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Joan Margarit, la cicatriz de la melancolía

Joan Margarit, la cicatriz de la melancolía

Pero una herida

es también un lugar donde vivir.

JOAN MARGARIT

Schubert, claridad, reflexión, memoria, equilibrio, pedagogía. Todo eso se esconde detrás de cada poema de Joan Margarit (Sanaüja, 1938 – Sant Just Desvern, 2021), el arquitecto que hizo un edificio perfecto con las palabras, que fue capaz de ascender al cielo serenamente, desde la pasión que da el conocimiento, desde la mesura que da la razón. A Margarit, seguramente, lo ha querido casi todo el mundo. Y lo hemos querido mucho porque tenía esa dignidad de los grandes intelectuales que implica mirar con respeto, escuchar con atención lo que explica la otra persona. Y responder luego despacio, sin soberbia, sin petulancia. Margarit era/es tan auténtico como cualquiera de sus poemas, como ese monumento al compromiso que es “La Llibertat”:

La llibertat és la raó de viure,
dèiem, somniadors, d’estudiants.
És la raó dels vells, matisem ara,
la seva única esperança escèptica.
La llibertat és un estrany viatge.
Són les places de toros amb cadires
damunt la sorra en temps d’eleccions.
És el perill, de matinada, al metro,
són els diaris al final del dia.
La llibertat és fer l’amor als parcs.
La llibertat és quan comença l’alba
en un dia de vaga general.
És morir lliure. Són les guerres mèdiques.
Les paraules República i Civil.
Un rei sortint en tren cap a l’exili.
La llibertat és una llibreria.
Anar indocumentat. Són les cançons
de la guerra civil.
Una forma d’amor, la llibertat.

"Un poeta que fue capaz de hacer de su amor a la lengua y a la vida una forma de resistencia"

Desde que publicara en 1963 Cantos para la coral de un hombre solo (con prólogo de Camilo José Cela en el que me parece que el gallego no acaba de entender qué quería hacer/decir Margarit) hasta este momento, en que en un par de semanas saldrá publicada la obra que deja inédita, Animal de bosque (Visor), han pasado cincuenta y ocho inviernos y se ha constatado la evolución fascinante de un poeta que fue capaz de hacer de su amor a la lengua (a las lenguas, en plural, porque primero escribía en catalán y luego pasaba el poema al español) y a la vida una forma de resistencia ante las incoherencias de otros.

Tengo la impresión de que, desde los años ochenta en que empieza a escribir primero sus poemas en su lengua materna, el catalán (gracias al consejo de otro gran autor al que no se ha tratado como se debiera fuera de Cataluña, Miquel Martí y Pol), construyó su camino creador con la misma precisión y energía con la que seguramente explicara su asignatura, Cálculo de Estructuras, en la Escuela Superior de Arquitectura donde ejerció como catedrático. Así, paulatinamente, ha ido edificando una poética, tan suya, tan propia, que leyendo sólo unos pocos versos, permitía que se identificara al autor: Joan Margarit.

"Un mal poema ensucia el mundo, escribió, y tiene razón. Hay miles de libros que nunca debieron escribirse"

Debo decir que mi profunda admiración por él llegó con Joana. Poseía una belleza tan desgarradamente serena que te atravesaba como un puñal y, a la vez, no sé bien cómo, daba paz, la misma paz que trasminaba su mirada franca, cargada de nobleza. Puede parecer contradictorio, pero no lo es: su hija, afectada por el síndrome de Rubinstein-Taybe ejerció —a mi modo de ver— una benéfica influencia sobre todas las facetas de la vida de Joan, que acabó por descubrir en ella la inocencia y la pureza llevadas al extremo y así fue capaz de evidenciarlo en esa elegía esplendente. Ella y ese amor permanente que fue su esposa Mariona Ribalta —Raquel en sus poemarios— junto a su modo de entender lo literario (reflexividad, análisis de la historia generacional compartida, luminosidad poemática en un proceso de autodespojamiento de todo lo que no fuera imprescindible para el armazón lírico) aportan las claves fundamentales para comprender de qué modo alguien es capaz de ordenar el universo en un poemario. Parafraseando uno de sus títulos, No era lluny ni difícil. No estaba lejos ni era difícil, pero no comprendo bien por qué otros autores lo hacen todo tan complejo o tan lejano, tan distante de la realidad de las personas a las que, teóricamente, destinan su escritura. Ellos sabrán. Por lo pronto debo decir que Joan Margarit era/es un poeta de la gente, de los lectores normales que buscan refugiarse en el verso de los vaivenes de la vida, del tiempo, del dolor, de la nostalgia. Seguramente, como él ha sido un hombre misteriosamente feliz que se conocía bien a sí mismo, ha sabido transmitir subrepticiamente el enigma a través de su lírica para lectores avisados. No digo académicos: digo avisados, proclives a entender y entenderse con el verso limpio. Aquí tengo, justo al lado, esa Poética (editorial Arpa, 2020), una obra altamente recomendable, cuando dicto estas reflexiones sobre una persona que tenía la palabra sí y una sonrisa presta para su interlocutor y que abrazaba de verdad en un mundo de cartón piedra. Habla aquí, en esta suma de ensayos, sobre qué es para él la poesía, para qué sirve, cuál es el papel del lector… de cuestiones esenciales, con su habitual rigor, con su prosa cincelada donde se entremezclan, como argamasa perfecta a partes iguales, verdad y belleza. «Un mal poema ensucia el mundo», escribió, y tiene razón. Hay miles de libros que nunca debieron escribirse (muchos se están publicando ahora) porque la ambición supera a la sensatez. Vivimos en una sociedad donde todo el mundo cree ser Rilke, Baudelaire, Gabriela Mistral, Emily Dickinson o Elizabeth Bishop, donde se le ha perdido el respeto al propio acto de escribir, que dista mucho de ser literatura porque se derrumba sólo soplando un poco en la fachada. Falta una planificación previa del poema, armonía, proporción, medidas y unos cimientos consistentes, como explica en sus Nuevas cartas a un joven poeta, un opúsculo brillante que obligatoriamente debiera leer cualquier escritor (y cualquier crítico/a) actual; considera Margarit “que la parte más importante del trabajo de un poeta que necesite unas condiciones innatas es una advertencia de que escribir poesía no es un oficio o una profesión. Ser poeta es una manera de ser o de estar en el mundo, como diría Heidegger”. En ese contexto, encontrar un autor sólido cada vez empieza a ser más complicado. Y ser un referente, un edificio firme al que tomar como modelo en este momento de crisis, más aún. Joan Margarit lo ha logrado y es hoy un referente claro de autores contemporáneos como Josep M. Rodríguez (en mi opinión, el poeta catalán más interesante de los nacidos desde 1970, una suerte de heredero intelectual del maestro Margarit), Raquel Lanseros, Ioana Gruia o Marisa Martínez Pérsico, por no extenderme demasiado. En el invierno de su vida, en aquel hivern fascinant que publica en español con el título de Un asombroso invierno (2017), con su honda lucidez afirma:

Tiene el poeta un espejo propio
frente al cual todo pasa lentamente
y ensayan los poemas que no escribirá nunca
su majestuoso vuelo.
Pero los de verdad están detrás,
donde el mundo real cruza furioso.

Es verdad, Joan, la vida seguirá con su prisa, sus angustias y sus momentos de tímida felicidad. Y destilará poemas, algunos buenos, pero tú has dejado ya tu impronta, esa pincelada en el mural colectivo de una tradición plural, como querías, igual que un cantero, en su modestia, dejaba su marca oculta entre las piedras de una catedral. Formas parte desde hace décadas de nuestra historia emocional, y ahora te has convertido en materia libre en la infinitud del cosmos. Ora Schubert, ora Bach, suenan de fondo.

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