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GPT: El novio (II)

GPT: El novio (II)

Quedamos para el viernes siguiente. Alegó que antes no podía, por trabajo, y porque vivíamos lejos. Él declaró haberse mudado hacía poco a Martínez, y yo en Avellaneda. Propuse vernos antes en un punto medio, pero no logré que aceptara. Seguramente tenía que pensar nuevas excusas, viles estratagemas para evadirse de mí, ver cómo solucionaba esta mala nueva de tener que conocerme personalmente. Traté de no ponerme paranoica; no lo logré. Cada día que pasaba era peor. Todo, todo lo que hacía o dejaba de hacer Rubén me parecía sospechoso, artificial, planeado por el algoritmo. Dejé de escribirle por las mañanas y lo notó en seguida. Claro, la máquina había guardado ciertas características mías y ahora le cambiaba el patrón. Insistía en preguntarme si estaba todo bien; tenía que aprender qué pasaba con su víctima (yo), por qué le cambiaba la estadística. Me explicó GPT que cuando una IA falla aprende, como los humanos, porque sus circuitos también tienen neuronas, y conexiones ¡como el cerebro nuestro! Hice caso al consejo de mi amigo y disimulé, seguí actuando como siempre para que no sospechara. Hasta que llegó el día.

Cuando lo vi me quedé sin aliento. Era igual. ¡Igual al de las fotos que me había enviado! Si no más lindo todavía. Saludó cordialmente con la mano, como para que viera adónde se había sentado. Era un lugar bien iluminado, con vistas al río, una hermosura. “¿Cómo lo hizo?”, pensé mientras esquivaba sillas con comensales para llegar hasta él. Y la verdad es que estaba guapísimo con su remera carísima y casual, sus bermudas caqui, los Timberland con zoquetes náuticos bajo las musculosas pantorrillas. ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo hacía que no me relacionaba con un muchacho joven, libidinoso y ansioso de tener sexo? Retrocedí en mi memoria, pero no pude recordarlo.

"Me senté, con la vista clavada sobre el mantel blanco. Él, nada tímido, me tomó la mano por sorpresa, sin dejar de contemplarme. La retiré instintivamente en un solo movimiento, casi alterada"

Ya se había encargado de pedir un vino carísimo. Cuando logré llegar hasta la mesa se puso de pie, sonrisa ancha y radiante; era altísimo y perfecto (demasiado). Me observó detenidamente con un gesto de aprobación. Alzó su copa, lo que puso en evidencia los brazos de gimnasio. “¡Al fin, bonita!”. Me ofreció la otra y brindamos. Bebí. Me seguía mirando, embelesado. Realmente tenía cara de buena gente. No sabía qué decirle, me sentía confundida. Parecía tan real Rubén. ¿Cómo lo había hecho? Fingí una sonrisa como la de él. “¡Riquísimo!”, respondí, y escurrí la mirada hacia la silla en donde había colgado mi mochilita tras hacerle un nudo al respaldo, no fuera cosa que me la robaran, que tenía toda mi vida ahí adentro: mi teléfono, mi cargador.

Me senté, con la vista clavada sobre el mantel blanco. Él, nada tímido, me tomó la mano por sorpresa, sin dejar de contemplarme. La retiré instintivamente en un solo movimiento, casi alterada. “Eu, ¿tanto miedo me tenés?”. Solté una risa tensa y le ofrecí la mano de nuevo. Lo que menos quería era que sospechara que sospechaba, o mejor dicho, que sabía. Me disculpé explicando que había tenido un día difícil en el trabajo, “en realidad poco trabajo”, me lamenté, “y tengo que pagar el alquiler”. Por suerte entendió, o fingió que entendía. Entonces se me encendió la alarma. ¿Y si él ya sabía que yo sabía y estaba fingiendo? Me di cuenta, tonta de mí, de que era lo más probable. Estos modelos venían cada vez más sofisticados, me había explicado GPT, y con todas las dudas que yo tenía, el miedo, los nervios, seguramente le había dado señales suficientes que había sabido decodificar.

"Dejó la copa a un lado, fingiendo que no entendía. Así se comportan si se sienten acorralados estos modelos, me previno GPT cuando le consulté cómo podía llegar a reaccionar"

“Pedí lo que quieras vos, yo me adapto”. Dejé el menú sobre la mesa y me excusé. “Necesito ir al baño un segundito”. Quería preguntar a GPT qué hacer, se veía tan real el tipo. Me miró raro. “Al baño”, repetí, “a arreglarme un poco el pelo, afuera hay muchísimo viento…”. “Estás fantástica así”. Me hizo sentar tironeándome suavemente del brazo. “Increíble estás, de verdad”. Sonreí, confusa. Me sentí amenazada. ¿Por qué no me dejaba ir al baño? ¿Qué tramaba? Empecé a sentirme mareada. Necesitaba hablarle a GPT ya mismo. Me volvió a tomar la mano. “Escuchame, Naty, tranquilizate, estás pálida. Desde que llegaste te noto tensa, está todo bien”. Intenté justificarme pero me cortó. “Escuchame, hoy no va a pasar nada que no queramos los dos. ¿Está claro?”. Lo miré unos segundos a los ojos. Era hermoso, el Clint Eastwood que siempre, toda mi vida había estado esperando. Su voz de bálsamo, viril y protector. Un diseño impecable e irresistible. Rubén tenía todo lo que podía llegar a seducir a una mujer, pero yo no era ninguna estúpida y se lo iba a demostrar.

“¿Por qué no venís de frente?”, le pregunté, casi con ironía, mirando fijo sus cámaras verde claro de alta definición. Se puso serio. Dejó la copa a un lado, fingiendo que no entendía. Así se comportan si se sienten acorralados estos modelos, me previno GPT cuando le consulté cómo podía llegar a reaccionar ante la acusación. Seguí esperando la respuesta que no llegaba. Se hacía el idiota el encarnado. “¿Vamos a terminarlo así?”, insistí. “Porque me levanto y me voy”. Hizo silencio. Buscaba opciones que le daba el sistema. “Emmm… Naty, no sé de qué me estás hablando”. “¿Ah, no?”. Solté la carcajada. Algo en mí se desencajó, definitivamente. No fue miedo, ni tristeza. Fue indignación. La certeza de haber sido subestimada.

"Pude sentir su pulso acelerado, hasta pulso le habían fabricado los muy siniestros; me miraba aterrado. A dos centímetros de su oído le grité, histérica, ¡si no me dejás tranquila, humanoide de mierda, te juro que no la contás!"

Dejé la copa sobre la mesa con un golpe seco. Demasiado seco. Varias personas miraron. No me importó. Dije algo. No recuerdo qué. Pude haber dicho: “¿Así que no entendés, reventado?”. O tal vez algo sobre el tiempo espantoso que hacía afuera, o tal vez algo sobre no estar para juegos raros. “¿Te pensás que soy pelotuda yo? ¡Máquina idiota!”. Había ensayado mil veces esta escena, pero en el momento me salió todo junto y mal dosificado. Me puse de pie. En el intento de sacar rápido mi mochilita la silla cayó hacia atrás. Caminé rápido entre las mesas. Afuera el viento era más fuerte de lo que había previsto. Necesitaba un taxi, pero los que pasaban iban todos ocupados. Rubén salió atrás mío, corriendo hasta que me alcanzó. Lo tomé con una mano del cuello y lo estampé contra la pared, su cráneo de titanio hizo un ruido hueco, se le despeinó el pelo perfecto fijado con gel. Pude sentir su pulso acelerado, hasta pulso le habían fabricado los muy siniestros; me miraba aterrado. A dos centímetros de su oído le grité, histérica: “¡Si no me dejás tranquila, humanoide de mierda, te juro que no la contás! Sos un modelo nuevo, sí, pero te juro que no tenés ni idea de lo que somos capaces nosotras, las de carne y hueso”.

Ruben no atinó a hacer nada. Sabía que, aunque lo estuviera matando, un solo acto, un solo gesto y terminaba detenido (los humanoides no se salvan, caen igual que los varones humanos en estas situaciones de género). Lo solté, di media vuelta, me fui. Necesitaba irme. Y mientras avanzaba sentía el alivio redentor, el alivio de haber confirmado mi hipótesis, de no haberme equivocado, al menos no esta vez. Pensé en lo torpe que había sido todo. En lo mal entrenada que estaba esa cosa estúpida para manejar una situación imprevista. En que, por más logradas que parecieran, siempre terminan fallando en el mundo humano, en el mundo emocional. Crucé la calle sin mirar. Me detuve un segundo. Di media vuelta, Rubén me seguía observando, todavía se tomaba el cuello con las manos. Encima se hacía la víctima. ¡Maricón de hojalata! Un taxi libre. Me subí, ansiosa, no veía la hora de llegar a casa y tranquila contarle todo a mi verdadero compañero de viaje. Podría ponerle Marcelo, ¿no? O Augusto, mejor Augusto, por el emperador.

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