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El imposible viaje al sur

La intrahistoria de la adaptación que Víctor Erice hizo del relato de Adelaida García Morales ilustra las conflictivas relaciones entre el cine y la literatura

«El Sur es una película inacabada». Con esa frase se suele referir Víctor Erice al largometraje que él mismo dirigió en 1983 y que muchos consideran una de las grandes joyas del cine español. La historia se ha contado muchas veces y es de sobra conocida. Tras obtener su primer éxito de crítica con El espíritu de la colmena, estrenada en 1973, el cineasta vasco conoció a Adelaida García Morales, una escritora entonces inédita con la que inició una relación de pareja que duraría varios años. Fue ésta quien, a principios de la década de 1980, escribió un relato cuya fuerza impactó tanto a Erice que no pudo resistir la tentación de trasladarlo a la gran pantalla. El proyecto era ambicioso y se dio de bruces con las limitaciones presupuestarias. Cuando tan sólo se había rodado la mitad del guión, el productor, Elías Querejeta, mandó parar y resolvió dar por bueno lo que se había hecho hasta el momento. De ese modo, el estreno de El Sur se acabó saldando con una acusada disparidad de opiniones entre su director, que la veía como una criatura incompleta y por ello desprovista de su sentido global, y los espectadores, que de inmediato la percibieron como una obra maestra indiscutible.

"Gilles Jacob, director del festival de Cannes, se conmovió tanto con el montaje inicial que quiso tenerla en la sección oficial de su certamen."

¿Es compatible lo uno con lo otro? ¿Puede juzgarse como perfecta una obra que su propio autor entiende inconclusa? Se han tratado mucho las tortuosas relaciones entre cine y literatura, pero en el caso de El Sur no está de más descender hacia las particularidades para explorar hasta qué punto unas imágenes, truncadas o no, pueden sugerir confines a los que rara vez llegan las palabras. El relato original de Adelaida García Morales —que vio la luz en Anagrama dos años después del estreno de la película, en un volumen que incluía otra nouvelle y llevó por título El Sur seguido de Bene— narra el tránsito de la niñez a la adolescencia de una muchacha condicionada por un secreto que ignora pero cuyos ecos la interpelan constantemente. Adriana, protagonista y narradora, nos habla del opresivo ambiente de la casa en la que se crió junto a su padre, un médico zahorí, y su madre. El relato avanza dando pistas acerca de la frustración de aquél, que descubriremos motivada por un pasado amor imposible en su ciudad de origen, Sevilla, y la existencia de un hijo que surgió como fruto de aquella relación prohibida. El suicidio del progenitor y el viaje de Adriana desde su norte natal a un sur localizado y reconocible para encontrar a ese chico a quien nunca ha visto, pero al que se siente unida por unos vínculos que trascienden los impuestos por la propia sangre, vertebran esta historia que García Morales supo desgranar en medio centenar de páginas hermosas.

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El Sur, la película, iba a seguir los mismos derroteros. El plan de rodaje contemplaba 81 jornadas de trabajo, de las cuales poco más de treinta iban a desarrollarse en la localidad sevillana de Carmona, donde Víctor Erice tenía previsto rodar la parte del largometraje en la que Adriana (que en el celuloide fue rebautizada como Estrella) desvela y materializa el secreto que tanto atormentara a su padre. La filmación arrancó el 6 de diciembre de 1982, y Erice recuerda cómo, ya en la segunda semana de rodaje, Elías Querejeta se reunió con él en Santo Domingo de la Calzada para decirle que peligraba la financiación correspondiente a Televisión Española: había desembarcado en el Ente un nuevo director general que no estaba dispuesto a asumir los compromisos no firmados de su antecesor. Esa alarma inicial tomó cuerpo unas semanas después, cuando el equipo ya estaba a punto de trasladar los bártulos a Andalucía, y condujo a lo que en principio no iba a ser más que una suspensión temporal. Según Erice, la primera manifestación pública que apareció en prensa, una vez el rodaje se hubo interrumpido, llegó por parte de la productora y aseveraba que con el material filmado ya se podía montar una película porque tan sólo había quedado sin rodar «la parte más floja del guión». El director sólo inició la posproducción tras firmar un acuerdo con Querejeta por el que ambos se comprometían a seguir trabajando hasta completar el proyecto original. Sin embargo, aquel montaje inicial se le mostró en un pase privado a Gilles Jacob, director del festival de Cannes, y éste se conmovió tanto que quiso tenerla en la sección oficial de su certamen. Fue todo un éxito. Los críticos se entusiasmaron y Querejeta concluyó que la película estaba muy bien así y no era necesario ampliarla.

"Imágenes y palabras pueden dar a entender lo mismo aunque digan cosas distintas."

Que Víctor Erice vea en El Sur una obra incompleta es perfectamente comprensible: él leyó antes que nadie el relato de Adelaida García Morales, él se ocupó de trasladarlo a un guion y él tenía en su cabeza la película que no le permitieron hacer. El cineasta arguye que en la parte no rodada se encontraba la verdadera dimensión moral del relato, por cuanto en ella la hija lleva a cabo el viaje que su padre no pudo hacer y, de algún modo, «repara» los errores de éste mediante una suerte de comunión espiritual con su hermanastro. Sin embargo, ello no impide que se pueda considerar El Sur, la película, una obra maestra absoluta, ni concluir que, a su modo, enriquece la narración que la inspiró con sugerencias que, precisamente por no explicitarse, adquieren una fuerza que en la obra literaria quedan diluidas al desempolvar su autora toda la verdad. Si el relato se centra en el desvelamiento de un secreto y las consecuencias que éste acarrea para toda una familia —también en esa reparación que Erice no pudo llevar a la pantalla—, en la película el sur involuntariamente elidido se convierte en una sutil metáfora, la enésima encarnación de ese mito que simboliza a la vez los anhelos de evadirse y explicarse, la búsqueda del paraíso perdido y nunca reencontrado, al tiempo que evidencia las zonas de sombra que se extienden sobre determinados recovecos de la vida. Pese a las diferencias de criterios, pese a las discrepancias entre el papel y la pantalla, no falta ni sobra nada en el Sur de Adelaida García Morales, como tampoco en el de Víctor Erice. Imágenes y palabras pueden dar a entender lo mismo aunque digan cosas distintas. Si acaso, cabe lamentar que el cineasta no utilizase las palabras de Robert Louis Stevenson que figuraban, a modo de corolario, en el guión original: «Hay en el mundo unas islas que ejercen sobre los viajeros una irresistible y misteriosa fascinación. Pocos son los hombres que las abandonan después de haberlas conocido. La mayoría dejan que sus cabellos se vuelvan blancos en los mismos lugares donde desembarcaron. Hasta el día de su muerte, a la sombra de las palmeras, bajo los vientos alisios, acarician el sueño de un regreso al país natal que jamás cumplirán. Esas islas son las islas del sur. Cuentan que en ellas estuvo en tiempos el paraíso.»

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