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Hartura del comunismo, nostalgia del loco

Hartura del comunismo, nostalgia del loco

El libro que nos ocupa se entiende mejor si conocemos algo de la vida de su autor. Maxim Ósipov (Moscú, 1963) es cardiólogo, vivió en Estados Unidos y regresó a su país para establecerse en un pequeño pueblo. Ha creado una editorial y una fundación médica y se exilió en Alemania cuando Rusia invadió Ucrania en 2022. Ha sido testigo de la caída del comunismo y la agitada evolución posterior de su país, de lo que deja constancia en sus cuentos.

Después de Eternidad (traducido y muy bien anotado por Alejandro Ariel González) lo componen cuatro relatos, casi novelas cortas de hasta 85 páginas, y dos breves, escritos en un lapso de veinte años, el último fechado poco después de comenzar la guerra.

Las referencias críticas a la etapa comunista emitidas por diversos personajes son explícitas: denuncian la corrupción, el control social, la mediocridad, la represión, la salida forzada al exilio o el suicidio; lacras que, sin embargo, no han desaparecido con la caída del sistema. Persisten la violencia institucional: «Chicos, hoy vamos a estudiar latín. El griego ya lo aprenderéis cuando saquen al profe del trullo»; «En todas las familias había alguien encarcelado»; «Desde niños nos han preparado para los campamentos, pero no los de verano, sino los de trabajo […] antesala de los de concentración. […] la cárcel y la batalla: para eso nos han preparado»; también la corrupción: «¡Los clásicos! […] les dedicábamos un mesecito […] unas cuantas funciones, cobrábamos el dinero y a buscar una nueva subvención. […] Hasta que el contable nos informó de que habían aparecido nombres desconocidos en la nómina»; «La medicina es un asunto serio, no una ventanilla de atención al cliente. Y todas esas pensiones son pura corrupción. ¿Qué pasa, es que no saben a quién hay que sobornar?». Asimismo, la falta de horizontes lleva a desear la huida del país o la muerte: «La tasa de suicidios en Rusia es la tercera más alta del mundo, sobre todo en la población rural, y eso que a pesar de los decretos de ya-sabéis-quién que nos obliga a los médicos a falsear los números».

"Vidas marcadas por relaciones de pareja casi siempre insatisfactorias, interrumpidas y vueltas a retomar, con hijos que se rehúsa cuidar o se olvidan..."

La salida de Rusia no siempre es deseable. Los judíos no sienten que puedan regresar a Alemania, tampoco a Israel si no cumplen con la identidad religiosa. Varios personajes buscan la alternativa de instalarse en EE.UU., país y cultura que sirven de contrapunto con los rusos; y sobre los que se pasa de la idealización al desencanto: «[Los rusos] No solo están vaciando ciudades sueltas, sino también países enteros. Pero en Estados Unidos no […]. Allí, si quieren que una carretera atraviese tu casa, estás de suerte». Sobre la ciudad de San Francisco: «Aquí no hay historia que oprima y tire hacia atrás; hay fortunas acumuladas del siglo pasado gracias al oro y hoy gracias a los ordenadores, más un par de terremotos; eso no puede considerarse historia». «Ahora vivimos en un país libre, todo es cuestión de dinero». La conclusión es amarga: condenado el experimento totalitario soviético, la misma simplificación brutal de la vida se halla en el país norteamericano, como se dice de un personaje: «Ha vivido toda la vida en un sistema bidimensional de relaciones, de coordenadas […] Él ha abandonado todo eso, se ha librado. Pero en Estados Unidos sucede lo mismo: blancos-negros, republicanos-demócratas, izquierda-derecha».

Uno de los protagonistas del primer cuento hace una observación que considero una posible clave de interpretación del libro: «Cada vez hay menos personas estrafalarias, excéntricas, y no solo en Moscú, también aquí. Cuando yo era joven había muchas más. ¿Dónde se habrán metido? Pues ya sé dónde: sucumbieron en la lucha por la existencia». Los locos rusos —el espíritu en un sesgo de irracionalidad, libertad, búsqueda de lo absoluto, quiebra de lo socialmente establecido— ya no existen. Los cuentos, en consecuencia, no pueden hablar de ellos; esos personajes son ahora sustituidos por otros prosaicos, todavía en algún caso con algo de magia, aunque no siempre. Un hombre de poco carácter, abandonado por su esposa, que malvive asesorando a una compañía teatral, parece colocarse al margen de una maquinaria estatal que arrasa con todo. Otro, reprimido por su superior a causa de sus declaraciones durante una manifestación contra la invasión rusa de Ucrania, acepta marchar al exilio. La rebeldía de un tercero consiste en abandonar su patria y cambiarse el apellido como rechazo de su padre, cuya denuncia condujo a unos jóvenes a prisión. Uno más desiste de incriminar a unos gamberros antijudíos que han profanado la tumba de sus padres al entender que la cárcel no servirá para rehabilitarlos.

"Los relatos poseen una estructura compleja, con saltos en el tiempo para volver sobre lo sucedido y entender sus causas; o mostrarnos meramente el caos, como en este pasaje"

Esos actos de dignidad se encuentran, a veces, en medio de vidas corrientes. «Los días no son sino una serie de acontecimientos irrelevantes, como vistos desde un tren de larga distancia, como la rutina diaria de un sanatorio». Vidas marcadas por relaciones de pareja casi siempre insatisfactorias, interrumpidas y vueltas a retomar, con hijos que se rehúsa cuidar o se olvidan… En ellas apenas tiene peso el trabajo, la profesión; se valora, en cambio, la amistad. Cada relato es, por lo general, el testimonio de un amigo del protagonista, que deja constancia de lo ocurrido.

Los relatos poseen una estructura compleja, con saltos en el tiempo para volver sobre lo sucedido y entender sus causas; o mostrarnos meramente el caos, como en este pasaje: «Enciende una cerilla […] y la apaga para después inhalar el humo. Antes le encantaba el olor a fósforo quemado. Recuerda la marca de tabaco que fumaba Iákov Gregórievich. Elia le preguntó hace unos días si en Luxemburgo hay colegios decentes: buena señal, ella ha cambiado mucho en los últimos años. “Los hombres envejecen, las mujeres cambian”. ¿Quién ha dicho eso, Goethe? Elia estudió en Moscú, en una escuela de gran prestigio, pero resulta que ni siquiera sabe fracciones. ¿Qué sucede en la cabeza de una persona que no sabe sumar fracciones?». Por momentos, se diría que Ósipov se rebela contra la comprensión de sus personajes. «He prometido que no contaría toda mi vida, sino solo fragmentos», dice uno en su diario. También leemos esta sorprendente declaración del narrador: «Así es el pasado, todo se mezcla, pero ¿quién lo recuerda en orden cronológico, día por día? No hace falta rememorar la vida entera, como un reo a la espera de que lo lleven al patíbulo». ¿Un gesto casi inconsciente frente al orden político impuesto?, ¿frente a todo orden? ¿La afirmación del derecho a la errancia?, ¿la constancia de lo fortuito en la condición humana? Los cuentos rebosan impresión de realidad, comparecen caracteres complejos, vivos que van de un lado a otro, de relación en relación, sin rumbo, bajo fuerzas incontrolables: «El amor, doctor, el amor es repentino, independiente, antojadizo… En él se reconoce una voluntad ajena. Es una atracción misteriosa e inevitable». Aventuro que esos personajes se mueven guiados por una libertad que, conquistada tras décadas de opresión, no encuentra un sentido. «Cuándo entenderá de una vez que no existe ningún pasado ni ningún futuro, que solo existe lo que existe: una sopa de centolla; sí, es gracioso, una sopa, pero también es de noche, las luces del puente se reflejan en el océano, el olor de las algas, vamos, aspíralo, no reflexiones, vive, respira». La extensión de los primeros relatos del libro se explica por la necesidad de mostrar esos inciertos recorridos vitales que acaso dependen de la personalidad más allá de los avatares que sufren: «¿El destino es parte de la personalidad de cada uno?».

"Maxim Ósipov a través de estos cuentos se enfrenta a la reciente historia de Rusia sosteniéndole la mirada, de lo que no se puede salir indemne, al borde del cinismo, casi vencido"

En algún momento se reivindica la vida doméstica frente a la Historia: «Hay cosas serias –las que salen en las noticias– pero carentes de todo interés. Unos tipejos son sustituidos por otros, el mazo se baraja […] más interesantes son otras cosas: por ejemplo, una muchacha con pantalones y chaqueta de cuero que quita un candado de un puente». No obstante, lo privado nunca logra abstraerse de lo colectivo ni de sus consecuencias morales. Un exiliado reflexiona: «nuestras dificultades son insignificantes […] no digamos ya  [comparadas] con aquellos sobre quienes ahora están lloviendo nuestras bombas y misiles». No deja de cuestionarse el complejo y casi siempre insatisfactorio vínculo entre vida personal y colectiva. «[Los ucranianos escriben:] “Con los ocupadores no juego”. ¿Qué les va a responder él? Sasha se opone a lo que está haciendo el Estado, pero ¿qué ha hecho él al respecto, aparte de refugiarse en su vida privada?». Y remata: «Una pregunta eterna: ¿en qué medida somos responsables de las acciones de nuestro gobierno?». No hay más que desolación: «¿Qué será de nosotros? ¡Está claro! Nacimos en tiempos de guerra y en tiempos de guerra moriremos».

Maxim Ósipov a través de estos cuentos se enfrenta a la reciente historia de Rusia sosteniéndole la mirada, de lo que no se puede salir indemne, al borde del cinismo, casi vencido; como, al final de un cuento, confiesa un jugador de ajedrez: «En una mala posición, ninguna jugada sirve. ¿Depresión? No, esto no es depresión, Sasha. Solo tristeza».

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Autor: Maxim Ósipov. Título: Después de Eternidad. Traducción: Alejandro Ariel González. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus libros.

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