Puede que la Declaración Universal de los Derechos Humanos sea el texto más importante del siglo XX. El 10 de diciembre de 1948, un foro que representa a todos los seres humanos reconoció públicamente unos derechos iguales para todas las personas del planeta por primera vez en la historia del Universo. Aquel texto impide hoy que nadie se llame a engaño. Fijado negro sobre blanco por la Asamblea General de la ONU, muy influida por la entonces reciente matanza que había sido la Segunda Guerra Mundial, está desde aquel día expuesto a la vista de todos y firmado también por todos.
O debiera.
Sólo tres años después de proclamados se ponía en marcha en Europa una novedosa iniciativa, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que nació de la convicción profunda de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos iba en serio. Y de que la colaboración, la cooperación y la supresión de las fronteras nacionales era ya el único camino posible.
Para Europa y para el planeta.
En suma, que la Unión Europea es la iniciativa más audaz que haya emprendido la Humanidad desde que el mundo es mundo. Y no es broma: al cabo de ochenta años, y como dando la razón a sus proféticos y visionarios fundadores, las fronteras han desaparecido. Y no sólo en Europa: concluido el primer cuarto del siglo XXI, las fronteras, como las razas, son sólo mentales. La telecomunicación global las ha matado y, en los últimos treinta años, Internet muy especialmente. Si las fronteras nacionales siguen ahí trazadas es sólo en nuestras cabecitas cromañonas. De hecho, cada vez que a algún iluminado le da por repintar las viejas lindes se descuajaringa todo y empezamos a cojear. A estas alturas el planeta se encuentra tan interrelacionado ya que el simple aleteo de una mariposa aquí genera huracanes allí.
“Puta mariposa”, exclamó uno muy gráficamente una vez.
Sí, “puta mariposa”: viajamos juntos sin remedio a bordo de una minúscula “canica azul”. Una patria frágil y confortable: sus océanos a cielo abierto, sus brisas cargadas de humedad, el exquisito equilibrio de su atmósfera y sus inmensas arboledas productoras de oxígeno son impensables en cualquier otro lugar del Universo. Sólo Dios sabe dónde nos lleva dando tumbos por el Cosmos arrastrados con toda la galaxia, pero nos lleva. Y eso plantea un dilema: o nos ponemos de acuerdo o no nos llevará a ningún lado y se irá sola.
El concepto clave hoy, mucho más de lo que algunos piensan, tiene nombre, se llama solidaridad y sólo exista sobre el papel, pero convendría ir haciéndolo efectivo. El desastre, en caso contrario, será de proporciones bíblicas, nada grave tampoco, aunque sí una pena que planeta tan especial tuviera que seguir su peregrinaje por la vastedad sin nadie a bordo para apreciarlo.
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NOTA: Lo de la “puta mariposa” aparece en los diálogos de la serie de RTVE El Ministerio del Tiempo. La expresión “canica azul” parece deberse al celebrado astrónomo y divulgador Carl Sagan.


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