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Imperio, de Augusto Ferrer-Dalmau

Augusto Ferrer-Dalmau nos muestra la historia de España desde Carlos V y Felipe II: la conquista de América, los Tercios españoles, Italia, Túnez, la Santa Liga, Francia, Flandes, Inglaterra… Un recorrido histórico tomando como punto de referencia los cuadros de este gran «pintor de batallas», en colaboración con María Fidalgo.

Zenda adelanta las primeras páginas de Imperio.

Introducción

Este libro engarza históricamente las creaciones que Augusto Ferrer-Dalmau, el «Pintor de Batallas», ha dedicado al Imperio español.

Es, sin lugar a dudas, la figura más importante de la pintura histórico-militar española y ha logrado algo único: la conversión de sus obras en iconografías, imágenes que quedan ligadas para siempre al capítulo o al personaje que retrata. Son un legado patrimonial a la historia y la razón de esta obra, Imperio, circunscrita al período del Imperio español.

"Augusto Ferrer-Dalmau es el creador de una nueva corriente pictórica: la histórico-militar. La excelencia técnica de su obra y su potencia narrativa y emocional le confieren una dimensión histórica sin parangón con ningún otro pintor del género"

Ferrer-Dalmau ha desarrollado su pintura en un género obsoleto y alejado de los mercados artísticos. Una labor valiente centrada en pintar la historia de España sin importarle que solo interesara a un público limitado. El sino de los tiempos jugó a su favor, y se ha convertido hoy en el pintor más mediático y el de mayor proyección internacional.

Una concepción académica de la pintura, un profundo amor a la historia de su patria y la admiración por sus Fuerzas Armadas se rastrean en sus lienzos. Personalidad pictórica que forjó en su infancia, gracias a su talento para la captación de la realidad.

Curiosamente, su éxito no ha sido producto de una estudiada estrategia, sino un fenómeno espontáneo. Su rigor documental atrajo a los amantes de la historia, su fondo emocional y reivindicativo a los sensibilizados por la pérdida de valores patrióticos de nuestro país, y su excelencia técnica a los desencantados del mundo artístico, deslumbrados por un talento sin subterfugios.

Orgull. Augusto Ferrer-Dalmau

Artista a la vieja usanza, posee un savoir faire innegable. Jamás recurre a proyecciones ni transparencias, ni se inspira en lienzos anteriores. Es un artesano clásico y original con una firme actitud ante las formas, el dibujo y el color.

Dada la trascendencia de sus lienzos, cada vez es más prisionero del realismo. Uniformes, armas y determinados elementos deben ir bien definidos, ser los precisos de la época y no otros. Sin embargo, no se acerca a la fotografía ni es hiperrealista, como le califican algunos. En sus lienzos hay bellísimas pinceladas sueltas, con calidades espatulares, que suele reservar para el paisaje.

Las puestas en escena constituyen uno de los recursos más atractivos de su estilo, aunque pasen casi desapercibidas para el espectador, que se recrea en la narración de forma magnética. El marco paisajístico es fundamental y espectacular. Grandes cielos y horizontes acompañan las gestas de los hombres uniformados: sobrias estepas castellanas, caminos polvorientos, playas infinitas, cielos nublados, selvas mexicanas, inhóspitos desiertos arenosos, gélidas superficies nevadas, húmedos pantanos del Misisipi o batallas navales en las que casi puede olerse la pólvora de los cañones de los galeones. Sus composiciones poseen un aura romántica, lírica y mística en la que puede intuirse que la Providencia es la dueña de los destinos de los hombres.

Con respecto a la luz, el artista suele evitar las directas. Las gamas cromáticas predominantes son neutras y terrosas. Es un maestro en la gradación de los matices, llegando al alarde en las texturas como el pelaje de los caballos, cueros y metales.

La batalla de Rocroi, por_Augusto Ferrer-Dalmau

La batalla de Rocroi por Augusto Ferrer-Dalmau

De cuadros multitudinarios a obras con uno o dos personajes, el artista se recrea en detalles y elementos de gran valor. Reivindica al soldado anónimo, al que considera tanto o más merecedor de ser recordado por la historia.

La representación de los caballos y su imbatible unión con los jinetes constituyen la más completa representación ecuestre de la historia de la pintura militar española. Del reposo al galope, al trote o la carga temeraria, resuelve con soltura la dificultad añadida de captarlos en pleno movimiento y desbordantes de acción. Las cargas de caballería se convierten en una verdadera exaltación de maestría pictórica.

En las obras de Ferrer-Dalmau la narración histórica aparece imbuida de dos grandes géneros, la épica y la lírica, en simbiosis genial. Es épico porque insufla a sus lienzos la grandeza de los valores de una nación y de los hombres de antaño y consigue hacer sentir al espectador en cada pincelada el orgullo de ser español. Sus tropas son heroicas, incluso en la sacrificada derrota. Pero Ferrer-Dalmau como pintor lírico sobrecoge, impacta y apasiona. Confiesa ser «un idealista irresponsable que se mueve por pasión» y plasma el coraje y la emoción en episodios en los que el sacrificio y los valores patrióticos están fuera de discusión.

En sus obras la función estética «entra por los ojos». Pero su rigor histórico —uniformes, armamento, marco geográfico…—, sumado a un virtuosismo técnico casi sensorial en elementos como el fuego, el agua o el humo, convierten sus imágenes en un documento histórico de primera magnitud. La función artística transmuta en función didáctica y, por su eficacia descriptiva, trascienden a ser símbolos de colectividad y conciencia del legado de la historia de España.

Impregnado de un claro valor periodístico, el pintor prefiere pensar que «su visión es la del soldado» y, con sus pinceles, aspira a ser uno más de ellos. Aquí está su modernidad, una visión casi cinematográfica. Los pintores del XIX plasmaban las guerras como escenas de salón u observadas desde un patio de butacas. Ferrer-Dalmau ofrece una mirada que convierte al espectador en partícipe de la contienda, introduciéndole de lleno en el fragor de la batalla, en la embriaguez de la victoria o en la soledad de la desesperanza. No obvia sobrecogedores cuerpos de soldados pisoteados y heridos. Cual reportero de guerra, contemplar sus cuadros es vivir la escena, en algunos casos literalmente «a los pies de los caballos» o bajo las balas de los cañones.

La pública identificación de sus obras ha llegado a consolidarle como lo que el mundo del arte llama «artista marca». Impacta desde que se contempla el primer lienzo, y suele lograr una fidelidad incondicional. Pero sobre todo Ferrer-Dalmau ha sido capaz de generar una empatía con el público nunca vista en la pintura de este siglo y se ha convertido en el mayor y mejor agente de difusión de la historia de España. Un estilo propio, único e intransferible que une la extraordinaria excelencia técnica con un fondo de hondura y valores españoles y universales. Eso es nada más y nada menos la «marca Ferrer-Dalmau».

Hispania

El surgimiento de una nación y la idea de imperio

El Imperio español fue el más poderoso de su tiempo y uno de los más importantes de la historia. Comprendió todos los territorios que, como resultado de la exploración, la expansión territorial y la herencia, fueron gobernados por la Corona española.

Tuvo su máxima dimensión entre 1580 y 1640, durante los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, periodo en el que se incorporarían Portugal y sus dominios a la Corona española. Alcanzó los veinte millones de kilómetros cuadrados a finales del siglo XVIII. Fue el primer imperio global de la historia, en el que por primera vez un único monarca abarcaba posesiones no comunicadas por tierra en todos los continentes.

Si el reinado de los Reyes Católicos se considera la génesis del Imperio español, su final es discutido: ¿el fin del reinado de Felipe II, el ocaso de los Austrias o 1898, cuando se pierden los últimos territorios de ultramar? En cualquier caso, la idea de imperio aparece unida al surgimiento de la nación española, cuando un pueblo adquiere el sentimiento de pertenencia a una comunidad y a un territorio: Hispania.

Caza al amanecer. Augusto Ferrer-Dalmau

Durante los siglos II y III los hispanos mostraban una personalidad propia que les distinguía de la multiplicidad de pueblos del Imperio romano y, en la vanguardia cultural, daban al mundo emperadores como Adriano o Trajano, a los que Fernando el Católico o Carlos I se parangonarán siglos después. La relación imperio-España-nación tiene sus raíces directas en el sustrato común que uniría a los habitantes de la península ibérica a través de la romanización y la cristianización.

Hispania cobraría entidad con la monarquía visigoda, sólida en sus estructuras internas, que mantendría la denominación «Hispania», lo que ratificaría una continuidad con los habitantes hispanorromanos, cuya delimitación y cultura asumiría. La conversión visigoda al catolicismo consolidó uno de los rasgos que definirían de forma indeleble el llamado Imperio español, que tuvo en la defensa de la fe —al menos de forma teórica y conceptual— su razón de ser.

Al Ándalus no logró que se olvidase la tradición histórica, religiosa y cultural cristiana. La denominación de Hispania se mantuvo y, a lo largo de ocho siglos, sus conceptos y valores cristalizaron por reacción. El concepto de nación surgido de la unión contra el enemigo común es una tesis que han mantenido desde Arturo Pérez-Reverte a Henry Kamen. Una dualidad que se vivía desde el punto de vista bélico, religioso, de liderazgo (Mahoma-Santiago) y, sobre todo, cultural. Un hecho capital será el «hallazgo» de la tumba del apóstol, la creación del Camino de Santiago y la vinculación del santo a la cruzada contra el infiel. La Reconquista, Santiago y el Ejército español serán tres ítems indisolubles. El apóstol Santiago se convertirá en el patrón de la milicia y permanecerá unido a una iconografía militarista, que lo representa con los enemigos vencidos a sus pies, subrayando su papel de intercesor y protector durante todo el Imperio español. Se le invocará en todas las épocas como referente mediante la locución «¡Santiago y cierra España!», pidiendo su intercesión y ayuda a las tropas españolas. La batalla de Clavijo, la toma de Sevilla por Fernando III, la victoria de Navas de Tolosa, la conquista de México, Cuzco y la guerra contra los araucanos…; hasta en catorce se cifran sus apariciones entre los años 1518 y 1898.

La figura de Pelayo y el enfrentamiento de Covadonga fueron hechos, aunque «adornados» en época posterior, rigurosamente históricos. Es irrefutable, según los códices medievales, que la Reconquista se plantea como restauración del regnum gothorum, unidad política inclusiva del espacio peninsular que se perdió en 711 en Guadalete. En la llamada «España de los cinco reinos» —Castilla, León, Aragón, Navarra y Portugal—, que van surgiendo a lo largo de estos siglos, pervivirá la idea de imperio.

Los reyes de León utilizaron el título de Imperator Hispaniae en sus códices y proclamas, haciendo por lo tanto oficial, de iure, el título de emperador de España. Alfonso X el Sabio también lo usaba, y en su obra Estoria de España hablaba de una nación, heredera de los visigodos, con los reyes de Aragón y Navarra como gobernantes de un mismo imperio y una misma patria: España.

En la época de los Reyes Católicos la idea de imperio se refuerza. Los humanistas del siglo XV compararon su grandeza con el esplendor del Imperio romano. En esa línea cabe interpretar el paralelismo que, en su Gramática, establece Nebrija entre el latín y el castellano, y también la utilización de elementos renacentistas con referencias imperiales que acompañarán ceremonialmente a todos los reyes españoles.

La España de Carlos V, aun adquiriendo la condición imperial por su herencia germánica, es más una continuación que una ruptura con lo que venía gestándose desde el medievo español. Cuando abdique, repartirá sus posesiones, constatando que la herencia hispana era superior a la dignidad imperial del Sacro Imperio, cuyo gobierno deja a su hermano Fernando. Tanto es así que su hijo Felipe será, por encima de todos los monarcas de su tiempo y de siglos venideros, el emperador más poderoso de la cristiandad.

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Autor: Augusto Ferrer-Dalmau. Título: Imperio: De los tercios españoles a la América hispánica. Editorial: Planeta. Venta: AmazonFnac y Casa del Libro.

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