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Hojas e historias

Hojas e historias

Fue muy pronto, cuando, siendo niño, encontró Huckleberry Finn en la estantería del salón de sus abuelos en Port Royal, Kentucky, que Wendell Berry pudo empezar a imaginar la vida de su familia como habitantes de la gran cuenca del río al que, igual que Mark Twain, pertenecían. Pero no sería hasta bastante más tarde, ya como profesor universitario en Nueva York y justo antes de regresar a su tierra natal para convertirse en granjero, cuando hallaría en esa obra la clave de la huida que todos ellos, al final, habían emprendido. Porque en la exégesis que de esta Gran Novela Americana hace Berry en el texto titulado El escritor y la región encontramos la esencia de su filosofía existencial desde que, con 30 años, abandona la Gran Manzana para dedicarse a trabajar la tierra como y donde lo habían hecho sus ancestros. Considera Berry que, al final, Huckleberry Finn es una obra fallida por la deriva que toma su protagonista a partir del capítulo treinta y dos, justo cuando aparece Tom Sawyer. Es entonces cuando Huck renuncia definitivamente a los propios orígenes y no piensa más que en huir al Territorio, epítome de la individualidad cuando no del individualismo. Huckleberry Finn, afirma Berry, “fracasa a la hora de imaginar una vida adulta y responsable en comunidad”.

"La agresiva mecanización del campo ha llevado al actual estado de cosas, nos dice. Gentes empobrecidas que ya solo aspiran a empujar a sus vástagos hacia la Gran Ciudad"

Y justo a eso es a lo que empieza a aplicarse él cuando, a mediados de los sesenta, y con treinta años recién cumplidos, adquiere, junto a su mujer, una granja justo al lado de aquella en la que se crió. Se aplica a imaginar una vida adulta y responsable en comunidad, plasmada después en multitud de textos, entre ellos los que en este volumen reúne Paul Kingsnorth y que, en conjunto, le han hecho merecedor de, entre otros galardones, el del National Book Critics Circle a toda su carrera. Imagina esa vida pero también la lleva a la práctica trabajando sus tierras sin sucumbir siquiera a la mínima mecanización de un tractor. Berry ha arado con caballos de niño y ahora vuelve a hacerlo también, porque la comunidad de la que en gran medida nos habla en estas páginas es aquella que le vincula a sus ancestros. Pero si se empeña en esa forma de trabajar la tierra no es por un ejercicio de nostalgia. No se trata de homenaje alguno, no. Lo hace porque entiende que de esa forma la tierra podrá ser legada a las generaciones futuras. La comunidad a la que interpela se construye, por lo tanto, también hacia el futuro.

Hay en estos textos una desesperada denuncia sobre lo que se está haciendo con los suelos, aunque tal vez, como apunta Kingsnorth en el prólogo, no sea ese el más atractivo frente de lucha para el movimiento ecologista actual. Berry reconstruye el progresivo empobrecimiento de su tierra de origen desde los tiempos de la Conquista del Oeste, de la que su propia familia participó con el mismo ánimo depredador que los demás. Y con ese sentimiento de culpa también tan típicamente americano, a ello, a ese maltrato de los suelos y el territorio, atribuye Berry el éxodo por él experimentado en su juventud y por otros tantos que le acompañaron, precedieron y, aún hoy, emulan. La agresiva mecanización del campo ha llevado al actual estado de cosas, nos dice. Gentes empobrecidas que ya solo aspiran a empujar a sus vástagos hacia la Gran Ciudad, siguiendo así los pasos del Huckleberry Finn definitivamente aislacionista.

"Hojas e historias, dice, es lo que deberían cultivar las comunidades para ser viables"

Al contrario de otros textos en la onda del nature writing, no hay abundancia en los paisajes que describe, tal y como se puede apreciar en el magistral La crecida, ubicado al final del volumen a modo de colofón. Hay abandono y erosión, y todo en ellos, por lo tanto, nos resulta familiar a los habitantes de esta Iberia que, en otro tiempo, y tal y como, expresivamente, dice el tópico, pudo atravesar una ardilla de rama en rama. El propio Berry no tiene otro remedio que ser, tantos años después, un granjero a tiempo parcial, ya que, en realidad, según confiesa, obtiene la mayor parte de su sustento de su puesto como profesor en la universidad estatal. Pero él no pretende en ningún caso demostrar que esa vida pueda ser viable sino, en todo caso, cómo podría llegar a ser viable con el pasar de las generaciones, si el vínculo con el suelo, claro, cambiase. Existe, por lo tanto, una relación simbiótica, extraordinariamente fructífera, entre el Berry que cava la tierra y el Berry que arranca una frase a la hoja en blanco. Defiende, como intrínsecamente vinculadas, la creatividad de un suelo bien cuidado y la de una cultura local viva. Hojas e historias, dice, es lo que deberían cultivar las comunidades para ser viables: “Deberían formar suelo y deberían formar el recuerdo de sí mismas —en relatos, en mitos, en canciones—”.  Y solo así las generaciones podrían sucederse unas a otras en el mismo lugar.

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Autor: Wendell Berry. Título: El fuego del fin del mundo. Editorial: Errata naturae. Venta: Todostuslibros y Amazon

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