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Pedro Serrano: tan solo tu voz en penumbra

Pedro Serrano: tan solo tu voz en penumbra

El lomo de ese gato escurridizo y amoroso del que hablas casi siempre está, como en otras ocasiones, en el ático desde el que escribes. La luz que has aprendido a ver se filtra desde el ventanal que te recuerda el mundo. Como es mi sueño, imagino alguna estantería con pocos libros —cada vez son menos importantes— y fotos de toda una vida a las que a veces te asomas sin una sonrisa en el rostro.

Un portátil —o tal vez un anticuado ordenador de mesa— con el procesador de texto abierto algunas veces. ¿Times New Roman? ¿Arial? ¿Qué tipo de letra te permite adivinar mejor las palabras? En tamaño grande, como el regazo seguro de una madre.

La piel clara de tus manos, que empiezan a arrugarse, está siempre tibia. Cuando se posan en el cuello de un amigo, por detrás, en un abrazo que no llega a ser, pero que abraza más y más mientras caminas con rumbo a no sé dónde, de pronto te convierten en hermano, paz, remanso, espacio de almíbar instalado en la comisura de los labios. Y no se agota.

"Pedro Serrano es un transformista por convicción"

Cuando existes tú no existe el tiempo. Únicamente esa voz pausada —susurro de los vivos, dulcísimo regalo de paciencia— y el encuentro de unos ojos únicos cansados de observar. Y el mundo se diluye en una penumbra en la que tan solo las palabras de amor que se te caen del pecho son tangibles.

Tu piel
tiene mis manos
por eso creo que escribo
a través de ti estas palabras
en los días que no se aparecen las luces,
por eso acaricio tu mano
esta noche donde se sofocan
los objetos (cuando la humedad cae
de los árboles), y espero yo que regreses
antes de quemar
los dedos, y la piel,
cuando todo lo vivo duerme.
Sería un encuentro de emergencia
volverte a tocar, si estás aquí antes
de cualquier brevedad que nos lleva
a su fin.
La brevedad,
cuando no hay fatiga. Ni pérdida
remota.
Amor.

Te han visto ser mil hombres

Alien trasnochado; gallina clueca y timburtoniana; maestro de entierros de hombres en vida; discreto sombrerero loco; un alfil de mármol; elefante sin peligro de extinción —será eterno—, vaso de almíbar, mano de buda… Pedro Serrano (Pinoso, 1963) es un transformista por convicción.

"Sus recitales, sus presentaciones... su vida, en fin, es una performance continua en equilibrio entre el surrealismo y lo patético"

Poeta ante todo (aunque él no imite la pose de los vates), este agitador cultural, este amante total del verso, ha sido todos esos hombres, animales y seres. Y muchos más. Suya es la vocación de desacralizar todo lo que rodea al hecho poético. Para él, basta la palabra. Lo demás, ornamento innecesario con el que se protegen los mediocres.

Por eso sus recitales, sus presentaciones… su vida, en fin, es una performance continua en equilibrio entre el surrealismo y lo patético. Algo que alivia la gravedad de unos versos que, en libros como Entran jazmines en casa o Heredar la nada, dibujan a es otro hombre, más silente, que también es él. Esa inspección del tiempo, la capacidad de mirar adentro de la realidad y del cuerpo, el genuino talento para fotografiar la esencia de lo humano, están en poemas como:

¿Y si todo fuera mentira?

Las lágrimas, los versos, la lluvia,
el dinero, las manos, los ángeles,
el verano, la muerte, los quirófanos,
los aromas, las cerezas, los pájaros,
las ciudades, los taxis, las luces,

tu sonrisa, tu pubis, tus ojos,
los hijos, los actores, los amigos,
la brisa, el mar, el deseo.

¿Y si todo fuera inventado?
Tendría sentido la reverencia que hago cada mañana
al sol, que sé que es la única fuente que me provee de energía.
Asumiría en este momento no estar entre vosotros,
caminando a vuestro lado, por no hallarme aquí

o en cualquier otra bifurcación de la autopista.
Ocuparía el lugar que me corresponde primero,
en la ofuscación, la nada llena de vacío
por todas las partes.

Solo brilla lo oscuro, diría,
lo útil de la inexistencia
lo haría nuestro, al ver cómo se alejan muy despacio los objetos de los ojos.

Miembro del consejo editorial de Ediciones Frutos del Tiempo, una de las más efervescentes asociaciones culturales literarias de España, en Elche, Serrano ha publicado unos pocos libros en los que es posible encontrarse de frente con un poeta digno para el que la realidad se tensa hasta casi desaparecer en un estallido de mil cristales.

Los suyos son poemas que suenan a bolero: recortes de vida en los que optimismo y pesimismo desaparecen para dibujar una realidad tranquila, pero sin ningún tipo de velo para la oscuridad. Oscuridad, por cierto, tan relevante en esa palabra táctil con la que escribe cada verso.

Palabra táctil que toma forma y tocas y ya es verso

Los poemas de Pedro Serrano se construyen como estructuras táctiles. El hombre detrás del poeta pierde poco a poco la vida. Y esta realidad se convierte en el centro de su creación. «Un ciego disparando versos al corazón de las tinieblas del fracaso vital que nos rodea», escribirá el también poeta Ramón Bascuñana en el prólogo de Heredar la nada, libro con el que Serrano obtuvo el Premio Tiflos de Poesía para escritores con discapacidad visual en 2016.

"El verso se hace real, se espesa y es tangible. Casi lo puedes tocar"

Parece un tópico, pero la escritura del autor parece haber entendido la situación de su dueño. Y como en una última ofrenda a sus ojos, ha traspasado sus límites para dibujar atmósferas, espacios, rostros, recuerdos e ilusiones con la exactitud de un pintor hiperrealista. Cuando Pedro Serrano escribe «Algunas noches alumbran más que el resto de las luces encendidas», «No sé nada de lo que puedo ver» o «es como decir que los ciegos deben acostumbrarse a vivir sin la luz», el lector se estremece. No solo por la crudeza de lo escrito. No porque la biografía se imponga y acuda la lástima o la conmiseración —quien lo conoce sabe que esto no es posible–: porque el verso se hace real, se espesa y es tangible. Casi lo puedes tocar.

Y eso es lo que convierte su poesía en verdadera, su voz en una honesta entrega en la que el gesto poético abandona la literatura y torna en vida.

Hoy veo mucho menos que antes.
Y no me aterra.
El silencio lleva aquí cientos de años
acompañado de la sombra acogedora de los árboles,

la oscuridad depende del gesto de la noche
y la noche acoge poco a poco todo lo que se toca.
No me aterra agotar la superficie,
si puedo entrar en el paisaje con el derecho de mis sombras.
Porque quizá sí exista el vacío,
ser la nada forma parte del elogio
que es arrancar a vivir.

A oír en qué se distingue el hombre de los animales
si se es rozado.

Izas una bandera blanca en el brasero de picón

Te conocí y era la noche. Me dijeron tu nombre —Pedro Serrano— y que tenías perfil poeta. Pero el armazón de la biografía se diluyó en aquella velada en la que se estrecharon las distancias: solo tu calma, la sincera e innecesaria transparencia en la mirada, el relato a media luz que es guía de conversaciones y lo ocupa poco a poco todo.

Sin quererlo, sin advertirlo apenas, te conviertes en el centro: todos te miran, todos escuchan las chanzas con las que trazas la gravedad del mundo que observas. Hablas y es «como si de repente / fuera a encenderse la luz / de todas las habitaciones».

Se acomoda tu lenguaje, muta. Asume la textura perfecta del momento. Cae como jazmines que impregnan el aire. Y es poesía. Aunque no lo pretendas:

En los poemas
se dice que estos
arrastran a Cavafis a Ítaca
y que pueden, dada su melancolía,
detener los relojes.

En los míos solo escribo
que los versos se agrupan y se pierden,
dejando casi siempre en mí
cierta inclinación a no hacer nada.

Se supone que tengo bastante
con imaginar a un poeta enumerar
sus quehaceres o dolencias, y sentir fácil la

evocación

en sus tareas.

He aquí la primera tarea del día,
no ser poeta. Inventar
otro corazón
y otros pequeños trozos de vida,
tan parecidos a los de hoy.
Abdicar
cuando el joven poeta es un Dios.

Porque tuyos son la paz y el fuego. E izas la bandera blanca en el brasero de picón para que la mesa solo sea ternura y recuerdo. Como una especie de milagro hereje con el que uncir las frentes de quienes rozan tu presencia. O leen tus libros. O, como yo esta tarde de febrero, te recordamos mientras se nos dibuja una sonrisa.

Me sorprendo, en ocasiones, dibujando tu rostro en el aire. Busco los meandros de tu cuerpo mínimo y me agazapo ahí, para esperar la lluvia desde el ático.

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