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Joseph Roth, el buen observador

Joseph Roth, el buen observador

“El buen observador es el reportero más triste», escribió Joseph Roth, según recoge la editora y traductora Berta Vias Mahou en su introducción a Gabinete de curiosidades (Ladera Norte). Bien es cierto que lo dejó dicho cuando lo que había que observar alrededor no daba para muchas alegrías. En cualquier caso, Roth siempre encontró más inspiración en las historias tristes. El volumen, que hace honor a su título, recoge una selección de artículos del escritor sobre los asuntos más variopintos, que van de 1918 a 1938, exactamente el periodo de entreguerras.

La edición ahora de estos textos de Roth permite añorar la importancia del (hoy denostado por añejo y ya prácticamente desaparecido en la inmensidad de las redes) buen periodismo costumbrista, ese periodismo hecho de forma parsimoniosa, a base de pasear y mirar, para paladares exquisitos amantes de degustar las palabras y no de engullirlas. A través de esos artículos sobre aparentes nimiedades, el autor de La marcha Radetzky pinta el fresco de toda una época, 20 años, los que separan una gran guerra de la otra, en los que Europa vivió entre el frenesí, la pobreza y el miedo.

"Roth sale a la calle y observa a su alrededor. Cualquier objeto, por insignificante que sea, se convierte en una historia para un artículo"

Todos los géneros caben en las columnas de Roth. Así, utiliza el periodismo de denuncia para trasladarnos la angustia de vivir en el paro; él mismo patea las calles de Berlín durante tres días en busca de un trabajo para luego escribir su experiencia sobre lo duro que es recibir un portazo tras otro. Acude al periodismo de investigación para seguir la pista de un misterioso cartel que reza “ayuda discreta”; resulta ser asistencia para las madres que no quieren, o no pueden, quedarse con el hijo que esperan, ya fuera buscando una familia de acogida o recurriendo al aborto. O se sirve de la entrevista para conversar con un niño de 8 años que acompaña a su padre, refugiado austriaco, a una comisaría de París donde ha sido requerido para dar cuenta de su situación de refugiado.

Como bien concreta Berta Vias, Roth “no pontifica, muestra”. La mera exposición de los hechos es suficiente para que cada lector se forme su propia opinión. Son tan elocuentes, moldeados por su pluma, que hablan por sí solos. Sus minuciosas descripciones nos trasladan a aquella época, a aquellas calles de Viena, Berlín o París por las que deambula, como buen flâneur.

Roth sale a la calle y observa a su alrededor. Cualquier objeto, por insignificante que sea, se convierte en una historia para un artículo: un monóculo, que impide a quien lo lleva “captar de inmediato los acontecimiento de la época, que cambian de forma tan abrupta”; un calendario de pared, “un voluminoso paquete de días nuevos”; o el casco de un motorista, “una pelota de fútbol con gafas”.

"Su literatura brilla aún más cuando se detiene en personajes curiosos, a menudo estrambóticos o marginales"

Su literatura brilla aún más cuando se detiene en personajes curiosos, a menudo estrambóticos o marginales. Descubre en una revista española al toreador El Ceporro, “al que le gustaría que le tomaran por un intelectual”; nos presenta al último superviviente de los aztecas, exhibido en el Panóptico de Berlín; o se compadece de un faquir, al que el exigente público de París obliga a enterrarse durante quince minutos en un ataúd lleno de arena. Personajes de todo tipo, sobre todo procedentes de los espectáculos callejeros y del circo que tanto gustaban a Roth: malabaristas, payasos, bailarinas, quiromantes, videntes, magos… arrastran sus miserias por las páginas del libro.

Entre esos personajes llama especialmente la atención la figura de tres colegas de Roth, tres periodistas bien diferentes entre sí. La reportera de moda Señorita Larissa, a la que apoda con sorna “la mujer de toilette”, no solo porque habla de las novedades en toiletries, sino porque “se encarga de administrar papel a las suscriptoras, ese papel de periódico que a menudo acaba por servir para ciertas necesidades que se alivian —dice Roth— en esas otras toilettes que resultan mucho más prácticas para el bienestar de la comunidad que los diarios de opinión a los que ella sirve”. Y concluye su sátira del periodismo asegurando que “si yo pudiera escoger entre un excusado público en el que se fabrica el periódico y otro en el que se utiliza, elegiría el último, y con orgullo sería la mujer de la toilette que maneja la escoba y no la pluma”.

"Cuando Roth saca su incisivo sentido del humor resulta implacable. Así, saca punta a asuntos aún ahora candentes"

También nos habla de un reportero de sucesos, especialidad que ejerció él mismo a comienzos de su carrera en Viena. Aquí nos muestra a Heinrich G. “La calma sonriente de este hombre —nos dice— se cernía sobre su interés por los sangrientos horrores de la criminología como un alegre día de verano frente a la entrada de la cámara de los horrores panóptica”.

Finalmente, le llega el turno al redactor nocturno, probablemente la descripción de animal periodístico más conseguida por Joseph Roth. A quienes 80 años después hemos ejercido esa especialidad nos resulta fácil sentirnos identificados con la figura de Gustav K. “No olvidaba ni un solo instante que tenía toda la responsabilidad del diario y que constantemente corría el peligro de tomar una noticia falsa por verdadera, una verdadera por falsa, una importante por insignificante, una pequeñez por algo decisivo”. Cuando acababa su jornada acudía a las tabernas junto a los mercados —las primeras en abrir—, donde se sentaba “entre las mujeres y los hombres del campo (….), doblemente pálido, diez veces más solo, el representante intelectual de la ciudad, el más auténtico de todos los ciudadanos: un redactor”.

En el artículo dedicado a un famoso boxeador que ha decidido volver a los cuadriláteros, aprovecha para criticar con sorna a la prensa. Los periodistas no dejan de preguntarle su opinión sobre la teoría de la relatividad y sobre la nueva literatura bélica. “Aunque él mismo no había fijado aún ningún plazo para su partida, los periódicos al final indicaron la fecha. Para no decepcionarles se atuvo  a ella. La opinión pública en pleno asumió sus funciones de maestro de ceremonias. Determinó el tren, el barco, la comitiva, los fotógrafos, el avión en el puerto natal (…), el popular boxeador siguió las instrucciones de la opinión pública”.

"Claro que eran otros tiempos, en los que se apreciaba el columnismo literario, el periodismo de las cosas pequeñas"

Cuando Roth saca su incisivo sentido del humor resulta implacable. Así, saca punta a asuntos aún ahora candentes. A propósito de los concursos de belleza sentencia: “Que hoy en día se las llame reinas de la belleza y no ya esclavas de belleza es una consecuencia del cambio en las condiciones sociales”. Sobre el excesivo mimo de las mascotas: “En estos tiempos en que los animales gobiernan sobre las personas, y las personas, al parecer para congraciarse con ellos, se unen en sociedades protectoras de animales, tal vez no tenga mucho sentido hablar de niños. En especial de los hijos de los emigrantes”.

Y claro, no podía sustraerse a las barbaridades cometidas por las huestes nazis, que habían dejado sin sentido las truculentas atracciones de su amado parque vienés, a las que tantos artículos había dedicado. “De modo que la cámara de los horrores del Prater se habrá quedado sin visitantes. Se pueden contemplar gratis asesinos vivos, reales. Ver las atrocidades, reales, que se llevan a cabo en el Prater. ¿Para qué pagar por contemplar las eternizadas en cera?”.

Joseph Roth, nos recuerda Berta Vias Mahou, “fue uno de los periodistas en lengua alemana más valorados de la época de entreguerras”. Tanto que fue “durante un tiempo, incluso, uno de los mejor pagados”. Claro que eran otros tiempos, en los que se apreciaba el columnismo literario, el periodismo de las cosas pequeñas, de la observación de la vida cotidiana, de las pequeñas historias que acaban por conformar la gran Historia.

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Autor: Josep RothTítuloGabinete de curiosidadesEdición y traducción: Berta Vias Mahou. Editorial: Ladera Norte. VentaTodostuslibros.

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