Marina Yuszczuk es una poeta, narradora, periodista y editora nacida en Quilmes, Argentina, en 1978. Es doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata y participó del proyecto Cooperativa Editora el Calamar, con el que publicó Guía práctica de las mariposas en 2004. También es autora de Lo que la gente hace (Blatt & Ríos), Madre soltera (Mansalva), La ola de frío polar (Gog y Magog), La inocencia (Iván Rosado, reeditada por Blatt & Ríos), Los arreglos (Rosa Iceberg), ¿Alguien será feliz? (Blatt & Ríos), La sed (Blatt & Ríos) y Para que sepan que vinimos (Blatt & Ríos). Con La sed obtuvo el Premio de Novela Sara Gallardo en 2021 y fue finalista del Medifé–Filba. Fundó y dirige la editorial Rosa Iceberg, referente de la literatura argentina actual. En 2020 publicó su poesía reunida bajo el título Madre soltera y otros poemas (Blatt & Ríos). Presentamos una muestra de su última novela, Historia Natural, publicada en España por la editorial Almadía, una novela atmosférica y perturbadora sobre lo que una sociedad decide mostrar como historia oficial y lo que queda atrapado en las vitrinas de su propio museo de sombras.
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Capítulo 1
Me llamo Virginia Venecia Moreno.
Cuando era niña, nunca me pregunté si ese caballero de gafas redondas que me miraba desde lo alto tendría un nombre. Era solo mi padre, o debería decir: era nada menos que mi padre, un hombre demasiado serio que se peinaba los bigotes con cepillo de mar2l y siempre estaba a punto de partir en viajes de exploración hacia destinos tan remotos como Collón Curá, Limay, Chaltén. Otros miembros de la familia solían inclinarse para ponerse a mi altura, palmearme el hombro en señal de aprobación cuando mostraba mis mejores modales o mirarme interrogantes en las raras ocasiones en que se suponía que era responsable de alguna travesura; él no.
Me parece que puedo ver todavía aquel cepillo a la altura de mis ojos, cuando lo sostenía en una mano mientras conversaba con mi madre y yo me paraba a su lado sin que notara mi presencia, prendada de su aroma a tabaco y a colonia de lavanda. En una especie de coreografía inconsciente, mi padre lo escondía en el puño y luego lo ubicaba entre el índice y el dedo medio, como si se tratara de un cigarro. No había visto nunca dedos tan gruesos ni tan fuertes, todos de la misma longitud, con las uñas impecables, a pesar de que solía pasar horas desenterrando huesos y rocas o quitándoles el polvo.
Me parecía recordar, aunque con la vaga sensación de habérmelo inventado, el peso de esa mano sobre mi cabeza una tarde en la que, mientras jugaba con mis hermanos entre los aguaribayes de la quinta familiar, en el Parque de los Patricios, mi padre se había detenido junto a nosotros y me había apoyado la mano en el pelo, con la palma abierta, por unos segundos, mientras conversaba con nuestra institutriz. Quizás era un gesto esperable de parte de un progenitor, pero no del mío; de ser cierto el recuerdo, era la única vez que me había tocado. En mi memoria yo levantaba la cabeza para abarcar ese cuerpo que parecía doblarme en altura, buscando su mirada, y aunque el resplandor del día me obligaba a entornar los ojos llegaba a ver cómo, con la mano derecha, mi padre sacaba el cepillo, que emitía unos destellos tenues bajo la luz, y se lo llevaba al rostro, mientras intuía dolorosamente que él, en su distracción, apenas percibía dónde había depositado la otra mano.
¿Qué alturas inalcanzables habitaba? ¿Qué aire superior se respiraba allí? Mi padre era una persona importantísima que se dedicaba a cosas importantes; su mirada discurría a un nivel muy por encima de mi coronilla, de mi frente de niña, y yo no sabía cómo hacer para aumentar mi estatura más rápido de lo que el ritmo natural del crecimiento –demasiado lento, para mi gusto– me lo permitía. Los años se arrastraban como un caracol; pasaban, y yo seguía siendo la pequeña Virginia. Como las 3ores, como esos detalles decorativos junto a los que muchos pasan sin mirarlos, yo carecía de interés para mi padre, cuya pasión era coleccionar huesos de indígenas. Lo podía notar, sin comprender del todo si era un defecto que habría de subsanarse con el tiempo, a medida que yo me convirtiera en una señorita, o permanecería para siempre igual.
Miss Green, mi institutriz, había exclamado, tan pronto como me vio por primera vez:
–¡Qué criatura divina!
La miré, y en su cara se había dibujado un deslumbramiento que parecía real. Sin embargo, mi padre era inmune a mis encantos. ¿Los tendría de verdad? En esa ocasión había corrido hasta el interior del museo y, hundida en el secreto de las habitaciones del primer piso, me había contemplado largamente en el espejo, en busca de esa pretendida divinidad: no la había encontrado. Yo me veía igual que siempre. Me ajusté, en cambio, el sencillo moño de seda con el que intentaban mejorar mi apariencia mi madre o Adela, y que siempre llevaba caído. Lo único que podía decir en mi defensa era que tenía el pelo rubio, y cuando lo llevaba suelto formaba alrededor de mi cabeza, si la luz lo atravesaba de cierta forma, una especie de halo, a tono con la superficie titilante de mis ojos verdes. Si acababa de subir las escaleras con cierto apuro, mis mejillas se teñían de un tono rosado, mis labios se encendían, pero eso era todo. Me parecía que mi nariz era demasiado prominente para una señorita, y mis labios demasiado finos. ¿Qué se podía hacer? Las mujeres de mi familia eran declaradamente feas, o “poco agraciadas”, como se solía decir. Al menos lo eran mi madre, de expresión dura, frente demasiado ancha, labios rígidos, sin ningún rasgo que se destacara por encima del otro, y mi abuela materna, de quien había visto un daguerrotipo que, incluso a una corta edad, no me había permitido albergar esperanzas: por encima de una falda en forma de campana y una chaqueta sobria, casi masculina, se erguía una cabeza con las trenzas recogidas y pegadas a los lados que, Dios me perdone, omitiendo las trenzas, bien podía haber sido la de un hombre.
Mi madre no la quería y tampoco me quería a mí; me toleraba, más bien, pero el sentido de su vida –tanto en lo bueno como en lo malo– provenía todo de mi padre. No había entre nosotras esa grácil admiración, ese disfrute de la belleza mutua que mis primas, un ramillete de muchachas sonrosadas y de rizos castaños, tenían con su propia madre. Por lo demás, mi cuerpo menudo y mi actitud, en general reservada, parecían destinarme al pasatiempo al que me había dedicado desde muy pequeña: merodear sin ser vista, vagar por las salas del museo sin que notaran mi ausencia tanto como no habían notado antes mi presencia, apostarme junto a los adultos, o detrás de ellos, y escuchar sus conversaciones sin que se inmutaran. En una palabra, espiar.
Primero que nada, a mi padre; de él me interesaba todo. Cuando se encontraba de viaje, y eso era casi todo el tiempo, mi padre era para mí lo mismo que era para el resto del mundo: naturalista por a2ción, viajero, coleccionista, fundador y director vitalicio del Museo General “La Plata”, el más importante de toda Sudamérica. Cuando volvía a casa –porque el museo era nuestra casa, si no nuestro hogar, y una familia que habitaba un lugar semejante no podía sino ser otra clase de familia–, era una presencia esquiva, pero contundente. Siempre ocupado, siempre apurado en pos del armado de alguna sala, de la entrega de algún valioso ejemplar que venía de ultramar, de las interminables charlas y cenas y reuniones que demandaba la gestión de un museo público –especialmente en cuanto a la consecución de fondos para financiarlo–, mi padre se repartía entre el estudio, el trabajo y una vida social destinada a apuntalar el estudio y el trabajo. Yo solía verlo de espaldas cuando estaba conversando con otros colegas, o volcado sobre algún fósil que debía clasificar antes de agregarlo a la colección permanente del museo, o cuando entraba, casi tratando de no ser visto, y como esperando que el techo fuera a derrumbarse sobre su cabeza, a la habitación en la que mi madre pasaba la mayor parte de su tiempo y cerraba la puerta a sus espaldas.
Por eso miraba con envidia ese pequeño objeto, de apariencia tan banal, que mi padre llevaba siempre junto a su pecho, como se llevan los objetos muy queridos. Lo guardaba en el bolsillo del saco, y no lo abandonaba ni siquiera cuando estaba de expedición en medio de la Patagonia. Al menos eso me habían dicho mis hermanos mayores, que alguna vez habían viajado con él, porque a mí no había querido llevarme, y tenía que quedarme en cambio a hacerle compañía a mi madre. Aunque estuviera lejos de casa, no dejaba de dedicar unos minutos al aseo diario con su brocha y su navaja; cada mañana, después de quitarse las gafas con cuidado, se afeitaba las mejillas y el mentón, y luego, durante el día, solía sacar el cepillo en los momentos más inverosímiles para repasar el bigote. Excepto por un viaje a la Patagonia del que yo había leído en su libro; para mi sorpresa, allí, lejos del dandy que solía ser en la ciudad, había vestido poncho, pantalones de lienzo y botines rotos. ¡Mi padre, parecido a un mendigo! Montando un mancarrón estilo bayo, se sentía transformado a tal punto que había temido que el cónsul argentino en Chile no lo reconociera, por lo cual pedía a mi abuelo que le enviara al funcionario un retrato suyo para acreditar su identidad (sospecho que estaba bromeando, pero nunca he sabido distinguir en mi padre el humor de la seriedad, entre otras tantas cosas que ignoro sobre él).
Yo nunca había visto a mi padre vestido de este modo, ni desaliñado, porque solo conocía la vida que llevaba en el museo, donde mi familia residía desde mi más temprana infancia. Ocupábamos las habitaciones traseras del piso superior a las que, a pesar de su modestia y su decoración casi espartana, llamaban el Palacio. Para subir hasta ellas era preciso usar una especie de escalera de servicio, oculta a la vista de los visitantes. Yo la odiaba porque era de madera, a diferencia de las escaleras principales del museo, de un material más silencioso como el mármol, y cuando andaba de incógnito debía tener la precaución de bajarla con pasos lo bastante ligeros como para no hacer crujir los escalones. Allí, en lo que se me antojaba una trastienda del museo, un lugar secreto que yo adoraba y que mi madre siempre repudió porque decía, con razón, que no tenía una casa –al menos el tipo de casa que ella había soñado, con un jardín al frente y una sala elegante donde recibir visitas–, nuestros días transcurrían con sencillez, plegados al ritmo de trabajo de mi padre y sus ayudantes, que nunca eran los mismos, y a la evolución de las salas y sus colecciones.
El de los libros y las aventuras en la Patagonia era un personaje fascinante con el que mi padre, un dedicado y muy compuesto director de museo, no coincidía del todo, y me veía obligada a un esfuerzo imaginativo enorme para conjugar la seriedad doctoral y el porte urbano con el aventurero impregnado de humo, rodeado por un grupo de indios a caballo que lo saludaba dándole vueltas alrededor y vociferando sin parar. Qué no hubiera dado por tener un atisbo de mi padre cuando, en aquella lejana Patagonia que yo desconocía, atravesaba el territorio indígena con coraje pero con cautela, se hacía amigo de caciques y trataba de imitar sus costumbres ancestrales, soportando larguísimos parlamentos o comiendo hígados crudos regados con sangre caliente de yegua.
El resto del tiempo, el bigote permanecía impecable. Todos atribuían a la pulcritud el esmero con que lo peinaba, y a sus intentos de darse aires de respetabilidad, pero yo sospechaba que era entonces cuando lo habían dominado los nervios, apenas una conjetura elaborada a fuerza de mirarlo como nunca he mirado otra cosa en mi vida. Repasar ese bigote parecía una manera de poner las cosas en su lugar, con un solo movimiento rápido, desde las raíces a las puntas.
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Autora: Marina Yuszczuk. Título: Historia natural. Editorial: Almadía. Venta: Todos tus libros.



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