Durante más de una década, Juan Gómez-Jurado ha construido uno de los universos narrativos más sólidos, reconocibles y exitosos de la literatura española contemporánea. Sus novelas (con personajes convertidos ya en iconos populares y millones de lectores fieles) le han situado en un lugar excepcional: el del autor que domina el thriller sin renunciar a la inteligencia ni al pulso narrativo. Precisamente por eso, su nueva apuesta novelística no es un movimiento cómodo, sino una decisión consciente de riesgo.
Esta novela no es solo un giro narrativo, sino una declaración de intenciones. En tiempos de certezas instantáneas, Gómez-Jurado reivindica la duda; frente a la posverdad, explora la mentira como mecanismo de supervivencia, como estrategia humana y como fundamento artístico. Y lo hace desde una escritura que no busca tranquilizar, sino incomodar.
En esta entrevista, hablamos con Juan Gómez-Jurado de éxito y de cansancio creativo, de personajes que liberan y personajes que aprisionan, de la mentira como herramienta literaria y de la necesidad, todavía intacta, de escribir no para confirmar lo que se sabe, sino para entender aquello que aún no tiene respuesta.
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—Llevas más de quince años construyendo un universo narrativo muy reconocible. ¿En qué momento sientes que necesitas escribir otra cosa?
—En el momento en que dejo de divertirme. Ese es el resumen más honesto. Cuando llevas quince años creando un tono, un universo, una serie de novelas interconectadas, eso no solo produce libros: también te va creando a ti. Aparecen unos modos literarios, unas inercias, unas maneras de hacer que, sin darte cuenta, empiezan a constreñirte. Aunque cambies de género, la narrativa adquiere una forma fija. Y yo necesitaba contar cosas nuevas, hablar de personajes nuevos y hacerlo con más libertad.
—¿Ese cansancio tiene que ver con el éxito o con la repetición?
—Con la repetición. El éxito no es el problema. El problema es cuando empiezas a escribir desde un lugar que no es honesto contigo mismo. Cuando sientes que estás respondiendo a expectativas externas más que a una necesidad interna.
—¿Te ha pasado como a Conan Doyle con Sherlock Holmes, que has llegado a odiar a tu personaje?
—No, no. Yo quiero mucho a Antonia Scott. Otra cosa es que no me caiga bien. Pero Antonia Scott no puede caerle bien a nadie. Ni siquiera a Jon Gutiérrez. El amor y el gusto pueden ir por caminos distintos.
—Antonia Scott es casi un arquetipo. Eva Ramos parece otra cosa.
—Totalmente. Antonia era tautológica, como Indiana Jones, James Bond o Sherlock Holmes. Son personajes que se demuestran a sí mismos. Sabes que van a ganar siempre. Tienen algo de superheroína, aunque sufran y se lleven golpes. Eso es muy poderoso narrativamente, pero también limita.
—¿Qué buscabas entonces con Eva?
—Vulnerabilidad. Eva es más cartesiana: lo que entra por un lado sale por el otro. No tiene superpoderes. Tiene heridas. Duda. Se equivoca. Y eso la acerca más al lector.
—De hecho, hay una herida física que la acompaña durante toda la novela.
—Sí. Se lleva una herida muy grande en la pierna al principio. La arrastra por la nieve, dejando un rastro rojo sobre blanco. Esa imagen me interesaba mucho: la herida no se cierra, no desaparece. La acompaña hasta el final.
—Habéis hecho una experiencia muy poco habitual con lectores antes de la publicación.
—Sí. Juntamos a varios lectores en un hotel, los encerramos con la novela y les dijimos que no salían hasta terminarla.
—Eso suena a experimento sociológico.
—Un poco sí. La idea fue de Irene Pérez y Carmen Romero. La abrazamos enseguida porque nos permitía ver el feedback casi en tiempo real.
—¿Y qué descubriste observando a esos lectores?
—Que conectaban mucho con la vulnerabilidad de Eva. Sentían que iban a su mismo paso. No tenían la sensación de que el personaje supiera más que ellos o fuera por delante, sino que avanzaban juntos.
—Eva explica mucho lo que hace y por qué lo hace. Como autor, ¿prefieres que el lector comprenda o que dude?
—Las dos cosas. Primero tiene que dudar para poder comprender después. La duda siempre antecede a la comprensión. Si lo primero que aparece es la certeza, hay que desconfiar. Y más en el mundo moderno, donde las certezas se fabrican a una velocidad inquietante.
—En Mentira planteas que vivimos instalados en ficciones cómodas. ¿Incluye eso al propio escritor respecto a su imagen pública?
—Claro. Es casi inevitable. Cuando te enfrentas a una sala llena de lectores necesitas una armadura. A mí me encanta firmar libros, hablar con la gente, estar allí. Pero también me pongo un poco el traje de Papá Noel. Es bonito hacer felices a muchas personas, pero exponerse hoy en día es peligroso.
—En la novela afirmas que las creencias no se cambian, solo se justifican. ¿Es una visión cínica del ser humano?
—No. Es una visión psicológica. No me lo he inventado yo. Las normas de la naturaleza humana están basadas en cómo funciona nuestro cerebro. Las creencias son, en muchos casos, prácticamente inamovibles.
—¿Hasta qué punto condicionan nuestra percepción de la realidad?
—Totalmente. Mira un partido de fútbol con tu hijo. Ninguna falta en el área de tu equipo será penalti jamás. Y cualquier roce en el área contraria sí lo será. Las creencias modifican la percepción. Eso es humano.
—En Mentira, la mentira no aparece como un vicio moral, sino casi como una herramienta de supervivencia. ¿Es una tesis literaria o una convicción personal?
—Es una tesis artística. El artista miente siempre. Un pintor traza una línea horizontal y de repente vemos un horizonte. Velázquez miente cuando crea profundidad en Las Meninas. El cineasta manipula nuestra mirada. El escritor también. La mentira es el fundamento del arte.
—Hablemos del éxito. Se te presenta como el escritor en español más vendido. ¿Eso condiciona tu escritura?
—Bueno, eso dicen, sí. Desde 2019. Pero la pregunta importante no es esa. La pregunta es: ¿desde dónde escribo? Cuando empecé esta novela abrí un documento de Word titulado: “¿Por qué y desde dónde escribo esta novela?”. No hablaba de éxito ni de lectores. Me hablaba de Agatha Christie, del narrador no fiable, de lo que significaba para mí un personaje como Eva Ramos.
—Si Eva Ramos hubiera sido tu primera novela, sin lectores previos ni expectativas, ¿habría sido distinta?
—Sí. Habría sido peor. No llevaría veinte años aprendiendo este oficio. Cada novela exige reaprender cómo se cuenta esa historia. El aprendizaje nunca se detiene.
—Salir de la zona de confort, entonces, es una decisión consciente.
—Absolutamente. Todo el mundo quería otra novela de Antonia Scott, y más con el éxito de la serie. Pero mi corazón me decía que quería contar la historia de Eva.
—Última pregunta: ¿escribes para averiguar algo que no sabes, o porque ya sabes muy bien cómo funciona el juego?
—Siempre escribo para contarme a mí mismo la historia que se me ha ocurrido. A veces parto de una historia muy potente y busco el único personaje al que podría sucederle. Otras veces parto de un personaje muy fuerte y me pregunto cuál es la historia más difícil que podría vivir. En el caso de Eva, estaba claro: lo peor que le puede pasar a alguien que vive de la mentira es tener que descubrir la verdad.






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