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Joan Margarit: Tiempo, soledad, espera y compasión

Joan Margarit: Tiempo, soledad, espera y compasión

La vida es, con la edad, un patio que da al norte

JOAN MARGARIT, Amar es dónde

Creo que era el año 2009 cuando asistí por primera vez a una presentación/lectura de poemas de Joan Margarit. Recuerdo que, al terminar, entre las intervenciones del público, le felicité no sólo por la hondura de sus textos, sino por su manera también honda y auténtica de recitarlos. Margarit leía sus versos con sencillez, sin engolamiento o notas falsas, como quien se siente a gusto desgranando historias de la vida en compañía de un pequeño grupo de amigos. Agradeció mi comentario y me respondió que se veía a sí mismo ya como un viejo instrumento, un viejo violonchelo, y que se alegraba si conseguía ser un medio que no interfería ni molestaba al transmitir su poema. Años después, en otra presentación, mientras estaba firmándome un ejemplar, le dije: “Joan, esta vez no ha podido venir conmigo mi hijo. Está adolescente y ya no…”. Interrumpió por un momento la firma, me miró con ojos emocionados y, como si tratara de transmitirme consuelo, me comentó: “No te preocupes. Los hijos vuelven. Terminan por volver”.

"El desglose, casi obsesivo, de la soledad, del silencio y del frío ocupa muchas páginas del último Margarit"

En estos días, pasadas pocas semanas desde su fallecimiento, releo varios de sus libros y, desde este nuevo, triste ángulo de su desaparición y ausencia, percibo sobre todo la conciencia clara y persistente que Margarit tenía, en sus años finales, de la fugacidad de las cosas de este mundo: los viejos lugares, las personas, su propio tiempo, la sexualidad, las obras artísticas… “Donde solíamos / sentarnos juntos / hay otra gente”, escribe en “Concierto”, dentro de la obra de 2015 Amar es dónde. Una manera hermosa y humilde de permanencia y de resistencia al tiempo es la que proponía el poeta catalán en unos versos de Se pierde la señal (2012): “Yo desearía que un poema mío / fuera una sala que amparase a alguien”. En Misteriosamente feliz, de 2009, deslizaba esta esperanza: “Que alguien recuerde así —tan compasivo y hondo— algún poema mío”. Puede leerse Se pierde la señal como una profunda reflexión sobre la fugacidad de nuestro mundo, del devenir representado por un avión que despega y se pierde allá en lo alto. En otro texto de esta obra, “Retirada”, expresa la perplejidad, la extrañeza con la que acabamos percibiendo el mundo: “No alcanzo a comprender a los amigos / que, como yo, se han hecho viejos, / no sé de qué podemos conversar. / Cada nueva pareja de mis hijos / es alguien más extraño para mí”. ¡Cómo recuerda esa visión a la que también tenía el gran Leonard Cohen en el último disco que pudo grabar en vida! Junto con un catálogo de fragilidades y certezas, el poeta canadiense, en su canción Leaving the Table, escribía: “I don’t know the people in your picture frame”. La sucesión de rostros nos desborda, nos supera tanto como los veloces cambios de nuestra existencia. Lo aparentemente estable se desdibuja o se reduce como en la constatación de los versos de Margarit en “Altamira”: “He olvidado la vida. Los recuerdos, / todos juntos, serían a lo sumo unas horas”.

Una buena manera de imaginar qué pasa por la cabeza de los ancianos cuando van cayendo los años y “nada enaltece a un viejo”, la encontramos en “Relato sentimental de la memoria”: “En la gente mayor la mente a veces / pone en marcha su lógica con furia. / Miradlos deambular por sus recuerdos: / recorren una costa desolada, / pues comprender no significa amar, / sino alejarse más”. El desglose, casi obsesivo, de la soledad, del silencio y del frío ocupa muchas páginas del último Margarit. “Nunca he olvidado aquellos años: son el calor que el sol no volverá a tener”, escribe en “Juventud”, de la obra Misteriosamente feliz, donde también leemos: “El tiempo aúlla, pero aúlla en silencio”.

"Al mismo tiempo, lo terrible parece convivir, en el poeta, con la percepción de la normalidad y liviandad de las cosas cotidianas"

Margarit (que además de poeta fue un destacado arquitecto, experto en cálculo de estructuras) circulaba un día en automóvil y vio derruida en un descampado una cúpula que de joven había construido. Este hecho dio lugar a un hermoso y lúcido poema que, precisamente, se tituló “Una estructura”: “Cuando era un hombre joven / construí una cúpula de hierro. / Hace unos meses que la derribaron. / Desde donde termina, la vida se ve absurda. / Pero el sentido lo da el perdón. / Cada vez pienso más en el perdón. / Vivo bajo su sombra. / Perdón por una cúpula de hierro. / Perdón para quienes la hayan derruido”. Así que Se pierde la señal estaba ya repleto de esa conciencia del final de la vida. Por ello en “Algo comienza” es capaz de decir(se): “Pronto será tan lógica tu ausencia / como ahora las luces / que se iluminan en el horizonte”. Mientras que en “Visitas de obra” desliza: “La vida se termina como empiezan las obras: /  perforar y romper para construir. / Una justificada destrucción”.

"No creía Margarit en trascendencias ni en resurrecciones, pero algo parece apuntar a un hermoso sentido inmanente entre las cosas y los seres de este mundo"

En 2009, tres años antes de Se pierde la señal, publicó Joan Margarit su obra Misteriosamente feliz. Ya estaba ahí también presente esa perplejidad que invade la manera de percibir de los ancianos: “Silenciosos, ahora los amores, / son icebergs errantes del pensar”. La vida ha pasado tan deprisa que, en el poema “Tu calle”, explica cómo llegó a una casa a los cuarenta y dos y de repente ya es otro, que tiene setenta. En el debate entre “Amor y supervivencia”, confiesa: “Destruido ya el pasado, no cesamos / de intentar reconstruirlo, igual que un caserón / (…) Aunque nunca sabré cuál de mis rostros / escogerás un día al recordarme”. Hasta los viajes a esa edad están cruzados por la conciencia del acabamiento, como en el tremendo “Nochevieja”: “Arrivederci, Roma. / Cuando nos despedimos / de una ciudad, los viejos / lo hacemos para siempre”. Tal vez porque, como señala en “Últimos libros”: “A la vez que la vida, va creciendo la muerte. / No hay más que una posibilidad: / comprender la palabra último”. Al mismo tiempo, lo terrible parece convivir, en el poeta, con la percepción de la normalidad y liviandad de las cosas cotidianas. “La vida comienza a hacerse incómoda, me dices, como cuando hace viento en un jardín” o con la necesidad de comprender y comprenderse, en el sentido o en el absurdo de la falta de sentido: “¿Por qué ha de ser tan duro que nada nos espere?”, o “Hoy, para comprender, ya es demasiado tarde”.

Para terminar, pocas sentencias tan certeras, hermosas e inapelables como la que propone Joan Margarit en su poema “Bodas de oro”, de Amar es dónde: “La vida es, con la edad, un patio que da al norte”. Con qué serenidad miraba a los ojos el poeta estos años finales: “Se acerca la última verdad, durísima y sencilla. / Como los trenes que en la infancia, / jugando en el andén, me pasaban rozando” —escribe en el poema “Identidad”—. No creía Margarit en trascendencias ni en resurrecciones, pero algo parece apuntar a un hermoso sentido inmanente entre las cosas y los seres de este mundo. Pues, tal como escribe en ese mismo libro, en su poema “La época generosa”: “La vida se alimenta / de días generosos. De dar y proteger. Si se ha podido dar / la muerte es otra”.

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