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Josep Maria Colomer: «La democracia está estropeada por la globalización»

Josep Maria Colomer: «La democracia está estropeada por la globalización»

El politólogo y economista Josep Maria Colomer, autor del ensayo Democracia y globalización: Ira, miedo y esperanza junto con la experta en políticas públicas Ashley L. Beale, considera que «la era de los gobiernos nacionales soberanos ya ha pasado a la historia».

En una entrevista con EFE, Colomer, profesor en la Universidad de Georgetown, señala que «una gobernanza efectiva y responsable requiere nuevas combinaciones de democracia directa, gobierno representativo y gestión por expertos a distintos niveles».

Democracia y globalización (Anagrama) defiende una tesis fácilmente inteligible: «La democracia está estropeada por la globalización, por tanto, hay que globalizar la democracia». Según el politólogo español, en los últimos decenios ha aumentado la escala de muchos asuntos públicos, lo que afecta a la gobernabilidad: «Hoy, con internet, la comunicación traspasa fronteras sin pedir permiso a los gobiernos, y lo mismo ocurre con el comercio en línea y las inversiones, y las migraciones, que actualmente son transcontinentales». En última instancia, añade Colomer, «ya se ha visto este último año que una plaga local se puede convertir en una epidemia y luego en una pandemia. Esto requiere microgestión a nivel local, pero las vacunas, por supuesto, no son locales o nacionales sino de ámbito universal, por no hablar del cambio climático, que, por supuesto, es global».

A su juicio, la «ineficacia de los gobiernos nacionales» para lidiar con todos estos temas de gran escala «aumenta la frustración y el malestar de la gente y genera inestabilidad política». El mejor antídoto para prevenir los peligros que acechan a la democracia es, a nivel local, «ampliar la participación directa de la gente en asuntos concretos». El gobierno representativo a nivel nacional basado en elecciones y partidos se encuentra «en declive», pues ha topado con la «cada vez menor eficacia en la gobernanza» y que «los cargos electos no están sometidos a controles y revisiones de su desempeño».

Admite Colomer que no hay duda de que Internet ha aumentado el acceso a la información, la transparencia y las comunicaciones transnacionales, pero «las redes sociales también han emborronado las diferencias entre los expertos competentes y los troleos demagogos, se ha quebrantado la privacidad y se han generado demasiadas reacciones emotivas inmediatas».

Detecta que «desde hace veinte años, apenas ha habido nuevas transiciones rápidas y pacíficas a la democracia, como ocurrió en España en los años 70, en Latinoamérica en los 80 y en la Europa oriental poscomunista en los 90: «El numero de países democráticos en el mundo es casi el mismo ahora que a principios de siglo». Colomer argumenta que este estancamiento se debe a «la baja eficacia de los regímenes democráticos existentes y a las reacciones populistas y nacionalistas, que los hacen menos atractivos como modelo a copiar, y también a los costes económicos y sociales que tiene un cambio de régimen político, como ocurrió en España y en la mayoría de los países que hicieron una transición rápida».

Por esta razón, el autor piensa que «la adaptación de los regímenes autoritarios al mundo globalizado puede ser más gradual» y «en la medida en que esos países también necesitan adaptarse a la globalización, tendrán que hacer reformas liberalizadoras». El ejemplo mayor, precisa Colomer, es China: «No se puede negar su crecimiento económico, aunque se sospecha que las estadísticas oficiales están exageradas. La dictadura en China caerá el día en que se frene el crecimiento, porque no tienen mecanismos políticos para cambiar el gobierno pacíficamente».

A su juicio, no es cierto que a largo plazo las dictaduras sean más eficaces económicamente que las democracias, pues si así fuera, los países más ricos estarían en África. Tras un análisis geopolítico internacional, Colomer subraya que «los diez países mejor gobernados del mundo y en los que los ciudadanos declaran estar más satisfechos con su democracia son regímenes parlamentarios; ocho de ellos con elecciones por representación proporcional, con múltiples partidos en el Parlamento y gobiernos de coalición: Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia; Alemania, Holanda y Suiza; y Nueva Zelanda». Las dos excepciones son Canadá y Australia, que eligen un solo diputado en cada distrito, como en el Reino Unido, pero tienen múltiples partidos y una organización federal descentralizada. Ninguno de los diez países, agrega, sigue el modelo tradicional británico centralizado y ninguno tiene elecciones separadas de un presidente ejecutivo, como en Estados Unidos, que son «una fuente de conflicto constante».

Fijándose en el eje monarquía/república, Colomer recuerda que «siete de esos diez países mejor gobernados son monarquías, las cuales han sobrevivido porque han estado bien gobernadas y, en algunos casos, el rey les salvó del nazismo, como en Noruega y Holanda». En España, añade, la monarquía cayó varias veces (como en Francia, Italia o Grecia), pero «es el país en el que se restauró tras el período más largo sin ella». La monarquía moderna, repone, «tiene que ser parlamentaria», para evitar «el presidencialismo de las Américas, que siempre es una fuente de polarización e inestabilidad».

Tras este libro, Colomer está estudiando «el error constitucional americano de la separación de poderes entre el presidente y el Congreso, que lleva a la polarización y al conflicto, como se ha visto estos últimos años, un modelo que se extendió a América Latina». El politólogo prepara también una colección de recuerdos de sus aventuras políticas y académicas en quince países del mundo.

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