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Historia de una herencia inesperada

Historia de una herencia inesperada

Imagina que un día tu mejor amigo, ese del que quizás incluso has llegado a estar enamorada aunque nunca te hayas atrevido a reconocerlo, se suicida. Que se va sin dejar sobre la mesa de la cocina la típica nota de despedida en la que explica a los que quedan sus razones para quitarse de en medio, el porqué de una decisión tan irrevocable. Imagina que su muerte se convierte, de pronto, en un enigma que jamás podrás resolver por culpa de ese silencio que tu amigo se empeñó en guardar. Imagina que, por el contrario, su viuda sí te llama para pedir que te quedes el perro, un gran danés arlequinado de ochenta kilos, que tu amigo encontró tiempo atrás en el parque y que, en un rapto de compasión, se llevó a casa. Imagina que dudas, porque en tu microapartamento no admiten animales y no puedes esconder ese perrazo del tamaño de un pony en un armario para que no lo vea el administrador del edificio. Pero sigue imaginando que sorprendentemente, a pesar de que pueden desahuciarte si llega a descubrirse dices que sí, porque de alguna forma Apollo es lo que queda del corazón manchado de tu amigo, del gran amor que te negaste a sentir. Pues así mismo es como arranca El amigo, de Sigrid Nunez, una novela extraña que juega con la realidad y la literatura y el ensayo para contar una amistad que se prolonga más allá de la muerte del mentor y amigo de la narradora el mismo día en que decide adoptar a su perro en lugar de mandarlo a una protectora, demostrando que el verdadero amor es el que nos lleva a hacer cosas por otros que quizás nunca llegarán a saber de nuestro gesto. De paso la narradora vence a la muerte, o al menos consigue una tregua que le permite anular su poder, reírse de ella, negarla, el día en que asume la responsabilidad de cuidar a un animal gigantesco, enfermo de artrosis y tirando a viejo, solo porque su mejor amigo lo quería mucho.

"En sus paseos diarios descubre una forma distinta de relacionarse con la ciudad en la que vive, el remedio milagroso para la soledad que tantos neoyorquinos han encontrado en su animal de compañía"

En la novela se relatará la pequeña gran odisea de la inquilina que se empeña en colar un gran danés en un apartamento donde se prohíbe expresamente la presencia de animales. Y en paralelo a la narración de este curioso drama doméstico se va trazando una línea ensayística, una reflexión poco halagüeña sobre cómo en la sociedad occidental el perro se ha convertido en un bien de consumo cualquiera, en un artículo de lujo que solo podemos permitirnos los privilegiados del primer mundo y cuya compra impulsiva no tiene en cuenta muchas veces que ese falso objeto, ese artículo bello y sorprendente, en realidad respira, come, siente, y probablemente seguirá haciéndolo durante una década más, como poco. Se analiza el funcionamiento de una industria depravada que se alimenta justamente del amor a primera vista que surge cuando miramos a un cachorro a través del cristal de una pajarería. Esa irresistible atracción se esfuma con demasiada frecuencia poco tiempo después, cuando el juguete crece, desencadenando el abandono masivo de perros que acaban como los muebles viejos de los que nos cansamos, arrumbados en perreras. El solo hecho de mirar a Apollo, un gigante amable con ojos tan grandes como tazas de té que aúlla de noche, añorando a su anterior amo, hace que se pregunte por el pasado de ese imponente animal de raza que fue abandonado cuando ya no era joven en un parque por alguna razón que nunca conocerá y a compadecerse profundamente de él. La narradora se esfuerza en ser la mejor sustituta posible del amigo y en rellenar el vacío que ha dejado. Cuidar esa relación se convierte para ella en un objetivo rutinario y sin embargo emocionante: se esmera en cuidar del perrazo achacoso, investiga el origen de su raza, le compra juguetes y medicinas, lo pasea, le lee en voz alta, lo cepilla y vigila, tratando de interpretar las señales de que va abandonando su duelo, tan parecido al que ella siente. La esperanza de que Apollo se recupere de la muerte de su dueño es, en realidad, el reflejo de su propio deseo de salvarse, de superar una pérdida que a ratos se le hace insoportable a través de la curación de otra pena, quizás la única que ella intuye tan intensa como la suya.

Poco a poco la convivencia diaria entre ambos hace que vayamos comprendiendo, al mismo tiempo que la adoptante de Apollo, la nobleza y el misterio de una criatura que nos acompaña como eterno actor secundario de nuestras vidas desde hace milenios. En sus paseos diarios descubre una forma distinta de relacionarse con la ciudad en la que vive, el remedio milagroso para la soledad que tantos neoyorquinos han encontrado en su animal de compañía, ese vínculo mágico e increíble, el afecto primario que los perros sienten porque sí, desde el principio y de forma vitalicia, hacia el humano que les toca en suerte. Repara también en el protagonismo que adquieren en la vida de autores y en grandes novelas como Mi perra Tulip, de Ackerley, o en Desgracia, de Coetzee y casi sin darse cuenta ella misma, una escritora varada en proyectos que no conducen a ninguna parte, decepcionada con la concepción actual de la literatura que entiende los libros como meros productos comerciales, igual que sucede con los perros, encontrará su propio libro, la historia que de verdad, y contra todo pronóstico, merece ser contada.

"La narradora asume el papel de observadora crítica de un tiempo extraño donde todo se puede cosificar y con todo se puede comerciar"

De alguna manera la novela se las arregla además para contar muchas otras cosas. Apollo llega para curar a una mujer sumida en el remordimiento y la depresión, desde luego, pero también para recordarle la grandeza de la vida, de cualquier vida, y el respeto que merecen tanto los seres vulnerables como las personas que eligen ocuparse de las heridas incurables que quedan en el alma de alguien, ya sea la de una mujer explotada o la de un animal abandonado. La narradora asume el papel de observadora crítica de un tiempo extraño donde todo se puede cosificar y con todo se puede comerciar, de un mundo donde los afectos se difuminan en favor del consumo atroz que envilece al ser humano. Pero en contrapartida, menos mal, se detiene a reflexionar sobre todos los goces que comporta vivir: la amistad irrompible que nace de una afinidad secreta, el amor y el sexo, la libertad personal, la literatura, el cine. También aprende a explicarse el lado sombrío, la cruz de esa maravilla de la vida, el sufrimiento inconfesable que hace del suicidio una puerta de emergencia que todos tenemos derecho a usar cuando la existencia duele demasiado. Se reconcilia póstumamente con el hombre que decidió salirse de la foto cuando dejó de entender el mundo en el que vivía y reconstruye desde la nostalgia la amistad que le unió a él como algo irregular, desde luego, pero también mágico. Con ella entendemos que la imperfección es la esencia de lo humano, de nuestras relaciones con el mundo que nos rodea, con los otros, cuando repasa sus defectos, las taras que les impidieron a ambos ser más felices o estar juntos, pero no quererse y aceptarse siempre. En el fondo, los dos se parecen a Apollo, el ejemplar de gran danés que, tal y como le espetará el veterinario en una de sus visitas, no cumple las normas del estándar de su raza, y quizás por ello fue descartado para ser semental o campeón de concurso. Pero la compañía silenciosa que brinda, la sombra gigantesca que proyecta en las avenidas de Nueva York cuando la acompaña en el duelo, es justo el bálsamo que precisa la protagonista para seguir adelante. Y los seguimos a ambos en sus paseos hasta que nos vamos acercando, conmovidos, al final de libro, aceptando que es verdad que todos estamos en las antípodas de lo perfecto, pero comprendiendo a la vez que precisamente gracias a eso podemos encontrarnos grandes cuentos, formidables novelas de amor por el camino.

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Autor: Sigrid Nunez. TítuloEl amigoEditorial: Anagrama. VentaAmazonFnac y Casa del Libro

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