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Hipocondría y paternidad

Hipocondría y paternidad

En sintonía con obras que tratan de la relación padre-hijo, como Tu oído en mi corazón, de Hanif Kureishi o La familia de mi padre, de Lolita Bosch, pero, por sobre todo, de Patrimonio: Una historia verdadera de Phillip Roth, se encuentra la novela Legado (La Navaja Suiza Editores, 2024) de Agustín Márquez Díaz.

En Patrimonio, a un padre jubilado le detectan un tumor cerebral a los ochenta y seis años. En Legado, a un padre retirado de sesenta y ocho años, con manía para los calcetines pero con sabiduría para la vida, le descubren “una masa” de catorce centímetros alrededor del hígado; un cáncer de origen primario desconocido.

Herman Roth, padre de Phillip, tiene un testarudo compromiso con la vida, de la misma forma en que el padre del personaje de Legado adopta una actitud práctica sobre su mal: se hace la vista gorda aferrado a que todo puede tener una solución y deposita su confianza en la salud pública. Los padres de ambos libros son carismáticos y empedernidos optimistas mientras que los hijos padecen las enfermedades como propias.

"Trata de informarse para reducir su angustia dado que un hipocondríaco con TOC está siempre en estado de hipervigilancia ante la incertidumbre, aunque logra el efecto contrario"

¿Y cómo no va a iba a ser como propia en Legado si el narrador, en una íntima primera persona, nos confiesa que heredó del padre un nombre mal escrito (Grabiel en vez de Gabriel), el gusto excesivo por el alcohol y una hipocondría que lo perturba en su vida diaria? En el hijo, Gabriel Marcos Dimas —un ingeniero informático empleado de una empresa estadounidense— se exacerban las manifestaciones de la hipocondría al padecer de trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y depresión. Asiste a consulta con varias psicólogas, aunque la que más lo trata es Montaña y, como necesita ser medicado, una psiquiatra, Julia.

No contento con recibir la orientación profesional, Gabriel amplifica los escenarios catastróficos al investigar sobre enfermedades en Internet (“La tortura de la gota china para un hipocondríaco”). Y además lee libros como El fin de la ansiedad. Trata de informarse para reducir su angustia dado que un hipocondríaco con TOC está siempre en estado de hipervigilancia ante la incertidumbre, aunque logra el efecto contrario:

“Fui diecisiete veces a urgencia, treinta y tres a consulta, me hicieron doce analíticas, veintiún electrocardiogramas, ocho ecocardiogramas, seis placas, tres ergometrías, me pusieron siete holters de TA, cuatro ECG, una resonancia magnética y compré cápsulas homeopáticas para la tensión”.

Gabriel, crecido en la generación que veía y aprendía con la serie de dibujos animados Érase una vez el cuerpo humano, está siempre en estado de sospecha de muerte inminente por enfermedades imaginarias. Es lo que llama la metaenfermedad:

“Los medicamentos son lo primero que ocupo al viajar; lo segundo reservar un alojamiento que se encuentre a menos de diez minutos de un hospital”.

Su hipocondría le pasa factura tanto en el trabajo —donde a pesar de haber sido varias veces empleado del mes se empieza a retrasar con sus obligaciones— como en su propia casa. Consciente de su estado, Amaia, su mujer, con mucha psicología espontánea, asume su enfermedad sin victimizarse. No lo hostiga, se hace cargo del hogar sin reproches y del cuido de sus dos hijas, África y Alejandra (obsesión por la “A” en los nombres, detectamos). Ella ni siquiera confía en que Gabriel las lleve al cole en coche:

—A mí me está dando un infarto.

—No te pasa nada. Estás bien. Es de aquí —Amaia se señala la cabeza.

A medida que el lector avanza en la lectura se pregunta si Legado es también una historia verdadera, como la de Roth. La vívida descripción de la hipocondría y las secuelas en el plano emocional y de cómo afecta al que lo padece son muy creíbles. No pareciera que la angustia del personaje, que se trasmite con eficacia al lector, pueda ser producto de la imaginación del escritor.

"La novela es además eficaz en construir el perfil del padre, que de padecer hipocondría es mucho más suave que la que sufre Gabriel"

Cronológicamente los hechos transcurren entre octubre y noviembre y algunos días de diciembre de no sabemos qué año, aunque sí posterior a 2020, cuando al padre le diagnostican “la masa”. Y aquí se hace presente un recurso empleado con certeza a lo largo del libro: el humor. Gabriel bautiza a la masa como Martín, un eunuco de la hermana cuya cabeza asemeja el tamaño de la masa tumoral del padre y que, al evolucionar y crecer hasta los 28 centímetros (metástasis) lo rebautiza como Carlitos, un Baby Feber, el muñeco favorito de la hermana.

La novela es además eficaz en construir el perfil del padre, que de padecer hipocondría es mucho más suave que la que sufre Gabriel. Se retrata la relación entrañable entre ellos y la preocupación del hijo por su estado de salud. Es así como, en tanto que la novela se desarrolla en esos poco más de dos meses, hay constantes saltos a la infancia en la que se reconstruye un pasado familiar. Y aunque de pocas palabras, el padre siempre lo saludada con un cariñoso “¡qué pasa, chaval!”, aun habiendo entrado su hijo en los cuarenta un año atrás. Y siempre tiene a la mano un consejo de vida:

—Nunca expreses tus sentimientos a nadie. Y cuando te pregunten qué tal estás siempre contesta “bien”. Así, si la pregunta te la ha hecho un amigo se alegrará con tu respuesta. Si te la hace un enemigo, se joderá.

El libro consta de veinticinco capítulos y un llamado “Epílogo a modo de epitafio”, y está presente la fragmentación, los párrafos cortos, los espacios entre párrafos, la economía de lenguaje y frases como islas que parecen aforismos (“una vez más el futuro estaba escrito en los desechos”). Incluso por momentos parece ensayo, al referirse a enfermedades y medicamentos, o autobiografía. Termina siendo, sin embargo, una novela donde está clara la evolución de vida del personaje central (el hijo) y del personaje secundario principal (el padre). Y el narrador nos anticipa desde el principio que el padre muere y, aun así, el lector quiere saber cómo se suceden las cosas gracias al andamiaje narrativo.

El cambio significativo del hijo se detecta en las últimas páginas cuando, luego de llamarlo chaval toda su vida, cuando ya el padre sabe que su fin es cuestión de días, lo llama “¡hombre!” por primera vez. Es allí cuando trasciende la metamorfosis de ambos: del padre en cuanto a tomar conciencia de su inevitable destino y la del hijo que, al ocuparse del padre y convivir en el hospital, parece desensibilizarse de las especulaciones hipocondríacas, por lo que el fin de uno supone el posible renacimiento del otro y nos hace replantearnos cuál es el auténtico legado de un padre, si la enfermedad o la salvación.

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Autor: Agustín Márquez Díaz. Título: Legado. Editorial: La Navaja Suiza. Venta: Todostuslibros.

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