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Karmelo C. Iribarren: sonríe, es la tristeza

Karmelo C. Iribarren: sonríe, es la tristeza

Allí está la calle: húmeda y ansiosa, con el vértigo de octubre acechando. Pasea por el mercado y es domingo. Puestos en los que la vida se oxida por costumbre. El hombre de negro consulta algunos libros de un papel que es casi espuma, como el mar que está en el aire. Celaya dice en este: «Sólo estás. Estoy contigo. Yo, a tu lado, Tú conmigo». Sonríe levemente.

Lo imaginas casi siempre de espaldas, como en un yéndose constante. La perilla acierta el momento; el pelo en obertura de revuelta. Te mira como desde detrás de un velo de brasas. Y así también contempla el mundo: en un tiempo atroz que capitula; en el silencio incómodo tras una pelea en el coche; en el momento de mirar el cuerpo del otro cuando el furor del sexo ya ha pasado y se definen las siluetas.

Has leído sus versos con la palabra verdad entre los dientes. Has masticado la densa sinceridad de los poemas y adviertes en los libros —La condición urbana, Desde el fondo de la barra, Ola de frío, Otra ciudad, otra vida— fechas de un calendario que podría ser el tuyo. Y tu verdad toda, aquella adolescente en la que creíste, se derrama en ese imaginario con ritmo de sentencia. Es la bibliografía de una película que acaso quisiste, deseaste, añoraste protagonizar. Con el dolor y con miedo, este cine en Super8 en el que alguna vez tú, en el que, alguna vez, nosotros.

Hay que estar preparados para lo peor
y disfrutar de lo bueno. Esa es
la fórmula. Saber que nada es duradero;
que la palabra siempre es engañosa,
falsa, equívoca; que lo que hoy nos une
eternamente, mañana será polvo, odio quizás,
historia de la mala; que la vida se venga
en la felicidad. Saber que será así,
o podrá serlo. Y vivir como si el tiempo
nos debiese algo, como si fuese nuestro,
exigiéndole al contado lo que nos pertenece.

Que sobre todo

Este texto en forma de retrato no le va a gustar a Karmelo C. Iribarren. Soy consciente: disparo demasiados adjetivos, utilizo una cadencia compleja, embrollada, buscando así un ‘decir mejor’ que es solo mío. Este texto no le va a gustar al poeta, nacido en Donosti en 1959: es como un laberinto en el que no se puede alcanzar el centro. Porque choca con fuerza contra la obra del poeta vasco, una poesía «sin pedanterías ni solemnidades absurdas, como en una charla de bar», como él mismo le reconoce a Nuria Azancot en una entrevista en El Cultural. Y como ha dejado escrito en sus propios libros. Iribarren, el poeta de vida triste —su padre fallece cuando el niño poeta no había cumplido los ocho años, muchos amigos desaparecen por los excesos de los 80, él vive en primera persona la devastación del alcohol—, también usa su verso para definir, por contraste, su estilo. Así escribe de los ‘poetas’ en su primer libro, La condición urbana:

Hay poetas que escriben
sus poemas
como si fuesen a pasar directamente
a las páginas amarillas
de la eternidad.
En cada verso echan el resto
y, claro, lo poco que les queda
no lo pueden echar en ningún sitio
porque les da una pájara.
La verdad es que apestan a Literatura.
Y que de allí a donde ellos entran
todo dios sale por piernas.

Por eso a este perfil, que va en contra de todas sus obras publicadas —realismo sucio, experiencia depurada, línea clara—, se le escapa la silueta del escritor desde las primeras palabras, desde aquella escena de mercado que jamás ha existido y que uso como un recurso (falso) para prender el interés. Un juego de ilusionismo que nace ya como fracaso cuando, ante los poemas tan de verdad, tan desnudos, de Iribarren, entiendo que he de desembarazarme, al menos un poco, del artificio.

Porque de los libros de Karmelo, que escribe sus poemas en el borde de una barra, que los ha escrito así siempre, se observa —él mismo lo ha dicho— cómo el verso va tensándose, desprendiéndose de todo ornamento. Como asume en su ‘Poética’, hay que

Poner una palabra
detrás de otra
hasta llegar a la última.
Y cerrar con un
punto. Y que dentro
esté yo, o alguno
de vosotros,
o alguna. Haciendo
cualquier cosa
interesante.

Miguel Merino apunta que Iribarren «renuncia por completo al ‘lenguaje poético’» y apuesta por una «radicalidad en el despojamiento […] y valentía para enfrentarse al poema sin ninguna de las viejas herramientas, teniendo que forjarse nuevas». Para el investigador, que ha trabajado sobre autores como Roger Wolfe, cuya obra camina de algún modo, por sendas paralelas a las de Karmelo, Iribarren busca «que sus poemas no suene a poesía, pero que lo sean». Por eso este texto que repasa su obra nace desde una perspectiva errónea, desde un plano distinto y menos verdadero que la poesía que trata de contar. Y es que no soy tan valiente como para dejar de esconderme, como Iribarren, detrás de las palabras.

Dibujas la ciudad, escribes vida

La poesía completa de Iribarren es como un mapa dibujado con la vida. Basada en su propia biografía, la obra del poeta está circunscrita al ámbito de lo urbano: soportales, lluvia, madrugadas, barras de bar, personas sin nombre que alumbran imágenes de líricas contenidas… Todo es material literario para Karmelo, que convierte sus libros en apéndices de sí mismo. Se lo ha reconocido a Juan Tallón: «A mí me gusta la poesía que se parece a la vida».

Y busca que el lector se identifique con él, que tome la existencia del que escribe entre sus manos y la haga suya, la compare con aquel día, con ese momento en el que, con lo que siento cuando estás o viene la muerte. Hay algo claro: la poesía solo es tal cuando funciona en el otro, cuando la anécdota de la que nace el texto se desprende del mismo y lo deja volar libre. La poesía solo existe cuando ‘dos extraños’ —autor y lector— se reconocen en el puente del poema:

Cruzar cuatro palabras en un bar
y percibir al instante
que nada queda
de aquella vieja historia.
Que somos dos extraños, nada más.
Dos extraños
a los que la vida puso
en una esquina
el tiempo justo para engañarse un poco,
gozar también a veces
e incluso prometerse irrealidades.
Dos extraños que esta noche se miran
con indiferencia,
o apenas si se miran.
Que tienen prisa,
ganas de despedirse,
de volver a su mundo.
Y que ya ni se molestan en fingir.

Te lo cuenta como en una confidencia de madrugada.

Imagina la escena: no queda nadie en el local. El camarero, discreto, casi ausente durante toda la jornada, te mira ahora como si no hubiera nada más. Se acerca, sonríe con tristeza y habla. Igual ocurre en sus libros: poemas breves que simulan cortas charlas en la barra del Akerbeltz, el bar en el trabajó durante dos décadas.

Así construye Karmelo C. Iribarren una obra que poco a poco, libro a libro, ha ido asumiendo una voz más colectiva, en ese deseo —consciente o inconsciente— de ser entendido, comprendido, vivido por sus lectores.

David Delgado López lo explica mejor en su tesis: «La obra de Iribarren expone los excesos y carencias de los entornos urbanos sin la necesidad de recrearse de manera constante en las injusticias de manera explícita, sino representando tanto los motivos y momentos negativos como positivos. Así, mientras que la poesía social de la que Iribarren habla tiene un marcado carácter maniqueo, la suya tiende a evitar tales diferenciaciones en tanto en su poesía se basa en captar la representación de todos los ámbitos de la vida».

El día a día, los horarios y despertadores, las alegrías del encuentro y el dolor del abandono. La paz de un lunes despejado, el llanto quedo ante un féretro, el tedio del obrero. Todo visto desde la frontera y, a la vez, situándose en La piel de la vida, nombre de uno de los libros del poeta. Y ‘A vivir’:

Después de hacer balance,
tras considerar
la situación de arriba abajo,
en frío,
he decidido
no volarme hoy tampoco
la tapa de los sesos.

Nunca se sabe, con la vida,
me he dicho.

Y además,

qué carajo:
ya que me trata peor que a un perro,
que se tome ella
la molestia de matarme.

Mi risa cubre todo lo negro

La tristeza sobre todo, cuando coges ese grueso volumen de Visor firmado con su nombre. El de Iribarren es un pesimismo asumido, que no se lamenta ni desespera: mira la vida sin dolerse, tal vez, con la derrota entre las manos. Pero esto no le hace tomar las armas y defender una escritura combativa. Tampoco es su poesía un llanto continuo. Una fina ironía lo cubre todo. Y, de fondo, la esperanza. Como el condenado a muerte que camina hacia el cadalso sonriendo al público. De nuevo volvemos al análisis de David Delgado: «Pese al corte pesimista que gran parte de la obra del donostiarra presenta como consecuencia del tono de denuncia que posee, unido a la reflexión que la voz poética lleva a cabo inherente al paso del tiempo y la cercanía de la vejez y, consecuentemente, de la muerte, en su obra siempre hay lugar para la esperanza, para la vitalidad y para encontrar motivos con los que seguir adelante en el sinvivir de la cotidianeidad».

Por eso Karmelo C. Iribarren es un poeta leído por los jóvenes. Cogemos nuestra precariedad y la ponemos encima de la mesa de la librería. Pedimos su poesía completa. La llevamos a casa, la leemos. Y reímos: cubrimos con la carcajada el negro.

Esto no puede ser la vida,
este montón de días tristes, grises,
que sumados forman semanas, luego meses,
después años, no puede ser la vida.
La vida tiene que ser, por fuerza, otra cosa,
estar en otra parte, más allá
de esa lluvia que no deja de caer ahí fuera,
que no deja de caer aquí dentro…
Y así una tarde y otra y otra, frente a un café
sobre la mesa que muchas veces hasta se te enfría,
cavilas y elucubras y sigues cavilando…
Como si a la vida le importase.

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corcho
corcho
3 meses hace

Excelente señor Karmelo!