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César Vallejo no se callaba ni debajo del agua

César Vallejo no se callaba ni debajo del agua

A lo largo de 2025 se publicaron muchos libros; de uno no se ha hablado lo suficiente. Me refiero a la edición conmemorativa de la poesía de Cesar Vallejo reunida por la RAE y la ASALE. En la práctica, una edición popular de la poesía completa del vate, del que, por cierto, se va echando de menos una rotunda edición “culta” de la obra completa.

La obra poética de Vallejo es escasa, pero tan intensa que, en las casi nueve décadas transcurridas desde el fallecimiento de su autor “en París una mañana gris con aguacero” no ha parado de crecer en significación y popularidad. Tampoco ha parado de desubicar y desconcertar a cuantos por vez primera tropezábamos con ella. Vallejo no es poeta previsible, sino un inquieto revolucionario de la palabra: valiente, rompedor y atractivo, me fue revelado hace tropecientos mil años en el curso de una “inocente” representación universitaria que se limitaba a unos versos mínimamente escenificados; los habían elegido según su particular gusto los propios representantes, y los decían con una naturalidad que bien puede calificarse de envidiable si se tiene en cuenta que no se trataba de profesionales.

" Vallejo, siempre a la contra, juzga España imprescindible y genera una serie de imágenes ilustrativas de lo que sucedería si faltase"

Por poner algún “pero” a esta maravillosa edición de la obra poética de Vallejo, se echa de menos en ella un índice que ayude a deambular por el apartado Poesía reunida, sólido bloque de unas 235 páginas en el que se amazacotan los cuatro títulos que integran la poesía del poeta peruano. El resto del volumen lo ocupan distintos estudios. La falta de ese índice dificulta los paseos por los poemas y deja coja la edición, excelente por lo demás. Y económica: cuesta menos de lo que vale.

Los cuatro títulos que componen la obra poética de Vallejo son el auroral Los heraldos negros; el de la consagración, Trilce; el breve España, aparta de mí este cáliz y los intensos Poemas humanos, que sólo vieron la luz, una vez fallecido el artista, editados por su viuda con amor y cuidado. Suele destacarse Trilce, un clásico de la poesía del siglo XX, pero servidor quiere llamar la atención sobre dos poemas de España, aparta de mí este cáliz. Uno, el que cierra el libro y le da título, dedicado a esa entidad tan mal vista hoy. Vallejo, siempre a la contra, juzga España imprescindible y genera una serie de imágenes ilustrativas de lo que sucedería si faltase, para concluir con un consejo que es también un ruego y una oración. “Si la Madre España cae (…) salid, niños del mundo. Id a buscarla”.

"Vallejo, nacido en una pequeña población peruana en 1892, mostró desde joven inclinación hacia la palabra precisa"

El otro poema ofrece una viva imagen de la solidaridad, o de la caridad o la compasión, si se prefiere, y también de la voluntad. Tan poderosa esa imagen que, si la especie fuera capaz del grado de compromiso que evoca —“pero el cadáver, ay, siguió muriendo”—, podríamos hasta dejar morir tranquilamente la obra completa de Vallejo, fallecido con sólo cuarenta y ocho años cuando en plena madurez había alcanzado un dominio envidiable de su arte.

Pero la obra de Vallejo, por desgracia, es más necesaria que nunca. Por forma, pero también por fondo.

Vallejo, nacido en una pequeña población peruana en 1892, mostró desde joven inclinación hacia la palabra precisa. Persona de sensibilidad, talento y muchas lecturas, llamó la atención de los que le rodeaban, estudió letras y, buscando siempre la palabra exacta, se metió en líos. Entre 1920 y 1921, antes de cumplir treinta años, dio en la cárcel de manera perfectamente injusta, circunstancia que lo marcó. En tan siniestro domicilio habría empezado a escribir Trilce, el libro que lo puso en órbita. Al salir no dudó; empujado por su inquietud, pero probablemente también por un inicuo acoso judicial que los exégetas no han dudado en calificar de kafkiano, pasó a Europa, donde malamente se ganó la vida como profesor y periodista.

Ya nunca volvió a casa.

Hoy, noventa años después de su fallecimiento, reposa en el apacible cementerio parisino de Montparnasse, junto a Serge Gainsbourg, Ionesco y la Beauvoir. Hoy el mundo entero es su casa.

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