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Hombres subversivos

Se podría decir que la figura del hombre insignificante nace —y en la historia de la literatura «nacer» significa también hacer el suficiente ruido como para crear escuela— con Eugenio Onegin de Pushkin, este antihéroe que fue precedente para tantos otros como el Chulkaturin de Turgenev, el Akakievich de Gógol y de ahí a los realistas rusos y los modernistas anglosajones y europeos. Esta senda de hombres insignificantes se hizo lo suficientemente extensa como para llegar hasta a Álex Gual, el protagonista de Objetos perdidos, la nueva novela de Carlos Zanón publicada por Salamandra. Esta novela se construye en torno a abogado cocainómano, quien, en la Barcelona de la marginalidad y la droga, ofrece reminiscencias de estos hombres superfluos.

Álex Gual hace de su adicción, sus malas compañías, su pesimismo y su incapacidad para amar o construir lazos un impedimento para prosperar, fracasando así en proyectos aparentemente sencillos. En el caso de este abogado y detective, todo comienza con la pérdida de un pasaporte de Colin Moulding, un jugador semiprofesional de la liga australiana de rugby que desaparece de fiesta por Barcelona y el pasaporte es el último indicio de donde se podría encontrar su cuerpo, en el caso de haberlo. Este pasaporte se lo entrega el Señor Paco, un mafioso de segunda, proxeneta y regente de un bar llamado Donna Summer, para quien el abogado trabaja puntualmente y con el que ambos pueden ganar cierta cantidad de dinero. La idea inicial es vendérselo —y con él la información asociada a dónde puede estar el cuerpo de Colin— a Bruce Partridge, un detective británico de una prestigiosa agencia llamada «Proof of Life». Pero el pasaporte se pierde.

"Álex Gual está inserto en lo que Bifo Berardi denomina necroeconomía, un concepto que habla de cómo la competencia y la carrera consumista terminan por hacinar cada vez mayor número de personas jóvenes en las periferias urbanas de todo el mundo"

La insignificancia del hombre superfluo surge de su incapacidad para hacer de la realidad su representación. Sucumbir a la realidad porque la realidad no puede sucumbir ante un sujeto cuya necesidad es hacer de ella lo que desea. Así ocurre en el cuento de Gógol, donde un funcionario está acabado porque ha perdido su capote en un mundo donde la lógica se centra en poseer. Y siguiendo la estela de estos hombres sucumbidos, Álex Gual se siente fracasado en las dos grandes esferas que parecen constituir el éxito de un hombre —al menos siguiendo la masculinidad clásica—: el reconocimiento femenino y el reconocimiento laboral. Álex Gual no cuenta con ninguno y eso le recuerda que es un sujeto impotente, prescindible. La novela respalda este engranaje con la inclusión de lo que se conoce popularmente como Manic Pixie Dream Girl que enfocadas desde una perspectiva narratológica —siguiendo la tipología de Greimas— serían unos personajes femeninos planos cuyo lugar actancial oscilaría entre ser objetos —del deseo del protagonista y sujeto masculino— y ser ayudantes —de las acciones de ese mismo sujeto masculino—. Estos dos personajes femeninos son Inés, la «camarera» del Donna Summer, y Lola K, una pintora dependiente del marido y rodeada de cierto malditismo.

Álex Gual está inserto en lo que Bifo Berardi denomina necroeconomía —economía de la muerte—, un concepto que habla de cómo la competencia y la carrera consumista generada por el capitalismo terminan por hacinar cada vez mayor número de personas jóvenes en las periferias urbanas de todo el mundo. En esta ocasión nos centramos en la Barcelona más marginal. «Me asusta lo locos y violentos que son los nuevos —le dice el Señor Paco a Álex—. Incluso los que deberían tener la cabeza fría. Puedo aceptar la violencia. Joder, las he visto de todos los colores. Pero ahora es distinto, por la puta sensibilidad, por el factor humano. Mira las noticias: el mundo violento nos rodea, pero no nos toca. La violencia, lo creas o no, nos hace de escudo. Trump nos protege de la Tercera Guerra Mundial, aunque sea pactando con el puto Enano Rojo». Lo que nos da a ver el señor Paco es la manera en que la violencia se tolera según la forma en que se nos presente, según a quién se dirija, quién la emita y según el grado y el lugar. Una de las frases más repetidas por los influencers durante los bombardeos de Dubai fue «esto no debería ocurrir aquí». Todos somos conscientes del rastro de la violencia —y negocios que se lucran de ella— que deja el sistema del que formamos parte. Por eso tristemente nos relaja verla confinada al margen de las ciudades o al resto de lugares del mundo donde se concentra y nuestros privilegios se tambalean en forma de miedo cuando la sentimos cerca.

"Álex Gual no se siente subversivo en esas prácticas criminales, se siente subyugado al sistema y a su entorno, y de ahí su desesperanza"

Asimismo, la misoginia y el racismo marcan la relación de estos hombres con el entorno ya sea desde el desprecio del Señor Paco o desde el utilitarismo posesivo de Álex Gual. En esta novela expone la maldad como un problema estructural vinculado a la marginalidad y no al revés. A menudo escuchamos comentarios maniqueos e iusnaturalistas que buscan hacer de la maldad un valor asociado a ciertos colectivos y es eso lo parece llevarlos a la marginalidad. La violencia nace de la exclusión, no al revés. Nace de que hay una sistema económico y social que quiere que se concentre en ciertos lugares concretos. Esta es una de las formas de la heterotopía foucaultiana, la violencia debe ocupar los márgenes de la ciudad, aunque como vemos en Objetos perdidos, todos los sectores se benefician de ella.

«Cada vez que creo un personaje, está claro que busco una mirada, una profunda ternura y compasión también en el caso de un ladrón o un personaje negativo. Muy a menudo la gente piensa ser subversiva contra la ley, pero en realidad están dentro de un sistema. Y quizá podamos imaginar una mejor forma de subversión», dice la cineasta Alice Rohrwacher en una entrevista. Álex Gual no se siente subversivo en esas prácticas criminales, se siente subyugado al sistema y a su entorno, y de ahí su desesperanza. Quizá su mayor gesto de subversión sea finalmente la capacidad de sacrificio o las elecciones de solidaridad que termina demostrando.

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Autor: Carlos Zanón. Título: Objetos perdidos. Editorial: Salamandra. Venta: Todos tus libros.

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