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Historias de editoriales (I)

Una llamada de teléfono me ha hecho volver la vista atrás, incrédula, y repasar todo lo que ha vivido esta obra a la que todavía le queda recorrido. Aunque parezca ficción, no lo es.

Cuando en mayo de 2007 terminé la novela que había comenzado, casi sin querer, en septiembre de 2006, me encontré ante la disyuntiva de qué hacer con ella. No conocía a nadie del mundillo, no era periodista y mi formación y experiencia laboral nada tenían que ver con el sector del libro, aunque escribir, escribía mucho. La única agencia que había pisado era la de viajes, las editoriales me parecían organizaciones inalcanzables gobernadas por sesudos intelectuales, y desconocía incluso que toda obra literaria requiere de varias lecturas, tanto propias como ajenas, para su corrección antes de ser enviada. En resumen, analfabeta editorial. ¿Qué hacer, entonces, con el manuscrito? Decidí enviarlo a un premio, que eso sí sabía que existía.

Así fue como El final del ave Fénix llegó al Planeta ―el primer premio que me apareció en la lista cronológica que me descargué―. Cuento esto porque es importante para entender cómo acabé donde acabé. El caso es que tras quedar entre los diez finalistas me las prometía muy felices ―ya digo, analfabeta editorial―, pero al cabo de seis meses tuve claro que si no hay nada fácil en esta vida, publicar no iba a ser la excepción. Con Planeta no había opción, como amablemente me explicó don José Manuel Lara en la gala de los premios. Y con el resto de editoriales más o menos conocidas, en lugar de suponer una ayuda, quedar finalista era un lastre. No recuerdo a cuántas escribí. ¿A treinta? ¿A cuarenta? La mayoría me decían educadamente que no les interesaba recibir el manuscrito. Algún editor me contestó de muy mala manera, indignado ante el atrevimiento de que una novata como yo osara proponerle la lectura de un manuscrito que, para más inri, había quedado como uno de los finalistas en el premio Planeta; menuda desvergüenza. Con la mano abierta me dio. Pocos solicitaron leerlo. De estos ―cuatro o cinco―, todos menos uno me enviaron una carta tipo, muy amable, en tiempo récord ―un mes desde el envío del manuscrito y con las navidades por medio― rechazando el manuscrito por no entrar en su línea editorial. Del otro nunca más tuve noticia.

"Quería tener un fondo de autores autóctonos además de otros de fuera y le había impresionado que la novela hubiera llegado a la final del Premio Planeta"

Algo parecido sucedió con las agencias, aunque con ellas pude hablar y fueron en general más receptivas y amables que las editoriales. Pero tampoco cuajó. «Mándanos la siguiente sin falta. Pero esta ya no, es complicado». Hice pleno de desesperación. Empecé a resignarme: nadie quería mi manuscrito, la idea de publicar era una quimera, y yo una novata más, un grano de polvo entre montañas de libros que mis interlocutores limpiaban de un soplido. La sensación de desesperanza era tal que me bloqueé; había puesto el alma y las tripas en algo que resultaba invisible incluso después de llegar a lo que me parecía imposible, la final del Planeta. Tenía el bastidor del resto de la historia para escribir la siguiente, pero había perdido confianza, y con ella se había evaporado la urgencia. El plazo en realidad era corto para lo que suele durar este proceso, pero para mí era una eternidad.

Cuando ya daba por inútil cualquier esfuerzo, surgió la posibilidad de publicar en una editorial local. No la conocía, pero hay tantas, me dije. El editor me vino de la mano de un conocido común ―en realidad yo no lo conocía, conocía a un familiar―, enterado de mis intentos fallidos. El editor era cliente suyo en el despacho, se interesó por mí y concertamos una reunión.

¡Menuda diferencia con todo lo anterior! Se mostró entusiasmado ante la idea de ficharme. Quería tener un fondo de autores autóctonos además de otros de fuera y le había impresionado que la novela hubiera llegado a la final del Premio Planeta. Era el primero al que aquello le parecía algo positivo. Además, yo era conocida en la ciudad. Era un hombre hablador, simpático, afable, envolvente, con un toque filosófico. Algo excéntrico, y cariñoso en exceso, dado que no nos conocíamos de nada. Tanto entusiasmo ―sin haberme leído― debería haberme mosqueado, pero el argumento me pareció suficiente, estaba cargado de buenas intenciones ―mi madre decía que el infierno está plagado de buenas intenciones― y, falta de cariño editorial como estaba, me eché a sus brazos.

Quemadas todas mis naves, ¿qué podía perder?

El contrato, aunque modesto en las cantidades, me pareció estupendo: dos mil ejemplares para la primera edición y un pequeño, minúsculo, anticipo; las clausulas, muy razonables, llenas de compromisos y buenas palabras. Y, aunque tantas facilidades me provocaban cierto rechazo ―¿cómo? ¿ya está? ¿así de fácil? ¿a la primera? ¿sin leerme?―, firmé. No se me ocurrió investigar más. Visto desde la distancia, sé que el runrún de peligro latía en mi cabeza. Caperucita y Hansel y Gretel, cuentos hoy denostados, me habían enseñado que en la vida hay lobos disfrazados y tú eres un cordero, pero la ilusión me pudo y acallé los reparos. Además, vivía entre dos mundos, el de mi trabajo diario, absorbente y donde no podía descuidarme un segundo, y el de después del trabajo, el literario. Mientras estaba en uno no me daba tiempo a analizar el otro. De haberlo hecho, me habría dado cuenta de la que se me venía encima en los dos.

El editor hablaba y hablaba. Iba a hacer tantas cosas, estaba tan convencido del éxito… Es fácil prometer cuando no se piensa cumplir. Desde los primeros pasos me di cuenta de que aquello no funcionaba. Durante los meses de búsqueda me había preocupado por conocer el sector, y además, por mi bagaje profesional, tenía claro cómo organizar cualquier cosa: fijar plazos, recursos, responsables, objetivos, tareas… El único plazo claro con V. era cuándo entraría en máquinas, porque para la campaña de navidad tenía que estar distribuido. Las fases anteriores, ni idea. Me parecían plazos muy cortos, pero al ser una editorial con pocos autores entendí que era un esfuerzo calculado.

"Donde más insistí, porque lo veía muy relajado, fue en que me devolviera el manuscrito corregido con tiempo para revisarlo yo"

Durante los siete u ocho meses de búsqueda infructuosa había trabajado mucho sobre el manuscrito. Sabía algo más que antes; algunas agencias me habían facilitado informes de lectura que me ayudaron mucho. Incluso una agente me llamó personalmente y en más de una hora de conversación me dio estupendos consejos y el empuje necesario para seguir y confiar en mí. El manuscrito que entregué a la editorial Centurione estaba mucho más pulido que el que envié a Planeta, y confiaba en la revisión final de la editorial para dejarla redonda.

Donde más insistí, porque lo veía muy relajado, fue en que me devolviera el manuscrito corregido con tiempo para revisarlo yo.

―Tranquila, todo va fenomenal. Lo he partido en tres y lo estamos revisando mi hija, mi mujer y yo; está perfecto, no hay que tocar nada.

Me falta el emoticono ese de echarse la mano a la frente. Entré en pánico, mucho más consciente que en mayo de 2007 sobre la importancia de una buena corrección. Ante esta perspectiva, hablé con un profesional amigo para que me ayudara, contrarreloj, a revisarla. Yo enviaba diez capítulos por la tarde y al día siguiente los tenía de vuelta con las correcciones necesarias que yo iba a mi vez, por las noches, aplicando. Por suerte, no demasiadas. En la empresa donde trabajaba me abstraía, concentrada en otros problemas; también allí tenía la sensación de que algo no iba bien, veía cosas extrañas. Redoblé la dedicación con los sentidos alerta, me quedaba poco tiempo libre. Me decía que eran imaginaciones mías, por el cansancio y la frustración con la editorial. Fue una semana angustiosa.

Con las correcciones casi terminadas, llamé a la empresa de diseño encargada de la portada ―y, creía yo, de la maquetación―, para saber cuándo necesitaban el manuscrito.

―Con que nos llegue el lunes por la tarde, suficiente. El martes por la mañana entra en producción. O se lo mandas directamente a la imprenta.

"Ante el inminente desastre, seleccioné varios libros de mi biblioteca y los revisé tan a conciencia como si fuera un policía analizando las pruebas de un asesinato en serie"

Se me hizo un vacío en el estómago. Dos preguntas más y quedó claro: nadie iba a maquetarlo, solo les habían contratado la portada y tenían pendiente que les enviara una foto bonita para la solapa. Otra cosa más de la que ocuparme. Lo de la foto no fue fácil, lo conté en otra entrada en Zenda ―La importancia de una foto―. Pero en ese momento, la preocupación principal era que el fichero que yo enviara iría directo a máquinas. Se me ocurrió revisar la novela del editor ―me había regalado un ejemplar y no lo había podido mirar hasta entonces― y comprobé que era un desatino.

Ante el inminente desastre, seleccioné varios libros de mi biblioteca y los revisé tan a conciencia como si fuera un policía analizando las pruebas de un asesinato en serie. Tomé notas, elegí el que mejor me pareció y me puse a maquetar el mío exactamente igual que aquel: aquí va página en blanco, aquí no va número de página, los márgenes así… Benditos años de escribir casos y manuales gracias a los cuales dominaba el Word que ahora era mi salvación.

Visto lo visto, miedo me daba recibir la portada… El miedo tuvo su recompensa; cuando la vi me eché a llorar, y no de emoción. Una historia de mujeres fuertes, de lucha, un drama vital de crecimiento personal con fondo histórico, tenía la portada de un cuento infantil con tintes cómicos. Me recordó al dibujo del anuncio, de moda entonces, de una bebida energética, donde un vampiro salía volando por la ventana con una meliflua jovencita de largos cabellos. La meliflua ocupaba toda la portada. Nunca había publicado esa foto, y hoy la traigo para que se vea que no exagero. Ahora me da risa, pero entonces no. Mi primera novela, la que tanto me había costado sacar adelante, la que llevaba mis tripas y mis sueños en cada página, no se merecía tanto despropósito. Eso era un viernes y el libro se imprimiría el martes. Les dije que ya les enviaría yo una portada y el manuscrito maquetado. Ese fin de semana no salí de casa.

Respecto a la portada, y gracias a otro amigo, el lunes tenía una propuesta sencilla, sin pretensiones, pero digna. Y con esa portada ―foto mía incluida―, mi maquetación y lo poco que pude revisar con la ayuda generosa de Marcelo, entró en imprenta en la fecha prevista. Menos mal que soy de dormir poco y bajo estrés funciono mejor.

"Cuando a las tres de la tarde bajé a recepción con el despido en una mano, allí me esperaba V. con sonrisa triunfal y el primer ejemplar de El final del ave Fénix"

Por fin, el veintiocho de noviembre a media mañana me anunció el editor que tenía los libros y quería enseñarme el primer ejemplar. Le propuse pasar por la editorial esa tarde ―en el trabajo terminaba a las tres― y así conocer las instalaciones. Hasta ese momento no había visitado la empresa, las reuniones se hacían en el despacho del amigo que nos presentó y el resto por teléfono. Tenía curiosidad e ilusión, pero se ofreció a traérmelo a la empresa para que lo tuviera cuanto antes en mis manos; todo un detalle.

―¿Cómo vas a retrasar un momento tan importante? ―me dijo.

Fue algo premonitorio: ese mismo día veintiocho de noviembre de 2008 me quedé sin trabajo. Cuando a las tres de la tarde bajé a recepción con el despido en una mano, allí me esperaba V. con sonrisa triunfal y el primer ejemplar de El final del ave Fénix. Lo tomé con la otra mano y me aferré a ese primer ejemplar de mi novela como si fuera mi única tabla de salvación.

Me derrumbé, eran demasiadas emociones juntas y muy contradictorias: la amargura, el miedo al futuro, el dolor por la traición, la rabia por la injusticia, el enfado por no haberme dado cuenta antes de la jugada que me habían hecho… junto a la emoción de ver mi primera obra en papel, después de tanto como me había costado. El hombro de aquel editor, casi un desconocido, se convirtió en mi paño de lágrimas, mi consuelo en un momento tan intenso. Cuando me serené y pude coger el coche para volver a casa, me convencí de dedicar todo mi esfuerzo, mientras pudiera, a seguir escribiendo y sacar a flote al recién nacido. Todavía no sabía dónde me había metido…

Pero lo que vino después, en la siguiente entrega.

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