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José Carlos Somoza. «Lo erótico y lo perverso han formado parte de mi cultura desde sus inicios»

José Carlos Somoza. «Lo erótico y lo perverso han formado parte de mi cultura desde sus inicios»

Foto de portada: Craus.

Se abre el telón y el público contiene el aliento. ¿Será una pieza escandalosa, un clandestino, un circense o una de esas obras en las que las actrices no llegan a oír los aplausos? Bienvenidos otra vez al universo victoriano paralelo creado por José Carlos Somoza en Estudio en negro (Espasa, 2019), donde un sinfín de representaciones teatrales satisface los deseos reprimidos de una sociedad hipócrita y mojigata. En El signo de los Diez (Espasa, 2022) volvemos a encontrar una de las parejas más singulares de la literatura: el enigmático señor X y su entregada enfermera, Anne McCarey, narradora de las vicisitudes que ambos padecen en su lucha contra la secta de los Diez. A Clarendon House, residencia para caballeros nerviosos e insanos, llega en esta segunda entrega el reverendo Charles Dodgson (Lewis Carroll) atormentado por pesadillas protagonizadas por los personajes de su cuento, Alicia en el país de las maravillas. Un par de alienistas lo someten a una sesión de teatro mental que tiene un desenlace inesperado. Con su destreza habitual, Somoza crea una atmósfera envolvente y fantasmal, quebrando las fronteras entre la locura y la razón, la realidad y el mundo onírico, la bondad y los impulsos destructivos del ser humano. Un viaje fascinante por la mente humana y el deseo de placer.

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—¿La imaginación es un músculo que se entrena o un crédito que cada uno recibe y debe gestionar?

"Sin entrenamiento, es decir, sin lectura, sin sueños, fantasías, etcétera, la imaginación se atrofia"

—Ambas cosas. Sin entrenamiento, es decir, sin lectura, sin sueños, fantasías, etcétera, la imaginación se atrofia. Pero es indudable que hay personas que poseen mucha imaginación. Puedo decir sin temor a ser inmodesto que soy una de ellas. Y lo digo porque, aunque es verdad que para algunas cosas es bueno tener tanta imaginación, no lo es para todo, y de hecho algunas realidades de la vida te exigen ser bastante prosaico y tener los pies en la tierra. Así que no se trata tampoco de una ventaja clara por mi parte.

—Haces alarde de ella en tus libros, pero en estos dos últimos creo que con un propósito diferente a tus anteriores obras. Más que estremecer y aterrorizar, invitas al lector a un juego metaliterario con el propósito de divertirle y estimular sus neuronas.

—Es verdad que mis libros sobre el señor X no contienen tanto terror como otras obras mías. Pero otros lectores me han dicho que se asustan con ellos, así que quizá deba matizar: lo que creo que notamos en mis libros del señor X es que contienen humor, eso que mencionas del «propósito de divertir». Por cierto que eso es algo casi novedoso para mí: quiero decir que, pese a que yo, como persona, tengo bastante sentido del humor, por alguna extraña razón el Somoza escritor no había introducido el humor en las novelas, o no del todo (recuerdo una excepción, como Dafne desvanecida, incluso La caverna de las ideas) hasta ahora. En Estudio en negro y El signo de los Diez creo que hay escenas de tensión pero están teñidas de no poco escepticismo y alguna que otra anécdota divertida.

—¿Cómo surgió el señor X, «ancestro» de Sherlock Holmes?

"El señor X tiene una diferencia radical con Holmes: cree que los sueños y las intuiciones significan cosas profundas"

—En principio, quería honrar a mi modo a Sherlock Holmes, pero me hartaban los pastiches donde aparece un Holmes impostado robándole el nombre y la personalidad a esa magistral creación. Como decía Dumas (aunque otros señalan a otro autor como origen de la frase celebérrima), si robas la creación de otro, más te vale que el robo vaya seguido de asesinato. No presumiré de querer «asesinar» a Holmes ni mucho menos, porque entre otras cosas descubrí que no me hacía falta si creaba un personaje en un mundo donde Holmes aún no había nacido, un personaje en el que el creador de Holmes podría «inspirarse», es decir, que tuviera maneras de Holmes, pero que no fuese él realmente. El señor X tiene una diferencia radical con Holmes: cree que los sueños y las intuiciones significan cosas profundas. Holmes encontraba lo extraño (una cara amarilla en una ventana, un silbido seguido de una muerte) y lo reducía a explicaciones naturales. El señor X encuentra lo natural (un sueño, una casualidad) y lo convierte en extraño. Son casi opuestos, no solo físicamente.

—¿Qué porcentaje de ti se proyecta en él, y cuánto de Somoza hay en su cuidadora, la enfermera Anne McCarey? ¿Por qué la elegiste a ella como narradora?

—Digamos que yo había preparado todo mi equipaje para viajar al mundo del señor X, pero durante mucho tiempo me pasé haciendo autoestop en vano. Hasta que llegó Anne McCarey y me «recogió». Entonces el viaje fue como una seda. Crear a Anne me permitió viajar por fin a ese mundo e integrarme en él. Ella tiene algo de mí (creo que ambos tenemos buenos sentimientos), pero ella es mucho más bondadosa y sacrificada que yo. Por otro lado, del señor X me gusta su idea de que la realidad no es lo que vemos ni creemos que es.

—En Estudio en negro, Conan Doyle es el artista «invitado» y El signo de los Diez gira en torno a las pesadillas de Lewis Carroll. ¿Qué te atrae del reverendo y sus libros sobre  Alicia?

"Alicia en el país de las maravillas es uno de los pocos libros considerados infantiles que no me parecen infantiles ni de lejos"

—Me pasó como con Holmes: Alicia ha sido una maravillosa lectura desde que era joven, y por eso estoy capacitado para decir que es uno de los pocos libros considerados «infantiles» que no me parecen infantiles ni de lejos. Creo que es el menos infantil de todos los cuentos. A mí, de niño, no me atraía tanto. Pero, conforme ha pasado el tiempo, su fama ha trascendido la de la historia infantil y se ha ido relacionando con cosas tan apasionantes y complejas como la física cuántica, la cosmología o la lógica formal. Llegó un momento en que me dije: «Tengo que escribir una novela sobre Lewis Carroll y ese libro suyo tan especial». Y ha venido ahora.

—La sombra de pedofilia se cierne a través de la culpa que sufre Carroll por su obsesión por las niñas Liddell. ¿Crees que Dodgson fue realmente culpable?

—Nadie es culpable de pedofilia: la pedofilia, como toda parafilia, es la orientación sexual hacia un objeto, en este caso los niños. Se pueden cometer crímenes deleznables debido a esa predilección, como es bien sabido, y en ese caso sí se puede hablar de culpa, ya que la predilección sexual, sea cual sea, no nos impide juzgar lo que está bien y lo que está mal ni impulsa a nadie a hacer daño a otros en contra de su voluntad. En la época victoriana, por otra parte, esa clase de orientación, aunque no estaba desde luego bien vista, no recibía la onerosa carga de la época actual. En mi opinión, es obvio que Carroll amaba a Alice Liddell, así como a otras muchas niñas que conoció, de la misma forma que estoy seguro de que esa pasión que podía sentir nunca traspasó los límites del respeto. Sin embargo, hay un punto neblinoso: las fotografías, ya que es cierto —como menciono en la novela— que fotografió a varias de sus pequeñas amigas con escasa o ninguna ropa, y hasta él mismo debió de comprender que aquello estaba mal, porque quemó todas esas fotografías y hoy sobreviven solo unas cuantas.

—Desde Clara y la penumbra, o puede que desde antes, dedicas una atención especial al cuerpo humano como fuente de placer y objeto de abusos y escarnios. En la serie del señor X ese interés se manifesta a través de diversos espectáculos, la mayoría extravagantes e indecorosos. ¿De dónde procede esa sensibilidad a lo corpóreo?

"A la vez, me atraen los puntos más extremos y oscuros de la conducta erótica"

—El cuerpo es una obsesión para mí. Soy un gran fan de la danza contemporánea y de las performances de arte. A la vez, me atraen los puntos más extremos y oscuros de la conducta erótica, que, aunque pocas veces se habla de ello, es una de las conductas más complejas y fascinantes que hay y nos define como humanos. Ninguna otra especie animal posee esa diversidad y, diríase, esa lejanía respecto de la meta final —reproductora— de lo sexual que la humana. Mi primera novela ganó La sonrisa vertical, y justo unos meses antes acababa de licenciarme como médico psiquiatra. Lo erótico y lo perverso han formado parte de mi cultura científica y literaria desde sus inicios.

—¿Se podría decir que la función de esos teatros tuyos y la fascinación que ejercen equivale a la que tienen hoy los móviles? Es decir, entontecer al personal saciando los deseos inmediatos y creando otros nuevos.

—Es buena comparación. Y lo digo porque creo, tristemente, que nuestra sociedad actual es una gran censora de toda clase de libertades (cada vez más) y represora de todo tipo de impulsos, de modo que hoy acudimos a las pantallas como antes se acudía a los teatros, y en mi novela esos contrastes son más agudos.

—Al final del relato Anne agradece al señor X que le haya enseñado a construir su realidad con su propia locura. Es éste uno de los leit motivs de una historia en la que la línea entre la cordura y la demencia se desdibuja a veces. ¿Qué sería del mundo sin sus ilustres chiflados?

—El «loco sabio» es un tópico fácil, que llegó a la cumbre literaria con Cervantes y Shakespeare: la sabiduría de la locura. Pero tengo una mala noticia para quienes se creen que tal tópico existe en la vida real: no hay ninguna sabiduría en la verdadera locura, por mucho que el psicodélico mundo de los 60 y el mundo woke del siglo XXI nos digan lo contrario. Yo conocí y traté a pacientes con trastornos mentales graves, y lo que hacen es sufrir y poco más. No son geniales ni están tocados por ninguna divinidad. Leopoldo María Panero era un gran poeta que enfermó, no un poeta cuya enfermedad le hizo ser grande. A Hölderlin le ocurrió otro tanto. Enfermedades como la esquizofrenia no producen nada genial: embotan, arruinan, derrumban el cerebro y corroen la identidad y los pensamientos. La «mente maravillosa» de John Nash, el economista premio Nobel que inspiró la película de Russell Crowe, era una mente maravillosa per se, y habría sido incluso más «maravillosa» si no hubiese enfermado. Que quede claro. Ahora bien, hay otro aspecto que no es tan tópico, y es el que pretendí resaltar en mi novela: a veces es preciso hacer caso a lo irracional, lo impulsivo, lo intuitivo, las casualidades y las corazonadas para llegar a la verdad sobre nuestra vida, sobre nuestro destino. Es lo que creo que el señor X enseña a Anne, y me parece una buena enseñanza.

—¿Algún día el teatro mental orquestado por alienistas será una alternativa viable a la química de la felicidad?

"A veces nos olvidamos de dónde estaríamos si no existieran los psicofármacos"

—Sinceramente, no sé cuál será la alternativa a la psiquiatría científica biológica en el futuro. Está claro que los medicamentos tienen efectos secundarios, y que la hipermedicación es un gran defecto de nuestra sociedad, pero a veces nos olvidamos de dónde estaríamos si no existieran los psicofármacos. La enfermedad mental es, repito, sobre todo, sufrimiento. Un sufrimiento atroz. Pocas cosas nos hacen sufrir más que nuestro propio cerebro enfermo. Los psicofármacos han contribuido a aliviar ese tormento aunque, claro está, no a erradicarlo. Tienen defectos, y en muchas ocasiones es necesario completar su administración con terapias psicológicas y atención social, pero hoy me cuesta pensar qué podrá sustituirlos del todo.

—¿Existe en el mundo real algo parecido a la secta de los Diez? ¿Tal vez el Club Bilderberg?

—Soy lo que podría calificarse como «conspiranoico cuerdo». No se me ocurre creer que Bill Gates nos controla con un chip en forma de vacuna de la COVID o que EEUU se calla que los extraterrestres hablan con sus presidentes desde Lincoln hasta el mismísimo Biden. Pero un grupo poderoso dedicado a transformar las sociedades para su beneficio, ¿por qué no? Es decir, me resulta facilísimo suponer que hay grupos de poder que manejan los hilos en la sombra: qué vamos a comprar la próxima temporada, cómo desestabilizar la economía mundial sacando beneficios, etcétera. Mi razonamiento es sencillo: muchas personas quieren más poder, pero hay algunas personas que quieren todo el poder. Y si bien no creo que haya habido época alguna en que una sola persona haya acaparado al cien por cien todo el poder sin contar con la ayuda de otros menos notorios, hoy día la cosa resulta bastante más complicada. Así que la solución son los grupos, las sectas, las asociaciones. No es nada sobrenatural, es la misma vulgaridad de siempre: quieren controlarlo todo y necesitan unirse para eso.

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Ricarrob
Ricarrob
2 años hace

De nuevo un nuevo libro de este excelente escritor de culto. Siempre recuerdo, volviéndolo a leer, «La caverna de las ideas» como una de las mejores novelas que he leído. De nuevo, el rey de la metaliteratura. Leerle es un ejercicio continuo de estrujamiento de las neuronas. Comienzas y ya no paras hasta el final. Es una compulsión lectora.

Pepehillo
Pepehillo
2 años hace

Este hombre es un moralista. Ha distinguido claramente entre concupiscencia, consentimiento y acto. Y además, distingue entre bien y mal. Tenga usted cuidado, está usted a un paso de ser cancelado.