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History is Made at Midnight: El amor a medianoche

History is Made at Midnight: El amor a medianoche

El título, History is Made at Night (Cena a medianoche, 1937), conquistó a Frank Borzage, uno de los grandes cineastas de siempre. Un romántico empedernido que creía en la utopía del amor sin barreras, un consumado especialista en sublimar el melodrama en términos estrictamente poéticos. Si no han visto El séptimo cielo o Tres camaradas, por escoger un par de sus obras maestras, ustedes tienen una cita ineludible con Mr. Borzage. El título y una breve sinopsis de dos páginas era todo lo que tenía Walter Wanger, un inteligente y culto productor independiente de Hollywood que luchaba por abrirse paso entre los grandes estudios. Wanger, que distribuía sus películas a través de United Artists, fue el único que creyó en John Ford y su obsesión por filmar La Diligencia, un western cuando nadie rodaba westerns.

Borzage se puso manos a la obra con un par de guionistas, pero las fechas acuciaban a Wanger, y cuando comenzó el rodaje el cineasta solo tenía unas 50 páginas de guion. Inevitablemente, la situación tampoco era muy inhabitual en Hollywood, la escritura del guion corría paralelamente a la filmación de la película. Contaba, eso sí con un reparto muy atractivo: Jean Arthur, una complicada actriz (le daba pánico actuar), sin embargo excelente para mezclar comedia y melodrama, que era lo que requería la película; y Charles Boyer, cuya elegancia francesa aseguraba otro tanto para un amante apasionado. Su química en la película es mágica y hace creíble la intimidad de sus sentimientos. La historia era la de un triángulo amoroso con un vértice, el marido de Arthur, un millonario despechado, celoso, amoral, cuyo personaje fue a parar a Colin Clive, un excelente actor británico de vida problemática, alcohólico y depresivo, que se suicidó poco después de finalizar el rodaje, circunstancias que ayudaron a su composición, oscura, amenazadora. Avanzado el rodaje, Borzage se vio sorprendido cuando un día el productor Wanger se le presentó con la maqueta de un transatlántico porque se le había ocurrido que la historia debería acabar en estilo Titanic, una ocurrencia que motivó enderezar la trama hacia ese final. Pero los milagros de grandes películas con rodajes fracturados o complicados son otra impronta, como sucedió con ésta, del Hollywood clásico.

"El guion invierte los elementos de un vodevil e introduce un elemento de sorpresa que va a cimentar toda la película. Una mariposa agita sus alas en la habitación de un hotel parisino y provocará el hundimiento de un trasatlántico de lujo"

En cualquier caso, el verdadero milagro de Cena a medianoche es producto del genio de Borzage, un nombre que incomprensiblemente se suele olvidar cuando se hace inventario de los mejores directores de películas. Borzage tenía un talento especial, una sensibilidad propia para mezclar comedia con drama, para lograr que la pantalla ardiera con los sentimientos a flor de piel, con las palabras que dicen (“las palabras no dicen nada, arden” como escribiera Luis Rosales) y expresan el corazón más allá del cerebro. Sus personajes viven al límite, aman sin fronteras, pierden para ganar, el mundo puede serles adverso, pero eso no importa nada para su entrega amorosa.

El comienzo de Cena a medianoche es deslumbrante, parece como si, imprevistamente, Lubitsch irrumpiera en la película. El avieso millonario Vail (Colin Clive), que se niega a asumir el divorcio de su esposa Irene (Jean Arthur), le prepara una trampa en la que su chófer simulará una escena amorosa en la que les sorprenderá el marido con un detective. No cuentan con que en la habitación contigua, alarmado por lo que oye en la otra, un elegante caballero, Paul Dumond (Boyer), vestido de etiqueta, que ayuda a un amigo ebrio, saldrá por el balcón, irrumpirá en la habitación de Mrs. Vail, noqueará al chófer para ser sorprendido por la llegada del celoso esposo y el detective. El caballero andante es hombre de recursos y finge ser un ladrón que arrambla con las joyas de la dama y con la dama, desapareciendo de escena. Con extraordinaria habilidad dramática, el guion invierte los elementos de un vodevil e introduce un elemento de sorpresa que va a cimentar toda la película. Una mariposa agita sus alas en la habitación de un hotel parisino y provocará el hundimiento de un trasatlántico de lujo. Las apariencias, el azar, ponen en movimiento las armas de un Cupido juguetón. Nada es lo que parece, ni el caballero es un ladrón, sino que es el maître de un reputado restaurante parisino lo que desconocerá la dama secuestrada, ni ese subterfugio queda en eso, sino que, casi en un momento, se transforma en un incendio amoroso que arrasará las vidas, y la película, de todos. El celoso millonario y esposo se convierte en un asesino tras golpear al desvanecido chófer y poder cargarle la culpa al supuesto ladrón, un movimiento que se convertirá en arma de chantaje contra su esposa cuando descubra el amor surgido entre ambos.

"La noche de tangos y miradas en un vacío restaurante parisino es el centro de una historia de amor súbita, a primera vista"

De momento es noche en París y Dumond, tras devolverle las joyas a una desconcertada Irene, la lleva a un restaurante que está cerrando. Dumond logra que músicos y chef se unan a la celebración, porque se ha enamorado perdidamente de Irene. Hemingway proclamó que París era una fiesta cuando era pobre, feliz y tenía las ilusiones intactas. Los americanos, en general, sostenían que si eran buenos cuando se murieran irían a París, con lo que ya queda dicho que París para mucha gente era algo especial, ese lugar en el que puede suceder cualquier cosa, y muy particularmente un territorio evocador del amor romántico. Ese ha sido, además, el territorio habitual del cine durante mucho tiempo, un territorio de sueños e ilusión, de magia y ficción, de tal manera que Casablanca es la de los platós de la Warner más que una ciudad normal de Marruecos, Manhattan es propiedad de Woody Allen con estilo musical de MGM, y un safari en África solo puede ser como los de Mogambo y Hatari!

La noche de tangos y miradas en un vacío restaurante parisino es el centro de una historia de amor súbita, a primera vista, entre una antigua modelo que huye de la celosa cárcel de su matrimonio, frágil, desguarnecida emocionalmente, sin itinerario hacia la felicidad, y un maître que se comporta como un imprevisto e ingenioso caballero andante y que se enamora perdidamente de esa dama por la manera en que solo sabe decir ¡Oh! para expresar su sorpresa al descubrir un mundo sin nubarrones.

Naturalmente que el amor debe pagar peaje. No hay amor sin la ascesis de los amantes, como bien sabía Alfred Hitchcock. El marido descubre la verdad y le plantea a su esposa el dilema chantaje de renunciar a ese amor de medianoche parisina que ilumina su vida o llevar a la guillotina al sedicente ladrón, culpándole falazmente de un crimen solo por él cometido. Ella acepta el chantaje, porque amor solo con amor se paga, y ambos regresan a Nueva York.

"Paul, en silencio, medita y decide que un ladronzuelo parisino no debe cargar con la culpa de otro. Ambos embarcan hacia París: no se puede vivir el amor con deudas a la espalda"

Paul se siente desolado, herido, náufrago tras una cita en la que Irene no ha comparecido. Pero no tira la toalla. No se descubre un tesoro para perderlo sin más. Junto con su amigo, un impagable y exuberante chef italiano (fabuloso Leo Carrillio), se van a Nueva York y revitalizan Víctor’s, un decadente restaurante, con la sola idea de que su triunfo atraerá una noche a la errante Irene de sus sueños. Una mesa siempre está reservada para ella. Eso sucede justo cuando Irene, que ha rehecho su vida como modelo alejada de Vail, acepta regresar con él para que salve al ladrón asesino, recién detenido en París. Esa noche en Victor’s el único derrotado es el todopoderoso Vail. Irene descubre la verdad en dos cosas. Paul es un maître y no un misterioso y elegante caballero, y el detenido parisino no es Paul. Lo que no descubre es que sigue amando apasionadamente a Paul.

¿Fin? No en Borzage. Más ascesis. En un memorable travelling que sigue a Paul e Irene, con una trasparencia —eso es el cine, mentira sincera como dice Garci— por las calles de Manhattan, Borzage filma el interior del alma de los amantes. Irene locamente solo quiere a Paul: nada es más valioso que vivir juntos. Paul, en silencio, medita y decide que un ladronzuelo parisino no debe cargar con la culpa de otro. Ambos embarcan hacia París: no se puede vivir el amor con deudas a la espalda. Vail, dueño del barco, lo precipita hacia el desastre. Memorablemente, en mirando el oscuro océano, Irene y Paul se cuentan sus pasados, sus infancias, para asentar el futuro. Cuando el barco choca con un iceberg, ella se niega a embarcar en un bote salvavidas, porque su bote salvavidas es Paul. En una escalera, aguardando a la muerte, él confiesa que se enamoró de ella por su manera de decir ¡oh! aquella noche en París. Lo dejo ahí, porque el final de una película de amor no es tan importante, haya o no happy end. El misterioso amor que aparece cuando quiere, sin reglas ni gobernanza, es el único premio para los amantes unidos inextricablemente.

***

History Made at Night (Cena a medianoche, 1937). Producida por Walter Wagner. Dirigida por Frank Borzage. Guion de Gene Towne y Graham Baker con diálogos adicionales de David Hertz y Vincent Lawrence. Fotografía de David Abel, en blanco y negro. Dirección de arte de David Toluboff. Efectos especiales, James Basevi. Música, Alfred Newman. Montaje, Margaret Clancey. Vestuario, Bernard Newman. Interpretada por Jean Arthur, Charles Boyer, Leo Carrillo, Colin Clive, Ivan Lebedeff, George Meeker, Lucien Prival, George Davis. Duración: 97 minutos.

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