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Julio en septiembre

La biografía de un autor discurre por esos abismos paralelos que son el curso vital y la obra. Julio Llamazares nació en un pueblo desaparecido, Vegamián, lo que ya de por sí da mucha leyenda y aporta cierto empuje literario, pero también procede de Luna de lobos, La lluvia amarilla y El cielo de Madrid, confirmando así la idea de que un escritor no es más que una genealogía de libros. Llamazares trae ahora consigo un segundo volumen sobre catedrales que ha llamado Las rosas del sur, que es el epíteto narrativo a once años de viajes y alrededor de 20.000 kilómetros de carretera. Junto al color estival que procura el sol involuntario del campo, la vida entregada al aire libre, el autor también arrastra la sombra de un pesimismo existencial que subraya el dibujo de sus ojeras y va anunciándonos el peso de sus distintas mareas interiores. Todo hombre acaba siendo un reflejo de sus proyectos y afanes. Y esta aventura viajera, que ha sido como el Camino de Santiago, pero sin Santiago al final, ha hecho del novelista un peregrino laico, una paradoja que viene a corroborar que el alma se sustenta en un sedimento de contradicciones que es lo que nos humaniza la inteligencia, esa racionalidad que, en ocasiones, se nos vuelve tan monstruosa.

"Llamazares se revela así como defensor de la lentitud y la contemplación"

Llamazares, Julio, nos confiesa sentirse antiguo, como abanderado de unas ideas y unos principios ajenos a las señas de identidad de esta sociedad, que es una forma de indicarnos, aunque sin mencionarlo, en eso consiste la elegancia y no en la elección de la corbata, que el ocaso no tiene que ver con el filo de ninguna edad o cronología, sino con la vigencia de los pensamientos, utopías, creencias y otros asientos intelectuales que uno ha ido acuñando en los diferentes estadios y jalones de la existencia. Se revela así como defensor de la lentitud y la contemplación, dos virtudes muy eclesiásticas, por cierto, en esta época de precipitaciones y urgencias cotidianas y laborales, dejando entrever de esta manera que en tipos de su fuste, templados ya en mil fuegos, acaba pesando más la obsolescencia del ideario que la erosión del calendario o las decrepitudes de la apariencia, que nada significan a pesar de tanta clínica estética.

"El tiempo siempre acaba originando un precipitado de nostalgias, éxitos, logros perecederos y frustraciones que terminan perfilando la estatua de nosotros mismos"

El tiempo siempre acaba originando un precipitado de nostalgias, éxitos, logros perecederos y frustraciones que terminan perfilando la estatua de nosotros mismos. A los escritores como Llamazares, Julio, que contemplan una caída en el vacío como una oportunidad para rubricar un texto, les sucede igual que a ciertos estadistas o héroes grafómanos, por ejemplo ese otro Julio, el de las Galias, que acaban renovándose y encontrando la gloria no por la nómina de méritos castrenses, sino por vía del ensayo, la crónica, la memoria, que es el pulso del individuo con su modernidad, o la ficción, que es imaginación, una de las savias de las que suele beber la juventud. Es en este trance cuando se le pregunta “¿entonces, ahora qué, Julio?”, y su respuesta viene ser otra novela, o sea, más literatura, quizá consciente de que las personas, como las convicciones, pasan, pero la letra queda.