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Jon Lee Anderson: «Uno de mis criterios para medir a revolucionarios o políticos es su administración de la justicia»

Jon Lee Anderson: «Uno de mis criterios para medir a revolucionarios o políticos es su administración de la justicia»

Foto de portada: Gabriel Leigh.

La atracción de Jon Lee Anderson (California, 1957) por América Latina nació en sus primeros años. Como su padre era diplomático estadounidense, él vivió con su familia en nueve países diferentes antes de entrar a la universidad. En Colombia solo estuvo doce meses, pero fueron los del tránsito entre los tres y los cuatro años, esa edad cuando los niños absorben con energía todo a su alrededor. Bebió, entonces, de la violencia de aquel país cuando comenzaban a formarse las células más remotas de los grupos que luego se convirtieron en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Iba al parvulario con guardaespaldas armados; se acuerda de un hurto en su casa y de que asesinaron a un amigo de su padre. “Yo estaba fascinado con los peligros, como cualquier niño”, recuerda: “Pero a mi padre lo extenuaban los riesgos del país y procuró que nos transfirieran a Taiwán”. Por eso pasó el resto de su temprana juventud en Asia.

Si bien no tuvo contacto con el idioma castellano hasta más de una década después, estaba convencido de que lo hablaba de solo recordar las conversaciones con una niñera y amigos en su época colombiana. A los 15 años viajó a España y salió de su error. Entonces se propuso recuperar el idioma de su infancia —“era un afán visceral”, apunta—. Casi medio siglo después, Anderson habla un español impecable e imposible de localizar, en donde mezcla palabras y semánticas de gentes que viven de Madrid, Ciudad de México o La Habana; sorprende su facilidad para comprender las expresiones con doble sentido de los venezolanos o imitar la críptica entonación de los chilenos. Colombia determinó su pasión por el idioma, pero también un interés mucho más profundo, el propósito que resume su carrera de periodista: comprender en qué momento se tuercen quienes una vez tuvieron la mejor disposición para cambiar hacia mejor la historia.

"Mucha gente hablaba de golpe de estado en Bolivia, pero las opiniones se dividían sobre si éste había sido perpetrado por Evo Morales o por sus adversarios"

Su libro más reciente es un testimonio de tales pasiones. Los años de la espiral: Crónicas de América Latina es una compilación de columnas, obituarios y crónicas publicadas entre enero de 2010 y marzo de 2020 en la revista The New Yorker. El libro contiene 21 textos breves y 20 de largo aliento traducidos por Daniel Saldaña París y es un proyecto diseñado entre Anderson y Eduardo Rabasa, editor de Sexto Piso México, para lectores iberoamericanos. Durante la década pasada, Anderson fue con frecuencia a la región a cubrir los diversos cambios que comenzaron a gestarse allí. “Me di cuenta de que había un arco de experiencia, así que me puse a escribir un prólogo que reuniera el trabajo”, explica durante la entrevista hecha por streaming a propósito del libro. La estructura cronológica de la publicación permite dibujar un arco de sus experiencias al escribir sobre los acontecimientos que sacudieron a la región durante estos años.

En el prólogo, escrito originalmente en castellano por Anderson, se resumen los seis temas que pintan la imagen de “la espiral” en el título del libro. La primera pincelada es la volatilidad de la situación política, marcada por noticias inesperadas, disturbios y golpes. Más que imprevisto era necesario el acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC, alcanzado en agosto de 2017, tras dos años de negociaciones en La Habana. “Después de medio siglo de conflicto encarnizado, los reencuentros familiares no presagian necesariamente una sencilla reconciliación política”, reflexiona Anderson en la crónica, en donde conversa con Carlos Antonio Lozada y otros comandantes de la guerrilla. Las revueltas de 2018 en Nicaragua son un ejemplo de las candentes batallas en las calles de la región; la causa directa de los motines fueron los recortes en las prestaciones sociales, pero sin duda en el centro del descontento latía el hartazgo con la gestión de Daniel Ortega, único presidente del país desde 2007. Con la década termina también el gobierno de Evo Morales en Bolivia. “Mucha gente hablaba de golpe de estado, pero las opiniones se dividían sobre si éste había sido perpetrado por Morales o por sus adversarios”, escribe en la crónica “El palacio quemado”, del 16 de marzo de 2020.

"Las alusiones de Anderson a Castro y a Chávez son constantes. De los 41 textos que componen el libro, 16 se refieren a Cuba o a Venezuela, y en los demás hay frecuentes alusiones a estas repúblicas o a sus presidentes"

El desenlace de uno de los gobiernos socialistas señeros de la región sirve para introducir la segunda pincelada de la espiral. Anderson se refiere a la muerte de líderes carismáticos como Fidel Castro y a la caída en desgracia de Rafael Correa en Ecuador, Luíz Inácio «Lula» da Silva en Brasil y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina como cambios “que bien podrían resultar sísmicos” en una región donde la izquierda había dominado la escena política desde 2000. “Esa tendencia, que algunos analistas bautizaron como la «marea rosa», se caracterizó por la emergencia de un nuevo tipo de populismo latino de izquierda, encarnado en el fallecido líder venezolano Hugo Chávez”, escribe el autor, antes de puntualizar que la influencia del también carismático Chávez la impulsaron el auge en los precios globales del petróleo y el interés de China en acceder a recursos naturales y mercados latinoamericanos.

Las alusiones de Anderson a Castro y a Chávez son constantes a lo largo de Los años de la espiral. De los 41 textos que componen el libro, 16 se refieren a Cuba o a Venezuela, y en los demás —o al menos en la mayoría— hay frecuentes alusiones a estas repúblicas o a sus presidentes. Su fascinación por Castro y Chávez o por las revoluciones que ellos emprendieron en sus países se encuentra también en una publicación anterior, El dictador, los demonios y otras crónicas (Anagrama, 2009). Ahora trabaja en un libro sobre Castro, al que define como una “especie” de biografía, en donde contempla a la Revolución cubana como un hito en la historia. “Tan pronto murió Fidel [Castro] se acabó todo”, reflexiona durante la entrevista: “Ya nadie está hablando de revolución”. Se pregunta si fue la longevidad del líder lo que ha mantenido más de medio siglo con vida a la Revolución cubana, extendiéndola quizá dos décadas más de lo que le tocaba existir: “Creo que hace falta algo más que una simple biografía para comprender este proceso, y en lo que estoy escribiendo me esfuerzo por enraizarlo en la actualidad, preguntándome qué pasó con todo aquello”.

De malandros, exconvictos y otros bichos

Una tercera pincelada para esbozar el paisaje de los años de la espiral es la consolidación del crimen y la violencia en la mayoría de los países de la región. No se trata solo de la corrupción de los gobiernos en Panamá, Brasil o Argentina —entre una larga lista— o de los escándalos de los Papeles de Panamá y del caso Odebrecht. También se trata del afianzamiento de América Latina como la cuna del narcotráfico y del fortalecimiento de una tendencia que apareció al final del siglo XX: las bandas criminales. Las hay en las grandes ciudades de México, Colombia, Brasil y muchos más países, pero en el caso de Venezuela llegan a ribetes alarmantes. En la crónica “El señor de la miseria” escribe:

“Cuando le pregunté [a un exconvicto llamado José Argenis] cómo se había extendido tanto la cultura de los malandros respondió que era a causa de las cárceles. Los hombres que estaban adentro ya ni siquiera intentaban escaparse, me explicó, porque «tienen todo lo que necesitan ahí» (…). La economía de las cárceles estaba en apogeo, generaba millones de bolívares a través del control del narcotráfico”.

"Las crónicas de Los años de la espiral cuentan historias de héroes y antihéroes en una década cuando los levantamientos sociales en la región sirvieron de termómetro de sus grandes problemas"

Los últimos tres brochazos del paisaje en espiral están muy relacionados. Uno es la tendencia al populismo autoritario y a la militarización —que, en honor a la verdad, son atávicos en una zona donde la “novela del dictador” es un arquetipo narrativo—. Otra pincelada muestra la acentuación del éxodo latinoamericano. Y la última involucra a Estados Unidos: se trata de las lamentables consecuencias para la región que tuvo el viraje radical de la política en ese país con la llegada de Donald Trump a la presidencia. En una crónica del 18 de marzo de 2018 titulada “Mientras Castro se prepara para dejar el poder, la política de Trump en torno a Cuba es un camino a ninguna parte”, Anderson concluye con estas palabras: “La actitud intimidante de Trump sólo hace más probable que los cubanos, con o sin Castro, hagan lo que han hecho durante los últimos 59 años: exhibir un orgullo necio y, si es necesario, forjar alianzas tácticas con cualquier enemigo geo-estratégico de Estados Unidos que esté dispuesto a respaldarlos”.

Foto: Davide Monteleone.

Las crónicas de Los años de la espiral cuentan historias de héroes y antihéroes en una década cuando los levantamientos sociales en la región sirvieron de termómetro de sus grandes problemas. Anderson entrevista a los protagonistas de las noticias que tienen nombre y apellido, sean estos presidentes, revolucionarios o bandidos. La tragedia del ciudadano común queda supeditada así a los actores con poder y a las acciones peligrosas, con la excepción de su descripción de las revueltas en Nicaragua o de la primera crónica del libro, “La buena samaritana”. Allí escribe sobre Nadia François, una haitiana que se dedicaba a buscar comida y ayudar a los damnificados del terremoto de 2010. Otra excepción es “Una tribu aislada emerge de la selva”, de 2016, sobre su acercamiento al pueblo amerindio de los mashcos, quienes viven aislamiento dentro de la selva virgen peruana desde hace un siglo.

"El nuevo libro de Anderson suma a su interés por América Latina la amarga comprensión de que ese territorio es, al mismo tiempo, un paraíso y un infierno"

No aparecen en este libro las protestas asociadas al movimiento feminista o las manifestaciones en Chile, Bolivia o Colombia, con las cuales acaba de comenzar una nueva etapa en la política de esos países. Los años de la espiral sigue la estela inaugurada por el libro Che Guevara: Una vida revolucionaria (Anagrama, 2006), el antes citado El dictador, los demonios y otras crónicas y su publicación más reciente en castellano, Guerrillas (Sexto Piso, 2018). En esta última aborda relación entre la figura del guerrillero del pasado y la del actual terrorista, con el objeto de entender el impacto que el poder simbólico de la Revolución cubana ha tenido en las luchas armadas alrededor del mundo. El nuevo libro de Anderson suma a su interés por América Latina la amarga comprensión de que ese territorio es, al mismo tiempo, un paraíso y un infierno: tiene gran potencial humano, pero sus inequidades sociales fomentan el crimen y la violencia. El motor de la entrevista presentada a continuación es la misma atracción por el continente de Anderson que inspiró sus primeras fantasías.

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—En Los años de la espiral te refieres al efecto pernicioso que tuvo la política de Donald Trump en América Latina, después de que Barack Obama hubiera impulsado el deshielo con Cuba y el acercamiento a otros países de la región. ¿Es irreversible el daño de su política?

"La nueva administración no se arriesgará demasiado. Su objetivo es la reparación de lo anterior. Si hay posibilidad de dialogo sincero, entrarán. Pero no son optimistas"

—No es irreversible ni es una situación creada solo por Trump, aunque él dañó las fibras democráticas de Norteamérica. Cuando hablé con los asesores de equipo de Joe Biden para la región latinoamericana me contaron que su primera prioridad, obviamente, es el coronavirus. La siguiente es el cambio climático; Biden quiere que ese sea el legado de su presidencia. Enfatizarán el trabajo con la región selvática y la cuenca Amazónica. Por eso, uno de los dos países de interés en su política internacional es Brasil. El otro es México, principalmente su triángulo norte, debido a los problemas con la migración. Cuando hablábamos sobre un país con un líder problemático —como Jair Bolsonaro en Brasil, Andrés Manuel López Obrador en México o Nayib Bukele en El Salvador— me aseguraron que la política inicial sería de distención inicial, que priorizarán las iniciativas multilaterales. En Brasil promoverán una iniciativa internacional para la cuenca amazónica que disminuiría la sensación de estar fiscalizando solo a Bolsonaro, sino incluirlo dentro de un abanico de líderes de estados fronterizos con la Amazonía. A mi juicio, eso no va a funcionar muy bien, pero lo van a intentar.

—¿Conversaron sobre el caso de Venezuela?

—Aunque Venezuela es un tema de inquietud y el hoyo negro en el hemisferio —en el sentido político, de la hecatombe humanitaria y del éxodo de gente— la administración de Biden pretende dedicarse a la ayuda humanitaria; evitará otros acercamientos, hasta que haya iniciativas serias del régimen en Caracas. Son escépticos del gobierno de Venezuela y del de Cuba. Como consideración a la política doméstica deben ser cautelosos, debido al peso del estado de Florida. La nueva administración no se arriesgará demasiado. Su objetivo es la reparación de lo anterior. Si hay posibilidad de dialogo sincero, entrarán. Pero no son optimistas.

Foto: Davide Monteleone.

—En uno de los textos del libro citas la investigación de Eric Hobsbawn, Bandidos (1969). Un leitmotiv en Los años de la espiral son tus conversaciones con líderes políticos y pandilleros en varios países. Es como si siempre te preguntaras cuándo un revolucionario se convierte en un criminal. ¿Este es el tipo social característico de la región?

"Cuando le pregunté a Gringo si en Comando Vermelho tenían consideraciones políticas, me contestó: No, chico. Todo eso quedó atrás. Ahora solo somos criminales"

—Hasta cierto punto sí. Mi interés comenzó hace años y no se limita a los revolucionarios, abarca toda clase de políticos. Uno de mis criterios para medir a revolucionarios o políticos es su administración de la justicia. Lo he hecho con la derecha también: en un acercamiento a Augusto Pinochet que escribí hace años lo más importante para mí era cómo se sentía él sobre sus muertos, cómo los justificaba. Por eso, durante la entrevista bailamos un rato alrededor del tema de qué había hecho para llegar a donde estaba o de su supuesta conquista del comunismo. Lo mismo ocurrió cuando conversé con los líderes guerrilleros para el trabajo “Un acuerdo de paz en Colombia, por fin”. De repente entramos en temas escabrosos, como las masacres que habían cometido y los episodios en que la violencia se les fue de la mano. Me interesaba escuchar cómo pensaban al respecto. Sus acciones no estaban de acuerdo con mi concepción de la justicia, pero allí había una visión reveladora del mundo y una visión de la psicología de una gente que durante décadas se rigió por sus propios códigos, porque vivían metidos dentro de la selva.

—Viven sobre una delgada línea de la moral.

—A veces se cruza esa línea y no se vuelve. Una vez conocí a Gringo, el jefe de seguridad del Comando Vermelho, la organización gansteril más grande de Brasil, que controla casi todas las favelas de Río de Janeiro y se dedica al narcotráfico, la extorsión, el robo y el sicariato. Cuando nació en la prisión de Ilha Grande el año 1969 era una organización guerrillera para luchar contra la dictadura militar. Luego se convirtieron en malandros. Cuando le pregunté a Gringo si en Comando Vermelho tenían consideraciones políticas, me contestó: “No, chico. Todo eso quedó atrás. Ahora solo somos criminales”.

—Cerramos la década con manifestaciones más o menos contundentes de la sociedad civil en casi toda la región. Hemos hablado de políticos, revolucionarios y criminales. Frente a ellos, sin embargo, se encuentran los ciudadanos, los que no tienen poder. ¿Ves un cambio de actitud frente a los gobiernos en las protestas anteriores a la pandemia?

"Es interesante el caso de Chile, en donde han logrado un pacto nacional para una nueva constitución, como si buscando un pergamino nuevo pudieran sanar sus males"

—Sí. Estos son movimientos de jóvenes, los mismos que cinco años antes limitaban su actuación cívica al smartphone. Desde 2015 ha habido una convergencia de varios factores, los cuales han creado una sinergia que provoca su inquietud y los pone en la calle. Y esto no solo pasa en los países de América Latina, también ocurre en Hong Kong, Líbano e Irak, entre otros lugares. La consciencia del cambio climático pegó a todos en algún momento y se convirtió en una realidad universal, igual a como pasó una generación antes, en los años sesenta, con la bomba atómica y la consciencia de la posibilidad de la extinción planetaria. Son ideas que calan hondo y provocan estallidos sociales. A esta tensión inusitada súmale los teléfonos móviles, que son gatillos de ansiedad y no solo te permiten la rápida comunicación, sino el rápido manejo de los datos o el intercambio instantáneo de opiniones. En América Latina, además, una bombilla se prendió con la comprobación de la corrupción desatada. Los jóvenes no se resignan a aceptar, como sus mayores, que la corrupción es inevitable. ¡Quieren tener un futuro!

Foto: Davide Monteleone.

—Lo importante es que, más allá de las manifestaciones, el movimiento ciudadano genere cambios institucionales.

—Estoy de acuerdo. Es interesante el caso de Chile, en donde han logrado un pacto nacional para una nueva constitución, como si buscando un pergamino nuevo pudieran sanar sus males. Fue un logro llegar allí sin mucha sangre, dentro de muchas posibilidades peores. Quizá sea algo muy chileno, no más. No veo esas mismas posibilidades en Venezuela o Brasil, porque me da la sensación de en esos lugares todo va a terminar mal, sin saber exactamente qué tan mal. Quizá la experiencia en Chile pudiera servir a otros países. Hay que tenerla en cuenta.

—¿Qué aprendiste de volver a las crónicas escritas en esa década para presentarlas como parte de un libro?

—Fue un choque fuerte, por más que estaba consciente de la problemática y de la idiosincrasia de la época. Volvieron la emoción, la euforia y las preocupaciones de entonces. Fueron años interesantes, marcados por la distensión entre el gobierno de Colombia y las FARC, y la apertura entre Cuba y Estados Unidos. Fue un período de apertura llevado por Barack Obama, pero también por Raúl Castro y Juan Manuel Santos, un final tardío de la Guerra Fría, por más que no fuera extensivo a Venezuela. Con Trump hubo un cambio. Por eso no sentí la necesidad de añadir o quitar nada en los textos, solo publicarlos en orden cronológico para apreciar el arco de la evolución de los problemas. El libro está dirigido a quienes están interesados en conocer lo que pasa en América Latina y están más o menos al día; no es un libro comprehensivo, porque hay temas que faltan. Bukele, por ejemplo, apenas aparece. Los años de la espiral es un libro idiosincrático, el trabajo de uno mismo: mi perspectiva sobre la región.

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Autor: Jon Lee Anderson. Título: Los años de la espiral: Crónicas de América Latina. Editorial: Sexto Piso. Venta: Todostuslibros.

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