Detesto meterme la camisa por dentro del pantalón. Casi tanto como llevarla de manga corta. Me da la sensación de haberme echado a perder, de ser un conformista o, aún peor, viejo. Me rebelo y, sin hacer el ridículo como tantos que a sus cuarenta y largos deciden tatuarse todo lo tatuable —y no lo hacen con el número de teléfono de casa de sus abuelos porque no se acuerdan—, trato de separarme de esa imagen de decrepitud paulatina que acompaña esa camisa con bolsillo o un chaleco de punto. Esto es evidente en algunos artistas que en su momento enarbolaron la bandera de la cólera y la expresión furibunda y, una vez llenado el saco de millones, amueblado un chalé en la sierra y atravesado numerosos chequeos médicos que abogan por la tranquilidad y alejarse de los excesos, se avienen a cantar sus números uno con una sonrisa acomodaticia forrada de fundas dentales brillantes.
Si alguna virtud tiene este reportaje es observar el efecto de las creaciones de dos ingleses en medio mundo, en pipiolos que gateaban cuando “Wonderwall” se convirtió en un himno y empezó a utilizarse en las clases de inglés de los institutos para trabajar el vocabulario y practicar el listening. La historia de la banda está bien narrada en Supersonic, de 2016, pero este Don’t look back in anger, colmado de señores con barriga, calvos y de pelo canoso, deja otras perlas. Surge en una época donde ser un canalla ya no está de moda porque los macarras se han domesticado. Los indies ocuparon ese espacio y apelan a los estados de ánimo en melodías que se corean en círculo en las bodas. En cambio, Oasis siguen tocando para gente que se lanza la cerveza por encima de la emoción en el primer acorde que sale de la guitarra de Noel, para los que tienen la mano llena de anillos como si fueran secundarios en una película de Guy Ritchie. Nunca subirían a nadie al escenario, pero si lo hicieran, al contrario de la beautiful people que luce palmito en la casita de Bad Bunny o la que desfila rampante en la entrada de Shakira, sería a los feos, a los paletos buscabroncas de Manchester o Dublín a los que les faltan dos dientes. Esa multitud, entre la que nos contamos, necesita estas canciones.
Se agradece que no finjan portar un aura mágica ni intenten embaucar al personal. Su reaparición y reconciliación va de nostalgia y arrogancia a partes iguales. Cada vez que Liam levanta el brazo de su hermano frente al público no hay un alma en el estadio que esté seguro de que volverá a ocurrir en el siguiente concierto, o que no se vayan a partir la cara en la posterior prueba de sonido. De hecho, cualquiera apostaría a favor de que el menor de los tres hijos de Tommy y Peggy Gallagher decida no aparecer en alguna cita sucesiva aduciendo cualquier pretexto. Y no, esto no es una loa de la estupidez ni del egoísmo malentendido. Yo creo que hay algo de teatrillo en cada abrazo, que son gestos de cara a la galería, pero apenas suenan esas canciones eternas se nos olvida. O, al menos, la transacción nos sale a cuenta.
Pese a la fortuna recaudada desde hace décadas, sigue habiendo un halo de verdad. Oasis no quieren ser esa gente que desayuna con champán sólo para demostrar que pueden hacerlo, no te los imaginas renunciando a la Guinness por una marca pija de espumoso francés. Quieren seguir gritando frente al micro, como si fueran a morderlo con una mezcla de ansia y soberbia. Ya no son salvajes y lo saben, pero esa sensación de autenticidad no se compra con palabras huecas ni mediante fanfarronadas que darían vergüenza a sus cincuenta y pico otoños. Además, como decía Burt Bacharach, lo que necesita el mundo es amor y no mirar hacia atrás con ira. Y sí, también un poco de mala leche, no sé si me entendéis


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