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Hiroshima: Cuando el periodista se convierte en nuestra conciencia

Hiroshima: Cuando el periodista se convierte en nuestra conciencia

«Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en el que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino…»

De esta forma tan simple, tan rica en datos, descriptiva de situaciones inofensivamente cotidianas, arranca uno de los mejores reportajes del siglo XX. Y uno de los más estremecedores. Se trata del relato minucioso del estallido de la bomba atómica sobre Hiroshima, del que ahora se cumplen 75 años, a través de seis personajes que vivieron,  padecieron y sobrevivieron a la tragedia.

De no ser por su autor, John Hersey (1914-1993), un periodista norteamericano curtido durante la Guerra Mundial, no tendríamos conciencia de la magnitud del desastre. De nada hubieran servido miles de artículos históricos sobre cómo se tomó la decisión, sobre las estremecedoras cifras de fallecidos y heridos y las consecuencias que sufrieron decenas de miles de japoneses generación tras generación. Ni siquiera hubieran servido los incontables alegatos condenando el uso de un arma destructiva sin precedentes en las mil y una guerras de la humanidad. Sólo el testimonio detallado, desapasionado, sereno, de quienes lo padecieron puede llegar hasta lo más profundo del alma humana.

Los seis protagonistas

Ellos, los seis protagonistas, son la citada empleada de fábrica Toshiko Sasaki. El pastor metodista Kiyoshi Tanimoto. La viuda y madre de tres hijos Hatsuyo Nakamura. El acomodado y amante de la buena vida doctor Masakazu Fujii, el jesuita alemán Wilhelm Kleinsorge (Makoto Takakura). El joven e idealista cirujano Terufumi Sasaki. Todos ellos se encontraban a una distancia de entre 1.234 y 3.200 metros del epicentro de la explosión. Todos sobrevivieron milagrosamente y tuvieron que pagar un alto precio por ello.

"La casualidad hizo que encontrara una especie de diario en el que un misionero jesuita relataba lo ocurrido en Hiroshima. Así nacía el gran reportaje sobre la devastación de la bomba"

John Hersey, hijo de misioneros protestantes, nació en China. Estudió en Yale y Cambridge. Realizó trabajos precarios, como servir de chófer y secretario del escritor Sinclair Lewis (primer americano en conseguir el Nobel de Literatura). Se hizo periodista. Consiguió trabajo en Time gracias a un artículo sobre la deficiente calidad de la revista. En la Segunda Guerra Mundial fue corresponsal de guerra en Italia, donde vivió el desembarco en Sicilia, experiencia que le sirvió para escribir la novela A Bell for Adano, que le valió el Pulitzer y que fue llevada al cine por Henry King en 1945. Y fue también corresponsal en el Pacífico, donde acompañó al teniente John F. Kennedy en las Islas Salomon, una de las historias que integran su libro Of Men and War, donde muestra la guerra desde el punto de vista del soldado.

El diario de un misionero

En el invierno de 1945, fue enviado por The New Yorker a Japón para investigar la labor de reconstrucción del devastado país. La casualidad hizo que encontrara una especie de diario en el que un misionero jesuita relataba lo ocurrido en Hiroshima. Así nacía el gran reportaje sobre la devastación de la bomba. Hersey se entrevistó con el religioso, quien a su vez le presentó a los demás supervivientes de la tragedia, que iban a convertirse en los protagonistas de su historia.

En sólo tres semanas recogió los testimonios. Volvió a  Estados Unidos y comenzó a escribir. El resultado fueron 31.000 palabras que cuentan una de las historias más apasionantes y estremecedoras del siglo XX. La redacción del New Yorker se revolucionó, aunque pocos sabían lo que estaba pasando. El reportaje se llevaba en riguroso secreto. Sólo el director y unos pocos editores, que pulieron y repulieron el texto una y otra vez, estaban al tanto. El 31 de agosto de 1946, la revista salía a la calle. Por primera vez en su historia, se trataba de un número prácticamente monográfico con el reportaje de Hersey. La ocasión lo merecía.

Hasta entonces, el pueblo norteamericano no había sido consciente de la dimensión de la tragedia. Ya se había encargado el virrey Douglas MacArthur, el general al mando de las tropas de ocupación del país asiático, de silenciar y minimizar las consecuencias de la bomba lanzada desde el bombardero Enola Gay.

El final de la historia, 40 años después

"No todo son luces en la vida de John Hersey. También hay sombras. Fue acusado de ser un «plagiador compulsivo»"

Tras el impacto de Hiroshima, Hersey se dedicó a la enseñanza de jóvenes escritores y a la escritura de obras de ficción, entre ellas The Wall (1950), sobre la destrucción del gueto de Varsovia. Volvió al periodismo cuarenta años después de la bomba, en 1985, para reencontrarse en Japón con los seis protagonistas de su reportaje y contar qué había sido de ellos en esos años. El resultado es un capítulo final que se ha añadido al reportaje inicial y que figura en todas las nuevas ediciones. Quedaba así completado y cerrado el relato.

No todo son luces en la vida de John Hersey. También hay sombras. Fue acusado de ser un «plagiador compulsivo». Se ha demostrado que utilizó párrafos literales de la biografía del escritor James Agee, escrita por Laurence Bergreen, en un artículo sobe Agee para el New Yorker. Y que la mitad de su primer libro Men on Bataan, publicado en 1942, estaba tomado de un reportaje previamente publicado en Time. No hay noticias de irregularidades en Hiroshima.

John Hersey y el nuevo periodismo

Hersey ha sido considerado padre del nuevo periodismo, apreciación con la que nunca se encontró cómodo. Nunca le gustó que le alinearan con los Wolfe, Talese o Capote. Reprochaba a ese nuevo periodismo falta de precisión, así como haber cedido a la imaginacion literaria en detrimento de la verdad de la historia. Años más tarde, en cambio, concedió que el uso de técnicas literarias era importante para la narración periodística. Así lo explicaba:  «Los flashes y boletines importantes ya están olvidados para cuando el periódico de ayer por la mañana se tira al cubo de la basura. Lo que recordamos son emociones e impresiones e ilusiones e imágenes y personajes: los elementos de ficción». Esas son las herramientas utilizadas en Hiroshima.

Gracias al reportaje de Hersey, los lectores norteamericanos descubrieron una interpretación absolutamente diferente de lo publicado hasta entonces sobre lo ocurrido. No conocían la visión de las víctimas, y eso es lo que el artículo ofrece. Un científico del Proyecto Manhattan confesó que había llorado, tras leer el reportaje, al recordar la euforia con la que celebró el lanzamiento de la bomba. La opinión pública cambió los sentimientos de orgullo y triunfalismo por los de vergüenza y culpa. Paradójicamente, los japoneses nunca culparon de la masacre a los norteamericanos, sino a sus propios gobernantes. Estaban convencidos de que la bomba les había salvado, de que de no haber sido por aquel mazazo, el propio gobierno japonés habría destruido el país antes de dar por perdida la guerra. Y así queda reflejado en el libro.

El periodista no es un mediador

Hersey no consiguió ese drástico cambio de la opinión pública con una denuncia furibunda de tamaña atrocidad. Al contrario. «Si alguna vez hubo un tema propicio para desbordar a un escritor y sobreactuar al narrar una historia, fue el bombardeo de Hiroshima», escribió Hendrik Hertzberg en el obituario de Hersey publicado en The New Yorker. «Sin embargo, los textos de Hersey fueron tan meticulosos, sus oraciones y párrafos fueron tan claros, tranquilos y moderados, que el horror de la historia que tuvo que contar fue aún más escalofriante».

"Los heridos guardaban silencio; nadie lloraba, mucho menos gritaba de dolor; nadie se quejaba; de los muchos que murieron, ninguno murió ruidosamente"

El propio Hersey explicó cuarenta años después que había adoptado un estilo sencillo para adaptarse a la historia que estaba contando. «El estilo plano fue deliberado —dijo— y sigo pensando que tenía razón en adoptarlo. Un lenguaje literario elevado, o un derroche de pasión, me hubieran colocado en la historia como mediador. Lo que pretendía era evitar tal mediación, para que la experiencia del lector fuera lo más directa posible».

Con ese estilo, Hersey consiguió ese objetivo tan difícil de alcanzar por el periodista, y puede afirmar que «lo que ha mantenido al mundo a salvo de la bomba desde 1945 no ha sido la disuasión, en el sentido del miedo a las armas específicas, sino la memoria, el recuerdo de lo que sucedió en Hiroshima».

El horror de Hiroshima

Estas pequeñas píldoras son una muestra del estilo sencillo y desapasionado de John Hersey y de la atrocidad de la bomba atómica. Salvando la enorme distancia, sorprende cómo algunos de estos pasajes recuerdan lo vivido durante los momentos más duros de la tragedia provocada por la pandemia que actualmente nos asola.

El silencio

«Los heridos guardaban silencio; nadie lloraba, mucho menos gritaba de dolor; nadie se quejaba; de los muchos que murieron, ninguno murió ruidosamente; ni siquiera los niños lloraban; pocos hablaban siquiera».

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¿A quién salvar?

«”En una emergencia como esta”, dijo como si recitara de un manual, “la primera tarea es ayudar al mayor número posible, salvar tantas vidas como sea posible. Para los heridos graves no hay esperanza. Morirán. No podemos preocuparnos por ellos”»

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Despedir a los muertos

«El problema de los muertos, de darles una cremación decente y de su conservación ritual, es para un japonés una responsabilidad moral más importante que el cuidado de los vivos».

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El baile de cifras

«Los expertos en estadísticas recopilaron cuantas cifras pudieron acerca de los efectos de la bomba. Informaron que 78.150 personas habían muerto, 13.983 habían desaparecido y 37.425 habían sido heridas. Nadie en el gobierno municipal pretendía que esas cifras fueran exactas».

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Morir abrasado

«Tras examinar otros restos de cenizas significativos, concluyeron que la temperatura de la tierra en el centro del impacto debió ser de 6.000º C».

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La culpa de los supervivientes

«Los japoneses tendían a evitar el término “supervivientes”, porque concentrarse demasiado en el hecho de estar con vida podía sugerir una ofensa a los sagrados muertos».

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Las estremecedoras secuelas

«Algunos niños afectados por la bomba crecían raquíticos, y uno de los descubrimientos más terribles fue que algunos de los niños que habían estado en el vientre de sus madres en el momento de la bomba nacían con cabezas más pequeñas de lo normal».

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