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Ismael Martínez Biurrun: «Todas mis novelas son mis cuadernos de pesadillas»

Ismael Martínez Biurrun: «Todas mis novelas son mis cuadernos de pesadillas»

Ismael Martínez Biurrun es, con permiso de Emilio Bueso y de Guillem López, uno de los mejores escritores de fantasía y terror de su generación. Ganador de una larga lista de premios que incluyen el Celsius y el Nocte, se trata de un autor de escritura suave que poco a poco va calando en la piel hasta darte cuenta de que son cuchillas muy afiladas. Sus novelas se paladean despacio y se quedan contigo mucho tiempo después de leer la última página, una herida abierta de la que no todos los libros pueden presumir.

Solo los vivos perdonan (Aristas Martínez, 2022), su nueva obra, no es una excepción. Tras un lenguaje rico y sugerente se esconde una pesadilla tan real que escuece entre los dedos. Porque el horror no tiene por qué venir de una amenaza exterior, como un monstruo o un fantasma: también puede esconderse en esa parte oscura de nuestro interior. La novela nos muestra un crisol de vidas cruzadas marcadas por sucesos trágicos. Y es desde ese dolor tan íntimo y personal donde nace un terror muy puro, sin destilar, casi atávico, que pocas veces se puede sentir de forma tan intensa en una obra de ficción. Sin duda, un libro distinto y valiente, una experiencia de 300 páginas que nadie debería perderse. Pero mejor que lo explique el propio autor.

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—Antón tiene un bloc de dibujo al que llama su “cuaderno de pesadillas”. Tras acabar la lectura, pienso que Solo los vivos perdonan es el “cuaderno de pesadillas” de Ismael Martínez Biurrun.

"La imposibilidad de cambiar las cosas que hicimos, los errores o incluso los horrores que cometimos, resuena en toda la novela como una especie de ruido de fondo constante"

—Todas mis novelas son mis cuadernos de pesadillas, sin duda. Pero ¿no estamos los escritores obligados a contemplar siempre lo peor que podría pasar? Creo que es así independientemente del género que trates: drama, crimen, terror. Si el protagonista no se enfrenta con aquello que más teme, ¿cuál es la gracia de la historia? Los escritores tenemos la suerte, o la cobardía, de poder enviar a nuestros personajes como emisarios o víctimas sacrificiales de nuestros peores miedos.

—Al igual que en la vida, la muerte está presente durante todo momento, solo que nadie le presta atención. Incluso el propio título hace referencia indirecta a ella.

—Siguiendo con la anterior respuesta, lo que más tememos es aquello que es inevitable, y no hay nada más inevitable que la muerte. Pero en realidad todo el pasado es también incorregible, como la muerte. La imposibilidad de cambiar las cosas que hicimos, los errores o incluso los horrores que cometimos, resuena en toda la novela como una especie de ruido de fondo constante.

—Aunque los pasajes de terror están presentes en muchas páginas, reconozco que lo que más angustia me ha dado son los capítulos del hospital infantil. ¿El horror cotidiano supera al fantástico?

"Alguien puede decidir voluntariamente volar por los aires a un niño y justificarse por razones de cualquier tipo, políticas, ideológicas... como si alguna pudiera ser válida"

—Estoy seguro de que cualquier padre y cualquier madre que lea el libro compartirá tu opinión. No hay mayor miedo que el de ver enfermar a un hijo y no poder hacer nada por curarle, o cambiarte por él. Lo paradójico es que un hospital infantil es el último sitio donde normalmente querrías estar, pero también es el único donde quieres estar cuando tu hijo necesita ayuda.

—El mayor escalofrío lo tuve al leer la breve nota de autor en la última página, cuando confiesas que uno de los momentos más duros del libro es un suceso real que viviste en persona.

—No he colocado la nota al inicio, igual que he evitado la palabra ETA en toda la novela, porque quiero que se lea exactamente como lo que es, una obra de ficción. Pero al mismo tiempo me parecía importante no cerrar el libro sin explicar el origen de la historia, que es real y personal: el asesinato de un compañero de mi clase de los jesuitas en 1985. Aquel suceso nos abrió los ojos a una realidad totalmente nueva y traumática, como críos que éramos, la realidad de vivir en un mundo donde ese tipo de cosas pueden pasar: alguien puede decidir voluntariamente volar por los aires a un niño y justificarse por razones de cualquier tipo, políticas, ideológicas… como si alguna pudiera ser válida.

Foto: Isabel González.

—¿Cuánto tiempo llevaba Solo los vivos perdonan en tu cabeza antes de lanzarte a escribirlo?

—Desde que empecé a publicar tenía esta historia en el fondo de mi cabeza, aunque enterrada, como el fósil. En ese sentido es mi libro más personal y, como suele decirse, necesario, en el sentido de que yo necesitaba extraerlo de ahí abajo, no en el sentido de que nadie necesite leerlo. Eso sería muy pretencioso.

—Jordán, Antón, Íñigo, Olalla… hay pocos personajes, pero de una carga dramática inmensa. ¿Cómo fue conjugar unas personalidades tan marcadas?

"Como has dicho, la muerte está presente a lo largo de toda la novela... Pero también el destino, o la mirada de un dios algo confundido"

—Digamos que cada uno lleva su propia vida y se enfrenta con sus propios demonios, pero esos demonios forman parte de una misma hidra, por decirlo así, por lo que los tres destinos están unidos incluso si ellos no lo saben. Me interesa mucho esta forma de narrar a lo “vidas cruzadas”, quizá porque me obsesiona la idea del azar y el destino. Lo he hecho en otros de mis libros y seguro que reincidiré.

—¿Qué puedes contarme de Tea?

—Hay muchos significados posibles en este personaje. Como has dicho, la muerte está presente a lo largo de toda la novela… pero también el destino, o la mirada de un dios algo confundido. Y creo que ya he dicho demasiado.

—¿El perdón es algo que se tiene que otorgar, o primero hay que aprender a perdonarse a uno mismo?

—Toda la novela es una indagación sobre el concepto de perdón, que me sigue resultando muy misterioso. Si nadie puede cambiar el pasado, ¿qué sentido tiene pronunciar la palabra “perdóname”? Es una palabra que solo puede dirigirse hacia un dios todopoderoso o hacia uno mismo, tal como dices.

—Al final son personajes anclados en un suceso de sus vidas del que no pueden o no quieren escapar. Ni siquiera son felices. ¿Es tan difícil huir de la culpa?

"En un diálogo de la novela se preguntan si simplemente estaba huyendo de algún depredador más grande o si se movía guiado por cierto espíritu de conquista. Yo no lo sé"

—Los seres humanos somos la única especie que siente culpa, porque somos los únicos capaces de imaginar no solo futuros posibles, sino también pasados alternativos. Pensamos: «Si hubiera hecho esto de otra forma, todo sería distinto». Y ese “exceso de consciencia” nos tortura, claro, emborrona la felicidad de nuestro presente.

—El hallazgo del fósil de un anfibio prehistórico acaba siendo el nexo entre todas las historias. Durante la lectura varias veces se refieren a él como un ser fuera de lugar, entre dos mundos, ni en el agua ni en la tierra. ¿Hasta qué punto es una metáfora de la vida de los protagonistas?

—Nuevamente, hay muchos significados condensados en el anfibio prehistórico. Para empezar, es un objeto del pasado remoto que aflora, igual que un recuerdo traumático, pero también se trata del primer tetrápodo, el primer animal que puso sus pies fuera del agua y exploró lo que había más allá. En un diálogo de la novela se preguntan si simplemente estaba huyendo de algún depredador más grande o si se movía guiado por cierto espíritu de conquista. Yo no lo sé. En todo caso me interesa por su capacidad adaptativa, que sigue siendo la que nos define a los seres humanos por encima de cualquier otra.

—La novela tiene mucho movimiento tanto de localizaciones como temporal pero, como en las buenas historias, lo más importante es lo que va por dentro, aquello que no se ve pero se intuye. ¿Es ese punto intimista lo que hace que destaque sobre otras propuestas del género?

"Si tengo que darte un título que me haya hecho caer de rodillas en los últimos años, te diría Beloved, de Toni Morrison"

—Me encanta que lo expliques así, porque ese es mi objetivo principal, captar los movimientos interiores de los personajes. Mis historias suelen conducirse por una lógica más emocional que racional. Creo que en ese sentido me alejo del thriller basado en la trama y me acerco más al fantástico o el terror, incluso si el propósito en este libro no es producir miedo. O no exactamente.

—Es complicado buscar referentes para una obra de este calibre. Pienso en Gaiman, King e incluso Baker. ¿Qué tenías en mente cuando la escribías?

—Es muy arriesgado nombrar autores, porque vaya vanidad compararse, ¿no? La influencia de King es innegable para cualquiera de mi generación, pero también trato de empaparme de narrativas alejadas del género o que lo utilicen de una manera diferente. Si tengo que darte un título que me haya hecho caer de rodillas en los últimos años, te diría Beloved, de Toni Morrison. La forma en que Morrison aborda el transcurso del tiempo, los recuerdos oscuros y la violencia racial es absolutamente deslumbrante.

—Para quienes hemos seguido tu obra, la mezcla de terror, fantástico y atmósfera es una delicia, pero en Solo los vivos perdonan subes la apuesta. No solo das con la palabra precisa en cada momento, sino que se nota un esfuerzo muy importante por buscar nuevas perspectivas desde las que hilvanar la narración. ¿Cómo fue el proceso para escribir este libro? La edición de Aristas Martínez es excepcional.

—La edición es una belleza, con esa ilustración increíble de Alejandro Pasquale, pero es que además la sintonía con Cisco y Sara ha sido completa. Entendieron la novela desde el minuto uno. Ellos no necesitan que les expliques cuáles son las claves del género, o de la mezcla de géneros, es su terreno natural. Estuvimos siempre de acuerdo en lo que necesitaba ser revisado y trabajamos el texto hasta que quedó justo como queríamos. Vamos, lo que se espera de los buenos editores.

—Estamos en Zenda. ¿»Solo» con tilde o sin ella?

—Ja ja ja, soy obediente con la RAE, no me molesta quitarle la tilde al solo. Sufro más con la ausencia de tilde en rio, por ejemplo; eso lo llevo fatal.

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