Julio

Semana Negra. Gijón. Foto de Daniel Mordzinski (rescatada de la quema del anterior Dietario de julio). De izda a dcha: Emilio, Reme, Salem, Barrero, Márquez, Leandro, Yolanda, Berna, servidor y Carantoña.

En busca del tiempo perdido es una larga marcha emprendida por Marcel Proust que desemboca, siete tomos después, en El tiempo recobrado. Es la única forma posible para que no se nos pierda del todo lo vivido. Escribir para recordar y guardar lo escrito del fuego del olvido. Pero no siempre es así, no siempre podemos preservar nuestra memoria escrita, y tal vez ahora menos, que lo escrito queda prendido en los altos vuelos de unas nubes que nada tienen que ver con las que estudió Goethe con tanto ahínco.

Yo también un día lo dejé todo al albur del misterio informático. Y se me desprendieron todas las palabras que con tesón había ido construyendo día a día durante todo un mes. Se llamaba Dietario. Julio, y desde ahora pertenece a nadie. Y tras una búsqueda desesperada por caminos que no sabes adónde te conducen, pedí ayuda que me llegó en forma de lamento. Mi Dietario de julio, en el que de nuevo no quería matar a nadie (y no siempre por gusto) había subido tan alto como la casa flotante de Up, la película de animación en la que un viejo viudo y un niño vuelan a otro mundo en el interior de una casa suspendida con globos rellenos de helio.

Si como dijo Sartre, el infierno son los otros, a veces pueden ser también la ayuda que necesitas para encarrilar algo que se ha torcido. P. me ayudó a rastrear las huellas imposibles, y al cabo me animó a que lo escribiera de nuevo, o al menos que lo rescatara, como Bradbury había hecho con los libros quemados en su Fahrenheit 451: de nuevo la memoria. Leandro Pérez amplió el consejo: “Tu dietario de julio, si quieres, podría ser un párrafo en el que cuentes lo que te ha pasado y, si te parece, reflexiones sobre el limbo al que van a parar los borradores y los inéditos que, por motivos diversos, acaban siendo pasto de las llamas o de las papeleras de los ordenadores”. Ambos me hablaron del fuego. Precisamente dos personas que nunca podrán representar ningún infierno me han recolocado esta tarde luciferina con 38 grados —los 451º Fahrenheit corresponden a casi 233º Celsius que es la temperatura a la que arde el papel— en la única postura con la que debo afrontar la pérdida. Lo empiezo a hacer y siento que recupero parte de la estabilidad perdida y que en el momento agrio de la pérdida me llevó a recordar esta frase lapidaria de Ortega: “El esfuerzo inútil conduce a la melancolía”.

“Preferiría no hacerlo” fue también la frase demoledora que me vino a continuación a la mente. Herman Melville la pone una y otra vez en boca del protagonista de Bartleby, el escribiente en cuanto el jefe del negociado en el que trabaja le encarga las tareas. Bartleby no se rebela del todo, no hace oídos sordos ni desobedece con fruición. Simple y sistemáticamente le responde: “Preferiría no hacerlo”.

Cuando Borges escribe El libro de arena quiere reescribir la Biblioteca de Babel, que es una de sus obsesiones, la biblioteca infinita: “…en rigor, bastaría un solo volumen (…), que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (…) cada hoja se desdoblaría en otras análogas…”. Borges, como las imágenes infinitas reflejadas en los espejos, desarrolla recursos narrativos como es el proceso de la escritura, las notas eruditas o la autorreferencia, y todo parte de una palabra clave: inolvidable. Borges, como en su teoría de la procreación y de los espejos, reflexiona sobre qué ocurriría si algo fuera realmente inolvidable.

Cuando P., en un intento de hacerme recobrar la memoria para ayudarme a salir de la melancolía, menciona Fahrenheit 451, Ray Bradbury baja de Marte para recordarme eso tan bello que escribió al final de su distopía, para evitar que a la vuelta de la esquina, el olvido nos asalte de nuevo con el fuego de la ignorancia y el desprecio:

— Y cuando nos pregunten lo que hacemos, podemos decir: «Estamos recordando».

***

Al entrar en el laberinto inabarcable que me ofrece internet, en el momento en que copio esta última frase de la novela de Bradbury, veo que la editorial se llama Ediciones perdidas, la cual me remite a una web llamada libros de arena.

 

Referencias nombradas:

En busca del tiempo perdido. Marcel Proust (Alianza), y varias editoriales más
Fahrenheit 451. Ray Bradbury (Minotauro). Françoise Truffaut la llevó al cine en 1966
Bartleby, el escribiente. Herman Melville (Siruela)
El libro de arena. Jorge Luis Borges (Alianza)
Up, filme de de animación (Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios). Directores: Pete Docter y Bob Peterson. Dos premios Óscar. 2009.