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Gente que conocí en los sueños, de Luis Mateo Díez

Gente que conocí en los sueños, de Luis Mateo Díez

Las cuatro historias de Gente que conocí en los sueños, libro inédito de Luis Mateo Díez, tienen el común denominador de una mezcla de irrealidad y fantasmagoría y, en tal sentido, algunas secretas revelaciones de lo que nos sucede e inquieta más allá de la vigilia, donde existen habitantes que se nos pueden aparecer, además de ser como nosotros mismos. Las historias tienen tonalidades de ensoñación y delirio y hay, entre esa gente, seres desnortados en su experiencia espiritual, muertos que van y vienen, fantasmas profesionales o amigos del diablo. No son las primeras historias de fantasía y misterio que podemos encontrar en un autor como Luis Mateo Díez, tan proclive a romper la delgada línea entre lo real y lo irreal, pero sí algunas de las que con mayor intensidad y belleza nos ofrecen esa exploración en un más allá que está a la vuelta de la esquina.

Zenda publica las primeras páginas de Gente que conocí en los sueños, ilustrado por Mo Gutiérrez Serna y publicado por Nórdica Libros.

I
Los viajes fantasmales

1

Salía por las tardes, muy a última hora, cuando todavía no habían encendido las farolas pero estaban a punto de hacerlo.

En Broza la iluminación callejera sigue siendo tenue, como si la costumbre del ahorro de los tiempos precarios continuara viva, aunque la urbe ya no ofrezca aquella imagen desteñida de lo que fue una posguerra calamitosa y, sin haber llegado a la bonanza de otras Ciudades de Sombra que ya gastan en oropeles lo que podría ser un comedido ahorro del erario público, bien pudiera tener algún detalle para que a los vecinos se les suavizara el gesto sombrío con una mínima gratificación.

Aurelio Recuero no echaba en falta esas precariedades de la urbe donde llevaba viviendo tantos años. La totalidad del tiempo compensaba cualquier veleidad, y lo que pudiera recordar de un pasado que no tenía límite era parecido a lo que cada atardecer asumía en sus apariciones.

Cruzaba la primera esquina de la calle Celada, el adoquinado que subsistía bajo la pisada de tantas generaciones y, con igual resistencia a las ruedas de los carros y de los coches, al transporte de las mercancías y al de los pasajeros que, por una u otra necesidad, rodaban a las tareas diarias sin que dicho adoquinado hubiese sufrido otras dramáticas alteraciones que las de las escaramuzas de un amotinamiento o un episodio bélico.

No era Broza, en todo caso, una de las Ciudades de Sombra más castigadas por esos avatares.

Seguía resignada el decurso de las existencias rutinarias e indolentes de sus vecinos, tradicionalmente acogidos a una suerte de cansancio vital que apenas se descompensaba con las estaciones, sin que el invierno crudo los congelara o ardiesen en el verano.

2

Lo que en Broza pudiera suceder, o hubiera sucedido desde tiempos inmemoriales, lo sabía mejor que nadie Aurelio Recuero, ya que, como él mismo confesaba, no era posible asomar a la calle todas las tardes, ir y venir sin que la inquietud amortiguara la curiosidad de ver y mirar lo que tantas veces sucede y, sin muchas complicaciones, perderse en las barras y mostradores de los establecimientos consabidos, unos y otros sin solución de continuidad, ya que todos quedaban a su alcance, aunque hubiesen cerrado y desaparecido o todavía no hubiesen abierto, según a la década que correspondieran.

Por las esquinas de Benarés y Valdivieso había malezas y la Broza de aquella lejanía era un erial en los barrios posteriores y, lo que resulta todavía más improbable, un campamento de guerreros invasores o una charca de ranas o el humedal de las aves migratorias, según los siglos que corriesen.

Los tiempos cruzados igual que las esquinas resultaban el mismo voy y vengo de las fantasmagorías y las ocurrencias, sin que nadie tuviera nada que opinar de lo que pudiera escucharse como una voz de ultratumba o del temblor del espíritu que palpitaba sin estorbos.

Era la misma voz que se iba con la corriente de aire cuando alguien abría la puerta, o se quedaba a media palabra cuando la cerraban de golpe.

3

Lo decía Aurelio Recuero en el Fanal, tres esquinas más tarde y cuando a la calle Cardenal

Penuria le roban la cuarta y ya no hay quinta que valga.

—Aves de sutil pelaje, plumas multicolores, picos de oro y garras de esmeralda. Si queréis ver algunas de ellas venís conmigo y, antes de que levanten vuelo, os las enseño. Para otearlas hay que hacer de los siglos un pan como unas hostias, no son de hoy ni de mañana, pero el tiempo no se atiene a la pesquisa si la compañía es la necesaria. Los humedales son como poco del cuaternario.

A la clientela del Fanal no la cogía de sorpresa.

Los fulgores fantasmales de Aurelio Recuero siempre tenían una peculiar incidencia en las propuestas y las observaciones: quería quedar bien, enseñar cosas, demostrar lo que una vida ininterrumpida vale para el conocimiento y la memoria de las demás, cuando ni la decrepitud ni la extinción tienen, aunque no suene muy bien, velas en el entierro.

—Por Corco y Ampudia, al otro lado de los cavernales y las miserias, donde ni siquiera pudiera pensarse en una ciudad satélite o un empedrado de casas baratas. Lo que de la antigüedad puede mostrarse, cuando ya ni siquiera la misma tiene sentido. Solo los seres incorpóreos podemos ser guías en estos viajes sin dejar de ser bienaventurados.

4

Todo resultaba un juego de esquinas en la configuración de Aurelio Recuero, tanto en sus pensamientos como en las orografías, especialmente en las urbanas, con el mapa de Broza, y hasta sus callejeros, superpuesto en la indeterminación de los siglos que, con las fantasmagorías y las ocurrencias, se llenaba de contrastes y salpicaduras.

—El tiempo es el vecino de la eternidad, no otra cosa menos mensurable —decía cuando el espíritu se le aflojaba y hasta la clientela del Fanal se ponía nerviosa al verlo dubitativo.

—Vamos con la carta más alta, si la baraja sigue en su sitio, aunque las copas, como siempre, me las pone Labro en mi cuenta, a no ser que recele de un espíritu puro.

—Recelo de las cantidades —venía a decir Labro, que había traspasado el Fanal a un comerciante de Armenta, pero con la condición de quedarse con la misma encomienda en el establecimiento, lo que le permitía pagar deudas y seguir donde estaba, con iguales clientes y renovadas ilusiones.

—Lo que el Fanal fue antes, en la línea de los antecedentes, tirando hacia atrás sin encaramarse demasiado, nos llevaría a una cueva de Ali Babá, al cubil de una fiera que ya no tiene descendencia, pues se trata de una especie extinguida, o a la caverna propiamente dicha, y no precisamente la de Platón.

—Vuelas mucho, Recuero. El antecedente más lejano —informó Labro— es un bisabuelo escondido en las arpilleras cuando vinieron los franceses y se llevaron el copón de la Colegiata. El tiempo en que Broza tuvo la peor invasión.

—Voy a la prehistoria, viví de prestado cuando en la Edad del Bronce ni siquiera hacían machetes. Tuve una granja de mastodontes y preñé a una corza. Las crías tenían por entonces iguales atribuciones fueran de la especie que fueran, y los apareamientos eran casuales. Tuvieron que pasar muchos milenios para que se impusieran la moralidad y la enseñanza primaria. Ese bisabuelo es de ayer mismo, yo casi hablo de la eternidad, si comparamos lo que el tiempo contiene.

5

A veces Aurelio Recuero daba miedo, otras aprensión y casi siempre molestia. En el Fanal ya estaban hasta el gorro de su petulancia, contando sin previo aviso lo que no era posible, aunque la fatuidad de sus atribuciones fantasmales le permitiera cualquier dislate.

—Se le aguanta por lo que impone —decía algún cliente abotargado—. Más por la causa que por el efecto, si tenemos en cuenta que el alma la malvendió.

Algunos días hablaba más que otros y era frecuente que hiciera ofertas para demostrar sus poderes y posiciones: visitas al más allá y al más acá, circunvoluciones por la Broza remota o navegaciones por el Nega, cuando el río primigenio era un torrente alborotado o el afluente de un mar menor que mantenía la superficie sobre los campos que acabarían aflorando en el ecosistema.

—Mares y desdichas, la placenta de la tierra, el universo constreñido, lo que ni los yacimientos arqueológicos vislumbran, con seres humanos todavía sin hacer, más monos que personas y todavía muy descerebrados.

—¿El viaje es gratis…? —quería saber alguno de los que todavía en el Fanal lo tomaban a broma, aunque la inquietud de su aparición a todos resultaba ingrata.

—Viniendo conmigo sale lo comido por lo servido. No hay tanto por ciento en las figuraciones de la imaginación, las quimeras se comparten, no se cobran, otra cosa es aceptar una copa, si la invitación se tercia. Cuando el tiempo ya no existe, tampoco puede haber agencias de viaje.

6

La ronda no llegaba muy lejos.

Del Fanal a la Consumición y al Retardo, entre las esquinas del barrio sucesivo, ya donde Broza no tenía solidez urbana, apenas las sirgas del Nega, los senderos del ejido y los últimos corrales.

Aurelio Recuero iba solo.

La compañía prometida jamás se decidía, nadie se animaba aunque, para algunos, las turbulencias del pasado, los siglos hechos añicos, los milenios que amontonaban la mugre de las civilizaciones, la curiosidad casi llegaba a estar por encima de la verosimilitud, y el propio encanto del disparate resultaba muy emotivo.

—Hay que hacerse a la idea, y como vengo casi todos los días se puede pensar la decisión y evitar el arrojo, no hace falta darse prisa. No se trata de la mera ilusión de los sentidos, aunque también se precise, ni de una vana figuración de la inteligencia, que tampoco es manca. Hay fundamento, y el que venga se resarce de la miseria humana que concita la realidad. No quiero poneros la cabeza como un bombo, tampoco existen riesgos mayores.

Le escuchaban sin demasiada atención, pero era la voz lo que más subyugaba a los oyentes en lo que llegaba a parecerse a una perorata informativa que, sin acabar de entender, no dejaba de interesarles y conturbarles.

—A un espíritu no hay razón para temerlo —decía Aurelio muy convencido— a no ser que se ponga estupendo y se sature. Las fantasmagorías están en el orden de lo que llevo viviendo, sin que un muerto se aparezca para asustar a los vivos pusilánimes. La aparición es la razón de mi existencia y soy un aparecido al que le gusta ir por Broza, por los sitios donde tomé las últimas copas, ahora ya las mismas y con igual costumbre, las postreras, las de la eternidad y los inmortales.

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Autor: Luis Mateo Díez. Título: Gente que conocí en los sueños. Editorial: Nórdica. Venta: Amazon y Fnac 

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