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José María Merino: “La Guerra de las Galaxias es un libro de caballería”

José María Merino: “La Guerra de las Galaxias es un libro de caballería”

Las paredes forradas de libros invitan a no marcharse jamás. Algunos en piel y otros despellejados por el uso, conviven con afilados abrecartas; cerámicas peruanas; tapices bolivianos y relojes que marcan las horas a su aire, puntuando la conversación con sus campanillas anárquicas. La casa del escritor y académico José María Merino se parece a su obra. Es un caos que se piensa en voz alta. Todo en ella se ordena ante los ojos del que ausculta. El viaje de ida y vuelta que encuadernan los libros entre sus tapas y que impone su propia geografía en la quinta planta de un edificio con vistas al cielo de Madrid. Ante los ojos codiciosos del periodista, que recorre las estanterías repletas así como quien va a robar un ejemplar y echar a correr, el académico -para quitarle importancia al asunto- tercia:

-Mi padre, que era un apasionado de los libros, tenía la casa llena de ellos.

-Fue en la biblioteca de su padre donde consiguió la Nueva filosofía de Oliva Sabuco, que inspiró su más reciente novela, Musa Décima.

-Sí, todavía la conservo. Espera, voy a buscarla –Merino trasiega, se pierde entre las estanterías y regresa con el ejemplar en la mano-. Este es el libro que tenía mi padre en casa. Es la misma que está en la Academia: la cuarta edición, porque la primera es de 1587. Mira –abre el libro, asombrosamente bien conservado, y señala con el índice–: cuarta edición, reconocida y corregida, con elogio de Martín Martínez. Esto fue lo que leí de chico, tenía 13 o 14 años. Es una preciosidad. Mira lo que dice Oliva Sabuco al rey.

Merino lee en voz alta. Se la da bien. Se nota que de niño leía para su madre los versos de Rosalía de Castro. De pie, con el libro en la mano, Merino da voz a la Oliva Sabuco a la que tanto tiempo dedicó. “Pues así yo con este atrevimiento y osadía, oso ofrecer y dedicar este mi libro a vuestra católica Majestad”. El escritor hace una pausa. “Pero mira, mira esta belleza”. Y prosigue: “Y reciba vuestra Majestad este servicio de una mujer, que pienso es mayor en calidad que cuantos han hecho los hombres, vasallos o señores que han deseado servir a vuestra Majestad; y aun que la cesárea y católica Majestad tenga dedicados muchos libros de hombres, a lo menos de mujeres, pocos y raros, y ninguno de esta materia”.

El escritor cierra el ejemplar y lo coloca sobre la mesa. “Como yo también soy un loco y un enamorado de los libros, cuando me vine a estudiar a Madrid, encontré ese mismo libro de Oliva Sabuco en una librería de viejo”. Merino, que en aquellos años estudiaba Derecho en la Complutense y componía sus primeros versos, comenzó a rascar en la biografía de Sabuco: cómo su padre intentó desautorizarla al negar que el libro lo hubiese escrito ella; cómo el médico Martín Martínez defendió el trabajo de Sabuco o cómo aquella obra llegó a Inglaterra gracias a Felipe II. “Probablemente provenga de aquí la teoría del surco nervioso, que supuestamente descubren los ingleses, ¡pero lo sacaron de este libro! Cuando leí todo esto, dije: ¡Aquí hay una novela! Van pasando los años, uno aprende y finalmente, me dispuse a escribirla”. Sí, José María Merino tuvo que cumplir 75 años para escribirla… aunque llevara una vida entera haciéndolo. Claro, para aquel a quien “lo raro le puede”, es normal que vea lo que para muchos pasa inadvertido: desde una mesa Tudor que le dicta a un escritor un volumen de cuentos hasta una novela de caballería en La Guerra de las Galaxias. Así es Merino: el niño lobo del cine Mar, pero ese -de momento- es otro tema.

-En el texto Ficción de verdad, que leyó cuando entró en la RAE, ponía de manifiesto que la realidad es engañosa. Todos sus protagonistas se enfrentan a esa paradoja.

-La ficción, con todo lo engañoso que tiene, es la que mejor nos permite entender la realidad. Pero ocurre que la realidad no necesita ser verosímil. Nos encontramos en un mundo en el que no se entiende que hayan pasado tantas cosas en tan pocos años: lo que ocurre en Europa, que Trump sea presidente de los Estados Unidos, el lío con Corea del Norte. La ficción, en cambio, intenta ordenarla. Introducir racionalidad.

"Todo está en la literatura. Cuando en las cortes medievales se inventa el amor cortés, que además lo inventan las mujeres, se crea una manera de relación. El Quijote crea un personaje que todavía encontramos."

-¿Cuál fue su punto de partida? ¿Cuándo comenzó a carburar la imaginación de José María Merino?

-Desde niño fui un gran lector, pero hubo un libro que me cambió: Niebla, de Miguel Unamuno. El personaje entra en el libro y le dice al autor ‘pero qué estás haciendo conmigo’. Me fascinó que la invención imaginativa entrara en la realidad. Y creo que la literatura, en más de una ocasión, lo ha hecho y sigue haciéndolo. La literatura nos ha permitido saber cómo nos enamoramos, cómo odiamos, cómo podemos ser héroes o traidores. Todo está en la literatura. Cuando en las cortes medievales se inventa el amor cortés, que además lo inventan las mujeres, se crea una manera de relación. El Quijote crea un personaje que todavía encontramos. Cuando vemos las películas del Oeste, con John Wayne, a quien además siempre he admirado, podemos encontrar ese arquetipo: el héroe solitario que va a deshacer entuertos. Y seguramente a las personas que conocemos las identificamos en esos arquetipos.

-Usted se mueve en el registro del sueño y la alucinación. El cuento es el género que mejor explota eso ¿Esa es la razón de su inclinación por el relato?

-Es algo que viene de los muchos cuentos que oí de niño. En León, la noche de ánimas solían dejar la cocina encendida, porque los muertos venían a casa. Esa idea de los aparecidos. Leí a Edgar Allan Poe, a Lovecraft, a Bécquer. Esa fecha, en casa, yo era el lector oficial de El monte de las ánimas. Además de los libros, a mi padre le gustaba la lectura en voz alta. A mi madre le leí a Rosalía de Castro en gallego. Pero aquí hay algo que debo decir. La literatura española no es fantástica, es realista. Por eso no lo percibí tan claramente  hasta que descubrí a los autores del Boom y dije: la gran literatura en español también es fantástica. Junto a ellos, recuerdo que uno de los primeros libros que leí al llegar a Madrid fue Merlín y familia, de Cunqueiro. Me sentía a gusto en ese territorio fantástico.

-Hay predisposición a la oralidad del relato como lugar primitivo. El cuento es el artefacto ideal en ese sentido, ¿no?

-El relato permite todo, por eso en muchas ocasiones los autores que escriben relato fantástico no necesariamente escriben una novela fantástica, porque es más complicado integrarla. Al relato le ocurre lo contrario. Eso siempre me gustó. Mi primer libro de relatos, Cuentos del reino secreto, era un homenaje a todos los paisajes de mi infancia y adolescencia. Ahí metí todas aquellas historias. De hecho, aquel libro lo escribí en esa mesa –Merino señala un mueble pequeño, lleno de marcos con fotografías-. La compré a un amigo que viajaba a Inglaterra y traía muebles. Es una mesa Tudor abatible. Un día me senté y se me empezaron a ocurrir cuentos. ‘Esta mesa viene cargada de cuentos’, pensé. Es un velador. Se usaba para colocar las velas e iluminar en las reuniones. Es obvio que alrededor de ella se contaron muchas cosas –Merino ríe, con gusto-. El asunto es que todos los relatos que escribí en ese libro guardaban relación con el mundo de mi infancia. Además, tenía una abuela gallega que creía en brujas…

-A eso iba. El influjo gallego algo tendría que ver, porque usted nació en La Coruña pero se mudó a León.

-Mi padre tuvo que escapar de León, de lo contrario se lo cargaban. Era republicano y además, formaba parte de la FUE, la Federación Universitaria Española. El hombre tuvo que largarse como pudo, así que se marchó a Galicia. No sé cómo, porque Galicia era de derechas, aunque claro, ahí no lo conocían. Pasó por muchas peripecias. Al acabar la guerra, se casa con mi madre en 1940 y en 1941 nazco yo, en La Coruña. Apenas estuve allí un año. Pero de niño iba a visitar a mi abuela gallega, una mujer campesina que vivía en un mundo totalmente fantástico.

-De ahí, claro, le viene a usted.

-Seguramente. Siempre he tenido esa sensación de no saber muy bien si la realidad está materializada o si la estás viendo como una alucinación. En mi caso, lo raro siempre ha estado ahí.

-Lo fantástico tiene algunos elementos comunes con lo poético. ¿Eso influyó en el hecho de que lo primero que escribiese fuese poesía? A usted se le incluye en el grupo Claraboya.

-Es curioso porque hay gente estudiosa que me vincula con ellos, pero yo no formé parte. Los conocí después. Coincidí con Luis Mateo Díez, en Madrid, a través de otro amigo. Pero, como le digo, no tuve nada que ver. Mi primer libro de poesía, Sitio de Tarifa, lo publiqué en 1974 con un modesto editor. Cuando lo recibí, sentí una emoción terrible. Nunca había corregido pruebas, ni galeradas. Resulta que el editor no había pagado al impresor, así que no se imprimió la versión que yo corregí, sino otra que está llena de erratas.

-¿Por qué dejó de escribir poesía?

-Como dice José Hierro: fue la poesía la que me dejó a mí, no yo a ella. Así que un día comencé a escribir en prosa. Y creo, al ver lo primero que escribí, que mi poesía era muy narrativa. A mí lo que me gustaba era contar cosas. Eso sí, la poesía es un gran taller. Tiene uno que elegir muy bien las palabras, sintetizar la expresión. Me enseñó mucho, pero yo no era un poeta.

-Si usted no era poeta, tampoco era un abogado.

-(Risas) Efectivamente.

"Comencé a leer desde muy niño. Dickens me fascinó. A Tolstoi y Chejov los leí con 13 o 14 años. En mi clase, éramos 42 y sólo a dos nos gustaba leer. Éramos como una secta."

-Volvamos al comienzo, ¿cómo empezó a escribir?

-Yo era muy lector y eso es fundamental para ser escritor. Comencé a leer desde muy niño. Dickens me fascinó. A Tolstoi y Chéjov los leí con 13 o 14 años. En mi clase, éramos 42 y sólo a dos nos gustaba leer. Éramos como una secta, porque como se dieran cuenta de que leíamos… Había una mirada despectiva y sospechosa. Así que él y yo nos comportábamos como una sociedad secreta. Nos pasábamos libros, pero delante de los demás no nos decíamos nada. En aquel entonces nadie leía.

-¿Cuáles fueron los libros que recuerda como decisivos?

-Los clásicos. La vida es sueño, de Calderón, me interesó siempre. El Quijote tardé en leerlo, porque me resultaba duro. Me daba pena y me sigue dando pena cómo lo tratan. Es un hombre al que apalean, le rompen los dientes, le cortan la oreja. Sufre mil cosas. A mí me molestaba profundamente, porque no le encontraba la gracia a eso. Con el tiempo, lo entendí. Aunque eso no quita que sea muy duro. El Quijote, por cierto, inventa el humor inglés. Los primeros que lo descubren son británicos. Y luego los alemanes y los rusos. Es increíble cómo ese libro, que es fundamental, nos lo enseñaron los demás. Los últimos en enterarnos hemos sido los españoles. ¡Tiene gracia! Pero, a lo que voy: ser lector me ayudó mucho. En la Facultad yo ya escribía poemillas. Cuando me mudé a Madrid, empecé a vivir en una pensión de la Gran Vía y allí llegó un hombre mayor, uruguayo, se llamaba Oscar Violante. Era muy culto. Un día me preguntó: qué hacés. Le dije que estaba escribiendo unos poemas. Me los pidió para leerlos. ‘Estos poemas están muy bien’, dijo. Como era un hombre tan culto, me dije: si lo dice es porque tiene criterio. Él fue mi primer estímulo.

-Resulta curioso que en los años en los que comienza a escribir su narrativa se volcara en lo fantástico, gente que viaja en el tiempo… ¿Estaba eludiendo la realidad?

-Yo lo veo así: al final del franquismo había dos grandes teorías sobre la literatura. Una, el realismo, que tampoco podía ejercerse porque había una censura -suenan, de pronto, unas campanillas. Parecen provenir de un reloj de cuerda que preside la sala-. Lo único que se podía hacer era un realismo que la censura tolerase, es decir: un realismo de medio pelo. La otra teoría era la destrucción del lenguaje, que es la que más he aborrecido. Si trabajas con las palabras, ¿qué sentido tiene destruirlas? No lo entiendo. Cuando comencé a escribir me olvidé de ambas. Quería contar historias, volver a la narratividad, que creo que toda mi generación buscaba lo mismo. Fuimos los que regresamos al mundo de contar cosas. Comencé a escribir desde esa perspectiva que a mí me interesaba y que reunía la alucinación, el sueño, lo fantástico y lo misterioso.

II

El leonés de adopción, como dice él, ingresó en la Real Academia de la Lengua en 2008. Le correspondió el sillón m. Eme de mar, de mito, de musaraña. Eme de misterio. Consonante acoplada a su apellido y sus obsesiones. En ese lugar que había pertenecido antes a Claudio Guillén fue a sentarse José María Merino. Tomó posesión un 19 de abril de 2009 y lo hizo con un discurso que tituló Ficción de verdad. Alojado en la paradoja, en la fascinación que el juego de palabras invoca, Merino destiló el que puede que sea el espíritu de toda su obra: la ficción como una forma exclusiva de verdad. Ese orden que corrige un mundo que, aún existiendo, es falible y engañoso.

La idea del sueño y lo fantástico atraviesan todo cuanto José María Merino ha escrito: desde Cuentos del reino secreto, pasando por su ciclo de novelas americanas (El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol) o la trilogía del mito, con El caldero de oro, La orilla oscura y El centro del aire. La leyenda y el misterio como un hilo con el que siguió tejiendo El heredero; Los invisibles o Las visiones de Lucrecia. Al mismo tiempo, escribió literatura infantil y juvenil, además de ensayo.

El desembarco de Merino en la RAE, su llegada a ese sillón, resumía en una consonante la exploración del otro que había emprendido años atrás al dirigir la mirada hacia un continente al que lo separa un mar y donde encontró dos cosas. Una ya la traía de casa: el relato oral como la piedra sobre la que hombres y mujeres dan orden y lógica al mundo. La otra, el idioma, se reveló como un espejo. Algo que, al mismo tiempo duplica y emparenta. La mayor reunión de todas.

-Su trilogía de la conquista ocurre toda en América, un mundo exótico, primigenio, remoto. ¿Qué supone esa geografía para usted, literariamente?

-América fue un descubrimiento personal.

"Empecé a leer a los cronistas, la historia de la conquista, todo el gran debate. Aunque, con el tiempo, descubrí que cuando realmente se impone el español en América es a partir de la independencia. Las lenguas indígenas se conservan gracias a que los curas no enseñaban en español."

-Trabajó allí, ¿cierto?

-Colaboré con la Unesco. Yo trabajaba en el ministerio de Educación y en un momento determinado surgió un proyecto con la Unesco. Venezuela fue el primer lugar al que fui. Todo aquello me sorprendió. Me encontré con mi lengua, pero con otra melodía, con otro tono. Lo que me gusta del español es la riqueza del vocabulario y, en segundo lugar, los modos de decir. Me encanta, por ejemplo, el tono del usted. El español como idioma está lleno de melodías. Era algo muy familiar y al mismo tiempo extraño. Continué colaborando con la Unesco durante muchos años –vuelven a sonar los timbres continuos, provienen del mismo reloj–. Me interesé todavía más por el español. Empecé a leer a los cronistas, la historia de la conquista, todo el gran debate. Aunque, con el tiempo, descubrí que cuando realmente se impone el español en América es a partir de la independencia.

-¿A qué se refiere exactamente?

-Las lenguas indígenas se conservan gracias a que los curas no enseñaban en español, para que el castellano no fuese un vehículo de corrupción. Así que aprendieron esas lenguas y enseñaron en ellas. Hubo una enorme polémica. Hay un libro que se llama Aislados en su lengua, está publicado en los boletines bibliográficos de la RAE. Merece la pena leerlo. Recoge muchísima documentación y plantea que si siguen vivas las lenguas indígenas es porque los españoles las utilizaron. Quienes podían imponer el idioma eran los frailes y ellos no estaban por la labor. Una lengua europea podía introducir muchas cosas, entre ellas el pecado.

-Es decir, que el español en América es un producto del XIX

-Digamos que se normaliza a partir de la independencia. En buena medida porque muchos de los criollos tenían ascendencia española y en segundo lugar, porque es la lengua que los puede poner en relación a todos. Hubo países como México en los que el español se impuso, no obstante, quedan muchas lenguas indígenas.

-El lenguaje es una parte de su fascinación por América, pero hay algo más… ¿qué exactamente?

-América tiene esa idea que a mí tanto me gusta: el doble; y yo en América encontré un doble. Algo que era mío y a la vez no. Cuando comencé las tres novelas de aventura, en las que además el protagonista es un mestizo, lo vi claramente.

-Se refiere usted a Miguel Villar, que por cierto lo retoma en el Heredero.

-Sí, porque a partir de ahí en todas mis novelas aparece América, especialmente en Panamá, porque soy un enamorado de ella. Antes de escribir la tercera parte de la trilogía, viajé a Perú. Pero también me moví por muchos otros sitios de América.

 

III

Esta conversación comienza y arranca en el mismo lugar: un libro escrito por una mujer de apenas 25 años. Un volumen que reposa sobre la mesa del salón, como si fuese a estallar en cualquier momento. Y no sería de extrañar que lo hiciera, porque algo en su historia resume la relojería de las novelas de Merino: la fundición de dos tiempos, la circularidad como única carta de navegación. Oliva Sabuco (1562-1622), aquella mujer natural de Alcaraz (Albacete) y a quien Lope de Vega llegó a referirse a ella como Musa Décima. Así llamó Merino a esta novela que elogia la literatura como tabla de salvación.

La historia central es la de Berta, una mujer que sufre un cáncer incurable y que, subyugada por el libro de Oliva Sabuco, decide agarrarse a sus páginas como quien se acoge a la vida. A pesar de sus dolores y enfermedad, Berta se vuelca en la escritura de la biografía de la olvidada autora. Al posarse sobre Berta, el espíritu de la literatura aleja la muerte. En el avance de las dos historias, la de Berta y la de Oliva, la novela encaja el Coloquio de los auxilios o el Conocimiento de sí mismo, textos de la escritora del Siglo de Oro. Despliega el catálogo de sentimientos que reúne a los que narran y a los que escuchan; a los que escriben y los que leen. Ese río continuo de los que imaginan para ordenar la realidad.

Que nunca llegaremos a conocernos a nosotros mismos de la forma en que conocemos a los personajes de los libros que hemos leído. Que el verdadero Missisippi no es el que atraviesa el Sur, sino el que escribió Mark Twain. O que todo cuanto sabemos proviene de la literatura, es una idea que el ejemplar que reposa sobre la mesa confirma. Ha viajado una vida entera para llegar al lugar que ocupa en esta casa. Al escuchar hablar a José María Merino todas estas certezas aparecen sin gravedad ni afectación. Y puede que ese sea el mayor atributo de su conversación, la capacidad de extraer cosas extraordinarias de lugares sencillos: desde la mesa que venía cargada de relatos hasta La Guerra de las Galaxias como un libro de caballería –así lo afirma él-. Quien mira a Merino, piensa que él podría haber sido el niño lobo del cine Mary, aquel que se extravió en la oscuridad de un patio de butacas mientras veía una película de Tarzán.

 

-Cuando usted gana el Premio Nacional de Narrativa lo hace con una novela realista, El río del edén. ¿Cómo y de qué forma muda de un mundo a otro?

-Eso no se puede predecir. En el cuento sí, porque suelo concebirlos como ciclos de relatos. Ahí sí puedo inclinarme directamente por lo fantástico pero le aseguro que en la novela es impredecible. Uno no empieza a pensar qué novela se puede hacer. En ese caso, me di cuenta de que podía incrustar el siglo XVI en el XXI, porque aquella era una novela sobre la medicina natural, pero sí introduje algunos elementos de alucinación. De todas formas, no pienso a priori si haré una novela fantástica o una realista. Depende de cómo se vaya desarrollando. Posiblemente mi novela más fantástica sea La orilla oscura, o Los invisibles, que es decididamente fantástica aunque juego literariamente con la posibilidad de que sea una alucinación. Siempre digo: así como el cuento lo tienes que ver desde el principio, la novela es una exploración. Llevas una mochila y echas a andar; se te empiezan a cruzar personajes. Hay un libro, El centro del aire, en el que los personajes llevan derivas que yo no había previsto. Hay quienes hacen un guión y lo cumplen hasta el final, yo no puedo. Es la propia lógica de la novela la que te lo indica. Y lo que me gusta de la escritura es, en verdad, las lógicas secretas.

"En mi época no existía este imperio de lo electrónico. Existía el cine y la lectura. Incluso, de niño, viendo las películas de Tarzán me ponía enfermo. Me subía la fiebre por la noche. Era una alucinación."

-Su mundo es tipográfico, y sin embargo su iconografía es muy visual. Curioso, porque usted no creció viendo La guerra de las galaxias.

-Es verdad… ¡pero me encantó cuando la vi! La guerra de las galaxias es un libro de caballerías. Caballeros buenos, caballeros malos. Armas. Princesas en apuros. Ínsulas.¡Todo está lleno de ínsulas! Incluso un caballero mercenario acaba convirtiéndose en un Quijote. Está presente la transformación. Cuando la vi, pensé:¡me encanta volver a un libro de caballería! Eso quiere decir que el mito está vivo siempre, volverlos. Es cierto que quizá no La Guerra de las Galaxias, pero de mucho más joven el cine me encantaba. El cine clásico de los años 50 y 60 eran una auténtica belleza. Hay una película, Simbad y la princesa, en la que hay una batalla de esqueletos. Y los esqueletos eran de verdad. Ahora ves cosas que no te crees. El cine tiene un elemento fundamental: el engaño se traspasa. Este cine con exceso de efectos especiales que hace, por ejemplo, que los dinosaurios se muevan obedecen a leyes mecánicas, no inventivas. Claro, en mi época no existía este imperio de lo electrónico. Existía el cine y la lectura. Incluso, de niño, viendo las películas de Tarzán me ponía enfermo. Me subía la fiebre por la noche. Era una alucinación. ¡Tengo un cuento de un niño que se pierde en un cine mientras ve La guerra de las galaxias! Cuando pasan los años y acuden a ese cine abandonado encuentran un niño y es ése que se perdió, ese relato creo que está en mi primer libro Los cuentos del reino secreto. Ese relato refleja lo que era yo como espectador y como lector.

-Así que usted fue el niño que se perdió en el cine

-Sin duda. El niño lobo del cine Mary…

-¿Qué piensa un autor como usted de la epidemia de la autoficción?

-La autoficción es limitar la imaginación, lo que nos permite viajar. He conocido casi todos los lugares que he leído. Por ejemplo, el Mississippi que conocí en una inundación no era el Mississippi. El verdadero Mississippi es el de Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Nunca entraremos en el interior de las personas que más queremos como lo hacemos con los personajes de una novela. Nunca nos conoceremos a nosotros mismos como somos capaces de conocer, por ejemplo, a Madame Bovary. A ella la conozco mucho mejor de lo que me conozco a mí. Eso es un valor extraordinario.

-¿Para qué se escribe? O, al menos, ¿para qué escribe usted?

-Si escribo es porque no tengo remedio, se me ocurren cosas. Mientras escribo, aunque no sea capaz de racionalizarlo, estoy descifrando cosas que me interesan. Me lo paso mejor mientras escribo los libros que después de publicarlos. Tiene algo que ver con una cierta terapia. Siempre, cuando voy a los colegios, le digo a los jóvenes: si queréis entender lo que os pasa, ponedlo por escrito. Si tenéis un problema, escribidlo y a lo mejor entendéis mejor.