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Juan Manuel Velasco, la lucha literaria de un escritor desafortunado

Juan Manuel Velasco, la lucha literaria de un escritor desafortunado

Un amigo me dijo que el hermano de un conocido había escrito una novela que le había gustado al papa, A ti, Mateo, es a ti. El nombre no me sonaba. Vi que la historia era cierta, que le habían entrevistado en varias emisoras por aquella carambola. Luego, durante un encuentro en una cafetería, supe que se editaba sus libros, que escribía de todo (novelas, poemas y también discursos para alcaldes o bautizos) y que también era un negro de la literatura. Que vivía dignamente de escribir, que había dejado un trabajo de tres mil euros “limpios” mensuales por este oficio. No le ha publicado Random House ni Tusquets. Ni va a firmar en esta feria del libro del Retiro. No sale en los periódicos, ni le llaman de las radios, pero escribe cinco horas todos los días. Se llama Juan Manuel Velasco y es quien responde en su web www.teescriboloquequieras.com. Todo un personaje, o no más diferente que cualquiera.

***

—¿Por qué escribes?

—Porque creo que es lo único que sé hacer bien. No lo creo, lo afirmo. Con el tiempo me he dado cuenta de que tienes que aprovechar tu talento, tu especialidad o como quieras llamarle. De eso me di cuenta hace trece años, cuando dejé un trabajo acomodado, solvente, de ocho a tres. Cobraba bien y además me permitía para vivir en escritor.

—¿Qué trabajo era?

—Estaba en una mutua de accidentes de trabajo y codirigía el departamento de Comunicación. También dirigía la revista.

—¿Cuánto ganabas?

—En 2010, cuando lo dejé, una media de tres mil euros limpios al mes.

—¿Dónde vives?

—En Benicàssim desde hace 16 años.

—¿De dónde eres?

—He nacido en Castellón y me he criado en un pueblecito que se llama Atzeneta del Maestrat.

—¿Cuándo empezaste a escribir?

"Me levanto a las ocho, bajo al ordenador y puedo ponerme a escribir perfectamente. Y a las once de la noche puedo escribir también sin problemas"

—Casi desde que tengo uso de memoria. Yo escribía bien, se me daban bien las redacciones en el cole, colaboraba en el librito de las fiestas de mi pueblo. Y en la mutua, desde que empecé, a los veinte años.

—¿Has dejado de escribir alguna vez?

—No. Es una droga.

—¿Escribes a diario?

—Sí. Dos, tres, cuatro horas; cinco a veces.

—¿A alguna hora fija?

—No. Yo soy multitarea, no necesito concentrarme, la escritura me sale mecánica. Escribo relativamente rápido y puedo pasar de un tema a otro. Me levanto a las ocho, bajo al ordenador y puedo ponerme a escribir perfectamente. Y a las once de la noche puedo escribir también sin problemas.

—¿Cuál fue el primer libro que te deslumbró?

—Deslumbrarme como tal… Aludir a El principito, que es un clásico… Pero realmente le guardo veneración y lo he leído varias veces, como muchos otros.

—¿Qué último libro te ha deslumbrado?

Un verdor terrible, de Benjamín Labatut. En cambio, el último que ha sacado Labatut, Maniac, no me ha deslumbrado. Pero el primer capítulo de Un verdor terrible creo que es el mejor primer capítulo que he leído de mi historia de la literatura.

—¿Otros libros, entre medias, que te han hecho gracia?

"Tengo miedo a que la enfermedad me lleve a dejar de escribir, pero no tengo miedo a dejar de escribir porque sé que no voy a dejar de escribir nunca, salvo cuando las facultades me lo impidan"

—Fui muy del realismo mágico, de García Márquez, y leí en su momento mucho a Umbral. Siempre he querido escribir como Umbral, no tanto como novelista, que es muy malo, es caótico; pero como escritor es extraordinario. Yo siempre separo al novelista del escritor y procuro siempre conciliar el buen novelista con el buen escritor.

—¿A qué libros o autores vuelves siempre?

—¿Sabes lo que pasa? Que como escribo tanto leo relativamente poco, y no sé si debiera confesar esto. Ahora estoy leyendo una novela de Antonio Tocornal, un tío que concursa mucho y que escribe muy bien. Prefiero leer ensayos que recurrir a autores, porque cuando recurres a autores que te han hecho sentirte feliz, al variar tu lente puede que no los encuentres del mismo modo. No quiero volver donde he sido feliz.

—¿Qué libro habrías querido firmar?

El viejo y el mar.

—¿Tienes miedo de dejar de escribir?

—Tengo miedo a que la enfermedad me lleve a dejar de escribir, pero no tengo miedo a dejar de escribir, porque sé que no voy a dejar de escribir nunca, salvo cuando las facultades me lo impidan.

—O sea, que tienes ideas.

—Sí, y si no tengo ideas me las hacen tener, porque escribo para otros.

—Como negro.

—Tengo una página que se llama www.teescriboloquequieras.com. Sobrevivo de escribir para otros, como negro y como blanco. Como negro negro porque no firmo y como negro blanco porque realmente puedo firmar lo que me contratan. Es decir, escribo por encargo.

—¿Qué temas por encargo?

—He escrito de todo lo que te puedas imaginar. El otro día me contactaron desde las islas Caimán para que escribiera artículos científicos. Un doctorando tenía que publicar cierto artículo, pero al final no llegamos a un acuerdo.

—¿Sobre qué tema?

"¿Quinientas palabras? Muy poco. Lo he hecho esta mañana con un ordenador que no era mío. Y si llego a estar en casa, en media hora. Escribo rápido"

—Le daba igual. No llegamos a concretar porque el hombre era un poco payasete. Le pedí dinero y me dijo que en las islas Caimán el dinero no era un problema, pero se diluía mucho. Era sobre Derecho, era doctor en Derecho y quería publicar artículos sobre Derecho y Sociología. No me lo precisó bien. He escrito para bodas, y artículos, y muchos discursos para políticos. También pregones para fiestas, cartas de amor, letras de canciones. Y para directivos de empresas. Y algún ensayo e incluso una novela para otro.

—¿Conocidos o desconocidos?

—Conocidos y desconocidos. Yo tengo un cliente importante en el hemisferio norte al que le escribo recurrentemente.

—¿Qué perfil tiene?

—Regenta un gran bufete de abogados de una franquicia española que está trasladada a ese país. Hace tres años me descubrió por internet y me dijo si yo podía escribirle un discurso conmemorativo de una revista de Derecho. Y que si podía hacer una laudatio de una magistrada del Tribunal Supremo y le dije que sí también. El tipo se quedó impresionado. Y desde entonces. Me paga muy bien.

—¿Cuánto?

—No lo puedo decir.

—¿Mil euros al mes?

—Por ahí está. Anoche mismo me dijo si podía escribirle un artículo sobre el edadismo, sobre la discriminación de la gente por razones de edad.

—¿Y eso cuánto tiempo te puede llevar?

—¿Quinientas palabras? Muy poco. Lo he hecho esta mañana con un ordenador que no era mío. Y si llego a estar en casa, en media hora. Escribo rápido. Tengo que ser como el guepardo, que come rápido y caza rápido porque viene el león y le quita la presa. Hay que espabilarse.

—Dime la última frase que has escrito, cuando llegues a casa.

—“Pero Raimundo es conocedor de que los hombres como él, hechos a vivir en lo alto, con las montañas de su parte, señalados de más por la rutina, no se aclimatan a los mares cálidos, aunque las sirenas canten”. Es el final de mi última novela.

—¿Tiras mucho, borras poco porque lo maduraste antes?

—No borro, reelaboro. Normalmente vuelvo sobre mí. Pero no borro, corrijo, matizo, mejoro.

—¿Llevas una agenda encima?

—No, tengo buena memoria, creo. Nunca anoto.

—¿Escribes pensando en alguien en concreto o para ti?

—Escribo para mí, de mí para mí, cuando escribo literatura; y cuando escribo de mí para otro me camaleonizo.

—¿Te cuesta esa metamorfosis?

"Como me cuesta poco escribir, me lo saco de encima relativamente rápido. La última novela, de 60.000 palabras, la he terminado en 46 días"

—No. Yo soy ateo y he ganado bastantes concursos de literatura religiosa, de poesía religiosa, como la Mare de Deu de Lledó de Castellón, que es la virgen de Castellón y tuve que leer las poesías allí; gané el concurso de la Semana Santa de Linares… Habré ganado unos cincuenta concursos, de arte menor y mediano. Y tengo un poemario íntimo que lo presenté al Fernando Rielo y si lo lees crees que soy san Juan de la Cruz reencarnado.

—¿Enseñas a alguien antes de publicarlo?

—Sí, tengo lectores cero, pero son de la casa. Tengo un amigo escritor que me da caña, pero lo que pasa es que tenemos perfiles distintos de la literatura y no siempre sus visiones coinciden con las mías.

—Pero eso puede resultar mejor.

—Sí, claro, pero a veces no estoy de acuerdo con su planteamiento y otras veces sí.

—¿Te obsesionas con el libro que tienes entre manos?

—No. Lo que pasa es que, como me cuesta poco escribir, me lo saco de encima relativamente rápido. La última novela, de 60.000 palabras, la he terminado en 46 días. Quizá no diga mucho en mi favor, pero es así. Y te aseguro que la he recorrido tres, cinco veces, quizá alguna más.

—¿Has tenido pesadillas con lo que estabas escribiendo?

—No lo recuerdo, no tengo mala salud mental.

—¿Y si te sentaras un día y no se te ocurriera nada, aunque ya has dicho que es difícil?

"En los de poesía, sobre todo, hay mucha endogamia. Y muchos jurados que van de premio en premio. Y en cuanto a los de novela, ni tiene que decir que los mediatizan las editoriales y las agentes literarias"

—Es que siempre se me ocurre algo, y si no se me ocurre, yo participo en muchos concursos temáticos, con lo cual tengo que elaborar muchos temas ex profeso según lo que solicitan las bases, así que siempre tengo algo que escribir. De hecho, he acabado recientemente una novela que para mí es una mierda, ¿vale?, pero ahí tengo 64.000 palabras. Empecé como una boutade, porque me sobraba tiempo esta temporada, porque no tenía muchos encargos, y la he terminado. No sé si me gusta, pero en dos meses la he terminado.

—O sea, que no te imaginas la vida de otro modo.

—No. Soy autónomo, soy libre, no tengo horario ni calendario, escribo en pijama cuando no tengo que escribir, o en pantalón corto y sin camisa en verano.

—¿Cómo es tu cuarto de trabajo?

—Tengo un despacho con vistas a la parcela de al lado, forrado de libros, una mesa con doble pantalla y el teclado. A veces, no mucho, soy propenso a la ansiedad, y entonces sentarme allí es balsámico: es mi espacio, mi búnker, mi refugio.

—¿Por qué concursas?

—¿Te lo digo sinceramente? El ego está en último lugar. Concurso por dinero y concurso por reputación, para tener un currículum que cuando presente algo a alguien diga: «Este sabe escribir».

—¿Cuánto ganas de media concursando?

—Desde que llevo concursando, que creo que fue en 2017, unos 50.000 euros. No es mucho. Depende de la racha.

—¿Cuál ha sido el premio de mayor cuantía?

—Sólo tres mil euros. Varios de tres mil, el de Tudela, el de Torrecampo…

—¿Y el de menos?

—Cien euros. Me llamarás materialista, pero esto forma parte de mi supervivencia y de mi complemento económico. Si no hay un premio económico no concurso.

—¿Tú crees que los premios están amañados?

"Tengo Instagram, LinkedIn, en Facebook estoy muy activo, pero... Cuando gano un concurso lo cuelgo en Facebook porque si no nadie sabría si he ganado"

—Los grandes y muchos de novela y de poesía sí. En los de poesía, sobre todo, hay mucha endogamia. Y muchos jurados que van de premio en premio. Y en cuanto a los de novela, ni tiene que decir que los mediatizan las editoriales y las agentes literarias.

—¿Tienes cuenta en Twitter?

—Sí, pero la uso muy poco.

—O sea, que no sabes si tienes seguidores.

—Soy muy bueno escribiendo, pero muy malo vendiéndome.

—¿Tienes amigos del ramo?

—Sí. Pero yo hablo muy poco de mí. Por ejemplo, Raúl Ariza, que ganó el Getafe Negro hace unos años, y Miguel Torija. Son de la tierra.

—¿Lees en papel, en iPad?

—En papel y en el monitor de televisión, porque leo mucho para nutrirme. Leo el periódico a diario pero no lo compro. Leo El País por tendencia y barro El Mundo y La Razón para contraponer.

—¿Y redes sociales?

—Tengo Instagram, LinkedIn, en Facebook estoy muy activo, pero… Cuando gano un concurso lo cuelgo en Facebook, porque si no nadie sabría si he ganado.

—¿Crees que los libros acabarán desapareciendo físicamente?

—Espero que no, creo que es complementario. «El vídeo no mató a la estrella de la radio», como diría la canción. La eclosión de los iPads y los eBooks no ha matado al libro, creo que el libro en papel tiene ahora mejor salud económica que nunca.

—¿El último día en que fuiste a una librería?

—Hace un mes.

—¿El último libro que compraste?

—Fue por Amazon y se llama Maniac, el que te he comentado. Es que como vivo aislado, a cuatro kilómetros de Benicàssim y a doce de Castellón, Amazon me es muy cómodo.

—¿Has fracasado, has triunfado?

—Ni una cosa ni otra. Es que no me muevo por el triunfo, me muevo por… Yo qué sé. Me muevo porque siento lo que hago, porque me gusta hacer lo que hago, porque creo que lo hago bien y sí creo que he fracasado en el sentido de que creo que tengo unas muy buenas novelas que están inéditas y no deberían de estarlo estando otras publicadas. Ahora tengo dos en el cajón, que no es esta última, y considero que son muy buenas novelas.

—¿Tienes mujer, hijos?

—Ahora vivo solo. Tengo dos hijos, uno viviendo en Bilbao y otro aquí en Madrid. Tienen 29 y 25.

—¿Y tú?

—Los que quieras echarme, nunca digo mi edad.

—Cincuenta y cinco.

—Gracias.

—¿De dónde sacas los temas? Los que no son de encargo, los literarios.

"Nada de lo humano me es ajeno, como decía Ovidio; creo que es de él. También soy muy fan del ciclismo y del atletismo, y como corro soy friqui de marcas"

—A veces son por un chispazo. El año pasado estaba por Nochebuena en casa de unos amigos y una chica habló de la historia de una mujer del pueblo donde me crie, un asunto turbio con un cura de por medio. No quise saber más, no era necesario. No me documenté, no pregunté, sólo escribí. Y en menos de dos meses acabé Confieso que tocó, padre.

—¿Cuántos libros tienes?

—Publicados y que sean novelas, cinco. Y cuatro ensayos, dos poemarios. Y debo de tener más de cuarenta publicaciones corales de concursos en los que aparece algún texto mío. Y un cajón repleto de olvidos y expectativas.

—¿Te inspiran también los vecinos, por decir algo, o las series?

—No veo series. Sólo deportes y documentales. Más que de fútbol, soy de snooker. Es un deporte pacificador, un billar con seis troneras. Es muy British y casi sólo British. Hay quince bolas rojas, una blanca y otras seis de otros colores. Es un deporte de estrategia. Ayer ganó el deportista que durante más tiempo ha dominado su especialidad, tiene 48 años y se llama Ronald O’Sullivan. Es un genio. Yo lo veo en Eurosport. Yo ya lo conocía porque soy muy curioso. Nada de lo humano me es ajeno, como decía Ovidio; creo que es de él. También soy muy fan del ciclismo y del atletismo, y como corro soy friqui de marcas. Como tengo buena memoria numérica te puedo decir récords del mundo: el de 1.500 es 3:26:00, el de la maratón es 2:00:35, del malogrado Kiptum.

—¿Corres a diario?

—Tres o cuatro veces a la semana. Diez, doce, catorce kilómetros. Depende.

—¿Has corrido alguna maratón?

—Bastantes medias maratones. He sido un buen mediocre. La mejor marca, 1:19. Eso fue en Villarreal. Ahora corro para mí. Tuve un episodio de arritmias y perdí energía mental, sobre todo porque tenía miedo. Ahí bajé el ritmo y no he vuelto a recuperar las prestaciones; ni quiero, porque la edad también te echa para atrás.

—¿Has escrito alguna vez como venganza, contra alguien?

"Los dos últimos se los envié a un agente literario para que me los representara, pero me soplaron 290 pavos más IVA. Me lo valoraron muy bien, pero me dijeron que no podían representarlos. ¿Por qué?"

—Escribí muchos años en el periódico Levante de Castellón, como 500 artículos de mil o mil doscientas palabras por la patilla, desde 2009 hasta que lo cerraron. Escribía una vez por semana de lo que me daba la gana. Era una tribuna que me daba repercusión. Pero dejé el trabajo por una presión de las instituciones castellonenses hacia mi jefe, porque yo escribí sobre Carlos Fabra un artículo que titulé «En el banquillo». Me quedó bonito, pero llamaron del Ayuntamiento y de la Diputación pidiéndole a mi jefe mi cabeza.

—¿Le ponías a caldo?

—Le ponía a caldo de una manera literaria, y eso jode más. No les gustó. Le dije a mi jefe: «Me molestáis y os molesto, lleguemos a un acuerdo». Me dieron una buena pasta y eso me empujó a dejar el trabajo para intentar vivir en escritor.

—¿Les faltó sentido del humor o fuiste hiriente?

—Yo creo que fui más irónico que hiriente, porque no le insulté, pero la ironía sabes que es el peor de los insultos cuando alguien…

—¿Qué haces cuando acabas un libro?

—No sé qué hacer. Los dos últimos se los envié a un agente literario para que me los representara, pero me soplaron 290 pavos más IVA. Me lo valoraron muy bien, pero me dijeron que no podían representarlos. ¿Por qué? Porque no soy nadie, no tengo seguidores, soy de provincias, no me conoce nadie, tienen que confiar mucho en mí… Así me lo reconocieron. Al final no quiero representantes.

—Pero tuviste que pagar.

—290 más IVA por cada análisis. Por una que se llamaba Roja y por otra que igual no tiene el mejor título, Confieso que me tocó, padre. Luego las presenté a un concurso.

—Y cuando te sale una página brillante, buena…

—Cuando me releo me vanaglorio, pero solamente ante mí.

—¿Te das cuenta de esa página afortunada cuando la estás escribiendo, o después, cuando la relees?

—Tú ya sabes de entrada cuándo algo es bueno o no, pero cuando vuelvo sobre algo y cuando me he dicho «¿esto lo escribí yo?», qué bonito.

—¿Te has levantado en plena noche o durante una comida para tomar notas?

—No, habitualmente no. Digamos que tengo los recursos suficientes como para no verterlo en el momento. Me acuerdo, tengo el molde.

—¿Has escrito alguna vez borracho o con drogas?

—Nunca me he drogado, nunca. Beber sí, bebo cerveza, pero…

—¿Y con alguna cerveza de más?

—Normalmente no, y cuando lo haces la cagas. No, no, esa escritura derivada de la pulsión alcohólica no. A ver, tres cervezas no sé hasta qué punto excitan mi imaginación, pero con siete nunca escribo porque encima las letras te bailan.

—¿Cuántos libros tienes ahora en la cabeza?

"Soy impaciente y propenso a la ansiedad desde siempre, pero no por ser ansioso sino por tener ese fondo de ansiedad que, bueno… Lo tengo controlado"

—Tengo y no tengo. Una novela no, porque la última está en fase de revisión, pero sí un poemario abstracto. Y un proyecto sobre la mitología de mi provincia. Soy escritor brújula, tiendo al norte, las tramas me van surgiendo. De hecho, en esta última novela, que tiene 64.000 palabras, cuando tenía 52.000 no sabía cómo iba a acabar.

—¿Te suele ocurrir?

—Tanto no. Normalmente apenas las tengo planificadas cuando empiezo. En general suelo saber hacia la mitad a dónde quiero llegar, excepto en la última.

—¿Escribes poemas en momentos delicados?

—A veces sí he escrito poemas de amor y desamor, pero de repente me digo: «Voy a hacer un poemario temático». De los mitos, o de los ritos, o de los inventos, o de los herejes, o de mis geografías. Gané un concurso en Teruel con uno titulado Cambio de letra, que era de canciones famosas a las que di la vuelta, como «Mediterráneo», «Solo pienso en ti»…

—¿Cómo eres? ¿Ansioso, tranquilo…?

—Soy impaciente y propenso a la ansiedad desde siempre, pero no por ser ansioso sino por tener ese fondo de ansiedad que, bueno… Lo tengo controlado. Soy eficaz, me considero eficaz, pero cuando topas con lo que consideras ineficacia no me irrito, pero internamente sí. Me molestan mucho los silencios en lugar de los noes cuando pido un presupuesto o algo y no me vuelven a contestar. Si yo pierdo mi tiempo, pierde tú tu tiempo dándome un no.

—¿Has publicado algún libro por crowdfunding?

—No. Soy pudoroso, muy pudoroso, me cuesta exhibirme, me cuesta venderme y me cuesta ser pedigüeño en eso.

—¿Has pagado tú alguna edición?

—Sí, pero no a editoriales. Lo que yo no quería es que las editoriales hicieran negocio conmigo. Una editorial pequeña o mediana pierde dinero con la literatura porque, primero, no te dan un fijo y, segundo, tú tienes que ocuparte de la promoción y derivados. Y algunas, muchas, te exigen que les des un fijo tú a ellas por publicar, por poner el sello.

—¿Cuánto les has llegado a pagar?

—No, nada. No he pagado por publicar.

—Entonces, ¿cómo publicas?

"Admiro a los físicos, a los cosmólogos, a los matemáticos, a los que tienen esas capacidades que están muy lejos de mí. Detesto la fachada, la impostura, las caretas, las máscaras, la vida política"

—Salvo una novela que me publicaron por ganar un premio, y otra que me publicó Ellago en 2005, las otras tres han sido autopublicadas. Me las gestiono con una imprenta de mi ciudad que tiene un acabado igual de elegante que Planeta.

—¿Cómo se llama?

—Llar digital. Es mi imprenta de cabecera.

—¿Es de unos amigos?

—Acabaron siendo amigos porque son muy eficaces y muy buenos. Y luego hago las presentaciones. Me busco la vida.

—¿Qué cuesta imprimir un libro?

—Un libro de 350 páginas te puede costar cuatro euros, y luego yo los comercializo entre 18 y 20. Eso es muy confidencial, no lo puedes contar. Luego está el trabajo detrás, el tiempo perdido… El beneficio es pequeño para tantas horas invertidas.

—Dime un trauma.

—Tengo síndrome de Peter Pan, aunque no sé si es un trauma.

—Una frustración.

—No saberme venderme mejor.

—¿Qué detestas y qué admiras?

—Admiro a los físicos, a los cosmólogos, a los matemáticos, a los que tienen esas capacidades que están muy lejos de mí. Detesto la fachada, la impostura, las caretas, las máscaras, la vida política.

—¿La vida te aburre, te sorprende?

—Estoy contento, estoy en paz con mi vida.

—¿Es injusta, absurda?

—En sí misma la palabra «injusta» es absurda. ¿Qué es la injusticia? No existe la injusticia. No cambiaría mi vida actual, aunque a veces sea aburrida porque son muchas horas de soledad de escribir, de casa, de butaca o de sillón, como quieras llamarle. Pero la contrarresto con la vida social.

—¿Has tenido alguna enfermedad de importancia?

—No, las arritmias. Pero me sentí morir muchas veces porque se me juntaba la arritmia con la ansiedad, y eso era un cóctel Molotov.

—¿Te influyó eso a la hora de escribir?

—Es que en esa época cuando tenía las crisis eran muy duras y no podía escribir.

—Me refería al modo de escribir.

—No, no, no me traumatizó. Luego me operaron, quedé bien y no tengo secuelas. No fue ni un antes ni un después, ni me cambió el modo de escribir. Ni escribí un poemario de lo mal que estuve. Ni colgué fotos mías en el hospital.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace once o doce años.

—¿Y qué sentiste ante una posible muerte cercana?

—Odio la muerte, soy un cobarde vital, soy aprensivo, soy hipocondriaco, no tolero la enfermedad, cuando siento un síntoma nuevo me desestabilizo. Lo que pasa es que relativizo todo menos mi muerte.

—¿Qué haces un día normal?

—Me levanto, me pongo a escribir, luego hago un poco de ejercicio, hago las tareas domésticas, a mediodía me suelo tomar una cervecita en cualquier garito y hago la siesta, imperdonable. Vuelvo a escribir de cuatro a siete, y a esa hora suelo quedar a correr con gente. Por la noche miro la tele y depende del trabajo que tenga me vuelvo a poner a escribir un rato después de cenar. Mínimo escribo seis horas al día.

—Sábados, domingos, festivos: ¿varías?

—Depende de los planes que tenga, pero puedo pasarme el domingo escribiendo y no me pasa nada, porque para mí todos los días son domingo o lunes, me da igual.

—¿Cómo concibes la escritura? ¿Tienes cierto compromiso con la sociedad o escribes por pura fantasía?

"En 2008, en un viaje a Roma, cuando vi La vocación de san Mateo de Caravaggio tuve el síndrome de Stendhal o algo parecido. Me dije que tenía que volver, que eso tenía una novela"

—Tengo compromiso con lo que yo considero la verdadera literatura, y con la sociedad también. Soy comprometido, pero soy un ideólogo de salón. Soy poco activista, admiro a la gente activista, la que es capaz de manifestarse en persona por los derechos de los palestinos, por ejemplo. Pero eso no me sale, no lo puedo hacer; me solidarizo, puedo tener los mismos ideales, pero no lo puedo hacer.

—¿A qué escritores admiras?

—Admiraba a algunos más de los que admiro literariamente porque los personajes a veces se han apoderado de las personas. Cuando te acercas a los mitos y los tocas resulta que son de carne y hueso y tienen unas lacras que tú no crees que tenían. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa me decepcionó mucho porque cuando yo era más joven no tenía ese perfil político. Y lo leí mucho y me gustó mucho. Con Umbral también, como te decía. Yo he sido más de lecturas y de escritores, no tengo muchos escritores fetiche, leo sin tener en cuenta autorías. Como la música.

—¿Te interesa la novela negra?

—Te voy a contar una anécdota que es inconfesable. En marzo pasado me contactó un paisano tuyo para que le escribiera una novela negra que tenía que insertar en una colección que estaba ya constituida, y esa novela iba a ser el número equis. Eran novelas de unas 30.000 palabras. En una de ellas había intervenido un reputado escritor. Yo había tenido con ese señor una relación tangencial por LinkedIn. Me contactó, me dijo si podía hacerlo y yo le dije que sí. Le pedí dinero, 5.000 euros. Me costó 23 días de trabajo. El editor le dio la enhorabuena, le dijo que iba a ir como un tiro. Lo firmó él y yo me desentendí de los derechos. Yo voy a ganar más con la novela que él con los derechos de autor, pero él también recibiría algo por entregar la novela.

—Ahí hiciste de negro total.

—De negro, de opaco, en habitación oscura y con cortinas de plomo.

—¿Cuántos libros tienes, más o menos?

—Quince.

—No, tuyos, en tu casa.

—Setecientos, ochocientos, mil; no sabría cuantificarlos.

—¿Escribes en silencio o con música?

—A veces en silencio y a veces con música de esa relajante, de agua. Porque con la música clásica me cuesta.

—¿Qué manías tienes, de escritura?

—No te sabría decir, no tengo.

—Cuenta lo del papa.

—En 2008, en un viaje a Roma, cuando vi La vocación de san Mateo, de Caravaggio, tuve el síndrome de Stendhal o algo parecido. Me dije que tenía que volver, que eso tenía una novela. A la semana siguiente de cesar en la mutua, volví a Roma con mi pareja de entonces. Era 2010. Y surgió A ti, Mateo, es a ti. Y pensé que me había quedado bonita. Yo por entonces creía que podía vivir de la literatura. Me la autoedité y la presenté en septiembre de 2013 en Castellón. El papa había sido investido en marzo de ese año. Yo había escrito un artículo duro sobre él y otro blando, como pidiéndole perdón. Antes de la presentación del libro un amigo me dijo si yo sabía que ese cuadro de Caravaggio era el preferido del papa, así que le escribí una carta al papa enviándole el libro y diciéndole que yo era ateo, pero que se lo enviaba porque compartíamos el cuadro y también le decía que había escrito contra él y que luego había rectificado porque su persona me merecía respeto. A las tres semanas recibí del servicio de publicaciones del Vaticano una nota de gracias y una foto del pontífice.

"Entrañable, asombroso, confortable el detalle de todo un papa dedicando una hora del día de Navidad a cartearse con un españolito rayano en el ateísmo"

Pero un señor de Asturias, Felipe, al que no conocía de nada, compró la novela en una de las presentaciones. Al cabo de un tiempo me contactó telefónicamente para trasladarme que era la novela más impactante que había leído jamás. Y añadió, conocedor de mi intentona fallida con el papa, que su hija tenía un cura amigo que iba a cenar con el papa en Nochebuena y que debía llevarle un presente. Felipe «obligó» a su hija a que mediara para que su amigo cura le hiciera llegar a mi ‘Mateo’. Y así sucedió. Yo me desentendí, pero en enero me telefoneó el cura de Benicàssim diciéndome que tenía una carta para mí, que debía entregármela en mano porque venía del Vaticano, y de puño y letra del mismo papa, porque él conocía su letra.

—¿Y qué te decía?

—La puedes encontrar en internet. El interior del sobre, también con letra papal en lo que concierne a remitente y destinatario, albergaba una carta tamaño cuartilla fechada el día 25 de diciembre, el día de Navidad. En la carta el papa expresa, literal: “Se imagina que la tapa [de la novela, en que aparece una reproducción del cuadro] me llamó la atención, abrí la tapa y allí estaba la carta, gracias por haberla escrito porque me parecía estar conversando. Cuando venía a Roma me hospedaba en la Casa del Clero cerca de San Luis de los Franceses y me iba a ver ese cuadro de Caravaggio”. Y agregaba que rezara por él, aunque en la carta de acompañamiento le informaba de mi escaso apego a la fe. Y añadía que le enviara “buena onda”. Entrañable, asombroso, confortable el detalle de todo un papa dedicando una hora del día de Navidad a cartearse con un españolito rayano en el ateísmo.

Cuando doy carlas a los chicos en algún instituto, o incluso en las presentaciones, les pregunto a qué debemos que el papa me haya escrito una carta. ¿A la suerte? No, el 90 por ciento se debe a mí mismo, porque escribí una novela que le gustó lo suficiente a un señor de Asturias como para proponerle a su hija esa exigencia. Y el 10 por ciento restante es el azar necesario.

—Toda una metáfora de la vida.

—Es un match point. Eso fue un artefacto publicitario que yo no supe explotar.

—La tendrás enmarcada.

—Lo hizo mi madre, pobrecita, que ya murió. Y ahora la tengo yo. Cuando pasé una mala época pensé en subastarla por eBay y por Sotheby’s o Christie’s, no me acuerdo, y me dijeron que no tenía valor hasta que el papa muriera.

—¿No te hablaron de dinero?

"Lo que veo en Madrid me gusta y me disgusta. Como escritor, quizá hubiera sido otro si me hubiera podido relacionar y si hubiera tenido contactos que me hubieran abierto otras puertas"

—No. Yo pedí tres mil euros en eBay. Fiasco. Pero esto fue al cabo de dos años. En aquel enero de 2014 me entrevistaron en La Vanguardia, en La Razón, en ABC, Francino en La ventana de la SER, el Ciudadano García de Radio Nacional, en la COPE… Fui a la feria del libro de Barcelona y no supe hacer un display de dos por dos con algo parecido a «el escritor del papa». Vendí sólo cuarenta libros más.

—¿Cuál es tu primer recuerdo escribiendo?

—Gané un premio Coca-Cola de redacción, gané el local porque también había a nivel nacional. Cualquier concurso es un azar, tienes que combinar la temática con el jurado.

—¿Juegas a la lotería?

—No.

—¿Tienes alguna escena literaria que te obsesione, como la de Proust que espera el beso de su madre o el suicidio de madame Bovary?

—Una de El cartero de Neruda, de Skármeta, cuando el hombre se corre dentro de ella, qué bien escrito está. ¿Por quién doblan las campanas? también me hizo llorar en un par de páginas. Y una escena de la película La calle del adiós, con Harrison Ford, cuando le dice a la chica “no se debe llorar cuando se tiene los ojos de ese color”. Esa frase me marcó. Y por supuesto, en Los puentes de Madison. Clint Eastwood le había enseñado ese torso de 65 años, todavía cuadrado, y luego, en una escena posterior, deja que le caiga la lluvia encima y le descubra las arrugas y las greñas. Y eso que él mismo es el director también.

—¿Hubieras sido otra persona y otro escritor si hubieras vivido en Madrid?

—Lo que veo en Madrid me gusta y me disgusta. Como escritor, quizá hubiera sido otro si me hubiera podido relacionar y si hubiera tenido contactos que me hubieran abierto otras puertas.

—¿Sueñas en colores?

—Sueño mucho. Mucho e intenso, pero no sabría decirte. Cuando sueño, a veces me despierto con ansiedad, con ansiedad fisiológica. Y con una opacidad mental.

—¿Has pensado en suicidarte alguna vez?

—Nunca. Aunque alguna vez, cuando me asomo al vacío desde una altura con barandillas, me entra como un temor a que lo irracional se apodere de mí para arrojarme. No soporto las alturas.

—¿Lees blogs de escritores?

"Todo puede ser literaturizado. Yo he escrito un poema a un tenedor y a una cremallera. Y tengo un poemario que se llama Apología de la genialidad"

—Soy un poco isla, leo a amigos escritores, tengo relación con ellos, leo publicaciones de concursos literarios para ver cómo son y para pillar idiosincrasias colectivas de jurado. Algún blog sigo, alguno por Facebook, pero no mucho.

—¿Conocías Zenda?

—Conocía Zenda. De hecho, he participado en concursos, quedé segundo en uno; recuerdo la historia pero no la convocatoria.

—¿Hablas el valenciano?

—Sí, con fluidez, aunque lo escribo con dificultad, con faltas. Me comunico con buena parte de los míos en valenciano, aunque me expreso mejor en castellano.

—¿Inglés?

—Lacónicamente.

—¿Tienes temas más literarios o se puede escribir de cualquier cosa?

—Todo puede ser literaturizado. Yo he escrito un poema a un tenedor y a una cremallera. Y tengo un poemario que se llama Apología de la genialidad.

—¿Cuánto tiempo pasas con el móvil?

—Demasiado. Mi descompresión de la escritura no es lectora, yo leo poco porque como escribo tanto me satura leer más. Además, leo con deformación profesional y eso es una jodienda. Por eso leo ensayos, porque no tengo que reparar en el estilo. Leo muy poca novela. Con el móvil me puedo pasar dos horas al día.

—¿Trabajarías, por ejemplo, de camarero o de dependiente para escribir sobre ello? Como cuando Maruja Torres se hizo pasar por gitana y Günter Wallraff por turco.

"Soy caótico, pero en mi desorden lo encuentro todo. Tenía un ángel de la guarda, una mujer de Avilés que era mi contrapunto, ordenada y cartesiana"

—Depende qué temática. He trabajado de camarero hace cuatro o cinco años porque no llegaba para comer, eso te da perspectiva. La palabra clave de mi ideario es «perspectiva», para todo. Perspectiva temporal, perspectiva psicológica. No entiendo ahora que los nazis vuelvan a salir a la calle cuando hay documentales explícitos sobre las atrocidades de Hitler antes y durante la II Guerra Mundial. Falta perspectiva. O el cambio climático transcendental: ¿es mejor cuando en 1891 todavía el Ebro se helaba en Tortosa? ¿O cuando el Támesis acogía ferias sobre su caudal helado que ahora que tenemos apenas un grado y medio más de temperatura que en la época preindustrial? Pocos niegan eso. ¿Dónde, pues, el conflicto con el presunto cambio climático? Lo hay, no lo niego, pero ¿es peor ahora? ¿Hay ahora más desastres naturales? No. ¿A qué venía esto? Este verano pasado estuve en Dubái, a 45 grados de máxima el 15 de agosto. Yo soy medio friqui porque cada día, a primera hora, me doy un paseo por las temperaturas del mundo. Esa sensación térmica de Dubái se me antoja irrepetible, porque, además, las mínimas oscilaron en mi estancia sobre los 36º.

—¿Cuál es tu experiencia más extrema, esta de Dubái?

—He estado en el Himalaya haciendo trekking y sobrepasamos los cinco mil metros de altura, pero no fue traumático, fue placentero. Estuve a 18 bajo cero en un paraje que está en una hondonada del Maestrazgo. El pueblo se llama Fortanete y el paraje está a 1.450 metros de altura. En una primera instancia parece que no hace tanto frío, pero cuando sales y empiezas a andar te sientes raro. Imagínate en Oimiakón, el lugar habitado más frío del mundo. Se alcanzan los menos 60.

—¿Duermes mucho, poco?

—No duermo de un tirón, pero no acuso el dormir mal. Y no, no demasiado. Entre cinco y seis horas.

—Y luego la siesta.

—Una horita, como Buenafuente. Una horita que se alarga a veces. Buenafuente me hace mucha gracia porque decía que después de comer habría que acordonar la zona y dejar ahí los platos.

—¿Eres caótico u ordenado?

—Soy caótico, pero en mi desorden lo encuentro todo. Tenía un ángel de la guarda, una mujer de Avilés que era mi contrapunto, ordenada y cartesiana. Yo le pasaba todo y ella lo corregía, pero, lo que es la vida, sus amigas me encargan un discurso para su despedida, una fiesta sorpresa porque se jubilaba a los 60, una jubilación anticipada. Y me dijeron: o lo cobras o te lo pagamos. Total, que al final cobré. Pero ella se enteró de que yo había cobrado cien euros, porque al final les cobré cien euros. Después de once años siendo mi ángel de la guarda, de la que tanto había presumido, la que me había ordenado, la que me había mejorado, la que me había enseñado truquillos… Tengo una página Excel que me hizo con todos los trabajos, el número de palabras, los títulos…

—¿También tenía un control literario?

—Ella sabía más gramática que yo.

—¿Cómo la conociste?

—Por mi página web. Ella quería que le escribiera una carta con motivo de los 25 años de casada, porque la relación con su marido estaba como así. Y ahí empezó todo.

—¿Has ido a ver la casa de algún escritor que te gustara?

—No soy muy fetichista. No, no he ido.

—¿Tienes fotos de algún escritor en casa?

—No.

—¿Has leído a José Emilio Pacheco? Un poeta que se apellida como tú.

—No, no. Yo soy Velasco, no Pacheco. Pacheco es el apodo de mi hermano.

—Creí que era vuestro apellido.

—No, no. Pero tampoco he leído a ese Pacheco.

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Literatura
Literatura
9 ddís hace

Por alusiones me veo obligada a intervenir. Soy la que él llama “ángel de la guarda”. Y me asomo no para aclarar nada, sino para pedirle, al contador de historias profesional, que ya que ha decidido hacer públicas nuestras intimidades laborales (no lo hizo en 11 años, no entiendo por qué ahora) lo cuente TODO, no solo lo que le conviene a él. Sé honesto y cuenta qué hicimos esos 11 años, cuántas novelas, relatos, poesías y poemarios corregimos, cuántos concursos presentamos, lo mucho que trabajamos y sobre todo cuenta lo que cobrábamos por ello.
Y después de contarlo deja que “tu público” juzgue si cobrar a mis amigos 100 euros por un texto (según cuentas en la entrevista no te llevaría más de 15 minutos), un texto en el que ensalzabas mi amistad y que en principio dijiste que no cobrabas porque era tu aportación a mi fiesta, les parece propio.

Juanma
Juanma
7 ddís hace
Responder a  Literatura

Mientes, perversamente, en lo que dije que no cobraría, pero qué importa, Tienes tu rencor amasado y no vas a entender nada. Hace tiempo que dejaste de entender. Fuiste mi ángel de la guarda, jamás abdicaré de eso, yo no quiero ser como tú en lo del rencor. Se te aprecia, aunque no sea recíproco.

martillo de mediocres
martillo de mediocres
9 ddís hace

Pues para ser un currante de la escritura, tiene ínfulas de aristócrata de la literatura con el Nobel en la vitrina. No me quiero imaginar si llega a ser un «escritor afortunado»… aunque tampoco todos tienen quien les regale una entrevista en Zenda mucho más larga que a otros escritores mucho más interesantes.

Juanma
Juanma
7 ddís hace

Soy afortunado, quizá el titular no lo sea. No tengo ínfulas de nada, solo resisto. Sigue prejuzgando. Saludos

Raoul
Raoul
8 ddís hace

No se entiende por qué le han hecho una entrevista interminable a un tío no especialmente interesante y algo fantasmilla, y por qué le preguntan su edad, si tiene hijos o si corre a diario, cuestiones, en principio, sin demasiada relación con la creación literaria. Por curiosidad he buscado en Google la novela que escribió por un chispazo en menos de dos meses, pero al poner el título aparece por todas partes una canción de una tal Kany García, cantante portorriqueña.

Juanma
Juanma
7 ddís hace
Responder a  Raoul

Te equivocas. En todo, en lo de fantasmilla y en lo de la novela por encargo. Tengo secreto de confesión, pero si crees que Google te ha dado la razón, adelante. No prejuzgues nunca sin saber las urdimbres

Última edición 7 ddís hace por Juanma
Literatura
Literatura
8 ddís hace

Una entrevista cuando menos desafortunada, llena de banalidades y con escaso interés literario, y con demasiadas referencias personales ajenas al entrevistado y sin ningún interés para los lectores. Solo acertó en lo de desafortunado.