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Jacobo Bergareche: hasta que el tedio (o Faulkner) los separe

Jacobo Bergareche: hasta que el tedio (o Faulkner) los separe

Si bien los apresurados se jactan de que hay menos tiempo para leer, otros piensan que si algo nos ofrece nuestro modo de vida son horas de ocio. De lo que probablemente carezcan quienes se extravían en el scrolling de Instagram es del interés por la literatura, el arte, y sus inigualables posibilidades. Si una persona se embarca en esas series interminables de varias temporadas donde todo es previsible y se reiteran los argumentos con una resolución arbitraria, es porque la lectura no es para ella. No sabe de lo que se pierde. Durante mucho tiempo promoví entre conocidos y desconocidos la lectura. Muchos de los libros que presté y no me fueron devueltos lo hice con ese propósito, y lo que resultó es que he tenido que recomprar los libros que desaparecieron de mi biblioteca. Hoy, cuando alguien me dice que no le interesa leer, pues respeto que se haya decidido por la ignorancia. De modo que este ensayo está dedicado a los lectores de literatura, a los que saben que mientras más se lee más queda por leer, y para quienes descubrir a un autor que nos emocione es lo mejor que pueda existir. Ya lo decía Einstein: “La creatividad es la inteligencia divirtiéndose”, y nada más creativo que la literatura valiéndose de la palabra como su versión inequívoca del arte.

De pronto no conoces un autor y basta una recomendación que actúa como una persuasión estética, como un atractivo señuelo para que leas su obra. Estos elogios suelen traer la dicha del convencimiento. Me sucede con los autores que valoro: trato de leerme lo más de su producción. En la reciente presentación de un libro póstumo en una librería de Caracas hablamos una alumna y yo sobre mi última novela, Ve a comprar cigarrillos y desaparece. Ella me pregunta si he leído al escritor español Jacobo Bergareche (Londres, 1976). Le respondo que no he oído hablar nunca de él. Me sugiere visitar Los días perfectos, porque encuentra alguna familiaridad con mi novela.  Me la envía en su versión digital, leo las primeras páginas y quedo completamente secuestrado por sus párrafos. Quiero tener el libro y compro una edición usada. Lo leo y subrayo como hago con los libros que me invitan a hacerlo. En medio de la lectura de Los días perfectos, el narrador recuerda un libro de Faulkner que le ha recomendado su mujer, Las palmeras salvajes. Esas menciones no son inocentes en ningún escritor. Salgo a comprarla y en la librería también consigo la novela de Bergareche, Las despedidas, y la agrego a la compra. La trampa del azar comienza a cercarme. En el ínterin contacto al autor a propósito del lanzamiento de su libro Tío grande. Cristina Castillón de Los libros del Asteroide tiene el buen gesto de hacerme llegar el nuevo libro. En unos quince días he transitado del desconocimiento del autor a leerme tres de sus libros. Y tanto ha valido la pena que me pongo a escribir sobre ellos, que es el último y más exigente peldaño en la afirmación de la amistad literaria con la obra de un escritor. He abundado en los detalles porque a veces los libros salen al encuentro del lector.

"Los días perfectos es el anti viaje de Ulises: el personaje va a Austin para encontrarse con una amante de ocasión que le hace luminosa su vida"

Las muy tentadoras novelas Los días perfectos y Las despedidas son el anverso y reverso de una situación sentimental explorada desde la infidelidad. O desde el tedio que puede producir la normalidad dentro de la “pareja desgastada”. La costumbre asfixia, y el hastío devora las relaciones como lo hacen las termitas con una mesa de patas bien puestas. Tío grande explora una heterodoxia distinta: la de nuestra civilización y sociedad y las pone a prueba con uno de los elementos más polémicos de la opinión pública y la demagogia de nuestros días: la migración. Los días perfectos es el anti viaje de Ulises: el personaje va a Austin para encontrarse con una amante de ocasión que le hace luminosa su vida. Antes de llegar a su destino, la amante decide rescindir la relación y la primera parte se nutre de los instantes únicos que ha pasado con ella, mientras que la segunda es la carta del protagonista a su esposa reprochando lo que va quedando entre ellos. El narrador fija un hito de la relación de parejas: el aburrimiento, y señala que cuando aparece actúa como un cuchillo divisorio:

“Qué razonable sería sustituir en las bodas la palabra muerte por la palabra tedio, ¿no crees? El mundo sería un sitio más alegre y sobre todo, más comprensible y comprensivo. Observa cómo cambiaría la cosa, imagínatelo dicho frente a un altar: “prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que el tedio nos separe”. (Bergareche, Jacobo. Los días perfectos. Los libros del Asteroide. España, 2021, p.116)

"No es lo mismo el instante, el kairós, que ese inabarcable y dudoso sentido cristiano de la eternidad"

Estos días perfectos representan la búsqueda del momento superior, del día inolvidable, de esa evocación que se atesorará en lo sucesivo. Del kairós griego, la oportunidad relámpago, la ocasión, el instante coyuntural que se relaciona a la postre con la realización de vida, la explicación del todo y el sentido de que lo vivido redunda en la recolección de nostalgias. ¿Es esto posible? ¿Puede establecerse una bitácora de la fortuna, una agenda que mida los puntos alcanzados? ¿O esto no pasa de un recurso literario expuesto para contar nuestras miserias y algunos retazos de felicidad? Por otra parte, hay una preocupación del rango de esta práctica que engloba el problema occidental, porque no es lo mismo el instante, el kairós, que ese inabarcable y dudoso sentido cristiano de la eternidad, además ultramundano, como apunta el autor, citando al Nobel de Literatura, Peter Handke:

“… Kairós, el instante preciso, que era la medida del tiempo en que los antiguos griegos buscaban la realización. Después de los griegos, dice Handke, vinieron los cristianos, y ampliaron la medida del tiempo en que una persona debe buscar la realización, y esa nueva medida era exactamente lo contrario del instante: el logro a que se aspiraba era nada menos que la eternidad.” (Los días…, 51)

"La relación eventual con Camila es reveladora, mágica, totalizante, y una vez que confirma que no volverá se convierte en idílica"

Nuestro personaje de Los días perfectos se llama Luis, es periodista y tiene la fortuna de que su periódico lo mandé en misión a un congreso en Austin, donde se encontrará con Camila para verificar el atajo del adulterio que lo anima al balance de su vida conyugal en el que su esposa no sale nada favorecida. Hasta se jacta de tener un amigo que ha automatizado la infidelidad. La relación eventual con Camila es reveladora, mágica, totalizante, y una vez que confirma que no volverá se convierte en idílica, la edad de oro perdida a la que quiere regresar. En términos homéricos, Camila es Circe o Calypso, mientras su esposa es una anti Penélope que ni sabe que lo es, pero tal vez se enterará con la carta que Luis le echará en cara en el juicio matrimonial que se propone urdir y que no sabemos hacia dónde lo llevará. Luis le escribía versos procaces e inmundos a su amante transoceánica, con los que subsiste en las gacetillas eróticas que le hacía llegar: “esos versos te parecían un delito muy superior a una infidelidad”. (Los días…, 72) Este hedonismo lo conduce a la elevación de lo fugaz como metáfora de la rendija mágica por donde contempla esa idea precaria del júbilo, una idea sostenida por un individualismo más que yoísta, aunque se disfrace con un estratégico nosotros (“… me cabe la duda de si en realidad solo nos enamoramos de nosotros mismos enamorados”. Ibidem, 19):

“Cuál ha sido mi minuto de oro. (Los días…, 67) … cada segundo estaba lleno de sí mismo. (Ibidem, 85). … no había otro mundo que aquel que estaba frente a mis ojos. (Ibidem, 86) … me hacías asomarme a tus ojos para ver al mundo de otra manera. (Ibidem, 95) Me esforzaba por vivirlo, atendiendo lo que dice Pessoa: para ser feliz es preciso no saberlo. (Ibidem, 100) … el peligro que tiene cumplir un sueño adolescente cuando uno empieza a tener canas.” (Ibidem, 111)

"El repaso de los días perfectos le hace enumerar los tantos imperfectos que tiene, especialmente los ligados a su esposa"

En la primera parte de la novela, una vez que se ha manifestado la disolución de la relación con la amante, Luis investiga el archivo de William Faulkner en el archivo del Harry Ransom Center de la Universidad de Texas en Austin y descubre cartas íntimas del escritor a una amante secreta que tiene, Meta Carpenter. Estas cartas traen los dibujos y viñetas del propio Faulkner entre los cuales se describe un día perfecto cuando disfrutan “de su mutua compañía”. El párrafo que sigue lo recomiendo frente a los selfis de Instagram y sus juramentos de la felicidad pagada con una tarjeta de crédito:

“Bill (William Faulkner) llama a la puerta del dormitorio de Meta (Meta Carpenter, su amante) con una pala de ping-pong en la mano, la despierta, desayunan, juegan al ping-pong, disfruta siendo vapuleado por una mujer más ágil que él, conducen por Sunset Boulevard, van a la playa, se tumban en la arena hasta el atardecer, beben unas cervezas, vuelven a casa (o a un motel) y dejan su ropa en unas sillas. Nada de lo que ocurre es extraordinario, y sin embargo es un día perfecto, merece un reportaje, dos páginas enteras de un periódico para narrar en exclusiva la extraordinaria noticia de ese día perfecto”. (Los días…, 49-50)

"Hay algo de estoicismo en el personaje Luis al aceptar su suerte maltrecha, a pesar de sus días pasados y mejores con su amante"

Luis se asoma por el documento que da cuenta del día perfecto de la parejita adulterina del escritor más celebrado de los Estados Unidos para recordar su aventura frustrada y sus días ya idos con Camila, para luego embestir contra su esposa en la búsqueda de una chiva expiatoria a la medida de su tranquilidad de conciencia. Comienza a prepararle un expediente y todo un libelo de demanda que le hará llegar para manifestarle su descontento de vida. Le escribirá una carta que sellará su suerte y la de su vida de todos los días. El repaso de los días perfectos le hace enumerar los tantos imperfectos que tiene, especialmente los ligados a su esposa. Su relación con Paula es la de la pareja mecanizada que se ha secado, que no da para más, que desconoce el brillo de cualquier fantasía. El gran temor del personaje es la normalidad, regresar a casa y continuar con sus rutinas:

“Pero hace tiempo que esa narración se ha secado, hace años que no imaginamos juntos. (Los días…, 140) … ya no alimentamos esa narración compartida (Ibidem, 144). … tengo que decirte que tengo miedo de que algún día el manantial de mi fantasía termine topándose con el manantial de otro fantasía. (Ibidem) … me ha entrado la angustia de volver a casa (Ibidem, 145) ¿Qué es lo que queda entre nosotros realmente aparte de una serie de rutinas con las que hemos mecanizado nuestro matrimonio? (Ibidem, 152) Sospecho que mi falta de capacidad para diagnosticar lo que nos pasa con exactitud se debe a que no nos pasa nada juntos. (Ibidem, 155)

Hay algo de estoicismo en el personaje Luis al aceptar su suerte maltrecha, a pesar de sus días pasados y mejores con su amante, y aquí finalmente se devela la relación con los personajes de Las palmeras salvajes de Faulkner, libro que como un oráculo involuntario le ha regalado Paula a Luis, ya que los personajes de la novela de Faulkner aceptan y confirman sus condenas carcelarias, y eligen “el dolor sobre la nada”. Finalmente, lo que queda es la reminiscencia y el personaje, rumbo a su destino del dolor, invoca quedarse con los momentos vividos a los que ha convertido en arquetipos:

“Hay que identificar esos días perfectos y transformarlos en arquetipos que funcionen como los standards en el jazz, días amados a los que les hemos extraído su melodía para poder usarla de base, de plantilla, para tocar de nuevo en pareja e improvisar juntos nuevos momentos”. (Los días …, 161)

"A los personajes masculinos de Bergareche parecen pesarle el matrimonio"

Cronológicamente, he leído Las despedidas luego de Los días perfectos. Aquí el tema de la infidelidad tampoco se salva, y se eleva quizás mucho más que en la novela anterior a pesar del carácter sanador con que se la quiera encubrir. Diego y Claudia son una pareja asentada, casada y ciertamente desgastada, pero la costumbre se impone y, especialmente, con una buena situación económica que resiste toda borrasca. La prosperidad, como el dicho del dinero, ayuda. La pareja está por estrenar con boato la casa nueva de Menorca, proyectada por un arquitecto de firma. En una de las idas a la playa, a Diego le “suena” la cara de una mujer que ha visto desde un restaurant. Logra ponerse en contacto con ella y descubre que ha sido la mujer con la que ha tenido una relación new age en un evento de Nevada, el Burning Man, ya se sabe pues el recambio de piel y de vida, el hombre viejo que se despide y el nuevo que llega, el que abandona la vida que lo persigue y la vence dejándola en el desierto, porque el festival se hace en el desierto. Diego se ha ido a este festival a curarse del dolor que ha provocado el suicidio de un primo, y su mujer, Claudia, lo alienta. La pareja del desierto es como la del Último tango en París, no se dan sus nombres y se despiden (“Las despedidas tienen que ser cortas, le decía ella entonces, y las bienvenidas largas”. Bergareche, Jacobo, Las despedidas, Los libros del Asteroide, Barcelona 2023, p. 105) para encontrarse años después en Menorca por casualidad. La mujer ha venido con un hijo. Diego saca la cuenta: tiene que ser suyo. Esto refresca también sus días perfectos, pero a diferencia de su novela hermana, todo permanecerá en el recuerdo y en la queja de Diego hacia su esposa, a los que se agregan un accidente de carro, una columna desportillada y probablemente un reclamo. La vida sigue a pesar de sus rutinas perversas con la champaña de turno. A los personajes masculinos de Bergareche parecen pesarle el matrimonio porque derrochan adjetivos para denostar de las esposas. Claudia es la esposa, constituye parte de la pareja desgastada y Diego lleva la cuenta de lo que le pesa y de la frecuencia mensual con que se tocan:

“… ahora se daba cuenta de que aquellos encuentros sexuales no habían dejado en su memoria más que un tick en una lista mental de tareas, pero no un video en la memoria, no había conservado en ella una postura, una frase lasciva, un beso en la boca que pudiera rumiar …” (Las despedidas, 59) … en un restaurante solo hay dos tipos de parejas, las que no tienen nada que contarse y las que todavía follan.” (Ibidem, 110)

"Al final quedan en vilo las evocaciones y el regreso a la normalidad es completo y nada parece detenerlo"

Al final quedan en vilo las evocaciones y el regreso a la normalidad es completo y nada parece detenerlo. La mujer de los Estados Unidos se habrá ido en una navegación incógnita con su velero, probablemente rumbo a la muerte porque ha venido con un cuerpo derrumbado con tres tallas que le faltaban en la cara, a pesar de que trae la vista de las estrellas y quizás, la buena suerte de verlas. El tema del velero y la navegación le otorga frescura al relato y uno de los mejores instantes narrativos es el que da cuenta del nombre del velero, Nepenthe, la sustancia que tiene en cuenta Helena de Esparta cuando llega Telémaco a la casa de Menelao y quiere que le hablen de su padre, Ulises, y de la guerra de Troya y la sirve en el vino, así como el personaje Diego la tendrá en cuenta para sus convocatorias:

“… era más difícil poner nombre a un barco que a una persona… Habría que hacer un libro de nombres de barcos, dijo, todos tienen una buena historia detrás. (Las despedidas, 96) (Nepenthe) Es el nombre de un restaurante muy famoso en Big Sur, que está colgando sobre un acantilado… Pero el barco no se llama así por el restaurante… Quiere decir anti-dolor, era una sustancia que tenían los griegos que si la tomabas se te iban todas las penas. Eso es lo interesante del Nepenthe, que no es una droga para olvidar lo que te duele, al revés, es algo que uno se toma para poder hablar de todo lo triste en medio de la fiesta” (Ibidem, 158)

"Más que una novela constituye el relato autobiográfico de un viaje que hace con su amigo guineano y migrante a España, Amadou, a Guinea"

Tío grande es el último libro en mi reciente trilogía de lectura de Jacobo Bergareche. Más que una novela constituye el relato autobiográfico de un viaje que hace con su amigo guineano y migrante a España, Amadou, a Guinea. Este muy necesario viaje de este muy necesario libro en esta muy necesitada sociedad de esclarecimientos, se convierte en una guía para la empatía. Escribo desde un país, Venezuela, donde se ha ido un cuarto o un tercio de la población; las cifras siempre son desconfiables o se convierten en estadística. No abundaré en las razones políticas, económicas y autoritarias detrás de cada uno de los venezolanos que abandonó su país para radicarse fuera y los peligros que atravesaron. Como Amadou, los venezolanos también fueron a pie en muchos casos. Si Amadou atravesó la delicada geografía de los touaregs, los venezolanos menos favorecidos cruzaron la selva del Darién. Amadou pudo contarlo a través de Bergareche, pero seguimos esperando en Venezuela ese y muchos más relatos de esa épica sin dioses, y muchos menos griegos. El viaje de nuestro amigo Amadou, porque es inevitable encariñarse con él es una odisea de nuestros tiempos, o tal vez la contra-odisea de nuestros tiempos porque quienes salen de sus países buscan reformular un hogar con o sin sus Penélopes en los lugares a que emigran y no se encuentran con la mejor de las bienvenidas.

También Bergareche ha realizado este viaje con Amadou, un hermano sustituto, tras la invocación de su hermano Roque asesinado en Angola. Jacobo organiza en Madrid unos torneos de Mus anualmente y en uno de ellos conoció a Amadou:

“En el viaje de Amadou quise ver el reverso del viaje de mi hermano. Su pena al rozarse con la mía provoca una chispa, que por un instante ilumina unos versos de Luis Rosales que me consolaron durante mi duelo: ‘El dolor es un largo viaje, / es un largo viaje que nos acerca siempre, / que nos conduce hacia el país donde todos los hombres son iguales’. No está claro que en ese país seamos admitidos juntos Amadou y yo, pero quizás ese coche en el que viajamos de noche Amadou y yo sin saber muy bien por qué lo hacemos sea ese país”. (Bergareche, Jacobo. Tío grande. Los libros del Asteroide, España 2026, p. 44)

"El viaje se repite a lo largo de los siglos. Es el hombre que huye de un entorno hostil, del hambre, de la guerra, de las miserias acumuladas"

El peligro es la calificación permanente del viaje de Amadou a España. La muerte acecha, muchos de sus compañeros de viaje se quedan en el camino. El objetivo es tener una vida decente, trabajo, unas zapatillas deportivas, un lugar limpio donde dormir, y, ante todo y muy importante, la posibilidad de apoyar económicamente a sus familiares que permanecen en el lugar de origen, en este caso, en Guinea. El viaje se repite a lo largo de los siglos. Es el hombre que huye de un entorno hostil, del hambre, de la guerra, de las miserias acumuladas por generaciones, y busca verse en el espejo con alguna dignidad y arraigo que probablemente nunca tenga del todo. Más que viajes como los llaman nuestros trotamundos de las agencias de viaje o el engañoso “marketing filantrópico”, son verdaderas pruebas de supervivencia. La descripción de esta epopeya dolorosa la realiza Bergareche con elocuencia:

“Los viajes de los migrantes africanos hasta llegar a Europa no difieren más que en una cosa de aquellos que incluimos desde hace milenios en el canon de nuestra literatura clásica: sus protagonistas no son reyes ni príncipes. Todo lo demás es igual: sus dimensiones en el tiempo y el espacio son verdaderamente homéricas, están plagados de naufragios, de pueblos hostiles que asaltan al forastero, de rincones del mundo en los que uno puede quedarse atrapado durante años, de dioses iracundos que envían tormentas y hambrunas, de fosos, murallas y alambradas que emulan al laberinto del minotauro, y Escila y Caribdis”. (Tío grande, 99)

"En Tío grande la infidelidad es con la sociedad que mira al migrante con desprecio cuando lo encuentra en sus calles e insulta su origen"

En Tío grande la infidelidad es con la sociedad que mira al migrante con desprecio cuando lo encuentra en sus calles e insulta su origen. Es un libro contraindicado para los pobres de espíritu, los nacionalistas, los ortodoxos, los que hablan de Occidente y carecen de cualquier civilidad que no sea la del grito. Este libro es para quienes aspiran a que el mundo pueda convertirse en una sana convivencia globalista y cuando miremos con respeto al otro, nuestro orbe va a ser bastante más decente de lo que viene siendo. La lectura de las libros de Bergareche se convirtió para mí en una buena noticia, porque al lado de sus tramas heterodoxas, a las que acompaña un sentido estético elevado, incluyen como los libros que hablan de otros libros, el homenaje a la literatura hecha por otros. En Tío grande el autor dedica unas líneas a La montaña mágica, una novela que ha significado mucho para mí y que me ha hecho subir al Berghof en cuatro oportunidades. Ruego al lector que además de leer estos muy ponderables libros de Jacobo Bergareche, no deje de hacerlo con Las palmeras salvajes de Faulkner. Le aclaro al lector que la versión castellana de esta novela dual y desolada fue traducida por Jorge Luis Borges y que para muchos autores latinoamericanos como García Márquez o Vargas Llosa fue la puerta de entrada al escritor de Missisipi. Harold Bloom describe a Faulkner como el novelista estadounidense más fuerte del siglo XX, superando a Hemingway y a Fitzgerald, y lo estima como un heredero de Sherwood Anderson y de Joseph Conrad, así como de la poesía de T. S. Eliot. Siendo que sigo a Bloom en casi todos sus predicamentos, lo acompaño también en esta arbitrariedad. A quienes tengan matrimonios desgastados recomiendo leer Los días perfectos porque oculta la propuesta tendenciosa o la cordura sobrevenida de saber que podemos vislumbrar el nudo gordiano de una relación en medio de frases salvadoras. Que el tedio no haga de las suyas y que, si alguien nos separa de la muy buena literatura de Bergareche, que sea nada menos que ese caballero del sur llamado William Faulkner.

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Autor: Jacobo Bergareche. Título: Tío grande. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus libros.

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