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Grandes galeones bajo la luz lunar, poemas de Luis Antonio de Villena

Grandes galeones bajo la luz lunar, poemas de Luis Antonio de Villena

¡Tantas cosas van quedando atrás! ¡Se acumula tanto hundimiento, desaparición, traiciones, lejanía, se acumulan tantas cosas perdidas o pasadas, tantos recuerdos siempre crecientes, que se manifiestan o vuelven implacables, que uno debe tener por seguro que la vida de veras radiante pasó, y que ahorita sólo quedan restos, pecios o todos sus sucedáneos!

Zenda publica un adelanto para sus lectores del poemario Grandes galeones bajo la luz lunar, de Luis Antonio de Villena.

CARTA DE COMBATE

Lo oyó en una conversación transversal: Siempre llega tarde…
No era una persona, no exactamente. Los dos señores hablaban
con cautela de la vida: Lo tienes cuando ya no hace falta, te
lo regalan cuando su uso se tornó imposible. ¿No es así siempre?
La habitación propia, que pedía Virginia. Pero más, ¿recuerdas?:
Vivir solo. ¿Cuánto hubieras dado por ser dueño solitario de tu
destino —aunque sea un mero decir— por ejemplo a los treinta años?
Y entonces la mente (pensó) se va vertiginosamente atrás,
hacia los días anchos del esplendor en la hierba y la gloria en las flores…
Te ves llegando en los susurros de la madrugada aquella, y nadie dice
nada porque eres el solo dueño de las cosas que haces. Algunas estarán
mal, no hay duda, pero ¿qué me importa si timoneo mi propia nave?
Ahora (dijo el mayor) vivo solo y no tengo a nadie. No hay familia.
Sí, el antaño famoso fin de raza. Pero a los 70 años ¿de qué me vale?
A ratos pesa la soledad pesante, y las delicias de Cápua allá quedaron.
Gatitos varios me alegran, pero la casa grande me llegó bien tarde.
No sé pilotar mi rumbo. Es cansado gestionar la cotidianeidad idiota.
¿De qué sirve vivir solo? Diré la verdad: yo hubiese querido vivir solo
cuando alguien —lejos— solventara mi vida cotidiana, párvula. Solo
entonces. Ahora me produce sobre todo momentos de ardua extrañeza…
Contestó el de al lado: Sí, es similar al combate de la vida. ¿Lo ha oído?
Vivir es combate y batalla. Yelmos, espadas, soldados, mosquetones…
Mire Dimas, yo francamente estoy cansado. Así de simple. Me aburre
la pelea, por lo demás sórdida como garras de una afilada alimaña…
¿Era vivir ese inhóspito transportar pedruscos? Razón le sobra: llega
tarde, todo llega tarde: la vida, la soledad, la casa vacía, la pelea…
Todo cuando ya no te interesa. ¿Y qué hacemos con el destino cegato?
En esta escuela del mundo/ ni siendo malos alumnos/ repetiremos
un año… ¿Se dio cuenta? Todos los jerseys equivocaron las tallas…
Conversaban en las butacas de un avión. Nubes, zumbido. Monologaban.

UN CORAZÓN SALVAJE

Lo comentamos y era un libro no nuevo que ambos habíamos
leído siendo jóvenes: “El azar y la necesidad”. Sí (me dijo) eso
es el mundo, la vida que tanto acierta y tanto más se equivoca…
¿No? Uno anhela y el ansia forma el caballo (digamos) pero ese
equino que, a no dudar llegará, lo hará según la irresoluble cuadrícula
del azar: Acaso mañana mismo o —¿quién lo sabe?— dentro de un siglo,
y entonces, mi amigo, ninguno de nosotros quedará para verlo,
quien dice un caballo dice cien sestercios o mejor, el amor de tu vida…
Intervine: Y además de ello, la vida se equivoca muchas veces hasta
en la urdimbre misma del azar: te da el deseo, lo tocas, das las gracias
y ella misma (no merece un insulto) se lo lleva, lo distrae, lo pierde,
porque, mi querido, la vida suele mucho ser lerda y torpona…¿No?
Me ocurrió con Marlon y te lo conté por encima. Mi bohemio lene del
Cauca, que vivió en las playas del Pacífico y amaba la soledad, el arte, el
ritmo lento, y la mansa, inenarrable dulzura. Era hermoso. Llanamente
hermoso, de piel, de verga, de culo, de ternura y de alma, por supuesto.
Belleza seráfica y lujuriosa, bendita y caliente que encontré un día
y se me concedió dos noches: Me regaló el dibujo a lápiz de su propio,
celeste desnudo. Y alcé las manos a la vida absurda (me conoces) Sí, esto
es lo que anhelo. Nada más pediré. Ya me lo diste. Señora, has acertado…
Pero nos separaba más que un inmenso océano, geografía tras geografía,
yo no podía quedarme allá entonces, y él tenía el tiempo de los
ángeles. ¿Por qué no iba a venir? Pero los viajes se demoraban en su sacra
pereza y la vida para él eran su noche larga y caliente y el don de ir
desnudo por su casa entre amigos, entre sueño, colocando rosas…
La tonta de la vida, ¿me entiendes? Trae a Marlon, me lo muestra, nos
decimos algo así como buenas palabras de caricia, gozamos dos noches,
dos dulces noches más allá del mundo, y en su piel yo ordeno el paraíso…
¡Estúpida! ¿Por qué me lo da y de inmediato la sonsa me lo quita?
¿No he de tenerla por vil o mujer boba que pierde el chapín en el último
peldaño de la escalera esbelta? ¡Cuánto te equivocas, vida, cuánto nos
quitas y pones, entremuestras y celas como sin saber, mala alumna de
mal colegio, párvula sin latines! Bien, bien, mi amigo, pero cálmate…
¿No era eso lo que platicábamos? Quizá no vio el deseo, pero el azar
que todo lo ve, jugó (si es la palabra) a equivocarse de retícula. Es
pena. Pero si puedo decírtelo, te queda más que a muchos que no tuvimos
ya que tú —a lo menos— ya sabes la locura y la miel de un corazón salvaje…
Lo has llamado Marlon. Valen otros nombres. No has vivido en vano. Nada
menos, amigo, guardas manzanas de oro. No las pierdas también ahorita…
(Eras viento que orea y dalia que mira. Playa virgen y ánima de azalea.
Soldado de noche santa, vino y sexo. Las estrellas —es obvio— te protegían)

BECKFORD

¿Sería el tema la perversión? ¿El mal? ¿El escándalo acaso?
Me sedujo el retrato de Romney: Un caballero en el ápice
de la caballerosidad… ¿No iba galopando entre enanos siervos,
a lo lejos las torres de Bath? Entendió que la escurridiza libertad
del hombre pasa por el amor prohibido, dulcemente, por la belleza
ilícita y por llamar Eblis a un ser superior en el Bien que es el Mal…
No le saludaron. Sólo el dinero le salvó. Sólo su petulancia…
¿Y hoy, mi amigo, no sucedería lo propio? Conoces a personajillos
infames que se salvan por lo mismo pero están a galaxias de nuestro
singular William ¿no? Todos nos escurrimos hacia la sombra luminosa,
todos tanteamos oscuros en el pantano y no somos esa altura…
¿Cree en cierta aristocracia? Creo, pero no en los títulos vulgares
si no —permita que lo diga— en la magnitud de la excelencia.
Sé: los monaguillos de Madrid, el noble y hermoso Courtenay…
Sólo hizo el bien pero era perverso. Aristocráticamente. Lo sé, todo
ello no se entiende hoy: Reino de la nada plebeya y la tinaja seca.
Beckford pasa en un galope invisible. ¿Te agrada? ¿Lo detestas?
Sólo alcanzo a saber que sin el desorden de lo excelso habría
únicamente una puerta tapiada, y que sólo lo oscuro nos hace vivir,
sólo el gozo que bordea la tinta negra. Vale el esplendor secreto.
Por eso lo miro —perdón— airoso y seguro de una vanidad inteligente.
Y solo esa alegría, sólo ella (créeme) da sentido a este andurrial: la vida.
¿Se entiende que la perversión está detrás, lo que llaman así? ¿Te diste
cuenta? No hace falta aceptar, escucha, solo ver la galopada que tiembla…
Dilo: No hice la ley y al mundo, naturalmente, lo desecho.

CONTEMPORANEIDAD

Te has obstinado en las imágenes. ¿Es perversión sondear pantallas?
No lo sé, descreo. Una vez más es una vida tenue que llama, urge,
estalla… Alguna vez el que mira usa ese término mismo: “Estalla, chico,
estalla…” No es otra cosa que vitalismo crepuscular ese tanto trajinar
imágenes móviles o fijas, muchachos que se exhiben desde el otro lado
del mundo. Hermosos y poderosos en su imprecación a la juventud floral.
No, los padres lo ignoran. Si no aplauden lo que es el narcisismo.
Pero no condeno, ni nos condeno. Y habiéndolo, no es sólo esteticismo
o morbo o pulsión libidinal, que gozosa escarba en su propio foso. No,
es un no querer caer aún, tú o yo, acogiéndose a su prepotencia, a su
fuego, a rapiñas volcánicas vueltas pichas enormes y carne prieta y de oro.
Somos estudiosos. Claro, de una ciencia normalmente vetada, pero no
menos fascinante que otras. Coleccionamos muchachos bellos, salgan
donde salieren, como para escapar al fin del mundo. ¿Tanto? No
exagero. Tú lo ves con ansia, como la mía, y mi sed y mi agrado… Internet
(tan vulgar) nos ha dado un regalo vivo y torticero, nunca vimos tantos
discípulos de Maldoror, eximios en belleza y nalgas… No dudes, ahí
estamos. La vida medra —lo sabes— en su propio desorden. No amor, si no
violento deseo de perecer juntos o merecer esa eternidad coruscante.

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Autor: Luis Antonio de Villena. Título: Grandes galeones bajo la luz lunar. Editorial: Visor. Venta: Amazon

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