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Genealogías trágicas (III)

En el relato La muerte del león, Henry James analiza con fina ironía las añagazas de sus contemporáneos para alcanzar el éxito en literatura, una de ellas consistía en fomentar la confusión en torno a si un autor era hombre o mujer mediante el uso de seudónimos:

… cuando expliqué que me refería a Dora Forbes en persona, me informó (…) que era el “nombre de pluma” de un incuestionable hombre; tenía un gran bigote rojo—. Genera este pequeño misterio porque las damas tienen gran popularidad.

Para el atribulado protagonista del relato, una mujer tenía en su época muchas más posibilidades de ser leída con simpatía, no sojuzgada, razón por la que un buen número de hombres disfraza su identidad bajo un nombre femenino. El propio protagonista del relato manifiesta en un momento la tentación de escribir bajo seudónimo para no sentirse ninguneado.

Henry James.

Lo que cuenta Henry James en las páginas de su obra reflejaba la realidad victoriana: las páginas de las revistas más populares competían por la publicación de novelas escritas por mujeres: Annie Thackeray, Catherine Crowe, Rhoda Broughton, Amelia Edwards, Mary Elizabeth Braddon… y Margaret Oliphant, injustamente olvidada por la posteridad, aunque fue objeto de encendidos elogios tanto por parte de Annie Thackeray como de Virginia Woolf.

De origen escocés, Margaret Oliphant se casó con su primo Frank Wilson a los veintiún años. El matrimonio tuvo seis hijos, de los que solo tres sobrevivieron a la infancia. Se trasladaron en 1859 a Italia, cuando Wilson manifestó los primeros síntomas de la tuberculosis que acabó con su vida en Roma.

Margaret Oliphant se quedó a cargo de tres pequeños y sin recursos económicos. Regresó a Inglaterra y allí comenzó a publicar relatos y artículos. Solo para Blackwood Magazine escribió más de 100 colaboraciones.

La desgracia personal la persiguió y golpeó duramente a lo largo de su vida. En 1864 muere su hija Maggie, también en Roma. Su propio hermano se arruinó en una incierta aventura canadiense y Margaret tuvo que alojar y mantener en su casa al desafortunado y a su prole. La tragedia de su vida, el imperativo de mantener a su familia, la precedía allá donde iba y le abría las puertas de las revistas más relevantes de la época.

Margaret Oliphant y su familia

En su autobiografía dedica palabras de agradecimiento a Leslie Stephen, con quien coincidió en los Alpes en el verano de 1875. Stephen, entonces editor de Cornhill Magazine, le contrató dos novelas, y la generosa cantidad que le pagó por su publicación bastó para cubrir los gastos de manutención de la familia de todo un año.

Era una de las autoras más populares de ficción histórica, cultivó la biografía y colaboraciones a modo de columna de opinión, pero lo que perdura de ella reside en sus historias de fantasmas, seguramente porque contaba con un ejército de ellos a sus espaldas que le daban aliento página a página a lo largo de su abrumadora producción.

Consiguió llevar a sus hijos a estudiar al prestigioso Eton y ella misma se trasladó a Windsor para estar cerca de ellos. Pero el infortunio volvió a golpearla: Francis, su hijo mayor, murió en 1890, el pequeño, en 1894. Había concebido para ellos un porvenir literario, era el único legado que podía transmitirles, pero no pudo ser. Incorporó a su propia obra un escrito del primero. El segundo llegó a publicar alguna colaboración suelta, pero su carrera no fraguó.

Tres años después Margaret Oliphant moría, atribulada por sus pérdidas y con un patrimonio exiguo. Su íntima amiga Annie Thackeray, ya Ritchie por entonces, la acompañó hasta el final de sus días, así como una prima segunda a la que también acogió en su casa y que ejerció de ama de llaves para facilitarle su dedicación al trabajo, un trabajo ingente en el que es posible rastrear sus necesidades económicas: en 1883, por ejemplo, para cuando sus hijos debían ingresar en Eton, escribió cinco novelas acuciada por la necesidad.

Margaret Oliphant.

La influencia de Margaret Oliphant en el género de los relatos de fantasmas no es desdeñable. Sus tentáculos alcanzan incluso la literatura contemporánea. El cuento nacido de su pluma La cámara secreta contiene todos los ingredientes de la saga de magia más popular de nuestros días: el secreto familiar en el que el protagonista es iniciado el mismo día que alcanza su mayoría de edad, un viaje en tren con un amigo, una galería de retratos, la cámara secreta habitada por un hechicero que necesita para su supervivencia carne y sangre, reliquias polvorientas entre las que se encuentra una espada, un espejo en el que aparecen figuras de antepasados muertos, la comunicación mental entre el protagonista y el hechicero sin necesidad de palabras, la lucha por apoderarse de él, el silbido de una s que restalla en todos los rincones del recinto de piedra, y estas palabras del joven Lindores, espetadas cuando repele al hechicero que pretende apoderarse de él: Asiéndote a la vida como un gusano, como un reptil; prometiéndolo todo, no teniendo nada, más que este cuchitril, que desconoce la luz del día (…) ¡Voto, en nombre de Dios, que tu reinado ha expirado!

Todos los símbolos de las historias de fantasmas, los ingredientes en bruto, servidos para actualizar la tradición victoriana de las historias de fantasmas.

Como el hechicero de su relato, Margaret Oliphant, que quería a uno de su propia estirpe, solo se pudo perpetuar en la literatura.

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