vez con mayor escrúpulo, se sintió demasiado cansada para emprender aquella labor que requería tanta dedicación, tanta voluntad.
La verdad era que Ana nunca había explorado mucho aquello del cocinar, aunque siempre sintió si no una inclinación, al menos sí curiosidad por la pasión que despertaba aquel oficio en su mamá. Al posponer sus planes hasta el siguiente día, en el fondo sintió alivio. La verdad era que temía que el resultado fuera desastroso y que, contrario a lo que pensaba, no fuera capaz de replicar aquellos pastelillos que tanto recordaba.
Al guardar la mantequilla notó que en los compartimentos todavía había algunos frascos de pepinillos y un par de recipientes vacíos de vidrio en los que se solían guardar las mermeladas. Nunca esperó que, al abrir la puerta del congelador, la sensación de que su alma se había desplazado a otro sitio ─y que había estado experimentando desde hacía algún tiempo─ se intensificara de tal modo que le fuera necesario buscar algo a lo que sostenerse.
El mismo sol de siempre, agonizante, volvía a colarse por el ventanal que siendo pequeña le parecía inalcanzable. Sentada sobre su regazo de madera, Ana daba, temblorosa y cubierta del rocío salado que brotaba desde su corazón roto, un primer mordisco al último pastelillo de zanahoria cocinado por su madre en vida.
Mientras aquel instante se desvanecía en su boca, se sintió de nuevo habitada.
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FINALISTAS
Título: La panadería eléctrica
Autor: Patricia Aliaga Rodrigo
Yo no creo en la nostalgia. La nostalgia es una trampa para viejos con miedo a morirse. Yo creo en la memoria, que es otra cosa: la memoria es un cuchillo bien afilado. Y corta. Si no corta, no sirve.
Tengo noventa y dos años, una prótesis de cadera que suena como una cafetera vieja y una lengua que todavía no se ha jubilado. El cuerpo hace ruidos raros, pero la cabeza sigue funcionando, que ya es bastante. Vivo en el mismo barrio desde antes de que el barrio tuviera nombre, antes de que tuviera farolas y antes de que tuviera vergüenza. Vivo aquí desde cuando las calles no se parecían a sí mismas y la gente se conocía por la voz, no por la foto del carné ni por el número del portal.
La panadería sigue ahí. Ahora se llama Bakery & Coffee, tiene una pizarra negra en la puerta y palabras en inglés que nadie del barrio sabe pronunciar sin pedir disculpas. Pero yo la sigo llamando la panadería de Remedios, porque una cosa es modernizarse y otra borrar la historia con un rotulador blanco.
Remedios era bajita, gorda, con bigote fino y una voz que parecía un sermón enfadado. Tenía los brazos fuertes de amasar y una paciencia corta para las tonterías, que suele ir junto. Cuando llegó la electricidad al barrio —yo tendría nueve o diez años— todos creían que aquello era magia: una bombilla colgada del techo, un horno nuevo, un interruptor como si fuera el botón de lanzar un cohete.
Remedios lo miró todo con desconfianza y dijo:
—Esto no es magia. Esto es trabajo con enchufe.
Y ya está. Fin del misticismo.
Antes, el pan se hacía de madrugada, a oscuras, con fuego real. El horno tragaba leña como un animal viejo, las manos se llenaban de ceniza, la masa se pegaba a la piel y el calor te dejaba los párpados blandos. La panadería era una cueva caliente donde la gente entraba muda, como si fuera una iglesia, pero sin mentiras.
Cuando llegó la luz, todo cambió. El barrio se iluminó, las noches dejaron de dar miedo, las mujeres dejaron de caerse por las escaleras y los niños pudimos leer sin dejarnos la vista. Los hombres empezaron a llegar más tarde del bar, eso también, pero nadie es perfecto y el progreso nunca viene solo. Eso no lo cuentan los nostálgicos profesionales, que recuerdan el pasado como si hubiera sido cómodo.
Yo iba cada mañana con una talega de tela que había cosido mi madre. Remedios siempre me daba un trozo de masa cruda.
—Para que aprendas que la vida no siempre está hecha —me decía.
Eso sí era pedagogía, no los libros de ahora ni las charlas motivacionales.
El barrio se construyó alrededor de ese horno. Las bodas se celebraban con su pan, los entierros también, el hambre también. Las fiestas, las peleas y los silencios pasaban por allí. Todo pasaba por allí, como por el bar, como por la iglesia, como por el cementerio. Si querías saber cómo estaba el mundo, mirabas el pan.
Una vez hubo un apagón grande, de los de antes, de los que dejaban al barrio en una oscuridad de animal prehistórico. La gente bajó a la calle como si se acabara el mundo: gritos, velas, radios, niños llorando y hombres que no sabían qué hacer con las manos. Remedios abrió la puerta de la panadería y sacó el pan igual, caliente y oliendo a hogar, como si nada.
—Mientras haya manos, hay pan —dijo.
Eso se me quedó tatuado en el cerebro más que cualquier rezo y más que muchas promesas.
Ahora el horno es eléctrico, las dependientas tienen piercings, el pan se cobra con tarjeta y el barrio parece un catálogo inmobiliario con nostalgia de mentira. Pero hay algo que no han podido quitar: el olor. El olor sigue siendo el mismo, y eso no hay modernidad que lo arregle ni que lo estropee.
Cada mañana bajo despacio, con mi bastón, como quien baja a ver si el mundo sigue en su sitio. Entro, pido una barra y me siento en el banco de fuera. No miro el móvil porque no lo necesito, no miro a la gente porque ya la conozco y no miro el mundo porque lo tengo visto. Huelo el pan y me doy por servido.
Y me acuerdo de mi madre, de Remedios, del primer beso que me dieron detrás del horno, del día que aprendí a cambiar un enchufe sin electrocutarme y del día que nació mi hija. Me acuerdo del día en que el barrio tuvo luz por primera vez. Todo eso cabe en una barra de pan, aunque ahora lo envuelvan en papel reciclado.
La gente joven cree que lo importante es la velocidad, que todo tiene que ser rápido, inmediato, nuevo y brillante. Yo creo que lo importante es que las cosas duren, que acompañen y que no te fallen cuando estás jodido. Lo demás es decoración.
Eso es lo de toda la vida.
Yo no quiero monumentos, ni placas, ni homenajes. Quiero pan caliente por la mañana, luz por la noche y memoria que no se apague. Porque mientras haya alguien que recuerde, nada se pierde del todo: ni los barrios, ni las panaderías, ni las mujeres con bigote, ni los hornos viejos, ni los nombres. Ni nosotros, aunque ya no pintemos mucho.
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Título: La cota cero del recuerdo
Autor: Paqui Rodríguez Extremera
El hormigón tiene una memoria brutal, pero la tiza es volátil.
Elena, a sus cincuenta años, observa el plano de sección que descansa sobre su mesa de dibujo. El proyecto es una escuela en la periferia, un encargo de esos que exigen luz y presupuestos de miseria. Pero hay un error en los niveles; la cota cero no está donde debería. Elena suspira, y en el gesto de frotarse los ojos, el rastro de grafito en sus dedos le devuelve un aroma que no debería estar ahí: madera húmeda y el polvo seco de una pizarra que se borraba con desgana.
Entonces, el tiempo deja de ser una línea para convertirse en un plano de estratos solapados.
Ahí está ella: Doña Adela. No era una figura de cuento. Adela era una mujer de geometría severa, de rebecas grises que parecían armaduras de punto y manos que olían a la cal de los muros. No regalaba elogios; los elogios son voladizos peligrosos si no tienen donde apoyarse.
—Elena, tu letra <<p>> no tiene cimentación. Se va a caer en cuanto sople la gramática —le dijo un martes de 1982.
En aquella aula de techos altos —que en la memoria de Elena hoy se dibuja como un espacio de compresión y descompresión—, Adela no enseñaba a leer; enseñaba a resistir. Para ella, una oración bien construida era un muro de carga; un adjetivo innecesario, un exceso de ornamentación que ocultaba las grietas del pensamiento.
Elena cierra los ojos y la ve. Adela no caminaba, patrullaba el perímetro del conocimiento. Se detenía frente al pupitre de Elena y, sin decir nada, corregía la inclinación de su mano. No era una caricia, era una calibración.
—Si no dominas el ángulo del lápiz, el mundo te saldrá torcido —sentenciaba.
A sus cincuenta años, Elena comprende que aquella mujer no buscaba que fueran niños felices, sino ciudadanos estructuralmente íntegros. Aquella nostalgia no es dulce, es una deuda técnica. Adela le inyectó el miedo al vacío y el respeto por el eje.
Recuerda el día de la gran nevada. El pueblo quedó sitiado por el blanco, un vacío absoluto que amenazaba con borrar los límites de las cosas. Los niños lloraban, asustados por la desaparición del paisaje. Adela se levantó y, en lugar de consolar con frases hechas, se acercó a la pizarra. Dibujó una línea horizontal perfecta. Una viga de carboncillo.
—Mientras sepáis dónde está el horizonte, nadie está perdido —dijo con una voz que cortaba el frío—. El miedo es un fallo de cálculo.
Calculad el espacio que hay entre vosotros y la puerta. Ese es vuestro reino.
Elena abre el cajón inferior de su escritorio de diseño. Debajo de las facturas y los contratos de obra, sobrevive un resto arqueológico: una cartilla de caligrafía. La abre. No hay pegatinas de estrellas ni mensajes de ánimo en rojo. Hay anotaciones técnicas de una mujer que trataba a una niña de seis años como a un ingeniero en potencia: <<Cuidado con los espacios de aire entre letras>>; <<El trazo debe ser firme, el papel no perdona la duda>>.
En la página central, Elena encuentra el rastro de un desastre: un borrón de tinta azul donde ella, desesperada, intentó corregir una palabra. Adela no la obligó a repetir la página. Rodeó el borrón con un círculo perfecto y escribió debajo: <<Usa el error como zapata. Sobre esto, construye algo más alto>>.
Esa frase es hoy la piedra angular de su estudio.
La nostalgia, piensa Elena mientras retoma el escalímetro, no es un regreso al pasado, es el mantenimiento de la estructura. Adela no fue la “querida profesora”; fue el encofrado que evitó que la identidad de Elena se desplomara cuando llegaron las tormentas de la edad adulta, los divorcios que parecieron demoliciones y los fracasos profesionales que crujieron como vigas fatigadas.
Elena se levanta. Camina hacia el ventanal de su estudio. La ciudad es una selva de acero y vidrio, un caos que solo se sostiene porque alguien, en alguna parte, aprendió a trazar una línea recta. Siente una punzada de frío, una corriente de aire que parece venir directamente de aquella aula de 1982. Es una nostalgia necesaria, un recordatorio de que la belleza no es el adorno, sino la honestidad del material.
Vuelve al plano de la escuela. Coge el lápiz. Su mano, ya con la piel más fina y las venas marcadas por el medio siglo de vida, se mueve con una precisión mecánica, casi ajena. Redibuja la cota cero. Ajusta los niveles.
—El trazo debe ser firme, Adela. El papel no perdona —susurra.
No hay lágrimas. Solo hay trabajo. Un trabajo que es, en sí mismo, un monumento de hormigón y luz dedicado a la mujer que le enseñó que, para tocar el cielo, primero hay que saber dibujar el suelo que pisamos. El plano está listo. La estructura aguanta. Adela, desde algún rincón de la geometría universal, asiente con la severidad de quien sabe que el deber ha sido cumplido.


Definitivamente si estos son los 3 mejores de 1200…. el nivel ha sido muy bajo. Solo falta el de la pizza…. El tercero tiene más calidad literaria que el ganador. Felicidades a los premiados.
Parece que todavía no sabes lo que es bueno, estos relatos son de una composición admirable. de una complejidad sencilla y virtuosa, saben despertar emociones. Ojalá tuviéramos la mitad de los que escribimos, está maestría. Felicitaciones a los autores y al Jurado.
Felicitaciones a las tres autoras y al jurado que eligió los relatos. Los tres son magníficos. Con un hilo conductor de nostalgia positivo que explica el presente en los tres.
Ah, en uno de ellos esa palabra “talega” que hacía años que no escuchaba, ha tenido la virtud de transportarme a mi niñez, cuando todas las mañanas, con la bolsa del pan, acudía a la panadería del barrio durante años y años, para comprar siempre aquellas dos barras, que en una década no subieron de precio, una de seis y otra de cuatro pesetas. Y yo aprovechaba el viaje para, en la churrería y ultramarinos cercana, ver las últimas novedades de los sobres sorpresa de Montaplex, los que valían el duro de mi asignación semanal; o comprobar en el escaparate de la mercería, al principio de la calle, la existencia de alguna nueva miniatura pintada de la marca eko, con sus soldaditos de colores y sus tanques a escala, en envase de cartón y acetato transparente. Un lujo inalcanzable para mi y mis juegos hasta mis posibles regalos de cumpleaños.
Ya nada de aquello existe pero, es verdad: “mientras haya alguien que recuerde, nada se pierde del todo”.
Mi hermana y yo, con seis y ocho años, nos movíamos solas por el centro de Barcelona (la de antes del ’92) —en metro, en autobús, sobre todo caminando, a pesar del coche en casa—, donde nuestros padres confiaban plenamente, algo que hoy parece casi de fábula.
Le agradezco mucho este comentario. Es un comentario que no solo se lee, se vive. La maestría con que pinta esos detalles como esa talega (palabra que yo entonces no conocía; para nosotras era una bolsita de tela), el brillo del acetato de los soldaditos, la esperanza de los cromos, tiene el don de resucitar mundos. Y esa frase final, «mientras haya alguien que recuerde, nada se pierde del todo», es pura belleza. Gracias por el rescate.
Coincido plenamente con usted en que los tres relatos son magníficos. De hecho, esa es justo la clase de literatura que más disfruto leyendo y en la que, de alguna manera, me reconozco cuando escribo. El hilo de nostalgia positiva que usted señala es lo que los hace tan especiales y tan necesarios.
Con su permiso, esa “talega” suya me ha traído el aroma de mi propia panadería de infancia. Intuyo que soy bastante más joven, pero el ritual era el mismo. Mi hermana y yo, con seis y ocho años, nos movíamos solas por el centro de Barcelona (la de antes del ’92) —en metro, en autobús, sobre todo caminando—, donde nuestros padres confiaban plenamente, algo que hoy es de fábula. Íbamos a la panadería de la señora María, al lado de casa en el Eixample (un horno de leña), y de ahí caminábamos hasta las Ramblas, al Gran Teatre del Liceu, para nuestras clases de ballet y piano. Volvíamos con hambre, y esa parada obligada con el aroma a pan recién hecho y a bollería artesana de mantequilla, era nuestro consuelo perfecto antes de llegar a casa y enfrentarnos a los deberes. Llenábamos nuestra bolsita de tela unas veces con la barra, una hogaza y muchas veces con magdalenas. La señora María, que era un sol, nos regalaba bastante a menudo unos palitos de pan o, en días de suerte, una palmera con sabor auténtico, con la dosis correcta de hojaldre y azúcar. Aquella pequeña panadería se perdió con los años; el local es ahora una joyería de diseño de autor. Y como ya hace años que no vivo en Barcelona, su comentario me ha dado un flashback de memoria tan vívido, que por un momento he vuelto a estar allí.Y eso no tiene precio.
A mí me parece precioso eso de que los mundos sean distintos, pero que el latido del recuerdo sea el mismo. Un regalo doble, el suyo, por leer así y por escribir así. Un saludo muy cordial y feliz finde.
N. B.; Ya disculpará por el envío erróneo de mi anterior respuesta, que no era completa. Se me cortó el texto. Ésta sí que es la respuesta completa a su precioso comentario.
Muchas gracias a usted, Amanda por su comentario. Es en buena parte inmerecido pues las palabras y frases entrecomilladas del mio se han recogido de alguno o algunos de los relatos ganadores. Le agradezco también esas muestras de aprecio que me dirige. Y que sepa que también he sentido ese cosquilleo en la pituitaria con esos aromas de su panadería y he ensalivado con gula esas palmeras y magdalenas que con tanta alma recuerda y describe. A mi, a su vez, sus palabras me han transportado a una panadería tradicional del pueblo de Cercedilla en mis primeras acampadas en la sierra, muy locas y divertidas bastantes, con mis amigos de juventud. Allí comprábamos un buen montón de barras de pan que nos duraban los cuatro o cinco días que duraba la excursión, a veces con nieve hasta la cintura, por la calzada romana, Fuenfría, el arroyo Minguete, el camino Smith y Navacerrada.
Es emocionante y alentador que la maravilla de los recuerdos agradables se puedan compartir sin perjuicio de la edad y el tiempo en que sucedieron. Curiosamente el pan, los dulces y los aromas unen a las personas. Los relatos sentidos obran ese milagro. Ha sido muy, muy agradable. Las ganadoras, si leen estos comentarios, creo que podrán sentirse mucho más orgullosas. Un cordial saludo.
Le agradezco mucho su respuesta. No diga que es inmerecida, el mérito está en cómo se tejen las palabras, no solo en su origen. Su viaje a Cercedilla, con la nieve hasta la cintura y el pan que duraba días, es una imagen tan poderosa que casi puedo sentir el frío de la sierra. Da usted en el clavo, es emocionante que estos recuerdos nos unan más allá del tiempo. Y le agradezco también la delicadeza y lucidez con que ha atendido a Ana. Es un lujo cruzarse con lectores así. Comparto su deseo final, ojalá todas las historias encuentren, al llegar a la luz, un receptor tan atento y generoso como usted. Un saludo muy cordial.
Felicidades a los tres.
He releído sus relatos y me han gustado todavía más.
Hasta la próxima.
Enhorabuena a las tres!! No entiendo bien el relato ganador ¿Alguien que me lo explique por fi?
Hay un algo en los tiempos que resulta un poco raro. Se entiende pero exige un salto de fe.
Buenas noches. Como no aparecen voluntarias o voluntarios para atender su ruego, le dejo una reflexión. Ante todo no se preocupe por no entenderlo. Hay veces que sólo habiendo, como en mi caso, disfrutado de una experiencia cercana a la muerte, o experiencias similares puedes entender ciertas cosas, recuerdos y realidades que van atrás y adelante en el tiempo, casi coetaneamente, y al final se cruzan. Sí, la famosa frase: “Hay otros mundos pero están en éste” es absolutamente cierta.
Yo no se lo voy explicar, voy a intentar aproximarla a mi versión; sabiendo que los buenos relatos e historias, cada vez que los lees, te pueden sugerir una versión distinta o con diferentes matices a la vez anterior que, con menos cuidado y atención, tal vez, los leiste.
Le voy a pedir que empiece de nuevo el relato (recordando que es un concurso de relatos “de toda la vida”) y que se detenga un momento (como primera llamada de atención para experimentar emociones y recuerdos propios y ponerse de verdad en el lugar de la protagonista) en esta frase: “Recordó, sin saber por qué, la mañana de su última niñez…”
Y ahora, sin prisas, pregúntese: ¿usted puede recordar la mañana de su última niñez? Muchas personas en España contestarán que fue aquella mañana de aquel seis de enero en que abrieron, casi sin ilusión, aquellos paquetes de regalos de Los Reyes Magos, sabiendo ya de que se trataba la cuestión.
Pero ojo, cada persona es un mundo y perdió su última niñez en diversas y diferentes situaciones… A partir de ahí, en el relato, siga pistas como esa y reflexiónelas.
Ese es el comienzo de mi versión; pero como al parecer escribió el genial Groucho Marx: “Si no le gusta..tengo otras.”
Un saludo.
En primer lugar agradezco mucho que se haya tomado la molestia de darme una explicación, eso vaya por delante.
Pero no me refería a las metáforas más o menos acertadas que hay en el relato, ni tampoco a esos detalles que le transportan a uno -o no- a su niñez. Lo que no entiendo son los cambios de escenario, ni por qué la protagonista llega a la casa “dieciocho años después” y luego en el texto lleva allí varios días. Tampoco que tenga en un día tres veces esa sensación extraña, cuando después se narran cuatro. No entiendo lo de “el último pastelillo que su madre hizo en vida”, ni que esté hablando bajo un durazno con su amiga y de repente aparezca en el mercado.
Creo que un buen relato, además de metáforas e imágenes evocadoras, debe tener coherencia y cohesión, estar bien armado, tener unidad y continuidad.
Ana: Basurillas le ha dado una guía preciosa y muy acertada para disfrutar del relato. Coincido plenamente, a veces la mejor manera de entender una historia es buscar en una misma ese momento al que alude la protagonista. Le animo a seguir su consejo. Un saludo.
Totalmente de acuerdo con Truman en que el tercer relato (“La cota cero del recuerdo”) es mucho mejor que los otros dos. Es infinitamente más original y profundo, y está mucho mejor escrito.
Una vez más, la medianía previsible se impone contra la calidad evidente.
Mi favorito también era el de ” La cota cero del recuerdo ” pero todos son buenos relatos.
A la atención del jurado y de los dos finalistas:
Desde luego, cualquiera de los dos finalistas es muy bueno, especialmente “La cota cero del recuerdo” (contundente su lenguaje, muy meritorio). El primero… Creo que el jurado también debería valorar “cosillas” como la puntuación, o ciertas expresiones no muy correctas gramaticalmente, aunque estén ya tan extendidas. Está bien, muy bien, pero cualquiera de los dos finalistas es más completo en la expresión y la técnica. El tema es muy personal, claro está.
Es mi humilde opinión.
He leído los tres finalistas y he disfrutado con todos ellos . Especialmente con la maestra de escuela del tercer relato. Enhorabuena a todas y todos los participantes. Las letras nos hacen mejores, no nos quepa duda.
Qué maravilla de relatos, muchísimas felicidades y, por favor, no dejéis de escribir. Tenéis un don.
Enhorabuena a los finalistas y ganadora.
Yo participo de vez en cuando en concursos literarios. Y no gano ni uno. Debe ser por el fondo de mis relatos. Pero es que antes de enviarlos, repaso una y otra vez los pequeños detalles que hacen que, al menos en la forma, resulte im-pe-ca-ble, y no me refiero solo a las tildes y demás puntuación, sino a los entrecomillados y cacofonías. Ya digo, enhorabuena a los ganadores.
Lo primero felicitar a las ganadores. Lo segundo reflexionar sobre varias dudas que me surgen después de ver los 10 finalistas y las tres ganadoras. La primera es que si los jurados son cuatro, han tocado a trescientos relatos por cabeza. Y claro, me surge la duda de si se los habrán leído todos o habrá llegado un momento de hartazgo en que no han continuado las lecturas y sobre todo los últimos en llegar hayan quedado en el limbo de los emails, porque además el plazo entre la entrega y el fallo ha sido de apenas dos días. La segunda duda es que ¿tan malos son los hombres escribiendo que de diez seleccionados solamente lo han sido tres? Y la tercera va por el mismo camino ¿Tres finalistas y las tres mujeres? En fin, muy políticamente correcto.
Le agradezco su reflexión, pues toca puntos importantes sobre la transparencia de los certámenes. Dicho esto, aclaro que no soy jurado ni he participado en la organización, por lo que mi perspectiva es la de una simple observadora.
Sobre su primera duda, es un cálculo estimado que muchos hacemos, pero los jurados profesionales trabajan con sistemas de preselección y lectura por fases que hacen viable el proceso, incluso con plazos ajustados. La ética profesional es, justamente, lo que garantiza que no haya ese limbo del que habla.
Respecto a sus otras preguntas, el criterio de un jurado literario no es de género, sino de calidad textual. Que en esta edición hayan resultado mayoritariamente mujeres entre los finalistas no es un acto de «corrección política», sino el simple resultado de aplicar ese único criterio a los relatos recibidos. Suponer lo contrario sería desmerecer, injustamente, el mérito de las ganadoras y la integridad del jurado. La buena literatura, afortunadamente, no tiene género.
Y por último, una reflexión que me surge al leerle, crear (ya sea con palabras, con las imágenes del cine, o con música) siempre conlleva un riesgo, la posibilidad de no gustar o de no ser seleccionado. Pero es un riesgo noble, porque quien no se arriesga a escribir, a nutrir el alma con palabras y a exponer lo escrito, se pierde la posibilidad de ganar, pero sobre todo, la de conectar.
Un saludo.
Coincido con varios comentarios en que los dos finalistas son relatos excelentes (no sabría decir cuál me gusta más) y que, sin embargo, el ganador pincha porque, además de los numerosos fallos ya mencionados (puntuación, etc.), no tiene claridad argumental suficiente, ni altura linguística, ni un desarrollo que adquiera momento y enganche en su lectura. Se lee de corrido, sin interés y al final decepciona… El pastel no ha tenido tiempo de descongelarse. ¿Habitada? ¿Como la mujer de Gioconda Belli?
Creo que somos varios los que opinamos igual: el tercer relato merecía ganar. De hecho, no hubiera incluído al primero ni siquiera entre los tres mejores, pero algo tendrá si los expertos lo eligieron. Pero es innegable que le faltan elementos considerados esenciales, como la correción estilística mínima exigible.
Había algunos muy superiores entre los diez finalistas, decepciona un poco que pasen estas cosas, pero no será la primera ni la última vez.
Hola que tal? Hasta ahora solo leí el primero, quiero darme el tiempo para degustar cada uno. Simple y sencillamente maravilloso. Las metáforas y las descripciones me transportaron hasta el sitio donde transcurre el relato y , ese final…..ESE FINAL. Tiene lo que diría Cortázar, el cross de derecha que no te da a tiempo a respirar. Me conmovió hasta las lágrimas. Felicitaciones y un abrazo enorme a la autora y felicitaciones al jurado por tan buen gusto
Mis felicitaciones a todos los concursantes, en especial a los finalistas y ganadores de este evento. Que en mucho estoy agradecido de encontrar un sitio web que se lee y produce material literario fresco y libre de contaminación de mercado-tecnia y nuevas modas K-Pop.
Me atrevo a dar mi opinión en cuanto lo que es un concurso literario y los factores que hay que tener en cuenta para poder considerar una obra como ganadora. El primer factor es el HUMANO, y tanto el autor como los jueces son humanos y tienen historia. Por lo tanto cada quien evalúa la vida según el criterio de su experiencia. Estas tres ultimas obras son hermosas, y a mi criterio , el hecho de definir quien gano y quien quedo finalista, se debe a los antecedentes y psicología del jurado, que convergieron en puntos encontrados por ejemplo en la primera ganadora: “El ultimo pastelito”.
Y lo justifico de la siguiente manera:
1. Espido Freire: La maestra de la introspección
Espido Freire ganó el Premio Planeta muy joven con Melocotones helados. Su literatura se caracteriza por:
La memoria familiar y femenina: Suele explorar los silencios de las mujeres y los secretos guardados en las casas.
La prosa lírica: Ella busca la belleza en la frase. Un relato como el del pastelillo, que habla de una madre, de una casa vacía y de un sabor que “habita” el cuerpo, encaja perfectamente con su universo temático. Para ella, la literatura es un viaje hacia el interior.
2. Paula Izquierdo: Psicología y sensibilidad
Paula es psicóloga además de escritora (El carrusel de la noche, Anónimas). Sus intereses suelen ser:
El análisis del sentimiento: Le interesan las emociones complejas y cómo los objetos (como un pastelillo o un recetario) disparan procesos mentales.
La elegancia formal: Valora los textos que están bien “escritos”, en el sentido más tradicional y estético de la palabra.
3. Juan Gómez-Jurado: El ritmo y la emoción
Aunque es famoso por sus thrillers (Reina Roja), Juan es un gran defensor de la emoción directa y la estructura clásica.
Él sabe que para ganar un concurso de este tipo, el relato debe tener un “golpe de efecto” emocional al final. El mordisco al último pastelillo es un final cinematográfico y redondo que garantiza que el lector (y el jurado) cierre el texto con un nudo en la garganta.
4. Leandro Pérez: El oficio y la cercanía
Leandro (La sirena de Gibraltar) suele valorar la autenticidad y las historias que tienen “alma”. El relato del pastelillo tiene esa mezcla de soledad veraniega y regreso a las raíces que suele puntuar muy alto en su escala de valores.
Por lo tanto concluyo lo siguiente:
1. La catarsis sensorial: Literariamente, el momento en que Ana muerde el pastelillo y se siente “habitada” es un cierre redondo. Es una imagen muy potente y universal. El jurado suele premiar esa capacidad de conmover en pocas palabras.
2. El estilo clásico: Es un relato más “académico” en su forma. Tiene una prosa muy cuidada, casi musical, que encaja con el perfil de escritores como Espido Freire o Paula Izquierdo, quienes valoran mucho la introspección y la sensibilidad.
Pido disculpas si mi opinión da entender soberbia u algún aspecto negativo de las emociones humana. Solo es mi parecer personal. Y estoy muy de acuerdo con el resultado.