En esta vida me han llamado muchas cosas, y la más sorprendente es “farsante”. Sorprendente por obvia, no porque no sea un farsante. ¿Quién no lo es? El mundo entero es una farsa, y en torno a esta idea Billy Wilder y su guionista construyeron una cinematografía. En la ficción de cada día nada es lo que dice ser: yo mismo soy ficción, una verdadera ficción. Ya Ovidio construyó sus inmortales Metamorfosis en torno a la transubstanciación. A Ovidio, que también escribió El arte de amar, se le ocurrió una vez decir la verdad, sólo por curiosidad, y acabó en el exilio. No hay que decir la verdad nunca, así te maten, porque no te matarán: te matarán si la dices. La verdad de verdad, me refiero, porque lo que comúnmente se entiende por “verdad” no pasa de convención útil para todos: un acuerdo sobrevalorado y con apariencia de verdad. Benavente, por ejemplo (Jacinto Benavente, el de la plazoleta del teatro Calderón) nunca escribió Los intereses creados. Es imposible, pero es más fácil creer que sí, y si todos estamos de acuerdo ¿qué más da? “He aquí el tinglado de la antigua farsa”. Un billete de veinte libras no vale veinte libras, pero si todos estamos de acuerdo en que sí, no hay más que hablar.
Una tarde-noche que andaba yo de pintas la encontré mirándome fijamente desde un pequeño retrato que colgaba en la pared de un pub, al otro lado del Magdalen Bridge; al principio dudé seriamente que fuera ella, pero lo era, pese a las extraordinarias gaforras de miope que lucía en la foto y que no usaba habitualmente. ¿Qué demonios hacía allí? Pues era la autora de una treintena de óleos que, por unos días, se exponían en el local: unos retratos espantosos de John Lennon, el cantante Rod Stewart, Cary Grant, por entonces recientemente fallecido, y otros muchos. Pintados con pasión, transpiraban verdad y revelaban el amor de Sally por el santoral moderno. Sí: aquella delirante iconografía vagamente pop conformaba el particular panteón vital de la mujer que cada mañana me servía el único café de verdad de toda la Gran Bretaña. En ese instante me fue revelado que, si la religión canónica ha muerto, el día que la gente deje de creer cosas como que Sting es santo, que Elvis vive o que las manchas pueden eliminarse (y la calvicie revertirse, y el envejecimiento detenerse), morirá también el marketing. Y con él, su manifestación en colores, la publicidad, que era de donde emanaba como una crema residual aquel santoral laico, según nos enseñó a comprender san Andy Warhol.
La publicidad es el gran relato de nuestros sueños. Nuestros ancestros soñaban con cruzar sin daño el reino de Poseidón y produjeron la Odisea. Nosotros soñamos con conducir un Mercedes Clase A (y, en el colmo de la imaginación, con embarcarnos en un cacharro de Costa Cruceros) y producimos anuncios. En los últimos dos o tres mil años, la Humanidad ha perdido mucho. Los anuncios son nuestra épica, nuestra Biblia y nuestro Corán. En los anuncios van enlatadas nuestras esperanzas, nuestras oraciones y nuestras emociones. Los anuncios son nuestros salmos, nuestros textos sagrados y también el desatino al que nos dirigimos: una Ítaca desdoblada en un Villarriba próspero, exclusivo y estiloso (gracias a Fairy Triple Acción) y un sombrío Villabajo sudado, superpoblado y con paelleras costrosas por todas partes.
La pregunta que me hago es en cuál estaré yo.


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