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La barraca y el naturalismo de Blasco Ibáñez

La barraca y el naturalismo de Blasco Ibáñez

Sobre los pedestales de la puerta gótica, las pétreas figuras contemplaban el pleito. Como cada jueves desde hace siglos, los Apóstoles, la Virgen, algunos santos y varios reyes del Antiguo Testamento eran testigos de aquel despliegue de la justicia valenciana. Siete jueces, uno por cada acequia que regaba la fértil vega del Turia, componían el Tribunal de Aguas, mítica institución a través de la cual, desde época andalusí, se resuelven los conflictos en la huerta de Valencia. La Puerta de los Apóstoles de la catedral era el punto de encuentro de los siete síndicos que representaban las arterias del Turia, encargados de perpetuar los procedimientos consuetudinarios de aquel tribunal. Allí no hay papeles, ni juicios interminables, sino procesos rápidos, orales, en valenciano, y con sentencias inmediatas. En realidad, no cabía otra forma de concebir la justicia. La ley de la huerta no admite demoras, ni burocracia: de aquellos siete síndicos dependían el riego oportuno, los campos satisfechos, el sustento familiar, el hambre paliada. Mas la celeridad por resolver las querellas puede conllevar grotescas consecuencias, y con frecuencia, en la huerta rige aquello del ojo por ojo, diente por diente…

"La firme oposición de Blasco Ibáñez al régimen de la Restauración borbónica y al sistema canovista conllevó su persecución y encarcelamiento en una treintena de ocasiones"

Para dicha de los amantes de la literatura naturalista, uno de los grandes conocedores de la ley de la huerta devino en la gran pluma que dio a conocer la vega del Turia al mundo. Vicente Blasco Ibáñez fue insigne personaje de la Valencia de finales del siglo XIX y principios del XX, combinando su labor narrativa con una intensa actividad política. Republicano militante y anticlerical, aspiró aires de subversión desde su más tierna infancia: con solo seis años contempló cómo en su propia calle los insurrectos de la rebelión cantonal de 1873 levantaron una enorme barricada. A los veinticuatro funda un periódico, El pueblo, y sus particulares ideales irán permeando en su Valencia natal, hasta el punto de cristalizar en todo un movimiento de masas, al que algunos estudiosos han venido a referirse como blasquismo.  

La firme oposición de Blasco Ibáñez al régimen de la Restauración borbónica y al sistema canovista conllevó su persecución y encarcelamiento en una treintena de ocasiones, además de varios exilios en Italia o Francia. Sin duda, algunos episodios de su abultada militancia política parecen extraídos de una novela de aventuras. En 1890 auspició un boicot a la visita del pretendiente carlista, el marqués de Cerralbo y, perseguido por las autoridades, hubo de disfrazarse de pescador y ocultarse en varios pueblos del litoral valenciano antes de huir a París. Cinco años más tarde, alentó una manifestación contra la guerra de Cuba que desembocó en choques con la fuerza pública. Perseguido por la autoridad militar, se refugió varios días en distintas ubicaciones de la capital del Turia, mientras algunos conocidos le preparaban el embarque en un vapor que le permitiría escapar a Italia.

"Años más tarde, Blasco Ibáñez regresó a España y se hizo valer de la inmunidad parlamentaria al ser escogido diputado por el Partido Republicano"

La génesis de su más célebre novela se inserta precisamente en este convulso contexto: oculto en los altos de un despacho de vinos próximo al puerto, el fugitivo escribió en dos tardes un cuento sobre la huerta valenciana, al que tituló Venganza moruna. El propio Blasco Ibáñez confesó que permanecía oculto en un entresuelo de techo bajo, sin poder asomarse a las ventanas, pues daban a una calle muy transitada por la policía y la Guardia Civil, con lo que decidió escribir para sobrellevar la soledad y la incertidumbre. Tras la marcha a Italia del fugitivo, el manuscrito de Venganza moruna quedó olvidado en aquella habitación. Años más tarde, Blasco Ibáñez regresó a España y se hizo valer de la inmunidad parlamentaria al ser escogido diputado por el Partido Republicano. En uno de los discursos de su campaña electoral, reconoció entre los asistentes al joven propietario de aquel despacho de vinos que le había servido de escondite en 1895. Blasco quiso volver a visitar ese lugar y, para su sorpresa, pudo recuperar algunas pertenencias que había dejado allí; entre ellas, el manuscrito de Venganza moruna. Aquella noche, releyendo su propio cuento, que le causó gran interés, le asaltó la idea de ampliar la narración y convertirla en una novela sobre la idiosincrasia de la huerta valenciana. Dicho proyecto llegó a buen puerto: el cuento Venganza moruna se convirtió en la excepcional novela de La barraca, mayúscula obra del naturalismo español del XIX.

La Barraca narra el escabroso periplo de una familia de labradores foráneos que se asienta en el corazón de la vega del Turia, con el propósito de poner en marcha unas tierras que les han sido arrendadas. Estas, como la barraca que habitaba el anterior arrendatario, llevan diez años abandonadas, pero la familia de Batiste acoge con ímpetu la tarea de sanar la tierra y retoñar las cosechas. Sin embargo, pronto se desatará una abierta hostilidad contra los recién llegados, por parte de un vecindario que no acoge con buenos ojos a unos extraños que no terminan de adaptarse a la ley de la huerta. La magnífica descripción que Blasco Ibáñez realiza del Tribunal de Aguas pone de manifiesto cómo en aquellas tierras no se admiten réplicas a ciertos procedimientos dictados por la costumbre y, en ocasiones, por la fuerza.

"La camaradería, esa coraza que forja el hortelano ante la tragedia que acecha y el hambre que arrecia es, en la obra de Blasco Ibáñez, excluyente y endeble"

El ambiente de la novela se construye alrededor de una marcada oposición: la radiante huerta, con sus pájaros cantores, las acequias engendradoras y las hortalizas dispuestas de forma armoniosa, contrasta con el oscuro proceder de los labradores que, sometidos a interminables jornadas para sostener la fecundidad de estos campos, acuden a la treta, el engaño o al empleo de una violencia sin escrúpulos para defender sus haciendas. En La barraca no hay héroes, sino supervivientes. La huerta se dispone como un enorme mosaico sobre cuyas teselas sobrevuela la miseria, esquivada sólo de forma efímera con trabajadísimas cosechas que frecuentemente se acaban malvendiendo.

La camaradería, esa coraza que forja el hortelano ante la tragedia que acecha y el hambre que arrecia es, en la obra de Blasco Ibáñez, excluyente y endeble. La familia de Batiste fue mal recibida por un vecindario que se dedicó a hostigar una y otra vez a los recién llegados. El guion parece virar cuando fallece el pequeño hijo de Batiste y cientos de vecinos se presentan en su barraca para acudir al funeral, entre gestos de cariño y compasión. En ocasiones, la tragedia aproxima a los hombres más que la dicha y, cuando Batiste logra recuperarse del varapalo a través de la rutina y el trabajo meticuloso de sus tierras, que por fin se traduce en exuberantes cosechas, aquellos que ayer le habían compadecido, hoy vuelven a envidiarle y acosarle.

"Vicente Blasco Ibáñez retrató mejor que nadie aquella Valencia de huerta y mar, concediendo en sus escritos un espacio privilegiado a las clases populares"

La novela naturalista supuso llevar el realismo literario a sus últimas consecuencias. Marcados por un determinismo que implica la construcción de personajes con una dependencia absoluta del entorno, los autores naturalistas presentan sus trabajos como un estudio de la condición humana, en el que cabe aplicar el método científico a la literatura. En La barraca se puede comprobar cómo este determinismo deviene en pesimismo, ante la imposibilidad del protagonista de escapar del entorno que le atrapa y le estrangula, sin dejar espacio al libre albedrío.

Vicente Blasco Ibáñez retrató mejor que nadie aquella Valencia de huerta y mar, concediendo en sus escritos un espacio privilegiado a las clases populares. La barraca es una radiografía del hombre sometido y la tierra dura. No romantiza aquella vega que le robó el corazón, sino que la dibuja con sus miserias y vilezas mediante el pincel de la realidad. Muerto en Francia en 1928, sus restos fueron trasladados a Valencia cinco años más tarde, donde cerca de 400.000 paisanos le brindaron un emotivo homenaje mientras los pescadores del Grao portaban su féretro. Con el apoyo de las autoridades de la ansiada república por la que tanto luchó y nunca llegó a conocer, quedaría cumplida la voluntad de aquel hijo predilecto de la ciudad: «Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al Mare Nostrum que llenó de ideal mi espíritu; quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de Valencia, que es el amor de todos mis amores».

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