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Juan Benet, la presa y la prosa

Juan Benet, la presa y la prosa

El término municipal de Boñar se ubica al noreste de la provincia de León. Allí, en plena frontera entre la aridez de las llanuras mesetarias y la agresiva altanería de los montes asturianos, se abre como una brecha húmeda el portentoso embalse del Porma o de Vegamián, una suerte de inesperado y fastuoso oasis en medio de unas tierras que parecen no tener dueño y cuyas aguas cumplen una función primordial en la regulación de los ríos leoneses para evitar los desbordamientos que se producían con frecuencia antes de su inauguración, en 1968. El camino que lleva hasta ese lugar casi arrinconado en los mapas no es especialmente largo, pero tiene sus complicaciones. Es necesario coger una carretera estrecha y tortuosa que parte de la central térmica de La Robla y que, en vez de aproximarnos al cercano puerto de San Isidro, nos aleja hacia el curso del Curueño, que cruzaremos para desembocar en La Vega y acabar dejando atrás Cereceda y Valdecastillo. Tan sólo unos pocos kilómetros después —tras atravesar unos paisajes tomados por una vegetación pálida y quejumbrosa y observar desde la ventanilla las casas solitarias (y probablemente olvidadas por sus moradores, si es que alguna vez los tuvieron) que van apareciendo con cuentagotas a ambos lados del camino— nos daremos de bruces con la presa.

"Las tierras que rodean el embalse del Porma son las que dan consistencia al territorio mítico de Región, el espacio en el que Benet condensó las miserias y los fantasmas de una Historia, la de su propio país."

La construcción, en verdad, impresiona. Una mole de hormigón cuya verticalidad alcanza los setenta metros de altura que se alza impávida ante el viajero y le cierra el paso con la contundencia propia de una muralla. Probablemente esa obra de ingeniería explique o resuma mejor que cualquier análisis la esencia de la prosa de Juan Benet, que en 1962 se instaló en una de las construcciones que hemos visto al borde del camino para dirigir las obras en el embalse y comenzar un manuscrito que acabaría publicándose en 1967 con el título de Volverás a Región. En ese lugar y en ese tiempo, de hecho, está fechada la novela, que marcó un antes y un después en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX y cuyo eco resonaría en lo que a partir de entonces fue dando a imprenta un escritor cuya mención suele suscitar odios viscerales o apasionadas adhesiones.

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Puede que él se lo buscase, porque si algo caracterizó el paso por el mundo de Benet, que nació en Madrid en 1927 y falleció en esa misma ciudad en 1993, fue la vehemencia con que exponía en público unas opiniones tan contundentes como controvertidas para lo que era costumbre en su época. Quizás por eso no abunden los estudios que, desde la ecuanimidad y el estricto juicio estético, desvelen todo lo que esconde su estilo torrencial y nada condescendiente con los lectores que osan aventurarse por sus recovecos. Lo hizo Francisco García Pérez, catedrático de Lengua y Literatura y crítico literario, en el completísimo Una meditación sobre Juan Benet (Alfaguara), que además de constituir una perfecta guía de lectura es probablemente el mejor ensayo que se ha publicado en España en torno al corpus benetiano. Hay que lamentar que el libro se encuentre descatalogado, porque sus páginas abordan con rigor y amenidad los vericuetos de una obra tan compleja como fascinante, desde el iniciático Nunca llegarás a nada a la epilogal El caballero de Sajonia, a la par que la relaciona con su contexto cultural e histórico. También porque su autor separa con gran tino el grano de la paja, es decir, al Benet que perseguía su propio grand style y se mostraba tan leal con sus amigos como exigente con los colegas del que con frecuencia se ganaba las iras de ciertas esferas literarias al arrancarse con aseveraciones («Cambio todo Galdós por una sola página de Stevenson», fue una de sus boutades más célebres) que no siempre se entendieron tan bien como debieran.

Las tierras que rodean el embalse del Porma son las que dan consistencia al territorio mítico de Región, el espacio en el que Benet condensó las miserias y los fantasmas de una Historia, la de su propio país, cuyo flujo recorrerá la inmensa mayoría de sus narraciones. Pergeñó la versión definitiva de su novela fundacional mientras dirigía la construcción de la presa —«Hoy he acabado la transcripción de Volverás a Región. Espero que sea la última», apuntaba en su agenda el 14 de septiembre de 1965, ignorando que aún habría de afrontar dos reescrituras más—, aunque el germen ya rondaba en su cabeza desde varios años antes. Entre 1953 y 1955 —antes incluso de que viera la luz su obra teatral Max, el primer texto que publicó—, mientras se afanaba en sus estudios de Ingeniería de Caminos, inició la escritura de una novela que tituló El guarda y que versaba sobre un vigilante que impedía la entrada de los intrusos en su bosque prohibido. En algún momento de ese proceso decidió ambientar la acción (si es que resulta admisible ese término al referirnos a la narrativa benetiana) en un lugar imaginario al que bautizará como Región. En 1961, en su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada, ubicaba el escenario del segundo de los cuentos («Baalbec, una mancha») en ese mismo lugar imaginario. Entre tanto, enviaba el manuscrito de El guarda a varias editoriales españolas e iberoamericanas que no tardaron en rechazarlo. Cuando en 1962 se mudó a una casa erigida ad hoc al pie del embalse del Porma para dirigir el levantamiento de la presa, metió en su equipaje una copia de aquella novela que parecía tan maldita como el territorio en el que transcurría. Entre reescritura y reescritura, le cambió el título por el de La vuelta a Región y trató de convencer a algunos editores más, pero todos sus intentos resultaron infructuosos. Probablemente habría desistido de no ser por el interés de sus amigos Dionisio Ridruejo y José Suárez Carreño, que le empujaron a perseverar en nuevas redacciones. Creyó concluirlas en aquel verano de 1965 en el que ya dio a su creación el título definitivo de Volverás a Región. Ese año, no está de más advertirlo, llegó a las librerías La inspiración y el estilo, un valiosísimo ensayo en el que Juan Benet dejaba sentadas las bases de su teoría literaria. No fue suficiente, sin embargo, para despertar el interés hacia lo que estaba por venir. Presentó Volverás a Región al premio Nadal, pero el manuscrito ni siquiera resultó seleccionado para el último corte, y sólo tras una nueva reescritura, la sexta, consiguió firmar, el 18 de febrero de 1967, un contrato para publicar en Destino lo que acabaría constituyendo un hito fundamental en la literatura de su tiempo.

Embalse del Porma

Embalse del Porma

"Tiene toda la razón Marías cuando sostiene que la novela, con todo, sólo fue el inicio de un camino. Con el paso de los años, Benet no dejaría de mantener su apuesta, e incluso radicalizarla, en sus siguientes títulos."

Javier Marías, en 1992, definía Volverás a Región como «un libro fundacional en el que en cierto sentido se hallaba ya contenido el resto de la obra de Benet». Carmen Martín Gaite veía en ella «una novela con una fuerza enorme», Félix de Azúa entendía que había supuesto para los escritores de su generación «la reconciliación con la literatura en castellano», Vicente Molina Foix la calificaba como «un descubrimiento» y Alejandro Gándara exponía que con ella Juan Benet «introdujo en el castellano la narrativa internacional, con sus modos, usos y recursos, que escapaban al costumbrismo y refutaban el realismo social». Eduardo Mendoza era mucho más explícito: «Aparte de la innovación técnica que supuso, uno de los principales valores de Volverás a Región tiene su origen en que creó un inmenso nivel de exigencia y de rigor en la escritura. A partir de la publicación de esta novela, ya no se puede ser tonto en la literatura española».

Tiene toda la razón Marías cuando sostiene que la novela, con todo, sólo fue el inicio de un camino. Con el paso de los años, Benet no dejaría de mantener su apuesta, e incluso radicalizarla, en sus siguientes títulos —Una meditación, Un viaje de invierno, La otra casa de Mazón, En el estado— hasta llegar a ese verdadero tour de force que fue Saúl ante Samuel, que sus admiradores consideran su obra cumbre y sus detractores juzgan un fárrago difícilmente descifrable. A partir de ese libro, el autor suavizaría su propuesta. Algunos piensan que porque estaba convencido de que ya no sería capaz de superar la cima sobre la que con tanto esfuerzo había hincado su bandera. Otros sostienen que, por distintas razones, sintió la necesidad de llegar a un mayor número de lectores haciendo su estilo más comprensible para el público general. Eso no quiere decir que sus últimos libros resulten ni mucho menos prescindibles. Baste como muestra ese monumento narrativo, tristemente inconcluso, que fue Herrumbrosas lanzas, un empeño titánico y lúcido por contar la Guerra Civil circunscribiendo su desarrollo al entorno de las montañas regionatas.

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¿Qué lugar ocupa Juan Benet en el contexto de la literatura española? Francisco García Pérez lo tiene claro: «Fue, sin duda, el escritor más importante de la segunda mitad del siglo XX; fuera de aquí se le sigue estudiando, se organizan congresos sobre su figura y se publican artículos y artículos en torno a su obra». Cabe preguntarse si dentro, en España, ha dejado huella. «No puede tener epígonos ni discípulos “literarios”, pues cerró, quizá categorialmente, un modo de escribir, como hicieron Kafka o Beckett; ahora bien, su influencia en Marías, Azúa o Eduardo Mendoza, por ejemplo, es abrumadora en cuanto que representaba un modo de ver la literatura tan inusual como rompedor. Galdós puede tener discípulos, los hay a montones, pero Benet no».

"Adentrarse en la prosa de Benet, sumergirse en las frondosidades de su sintaxis, avanzar por los senderos de sus subordinaciones, requiere una fuerza de voluntad casi equiparable a la que se precisa para ascender por esta cuesta que parte de los pies de la presa."

¿Es un autor tan inaccesible como se dice? ¿Resultan sus libros tan crípticos para los lectores que no estén iniciados en el misterio? García Pérez cree que es posible adentrarse en Benet de manera paulatina, ascender desde la base hasta la cumbre. Sugiere comenzar por el delicioso volumen autobiográfico Otoño en Madrid hacia 1950 para continuar después con la novela negra El aire de un crimen y atreverse más tarde a degustar el relato «Una tumba». Luego, propone embarcarse en las Trece fábulas y media y Fábula decimocuarta y navegar hacia el resto de sus cuentos —hay una edición en Debolsillo, en dos tomos, con sendos epílogos de Ignacio Echevarría y del propio García Pérez— para hacer escala en La inspiración y el estilo antes de desembocar en Volverás a Región y atreverse, después, con lo que venga. «Todo esto como lectura para dos años, muy poco a poco», matiza.

Porque de Región salimos y a Región volvemos. El viaje es arduo, pero no hay cuestión importante que no requiera un esfuerzo. Situémonos de nuevo ante la presa del Porma y pensemos que acaso esa pared gris aparecida de pronto en medio de la nada constituya, también, la mejor metáfora del sistema benetiano: un territorio inextricable, cerrado a cal y canto, absolutamente inaccesible para el forastero. Una zona de sombra ante la que sólo es posible sentir estupor y desaliento, sin un mínimo resquicio para la esperanza o el ánimo. Adentrarse en la prosa de Benet, sumergirse en las frondosidades de su sintaxis, avanzar por los senderos de sus subordinaciones, requiere una fuerza de voluntad casi equiparable a la que se precisa para ascender por esta cuesta que parte de los pies de la presa y la rodea en una subida constante hacia su cúspide. Acaso seguir el compás de la narrativa regionata no sea tan distinto a coronar el mamotreto que cerca los valles que inspiró esa comarca en la que nunca se supo de otra cosa que de la desesperación. Acaso el ritmo de nuestra respiración —cada vez más entrecortado a medida que perseveramos en el avance— sea el mismo ahora que cuando, con una mezcla de congoja y ansia, pasamos las páginas de una obra tan rica como enmarañada. Alguien dijo una vez que existían dos clases de maestros: los que llevaban de la mano a sus alumnos por el bosque y les hablaban con todo lujo de detalles de la flora y la fauna que veían a su alrededor, y los que, en vez de entretenerse en circunloquios, arrastraban a sus pupilos monte arriba sin consideraciones hasta llevarles, destrozados, a la cumbre para, una vez allí —tan exhaustos ellos como nosotros ahora, cuando al fin hemos llegado a la parte alta de la presa y podemos desentrañar el misterio que aguarda al otro lado—, mostrarles con un solo gesto todo cuanto ha quedado a sus pies y dejar que sean sus propias conciencias las que asimilen aquello que se les ofrece desde una perspectiva inédita y total, más poderosa que cualquier disertación. Quizás ascender a la cumbre de la presa del Porma y contemplar desde allí el suntuoso paisaje que se abre a nuestros ojos suponga, sí, la metáfora perfecta para interpretar la poética de Benet sin caer en el tópico o en la grandilocuencia. Tal vez sea la única forma de contar por qué vale la pena entrometerse sin complejos en su enigma. Penetrar en sus oscuridades. Adentrarse en su penumbra.

* Imágenes de Juan Benet cedidas por sus herederos

Autor: Juan Benet. Título: Volverás a Región. Editorial: DEBOLSILLO. Venta: Amazon y FNAC

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